nov 4 2013

The Indian Queen: Experimento sin gas

El Teatro Real de Madrid presenta, esta vez, lo que pretende ser un espectáculo en el que se integran danza, teatro, textos literarios, música y una escenografía novedosa e inspiradora. Pero se queda en la mera pretensión. Porque el resultado es insípido, porque todo resulta plano en exceso. Y porque alguna de las apuestas es fallida por su imperfección o extravagancia.
Henry Purcell no pudo acabar de componer su obra. Además, cuando escribió The Indian Queen, la ópera no era lo que entendemos hoy en día que es. En realidad, no era. Con lo escrito por Purcell, añadiendo algunos himnos y canciones de este mismo autor, incorporando textos de distintos autores, sumando los textos de Rosario Aguilar que se narran y la escenografía de Gronk; se presenta esta versión de The Indian Queen en coproducción con la Ópera de Perm y la English National Ópera.
El proyecto, sobre el papel, resulta atractivo. No tanto cuando uno se sienta en la butaca del teatro.
La puesta en escena de Peter Sellars, sobria y escasa, se llena de carreras de unos y otros que destrozan el ritmo musical y, sobre todo, el clima que intenta crear. Los cantantes y figurantes (vestidos de baratillo) parecen no saber qué hacer en algunos momentos. Si no entran o salen del escenario a la carrera se les nota algo despistados. El resto del trabajo de Sellars es correcto (salvo la entrada en escena de los españoles que es casi ridícula) aunque no brilla, no enseña nada realmente nuevo o que conmocione.
Parece excesiva la presencia y la importancia que toma la narradora. No porque sea innecesaria (que no lo es) sino porque sus intervenciones son explicativas y poco más. Nos cuenta lo que va a ocurrir a continuación. Sin matices, sin aportar nada que no sea lo que intuimos o, poco después, sabemos. Como mucho (siendo muy generosos en el análisis) inserta detalles narrativos sin importancia dentro del conjunto de la propuesta. Es suficiente escuchar la música y a los cantantes para que el hilo argumental quede claro. Esto no significa que los textos de Rosario Aguilar sean mejores o peores (en realidad, son bastante normalitos) sino que en el conjunto no funcionan. Sólo eso. Además, las elipsis son un recurso que hacen de cualquier sistema narrativo algo más expresivo, algo que deja lugar al espectador para una lectura personal. En esta versión de The Indian Queen, con esta voz narrativa que tiende a eliminarlas, parece que alguien sienta algún temor que, por cierto, termina siendo una muestra de inseguridad y una forma de alargar innecesariamente el espectáculo.
Los bailarines, sencillamente, no están bien. Cumplen y poco más. En esta producción, la importancia que asumen es muy grande y deberían sobresalir. Es una pena que la buena coreografía de Christopher Williams se vea envuelta en cierta mediocridad.
El coro de Perm, dirigido por Vitaly Polonsky, funciona a la perfección. Las voces son estupendas y el grupo de mueve con gracia, muy coordinados. Es lo mejor en The Indian Queen.
Tal y como ya ocurrió en La Conquista de México con los personajes aztecas, las voces de los mayas intentan representar la fascinación con la que se recibió a los conquistadores españoles. Aquellos hombres y mujeres no entendían nada, no sabían si se enfrentaban a hombres o a dioses, no terminaban de entender que no había hueco para el amor en lo que sería una conquista violenta en busca de riquezas, que no habría espacio para ellos al ser despreciados por un pueblo que nunca buscó la integración de unos y otros.
Vince Yi (Hunahpu) y Christophe Dumaux (Ixbalanqué) están muy bien. El resto del reparto cumple sin grandes problemas.
Teodor Currentzis hace un trabajo estupendo (vibrante, sensual) aunque el brillo no llega con claridad al patio de butacas por estar instalado en un producto que no funciona.
Algunos claros, grandes zonas oscuras. Así no hay forma.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 9 2012

Macbeth: Burlar una ópera más

Macbeth, la extraordinaria obra de William Shakespeare, no es nada parecida a la realidad. Tal vez la realidad no se parezca a sí misma y, tan sólo, sea un escenario en el que se representan una y otra vez las grandes tragedias que el ser humano está condenado a interpretar. Un escenario en el que todo cabe y creemos sin hacernos demasiadas preguntas. Allí se entra para interpretar y se sale para morir. Allí todo puede suceder si es que el azar o la necesidad, que son la misma cosa, lo necesitan. El bien se confunde con el mal; el amor con el odio; el poder corrompe a cualquiera; la falta de libertad es la falta de vida. Tal vez sea el escenario el que llenándose y vaciándose tantas veces ha dejado de parecerse a sí mismo y lo que vivamos sea la realidad haciendo de actores.
La nueva producción del Teatro Real de Madrid, Macbeth, deja al espectador con un gusto agridulce. Aunque la dirección musical de Teodor Currentzis es excelente, aunque las voces de Dimitris Tiliakos y Violeta Urmana (excelentes del mismo modo) se acompañan de una interpretación teatral sobresaliente (sobre todo en el caso de Tiliakos); la sensación que deja la dirección escénica de Dmitri Tcherniakov es la que queda cuando algo se desaprovecha. Tcherniakov repite tras la producción, no hace mucho, de Eugenio Oneguin. Convierte la obra de William Shakespeare en una relectura que se contamina en exceso de la película de Lars von Trier, Dogville. Esa película que resultaba excesivamente teatral para ser cine se acomoda en el escenario que prepara Tcherniakov para que todo se parezca más a un film que a otra cosa. Ocultar al coro en diferentes fases hace que la sensación sea la de estar en una sala de proyección y termina chirriando cada vez que se repite. Ver cantar al protagonista su aria principal en calzoncillos, ver como dispara sin ton ni son (la peor de las soluciones posibles a esa escena) o ver cómo el escenario es destrozado del mismo modo que The Who acababa con sus instrumentos en un último festival de luz y de color; no es lo que un amante de la ópera espera en una ópera de Verdi. Las brujas no son brujas, las apariciones se diluyen. Nada es lo que debería ser.
Intentar que la lectura e interpretación de la obra esté por encima de la propia obra es algo que comienza por ser un error y termina siendo un desastre (más o menos enorme).
Verdi tuvo cuidado al componer su trabajo. La esencia de la tragedia firmada por Shakespeare quedó casi intacta. Macbeth es una de las grandes óperas de la historia. La versión que se escucha en esta producción es la que preparó como definitiva en 1874. Y Teodor Currentzis, impetuoso cuando es necesario, tranquilo siempre, especialmente cuidadoso con el resultado al fundir la música con las voces (algún problema de tempos con el coro, todo hay que decirlo); logra entender la partitura con solvencia, sin una sola duda. La Orquesta Sinfónica de Madrid suena magnífica. Cada día el listón queda más alto.
Todas las voces quedan a la altura que es necesaria. Sobresalen los protagonistas y la de Ulyanov.
Agridulce. Creo que es esa la palabra. La misma que muchos utilizan, también, para mostrar su opinión sobre la línea de trabajo que ha marcado el señor Gerard Mortier en el Teatro Real; o para definir el tipo de público que asiste a las representaciones de un tiempo a esta parte. Son muchas las preguntas y pocas las respuestas. El espectador actual del Real, ¿consume ópera o la ama? ¿Es obligado convertir cada producción en un alarde de falso talento del director de escena? La falta de talento ¿se traduce en esa transgresión que resulta ridícula casi siempre? ¿Es necesario todo esto para que el público asista a la ópera o es la música de Verdi lo que hace de reclamo seguro? Mientras encontramos respuestas a esto, debemos agarrarnos a la grandeza de las obras, esos espectáculos en los que se llega para interpretar y se sale para morir. Como la vida misma. Si Macbeth dispara a lo loco o canta en calzoncillos no es más que una anécdota. Lo otro -el teatro o la realidad, como prefieran- es lo importante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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