nov 23 2010

Eduardo II: Anacronismo inquietante

Agua, tierra, fuego, sangre, luces encontradas, algunos momentos coreográficos notables y otros de crueldad extrema, pero velada; una banda sonora exquisita, original de Simon Fischer-Turner (con la imprevisible presencia física de Annie Lennox cantando Ev´ry Time You Say Goodbye, de Cole Porter) y una producción minuciosa, dan una lectura contemporánea del clásico isabelino, que Derek Jarman aprovechó para atacar la mezquina visión moral del thatcherismo.
Eduardo II es una de las obras teatrales destacadas de Christopher Marlowe, dramaturgo británico del siglo XVI, considerado habitualmente como el gran predecesor de Shakespeare.
Es también una obra polémica porque desarrolla la historia de amor entre el rey Eduardo II de Inglaterra y su amante, el joven Piers Gaveston, y las intrigas que suscita esta unión en la corte.
El texto de esta adaptación cinematográfica es limpio, preciso, de una ambigüedad calculada y astuta; y los diálogos, fascinantemente hermosos y bien construidos.
Enfrentar la tarea de filmarlo entraña el riesgo de jugar con esa ambigüedad trasladándola al espectador del siglo XX, pero conservando el artificio teatral. No es una tarea fácil, pero Derek Jarman lo consigue en esta película rozando el magisterio. Porque lo ambiguo, trasciende en el libreto, la relación del rey, y se va infiltrando en la larvada lucha de poder entre el soberano y la nobleza, entre la libertad y el deber, en torno a lo moral. Sosteniéndose en un estudio sobre la ambición humana.
El director utiliza para filmar el drama un recurso muy poderoso que había ensayado, con menos acierto -desde mi punto de vista-  en otras de sus películas como Sebastiane (1976) o Caravaggio (1986): la teatralización cinematográfica. Lo lleva a cabo con la ayuda indispensable del director artístico, Ricky Eyres, que realiza un trabajo brillante.
Los escenarios, son una sucesión de espacios casi vacíos que buscan transformarse en el interior de una mente humana, y donde el protagonismo lo adquieren la luz, la materia y la interpretación; lo convierte así en un espacio para esas voces, que actúa como una poderosa caja de resonancia.
Es arriesgada la decisión de crear con esa escenografía -y sobre todo con el vestuario y el atrezo- un lugar anacrónico, situado más allá del espacio y del tiempo, esto es, conservando el eco histórico, pero transformándolo en algo actual, pero remoto, cercano e incierto; inquietante en suma, como lo es la misma construcción de la dramaturgia. El riesgo es manejado con una eficiencia notable, y apenas hay un par de detalles que chirrían.
El trabajo de los actores es preciso, sobre todo la interpretación de Andrew Tiernan (Piers Gaveston); y la de una soberbia Tilda Swinton (reina Isabella) ejecutada desde la presencia, la dicción precisa, y la ausencia de gestualidad, que se apoya en un vestuario sencillamente fabuloso (Sandy Powell), que la transforma en un ente estático que domina la película.
El arreglo para celesta de la Danza del Hada de Azúcar del ballet El Cascanueces, de Tchaicovsky, eleva el momento final a la mayor altura posible. Impecable.
Me ha fascinado.
© Del Texto: Ivor Quelch


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sep 22 2010

Ives Saint Laurent, L’Amour fou: Homenaje a un amor

IVES SAINT LAURENT, L´AMOUR FOU – PIERRE THORETTON – ZABALTEGUI (ESPECIALES)

Excepcional este documental Ives Saint Laurent l´Amour Fou, que habla de muchas cosas más que de la vida y la obra de Yves Saint Laurent, modisto legendario y creador del pret-á-porter.
Siguiendo el hilo de la subasta del siglo, celebrada en el Grand Palais de París, en la que se dispersó la fabulosa colección del diseñador y de su compañero de cincuenta años, Pierre Bergé, el director, Pierre Thoretton, elabora un documento que un testimonio de amor y una reflexión sobre el poder y el espíritu de los objetos, sobre la creación y la belleza (y sobre la creación de la belleza y la belleza de la creación) y sobre el infierno que engendran el éxito y la fama. Estudia el trasfondo del mundo de la moda, plasmando una época dorada que se extinguió.
La película se inicia con las dramáticas imágenes de un Saint Laurent, anímicamente destruido, anunciando el abandono de la profesión que fue su vida, que se funden con los funerales del gran coutourier, celebrados en París con honores de Estado. Después es el propio Bergé el que nos muestra la casa que habitaron durante más de veinte años en la rue Babylone, nos habla de los objetos y de lo que representaron, los vemos luego inspeccionados, catalogados y expuestos a la curiosidad del mundo en Londres, en Nueva York.
Hay lujo y glamour como debía de ser, pero también imágenes y fotografías de archivo conmovedoras, como la presentación en triunfo de su primera colección, en los años cincuenta, en la que empuñó el cetro del desaparecido Dior, su maestro, o el homenaje a toda una vida de creación, celebrado en loor de multitudes en el Stade de France a los compases del Bolero de Ravel.
Hay secuencias bellísimas del Chatêau Gabriel, en Normandía, y de la casa del jardín de Majorelle en Marraquesh, sus residencias.
Pero lo que brilla sobre todas esas cosas y atenúa su frivolidad, dándoles un sentido, es la personalidad de Pierre Bergé y su alma literaria en un diálogo consigo mismo, plagado de citas y pensamientos inolvidables e inteligentes. Es un homenaje a un amor inmenso, sin falsas ternuras ni hipocresías, sincero, que se convierte en un monumento. Bergé se muestra –el director nos lo muestra- como un caballero y un hombre de una fortaleza de carácter y una lucidez extraordinarias.
El documental es perfecto. Mantiene la unidad narrativa y la tensión emocional, la música de Milhaud, de Tchaicovsky, y de Mehendelson, acompaña a las imágenes acertadamente. Y tanto la utilización de la grabación de la subasta, como los materiales de archivo, es mesurada y conveniente.
Solamente acompañan a Bergé en este lamento fúnebre dos voces, las de Betty Catroux, una de las maniquíes favoritas de Saint Laurent, y Loulou de la Falaise, celebrity y musa del modisto; son los ángeles perverso y benéfico que le acompañaron en el brillo de los éxitos y en la noche del alcohol y de las drogas. Jack Lange, Ministro que fuera de la Cultura de Francia, habla con admiración en las salas del Louvre, entre los mármoles antiguos.
Es una gran historia de amor y el retrato de un artista, de un hombre y de una soledad. El testimonio sincero, valiente y despiadado de una vida compartida.
Como no podía ser menos en San Sebastián, con la sombra de Balenciaga sobrevolando el Kursaal y la tradicional elegancia de la ciudad y de sus señoras, el público, que llenaba la sala grande hasta el último asiento, aplaudió con ganas al director que se encontraba en la sala, hasta en tres ocasiones, éste declaró después sentirse muy emocionado.
A mí la película ha conseguido conmoverme y me ha encantado.

© Del Texto: Ivor Quelch

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