oct 5 2011

Taxi Driver: Película de culto

El sentido de cualquier narración llega desde la explicación de una realidad. Por mucha ficción que contenga, transitando uno u otro género, siempre llega del mismo lugar, de la ordenación de un cosmos sea cual sea. Contar una historia por contarla, sin la debida búsqueda de un sentido, se queda en la anécdota, en una superficialidad que puede llegar a entretener aunque poco más. Por cierto, a mí, siendo niño, me reñían si me entretenía. No parecía más que una pérdida de tiempo. No sé por qué razón, hoy en día, es algo bien visto.
Taxi Driver, pelicula firmada por Matin Scorsese, está llena de sentido. Estados Unidos, en el momento de rodar la película, era un país desquiciado, histérico. La guerra de Vietnam, el caso Watergate; un movimiento hippie que se había venido abajo y en claro declive; y una traducción de las libertades que iban del puritanismo recalcitrante al desmadre más demencial, dibujaban el panorama de una sociedad que andaba renqueando, dividida y sin saber lamerse las heridas propias. Y es de eso de lo que habla la película. El retrato de Nueva York que presenta Scorsese se parece mucho a eso. Los rasgos que perfilan al protagonista son la acumulación de todo ello. Las calles llenas de chulos, putas, drogas y policías corruptos. De políticos mentirosos, de salas de cine X y de fracasados. Aunque el director se centra en la figura de Travis Bickle (el taxista que protagoniza la trama), excombatiente de Vietnam, insomne perpetuo, consumidor compulsivo de pornografía, bastante inculto e incapaz de aprender. Pero, sobre todo, un individuo incapaz de entender el entorno, de integrarse en él. Travis mira el mundo desde el balcón de la culpa, quiere redimirse, intenta la forma de quedar en paz en plena fase de autodestrucción. El papel de Travis lo interpreta un enorme y fantástico Robert De Niro.
En fin, un mundo terrible para un personaje redondo que puede vivirlo y explicarlo. Este cosmos se presenta desde el guión de Paul Schrader que, todo hay que decirlo, escribió después de divorciarse y quedarse con lo puesto. No es de extrañar que Travis tenga mucho del guionista. Es el arquetipo de antihéroe americano. Es el arquetipo del hombre de su época. Es el arquetipo de un hombre desolado y sin salida. El hombre que se alimenta de mierda y escupe lo mismo al mundo. Además, sin solución posible. Porque, cuando Travis se acerca a esa realidad, todo se convierte en un dramático vacío. En una de las escenas (mi preferida por su significado y expresividad), Travis habla por teléfono con Betsy (colaboradora en la campaña presidencial de un senador y encarnada por Cybill Shepherd). El cree estar enamorado de ella. Ella le está rechazando en esa conversación. Porque unos días antes, Travis, la invitó al cine y acabó con ella en una sala X. Pues bien. Scorsese mueve la cámara desde el personaje a la derecha. Allí se ve un corredor vacío que sabemos que llega a un lugar oscuro que es la calle. No hay nada. Como dentro del personaje. Un vacío absoluto. La nada existencial.
La película está llena de personajes desoladores. Una prostituta de doce años que escapó de su familia y se siente satisfecha al creer que se ha independizado. Jodie Foster en la actriz que interpreta el papel de Iris. Un chulo que confunde su machismo protector con el amor liando, a su vez, a la niña convertida en puta. Harvey Keitel es el que encarna al chulo Sport. Un sinfín de perdedores abocados al fracaso eterno o a la condena de su propia ruindad (el senador, sus ayudantes, los taxistas compañeros de Travis). Por eso, cuando nuestro protagonista se toma la justicia por su mano, se convierte en una especie de héroe. La violencia se combate con violencia. Eso es lo que parece pedir una sociedad desbordada y paranoica. Aunque eso mismo impide que el hombre consiga el perdón que busca con desesperación.
Taxi Driver es una película de culto. Y no es de extrañar. Cercana al cine negro, la encadenación escénica pegada a un expresionismo demoledor y ligada por un magistral guión, nos traslada a la zona más oscura del ser humano. A un lugar del que no se regresa entero. Nunca.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 26 2011

Taxi driver: Los pormenores de todo el mundo

Subo a un taxi después de deambular, perdida, horas y horas y en ropa de baño, entre las avenidas de una ciudad en la costa. Es algo más tarde de medianoche. Mi casa está a unos 200 kilómetros de esa ciudad y el taxista accede a llevarme. Doy un portazo y rompo a llorar de una forma enloquecida, patológica. Alarmado, el taxista intenta calmarme y me invita a contarle lo sucedido durante los 200 kilómetros de trayecto. Avergonzada de mi catástrofe y trastornada por la sobredosis de sol y combinados de todo el día, le hago una breve síntesis del desastre con frases inconexas y expresiones incoherentes que lo alarma todavía más. Entonces insiste en parar a invitarme a un café. Pero yo no tomo café, así que me invita a una cerveza en una gasolinera a medio camino. Como necesito un cigarrillo, dejo al taxista en la barra del bar y me llevo mi cerveza al baño, dónde bebo y fumo tranquilamente sentada en el retrete. Cuando salgo, él ya está en el taxi, esperándome. El viaje prosigue mejor, más reposado a medida que voy reconociendo las señalizaciones de mi ciudad. Saco una libreta de mi bolso de playa y anoto a toda prisa y en letra incomprensible el episodio acontecido, más una larga lista de propósitos a cumplir desde el mismo momento de llegar a casa.
Cuando bajo del taxi y subo a casa a por los 170 euros que marca el taxímetro, me siento al borde de la cama y contemplo mi caja fuerte vacía, los bolsillos de toda mi colección de faldas y bolsos vacíos. Vacía la nevera, las ranuras entre los libros, el bajo del colchón y las baldosas del baño.
Bajo a la calle y, con las manos vacías, le pido al taxista que me lleve a un cajero. Lo intento con la tarjeta de crédito. Vamos a otro cajero, y a otro, y a otro. El taxímetro sube, y ya no son 170 euros. De nuevo, vamos en el taxi hasta mi casa. Le ofrezco mi dni, le prometo ir a su ciudad el próximo domingo, abonarle su factura. Entonces, la amabilidad original del desconocido, desgraciado, según creo, se dispersa y desvanece, y la privacidad más íntima surge, con todos sus detalles, en un ataque de cólera salvaje. Mientras él grita con todas sus fuerzas, yo lloro de miedo pensando que unos metros más arriba me espera la calma del bibelot de dónde nunca debí salir. Mientras lloro, pienso que, tal vez, la catástrofe la puedo usar para algo dentro de un tiempo. Quizá para una historia de personajes insociables y retraídos. Miro al taxímetro con sus casi 200 euros en rojo y me pregunto quién lo es más, si el taxista o yo. Seguramente sea yo, aunque creo que todos los taxistas tienen algo de eso. Como lo tendrá el conductor del trailer, o el médico de guardia de un ambulatorio remoto, o cualquiera que, como yo, coexistiendo con cientos y cientos de personas en una ciudad, de día y de noche, llora a solas en un taxi por un dinero miserable con una infinita agenda telefónica de familiares, amigos, compañeros, separados, misteriosamente, por un eterno combate en Vietnam.
Esta noche, este taxista, como el ex combatiente Travis, me mete en el saco de la escoria nocturna más despreciable y sueña, como Travis, en raparse la cabeza, colorearse una cresta bien alta y apuntarme con una magnum 44.
Cuando subí a casa, yo ya sabía todos los pormenores de su vida, que eran los mismos que los de todo el mundo. El taxi se alejaba y aún se escuchaban truenos y detonaciones.
Hace unos meses, haciendo limpieza de escritorio, encontré la libreta con todos mis apuntes del viaje. Imposible traducirlos. Estaban firmados con fecha julio 2.009.   Aunque de los propósitos a cumplir al llegar a casa, pude entender cerrar con doble llave, usar la catástrofe con alguna excusa y no salir hasta después de navidad. Y eso fue lo que hice.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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feb 28 2011

Valor de Ley: Generaciones venideras

‘’Huye el impío sin que nadie lo persiga’’
Proverbios, 28:1

Si hay un tema que me llama poderosamente la atención en el cine más moderno es el recurrente al tema de la herencia; con esto quiero decir lo que le dejamos a las generaciones venideras, no el sentido estricto y frívolo de la palabra que no es más que repartir tus posesiones; me refiero a qué valores y principios les concedemos, qué mundo les traspasamos, cómo nuestras acciones repercutirán más tarde en los jóvenes, causas y consecuencias entre personas de distinta edad, sexo y raza. Desde 12 hombres sin piedad a ésta Valor de ley, hay un sinfín de títulos como El padrino, La caída de los dioses, Taxi driver, El imperio contraataca, Jóvenes ocultos, Un dia de furia, Magnolia, Los Tenenbaums, Pozos de ambición, The road, No es país para viejos o Un tipo serio, e incluso propuestas tan singulares como Tron Legacy tratan de lo que hablo. Estamos en unos tiempos agitados de muchos cambios, con crisis incluida y los hermanos Coen, como hacen últimamente con su cine, no iban a faltar  cada año para aportar su granito de arena y su particular visión del mundo que nos rodea, y de lo que nos espera, no a nosotros sino a los que vienen después. Y esta vez, de la fuente de la que bebían en sus anteriores producciones pero cuyo género no han abordado hasta hoy: el Western.

No voy a hablar aquí de la novela de Charles Portis, ni tampoco de la anterior versión cinematográfica romántica e idealizada protagonizada por John Wayne (cuyo film le dio un Oscar), una versión completamente desfasada en cuanto a la época, 1969, en pleno auge del spaguetti western. No voy a comparar nada de lo anterior con la visión de los hermanos Coen, porque ya ellos solos se diferencian del resto en cuanto a su mensaje.
El argumento nos sitúa en los ojos de una niña de catorce años llamada Mattie Ross que acude a ver el cadáver de su padre listo para enterramiento. Un padre asesinado por un desconocido llamado Tom Cheaney; un padre al que no vemos morir y que tan sólo vemos en el suelo, en la oscuridad de la noche, un cadáver como primer plano del relato y una voz en off narradora de los hechos como si de un recuerdo lejano se tratara. De este modo, una niña motivada por un temprano deseo de venganza, asistirá durante todo el relato a la consecución de un cadáver tras otro, como un eco irrepetible que le marcará de por vida hasta el final de sus días. Con la ayuda de un viejo alguacil y cazarrecompensas despiadado, tozudo y borracho como Rooster Cogburn, y un joven parlanchín y amanerado ranger de Texas llamado LaBeouf, la niña se embarcará en toda una aventura donde atravesará la frontera entre el mundo civilizado y el salvaje, entre la inocencia y la madurez. Un film que retrata tres generaciones distintas a través de sus tres personajes principales y cómo sus relaciones interpersonales afectan más de lo que ellos mismos creen, para madurar o no, para fracaso de unos y éxito de otros. Para ser, y no sólo existir.

Un western crepuscular tocado por obra y gracia de estos dos hermanos cineastas que últimamente nos están regalando maravillas, con su toque de humor negro, y esa sutil intervención de personajes extraños en un momento dado del film (como ocurre aquí con un hombre forrado con la piel de oso, de voz grave y tonos guturales que usa los cadáveres para hacer negocio con ellos, un hombre que representa la naturaleza, un ente que se lleva lo que dejamos atrás), así como la representación de una violencia sin concesiones de ningún tipo, vista como algo humano, atroz, pero sin caer en efectismos. Técnicamente envidiable, con una fotografía del archiconocido Roger Deakins (en su carrera artística están películas como Cadena Perpetua, Kundun, El Bosque o prácticamente todas las de los Coen, por poner ejemplos) que usa tonos fríos y grises, donde priman  los paisajes dramáticos, nevados, secos y nocturnos, sustentado por lo que se cuenta en todo momento en pantalla: el proceso de madurez de una niña inocente ante un mundo cruel. Una música compuesta, cómo no, por el indiscutible de los hermanos, Carter Burwell, cuya melodía evoca a un cuento, una fantasía donde los héroes son borrachuzos pistoleros y los malos son gente con ciertos principios, aparentemente. Y unas interpretaciones magníficas, sobretodo de la niña, la actriz Hailee Steinfeld , apoyada por tres grandes de ahora: Jeff Bridges, Matt Damon y Josh Brolin. Recomendada verla en V.O.S., más que nada por el tono de las voces roncas y alcohólicas de los personajes, que vienen a dar aún más esa impresión de que todo ha sido medido hasta el último milímetro, esto es, una representación histórica sublime, a nivel de decorados, vestuario y caracterización, así como el modo de hablar. No es de extrañar que los directores se hayan documentado a través de fotografías de la época, tal y como demuestran en la escena donde vemos a Rooster Cogburn por primera vez, en un juicio, la manera de estar, los gestos y posturas del público y el jurado evocan lo que acabo de decir.

Una película que en sí es todo un pony, término apropiado en la jerga de guionistas para introducir un flashback que evoca traumas de un pasado o de la misma infancia, y que los Coen utilizan como un recurso irónico durante todo el relato (como se deja ver en un momento dado, cuando la niña va al establo a recoger su pony recién comprado, llamado Negrito). Sin duda es una obra oscura, difícil de digerir para muchos y que para otros será incomprendida (como la mayoría de la carrera de los Coen), sutil y extraña, con una estructura narrativa fuera de lo que llamamos normal que logra desconcertar, pero que tiene su propio porqué; pero a la vez recupera en parte ese tono clásico de los western hollywoodienses, con unos diálogos maravillosos, y una perfecta construcción de personajes que logran dotar de vida a un relato que bien podría haberse condenado al fracaso. Sin más, me despido de vosotros con una palabras del predicador Harry Powell, de La noche del cazador y que resume lo que vamos dejando a las generaciones venideras:

‘’ La Biblia está llena de asesinatos’’


© Del Texto: Gwynplaine Thor

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