ene 6 2014

El único superviviente: Cal y arena

Peter Berg presenta una película que tiene cal y arena a partes iguales.
El único superviviente tiene mucho de patriotismo exagerado, mucho estereotipo machote, buenos y malos perfectamente ubicados (no hace falta que entre en detalles sobre quién es quien); y un título que, sumado a la primera escena de película, nos desvela el desenlace sin miramientos y resta algo de carga emotiva en el desarrollo. Este es un trabajo que podría ser duramente criticado por no alejarse de lo que tantas veces nos han contado, tantas veces nos irritó y en tantas ocasiones nos pareció una extravagancia sin cabida en el cine. Es una de vaqueros e indios con aparatos carísimos, unos efectos especiales muy logrados y un rescate aereotransportado.
Sin embargo sería una injusticia tremenda dejar la cosa de esa manera. Porque El único superviviente tiene cosas muy buenas.
Por un lado, Berg intenta encontrar una redención algo forzada después de dibujar a los afganos como criminales sin escrúpulos y a los soldados norteamericanos como si fueren la señorita Pepis. Lo hace en el último tramo de la narración. Bien sabe el director que estas cosas son difíciles de conseguir, pero lo intenta con ímpetu. Es astuto dejando algunas notas en la despedida que justifican esta parte del relato y debilitan la idea de flojera narrativa. Por otra parte, la zona central de la película es, sencillamente, impresionante.
El tiroteo que se produce entre los soldados norteamericanos y los talibanes (los primeros sufren una emboscada después de que todo salga al revés de lo previsto) tiene al espectador en constante tesión durante media hora. La escena está muy bien rodada. No se abusa de lo imposible. Por ejemplo, ¡los soldados americanos se quedan sin balas! A Rambo nunca le pasó y si las balas se acababan siempre había un machete enorme con el que liquidar a cien tíos más. En este escena podría parecer que los talibanes son excesivamente fallones con sus armas y los americanos unos fenómenos. En realidad, la diferencia en la preparación y en el equipo justifica esta diferencia que, en otras condiciones, parecería una mala broma. El músculo narrativo, aunque alguna pega se podría plantear con el uso de la cámara, crece en la zona central de la película de tal forma que las carencias tienden a perdonarse. La película es dura de ver aunque no se hace un uso excesivo de la sangre, ni se va más allá de lo necesario con detalles escabrosos. Pero risas, poquitas.
Las actuaciones de Mark Wahlberg, Taylor Kitsch, Ben Foster y Emile Hirsch, son buenas. En el caso de los dos primeros son más que buenas. Están bien los actores que hacen de talibanes. La fotografía es preciosa y el maquillador, Greg Nicotero (The Walking Dead), hace un trabajo espectacular. El realismo de los rostros durante y después de la batalla es digno de elogio. La banda sonora acompaña estupendamente la acción, de principio a fin. Sin invasiones, sin buscar protagonismo, logra matizar cada escena de forma acertada.
El guión no es lo mejor de la película y tiene algunas lagunas. Se busca más la trama que la profundidad dramática de los personajes o las razones por las que alguien reacciona de este modo cuando se ve en una situación similar. Es el mensaje del hombre luchando hombro con hombro lo que prevalece. Es poco aunque se consigue con creces.
La película es muy entretenida. Mucho. Los tres actos en los que se divide no aburren en absoluto. El clima que se genera en el primero, la tensión descomunal del segundo y la emoción del tercero, no defraudan. Si el espectador es capaz de descargar la película de patriotismos, cuestiones domésticas que sólo entienden de ese modo los norteamericanos e ideologías algo xenófobas, puede quedar gratamente sorprendido.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 12 2012

Salvajes: Haciendo aguas y trampas

La lógica interna de las cosas es lo que hace que esas cosas funcionen. Para orgullo de todos o para formar parte de la nómina de la infamia. Pero hace que funcionen.
Esta es la propuesta que Oliver Stone nos presenta en su último trabajo, Salvajes. Pero lo hace desde lo inverosímil, desde una crueldad, muchas veces, gratuita; desde trampas narrativas de principiante. Me temo que él lo sabe. Por ello, desde el principio, trata de cubrirse las espaldas anunciando un punto de vista que podría llegar a ser imposible aunque no cuela la chapuza de anunciar para justificar. Una de las protagonistas avisa de que podría estar muerta, de que todo podría estar grabado anteriormente. Stone se excusa de esa forma tan ramplona cuando sabe que lo que va a contar no es creíble. Porque la diferencia entre lo increíble y lo que nunca puede pasar está más que clara.  Lo increíble pudiera estar ocurriendo en cualquier lugar del mundo, pero en manos de un narrador se hace imposible. Lo que nunca podría llegar a pasar es eso que aun siendo imposible nos lo tragamos sin rechistar (piensen en una película de ciencia ficción, por ejemplo).
El guión es irregular y tiende a explicarse a sí mismo con parches y elipsis que no funcionan correctamente. Quiere ser novedoso cuando, en realidad, es un libreto clásico en su estructura. Hace aguas muy pronto a pesar de los intentos alocados del realizador cuando introduce escenas terribles como si fueran cortinas de humo que, por supuesto, nadie se traga. Llega de la adaptación de la novela de Don Winslow en la que el propio director colabora. No he leído esa novela aunque si los personajes que se construyen en ella son tan estereotipados y la trama tan desastrosa como la de la película no lo haré nunca.
Las interpretaciones son tan desastrosas como los personajes. Benicio del Toro está fatal. Taylor Kitsch está ramplón. Aaron Taylor Más que mediocre. Y John Travolta debería avergonzarse con la calamidad de trabajo que deja sobre la mesa. Lo de Blake Lively no merece calificativo alguno. Francamente, un desperdicio de talento (de lo poco que hay o queda en el elenco).
El montaje de la película se llena de momentos ridículos. No sabría explicar por qué alguien hace algo parecido. Elipsis que son saltos en el tiempo buscando rescate en la siguiente secuencia, rupturas que no dan ritmo narrativo alguno. Otro desastre.
Se libra de la quema el equipo de maquillaje. Y la banda sonora que es prestada, claro.
En la película hay dos finales. Impresionante por malo el primero. Lamentable por malo el segundo. Un intento de arrimarse al cine de Tarantino por parte del realizador que se queda en un chiste de mal gusto.
Y, por si era poco, la entrada cuesta una cantidad que destrozará el negocio sin tardar mucho.
En fin, un auténtico desastre.
© Del Texto: Nirek Sabal