jun 2 2013

Wozzeck: Cerrar los ojos y escuchar

¿Está condenado el ser humano a vivir en soledad? ¿Puede un hombre salir del fango por sí mismo o la estructura social se lo impedirá por siempre jamás? ¿Condena la pobreza a mayor pobreza? ¿Son los niños los futuros adultos que vivirán hastiados, derrotados y sin posibilidades de modificar las cosas? Estas son algunas de las preguntas que asaltan al espectador que asiste a la grandiosa ópera Wozzeck de Alban Berg.
Este es un espectáculo, para muchos, duro por distintas razones. Hay quien piensa que la ópera la murió con Giacomo Puccini; que la ópera moderna ni es ópera ni nada que se le parezca. Los que se acercan por primera vez a esta manifestación artística se encuentran con un libreto terrible (Berg adaptó un drama inconcluso de Georg Büchner) que habla de muerte, desesperanza, diferencias sociales horrorosas, de crimen; con un libreto doloroso y con un espectáculo muy alejado de lo clásico. Hay quien se queda boquiabierto cuando se topa con voces que son más gritos desgarrados que otra cosa, soportados por una música atonal que no todo el mundo comprende. Sin embargo, esta es una gran obra. En su momento fue la composición atonal más grande jamás escrita donde la tonalidad aparece para matizar situaciones muy concretas. Y no por ser peor entendida es peor. Wozzeck es magnífica.
Se presenta en el Teatro Real el montaje estrenado en la ópera Bastille de París (2008).
La puesta en escena de Christoph Marthaler intenta mostrar el contraste entre la niñez y la edad adulta, la evolución fallida de las personas; la alegría de unos y el cansancio y soledad de otros. Dibuja bien la idea aunque convierte la obra en algo mucho más lineal de lo que realmente es. Su idea funciona un rato. Pero llega un momento en que, cada minuto que pasa, lo anodino se va instalando en el escenario y en cada butaca. Lo peor de todo es que entendiendo esta primera parte de la propuesta, se hace difícil comprender el resultado en su conjunto. No todo es diferencia entre adultos y niños. ¿Dónde queda esa religión absurda y convertida en herramienta para reparar conciencias? ¿Dónde queda la injusticia más atroz? ¿Y lo ridículo del mundo que vivimos? ¿Qué pasa con la doble moral con la que se machaca al más débil? Eso debería aparecer por alguna parte. Es verdad que los actores se ven obligados a moverse entre tics y comportamientos arquetípicos, pero no parece suficiente. Por ello, la sensación de aburrimiento ataca en el patio de butacas del mismo modo que habita en el escenario. Marthaler sale del paso, casi de puntillas, respaldado por la grandeza de la obra. Y el espectador sale del suyo cerrando los ojos y dedicando su atención a lo que se escucha. Sylvain Cambreling está muy acertado. Este hombre es una garantía con la partitura de Berg en el atril.
Destaca el barítono Simon Keenlyside (Wozzeck) que está comodísimo en su papel y logra que su voz exprese lo que corresponde al conseguir tonalidades diversas y apropiadas. Nadja Michael, por su parte, se defiende con facilidad gracias a la versatilidad de su voz y a una interpretación dramática de altura. El resto (algunos repiten en el Teatro Real y con esta misma ópera) correctos. Esta no es una obra que permita grandes lucimientos y, sin embargo, logran que no se pueda apuntar pega alguna.
Aunque la iluminación pretende ser el hilo conductor dramático, no termina de funcionar bien en un escenario tan estático como el que nos ofrece esta producción. Salvo que el espectador conozca bien la obra, nada queda claro, no se entiende el juego que se realiza con los focos. No se puede dar por sabido nada y menos representando algo tan complejo y lleno de matices. Mucha sugerencia estéril. Todo lo contrario a lo que sucede sobre las tablas. Allí no hay sugerencias, allí todo es explícito si de sexo o violencia se trata. Tal vez, explícito en exceso para buena parte del público que pase por el Teatro Real. Si la producción de Calixto Bieito en 2007 puso los pelos de punta a algunos, esta no será menos.
En cualquier caso, dejando a un lado los inventos y las personalísimas formas de interpretar que nos ponen delante, Wozzeck es una obra de arte maravillosa y brutal; una ópera que no ofrece respiros y en la que se dibuja una zona muy oscura de la sociedad, los sótanos del ser humano sin adornos ni excusas.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 12 2013

Don Pasquale: La llegada de lo importante

Lo importante llega, siempre, precedido por un sonido característico; un rumor nervioso alrededor de la impaciencia contenida. Todo parece colocarse en el lugar exacto; todo acompaña; hasta el más mínimo detalle tiene un significado especial.
Ayer, eran las siete de la tarde y el Teatro Real estaba envuelto por ese run-run que precede a la grandeza inevitable de la ópera. Ensayo general. Don Pasquale. Dramma buffo en tres actos firmado por Gaetano Donizetti. Una obra representada miles de veces, conocida por cualquier aficionado a la ópera. Pero todo estaba envuelto por el sonido que, como una espiral, iba convirtiendo el Teatro Real en el centro de todo y la obra de Donizetti en algo nuevo y único. Se presentaba la producción del Festival de Ravenna. Una puesta en escena fácil, divertida y eficaz; perfecta para que el espectador traduzca la propuesta del director de escena Andrea de Rosa. Es difícil conseguir mejor resultado con tan poca cosa. Poniendo en movimiento cuatro cositas, de Rosa consigue una versatilidad en el escenario que consiente una escena precisa y clara. Se suma que la iluminación es extraordinaria. El juego de luces permite que los actores se muevan sin limitación alguna, sin causar confusión a pesar del trasiego que se produce durante la representación. Y sin la sensación de claudicar ante un foco tramposo. Colocar una mesa en una esquina, crear las sombras que parecen haber estado siempre allí y dejar que el estado de ánimo de los personajes explote en el momento justo. Ese es el gran logro. Todo se desliza con suavidad para que la mirada del espectador se centre en el conjunto sin dejar de percibir cualquier detalle.
Riccardo Muti, extraordinario. Impetuoso y sensible; encontrando el punto de unión entre los instrumentos y las voces de forma exacta. Los componentes de la Orquesta Giovanile Luigi Cherubini parecen intuir lo que el maestro les dirá diez minutos después. Musicalmente este Don Pasquale es una maravilla.
Cuando Donizetti y Ruffini, su libretista, compusieron esta ópera (entre lo bufo y lo realista con cierta marca de solemnidad) ya sabían, con toda seguridad, que el problema residía en el dibujo de los personajes. Su complejidad es alta a pesar de las limitaciones de lo bufo y se diferencian notablemente entre ellos. El carácter de Norina que lleva hasta el extremo su picardía o los profundos sentimientos del enamorado Ernesto (que estallan cuando escuchamos Cercherò Lontana Terra iniciado con un solo de trompeta profundo y emocionante), son un ejemplo. Y esto puede ser un problema si el reparto no está a la altura. Sin embargo, el escenario se va llenando de excelentes voces e interpretaciones dramáticas de altura. No sólo las voces corresponden a las exigencias de la partitura. Además, los personajes se construyen con un trabajo espléndido en la dirección dramática.
Nicola Alaimo está perfecto con la voz y al encarnar a su personaje. Este es el papel que más invita al histrionismo y Alaimo controla en todo momento la situación consiguiendo un Don Pasquale creíble y divertido. Alessandro Luongo muy bien como Malatesta y Dmitry Korchak estupendo de voz aunque su Ernesto queda algo soso. Le falla, ligeramente, la expresión corporal. Eleonora Buratto, notable, logra sacar lo mejor de su personaje para que cuadre con el libreto. Las tonalidades de su voz son variadas y bellas. El coro, que aunque no tiene excesivo tiempo sobre las tablas si es de gran importancia en al conjunto, muy bien. Algo a lo que ya nos tiene acostumbrados. La escena del día de la boda (preludio de lo que va a suceder y mal presagio para Don Pasquale) se resuelve con un movimiento arrasador y sin un solo fallo.
Todo hace que el espectador disfrute de una obra que habla sobre la soledad en la vejez, sobre la supremacía de la juventud, sobre la compasión.
Lo importante llega, siempre, precedido por un sonido característico. Y se queda agarrado al recuerdo, a la posibilidad de decir en un futuro que yo estuve allí.
©Del Texto: Nirek Sabal
(Imagen de la puesta es escena de Don Pasquale en Ravenna)


jun 3 2010

El concierto: Cada cosa en su sitio

Mediocre, inverosímil y lacrimógena. Toda una decepción. Me habían hablado muy bien de El Concierto de Radu Mihaileanu. Ya sé de quién no puedo fiarme.

El concierto es la historia de una venganza. Aquí no hay veneno, ni navajas degollando pezcuezos, ni horribles padecimientos de nadie. Al contrario, la música y la amistad son armas suficientes para que un grupo disparatado consiga lo que se propona.

Como en todos los viajes colectivos (aquí se viaja de Moscú a París), los individuos presentan sus propias motivaciones. Comerciar, conseguir trabajo, salir de un país en ruinas, dirigir una orquesta, conocer el pasado, hacer que el partido comunista se eleve hasta el mismo cielo o volver a beber. Con estos mimbres y un concierto en el Teatro de Châtelet se arma la trama de la película.

Un grupo de músicos acabados terminan triunfando, ella (la protagonista) llora, él está a punto (el protagonista), el público se enternece (el del cine, digo, porque el del Teatro de Châtelet está emocionado, en pleno éxtasis) y, oh, la felicidad se hace presente.

El concierto está salpicada de un humor muy elemental y unos diálogos bastante simplones. Lo mejor, por supuesto, la música. Aunque si se trata de escuchar un concierto de Piotr Ilich Tchaikovski prefiero ir al Teatro Real de Madrid y dejar lo del cine para mejor ocasión. No se me ocurre decir nada más. Es tan poca cosa esta película…

© Del Texto: Nirek Sabal

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