oct 6 2013

Sacrificio de Andrei Tarkovski: Una obra maestra


Durante mucho tiempo, Andrei Tarkovski defendió que las imágenes de sus películas, los sonidos que insertaba en cada escena (ya fuera el agua corriendo o el viento soplando), cualquier cosa que enseñase, no eran más que eso, lo que veíamos. Buscar símbolos, buscar significados ocultos que no fueran más allá de el propio objeto y cómo lo recibía la capacidad sensorial de cada espectador, era intentar encontrar algo que no estaba. Durante el rodaje de Sacrificio y después, reconoció que esa película estaba llena de esos símbolos. Creo yo que reconocía así que su cine, de forma inevitable, lo estaba. Cosas del arte. Ningún autor, ni en literatura, ni en cine, ni en pintura, ni en cualquier manifestación artística, puede evitar que aparezcan aunque sea muy lejos de sus intenciones. Incluso cuando la intención no existe.
Sacrificio es una de las mejores películas filmadas de todos los tiempos. Es una obra maestra indiscutible. Gustará más o menos, incluso algunos no aguantarán más de quince minutos frente a la pantalla, pero eso no la convierte en mejor ni en peor película. Obra maestra. Sin discusión. Y como todas las grandes obras que se alejan del mundo comercial, del mundo (a secas) para que en sí misma aparezca un cosmos con entidad propia, es difícil de ver y, mucho más de comprender.
Siendo un niño muy pequeño (Tarkovski), sus padres se separaron. A partir de ese momento vive con su madre, su abuela y su hermana. Según contó el mismo, su casa se sostenía sobre una estructura matriarcal muy acusada. Eso marca al director ruso para siempre. Él se casó en dos ocasiones y, parece ser que su primera mujer era muy parecida a su madre. Quería acaparar la vida de todos, todo giraba a su alrededor. Era como un cuenco en el que la vida de todos cabía. La segunda de sus mujeres fue especialmente incisiva en la vida de Tarkovski. No como la madre, sino desde fuera. Intentaba controlar cada movimiento del director. Debe ser por eso que las mujeres en el cine de este hombre sólo acceden a papeles amables cuando se trata de mujeres que aglutinan la vida de otros para proteger o son esposas sumisas y amantes perfectas de otros personajes. Si no es así, los personajes femeninos en el cine de Tarkovsky desarrollan rasgos inquietantes, casi agresivos. Hary en Solaris desprende una sexualidad que roza lo hostil. Es miedosa en ese aspecto. En Sacrificio, Adelaida(Susan Fleetwood), roza el histerismo; se mueve por la pantalla intentando ordenar el mundo de todos aunque es incapaz de entender y hacerse entender por otros. Su sexualidad es excesiva en todos los sentidos aunque parece guardada en un mundo propio que es inaccesible. Las mujeres ocupan un lugar extraño en el cine de este director.
En Sacrificio (Offret), Tarkovski se cuenta a sí mismo. Sobre esto no hay duda posible. Se trata de una película autobiográfica que, además, muestra con toda claridad a los personajes representando a personas reales de su mundo. Y, como ya he dicho, muchas de las cosas que negó antes de rodar esta película aparecen con claridad como realidades arrastradas en su cine desde mucho antes. Esa negación de lo simbólico es, ahora, una puerta abierta a la interpretación por parte del espectador, según el propio Tarkovski.

Alexander (Erland Josephson) es el protagonista. Es un hombre sin carácter, pero reflexivo, sensible y muy honesto con la forma de entender el mundo y a sí mismo. Después de producirse un desastre nuclear, decide sacrificarse (porque cree en ello) desde su pequeñez para que el mundo vuelva a ser lo mismo. Está convencido de que un esfuerzo personal de cada ser humano modificaría el mundo definitivamente. Es un hombre de cierta edad que, por ello, es capaz de entender las cosas. Y culto. Para él, la naturaleza es la fuente de todo. Es sagrada. Y, desde esa convicción y la capacidad de comprensión que aporta la madurez, comprende que el mundo no puede seguir adelante. Además, no le interesa si su actitud será comprendida o no por el resto de personas. Todo esto es muy de Tarkovski. Muchas veces habló del mundo como algo sagrado, como algo con lo que hay que interactuar.
Las referencias religiosas a lo largo de la película son muy numerosas. Incluso el personaje de Otto ( Allan Edwall) se puede considerar como un ángel bueno que se dedica a anunciar el camino de salvación a Alexander. Él es, por ejemplo, el que le dice que ha de dormir con María (la elección del nombre no es casual; se trata de una mujer bondadosa y comprensiva). La ofrenda no puede ser sólo dejar de hablar. Ha de dormir con ella, con la que vive junto a la iglesia que ahora está cerrada, con la que es bruja (En el buen sentido, dice el personaje; es decir, la que acumula sabiduría. No piensen en pócimas o verrugas en la nariz). Alexander, así lo hará, y (del mismo modo que en Solaris) ambos personajes tendrán una unión mística que acaba con todas las leyes físicas del mundo. Levitan.
Los sueños se superponen a la realidad. En algún momento de la película, no sabemos si el personaje sueña o ve una realidad que nadie ve. Quizás sean estas las zonas más oscuras y difíciles de interpretar. La reflexión personal de Alexander siempre va más allá de la del resto de personajes que son incapaces de entender nada de lo que ocurre. No parecen personas porque no lo son porque les falta ese entendimiento, esa búsqueda de sí mismos, la búsqueda de lo trascendente.
Creo que no es necesario decir que la cámara de Tarkovski va moviéndose con una elegancia descomunal. El trabajo del fotógrafo (Sven Nykvist) es magnífico y la iluminación es la exacta en cada toma. Los planos fijos tienen una longitud perfecta. Todo está bien, en su sitio.
Desvelar algo más de la película o intentar explicar parte de la simbología (eso es como explicar un poema, es como matar un poema) sería ridículo. Sólo trataba de recomendar un gran obra a los que no la conocieran. Sólo trataba de animar, a los que ya la vieron, para que repitan. Y sólo trataba de dar alguna pista a los que no pudieron terminarla para que se animen en un nuevo intento. Ya me contarán.


sep 22 2013

La hora del lobo: Ante el artificio tenebroso

La hora del lobo es, sin duda, la película más terrorífica de Ingmar Bergman. Inquietante, llena de personajes malvados, de escenas escalofriantes, de sueños dolorosos. El trabajo de Sven Nykvist con la fotografía es excepcional. Siempre lo es aunque, en esta ocasión, la importancia sobrepasa cualquier límite anterior. Unida a una dirección magistral se convierte en una excelente película.
Comienza la cinta con los créditos habituales y el sonido de la preparación del rodaje. Bergman, como ya había hecho anteriormente en Persona, nos advierte del artificio ante el que estamos. Vamos a ver una película de cine y eso nos traslada a un territorio muy concreto; un lugar en el que todo es ficción aunque se arrastre la experiencia vital del autor, un lugar en el que los límites con la realidad nunca estarán claros, en el que todo puede pasar y en el que todo puede parecer cierto sin serlo.
Nos cuentan lo que le sucede al pintor Johan Borg (un magnífico Max Von Sydow) poco antes de desaparecer. Y nos lo cuentan a través de Alma, su mujer (Liv Ullmann; expresiva, contenida y creible), que conoce la historia por estar presente en algunos casos o porque lee el diario de su pareja. Incluso mezcla sus propios pensamientos y reflexiones sin que sepamos nunca con exactitud qué es lo que vemos. La pareja se encuentra en una isla; retirados, intentando buscar la calma necesaria para que el artista desarrolle su obra. Pero el escenario se comienza a llenar de gente y todo se modifica. Los seguidores del artista, los críticos, un amor nunca olvidado, el miedo a los fantasmas arrastrados desde años atrás, el vampirismo, la máscara que llevamos colocada para parecer lo que no somos, las relaciones matrimoniales. El miedo, la angustia, la duda. Todo se va encarnando en los personajes que se presentan.
En las películas de Bergman, todo tiene significado, un sentido profundo e imprescindible para entender el relato. Nada es gratuito. En La hora del lobo, la extrañeza que causan los esquemas narrativos hacen de la comprensión un reto difícil aunque apetecible. Por ejemplo, Verónica Vogler (Ingrid Thulin) es un antiguo amor de johan Borg. Pero el espectador termina sabiendo que Vogler lo que representa es la inspiración del artista. Su relación es la propia de cualquier pintor, escultor o novelista, con las musas. Viene, se va, se muere y renace, coquetea, se ofrece, escapa. Los habitantes del castillo son odiosos. Son seguidores del pintor, sus admiradores, sus críticos. Y entre todos acaban con él, le consumen. El artista no soporta la idiotez burguesa que se sostiene sobre lo material, el poco valor que se le atribuye a su trabajo, el parloteo absurdo que quiere parecer intelectual; la frivolidad vacía. Todos estos personajes son el fantasma de la fama, el fantasma del juicio constante, la falta de criterio de otros que lleva al artista hasta lugares que no debería pisar, hasta renunciar a su propio arte. Hacen dudar a Borg. Me denomino artista por no encontrar nada mejor, dice el pintor. Tenemos los colmillos afilados, dicen los habitantes del castillo.
Unas de las escenas más impactantes, mejor filmadas, es la que muestra al pintor peleando con el fantasma de su niñez; acabando con lo que arrastra desde que es niño y ha ido perdiendo por el camino. Por supuesto, la evolución de Borg es nefasta porque renuncia, entre otras cosas, a su parte más infantil, más detectivesca con la realidad, algo a lo que un artista no puede renunciar si quiere contemplar el universo en su totalidad y con la frescura e inocencia necesarias. Bergman nos deja una escena magnífica e inolvidable.
Otro de los ejes troncales de la película es la obsesión de Alma. Quiere saber si los que están juntos muchos años terminan siendo iguales. Durante la película, sabremos que sí (los espectadores, ella no parece descubrirlo). Nos devoramos unos a otros, tendremos que vencer fantasmas ajenos o ser derrotados por ellos. Pero, y es aquí donde Bergman aporta su propia forma de ver las cosas, sobre todo, nos pareceremos a nosotros mismos. Nos dice algo así como que somos con quien más tiempo pasamos. Eso sí, enmascarados de cara a la galería aunque creamos que ese es nuestro aspecto porque, en algún momento, olvidamos cómo somos en realidad. O lo ocultamos. Ser y no ser al mismo tiempo; condición ideal para una cita de amor.
El movimiento de la cámara de Bergman es delicado a pesar de buscar el impacto más violento en el espectador. Es especialmente reseñable cómo representa la relación de algunos personajes respecto a otros, con movimientos que van de un personaje a otro recorriendo un espacio vacío o muerto.
El reparto está a una altura sobresaliente sin excepciones. La puesta en escena es sobria y elegante. La música de Lars Johan Werle (adaptando una pieza de La flauta mágica de Mozart) es espléndida y nada intrusiva.
La hora del lobo es una película sombría, tenebrosa; una película en busca del subjetivismo más absoluto a la hora de mostrar la realidad (existencialismo puro); aunque es maravillosa y atractiva.
Si pueden no se la pierdan. Dejarían de ver una gran película.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 11 2013

Esas mujeres: Borrador para lo imprevisible

Toda filmografía contiene triunfos y fracasos, todo autor aun de la talla del sueco Ingmar Bergman ha llevado a cabo proyectos portentosos como el extraordinario y rupturista film Persona, y otros fallidos como la no menos original pero deficiente comedia Esas mujeres. Casualmente este juguetón film es el que precede en el tiempo a aquella obra maestra protagonizada por Liv Ullman y Bibi Andersson, aunque en Bergman pocas cosas resultan ser casuales.
Esas mujeres es a todas luces un experimento. El propio género de comedia ya la delata; tocado en muy pocas ocasiones por su autor y casi siempre (con excepción de la genial Sonrisas de una noche de verano) con negativos resultados, sus infructuosas comedias parecen salpicar la filmografía del director sueco como momentos de voluntaria relajación antes de abordar proyectos mayores que conlleven una evidente intención de reinventar su escritura fílmica. Ocurrió con Tres mujeres antes de Un verano con Mónica, con El ojo del diablo antes de Como en un espejo y por supuesto con Esas mujeres que precede al estallido  de Persona.
Pero ¿es realmente Esas mujeres un fracaso? Como película sin duda, la autoparodia es un recurso interesante siempre y cuando el autor sea sincero en ella; y todos sabemos que Bergman se sabía genio y dueño de toda razón. Las piezas no terminan de fluir con naturalidad en este film un tanto deslavazado y el tono de vodevil que tan bien funcionó en Sonrisas de una noche de verano queda anulado por el surrealismo de la cinta. Sin embargo este aparente fracaso se vuelve mucho mas disfrutable si lo consideramos el entretenimiento que fue para su autor, un divertido cuaderno de bocetos que garabatear con su colega Sven Nykvist y sin duda un perfecto banco de pruebas para la concepción radical con que Begrman abordaría la construcción de Persona, el resultado es un film disperso, pero encantadoramente inocente;, una obra ineficaz, pero embaucadora por su concepción casi naif de la vanguardia visual.
Efectivamente si todas las películas anteriores de Bergman sostenían su propuestas con una envoltura cinematográfica que podríamos denominar barroca (en un sentido no sólo de puesta en escena elaborada y recargada llena de claroscuros caravaggescos, sino también de bifurcación de los intereses del clasicismo que lo  aleja de la exposición clara y diáfana de los acontecimientos hacia rincones mas oscuros que provienen de la subjetividad del autor), estas no dejaban de ser films clásicos en la correlación tradicional de forma/contenido y la estructura del relato con inicio, nudo y desenlace. En Esas mujeres el cineasta sueco comienza, sin embargo, a abrazar algunos de los elementos mas característicos de la incipiente modernidad cinematográfica y construye su relato sobre un estilo mucho más libre y descarado, sin titubeos a la hora de mostrarnos el artificio cinematográfico. Se trata de hecho de una obra tremendamente teatral que se emparenta en este sentido con Sonrisas de una noche de verano, aunque si  aquella constituía una perfecta simbiosis de teatro y cine que conseguía articular un discurso tremendamente original, aquí la originalidad reside en la abrupta inclusión de elementos teatrales  (decorados nada disimulados, abundancia de planos generales fijos, personajes entrando y saliendo del cuadro…) en el relato cinematográfico exponiendo su trucaje. Si Esas mujeres resulta teatral es porque pretende ser brechtiana.
El film, que narra el último día de vida de un famoso compositor a través de las personas que lo rodean, disecciona el mundo artístico de forma humorística e irónica en todos sus ámbitos, el de la crítica (contra la que efectúa el más duro ataque bajo la ridícula figura de Cornellius, el biógrafo), del autor, del mercado del arte…; pocas veces se ha mostrado Bergman tan autocrítico como en esta obra en la que demuestra saber reírse de sí mismo aunque no convenza demasiado de su sinceridad. El director se retrata en la forma en que es visto por los demás bajo la figura de Félix, un gran compositor, un autor solitario y excéntrico recluido en su torre de marfil y en los temas que le obsesionan, tocando siempre de forma constante  la suite nº 2 de Bach  y rodeado de un numeroso grupo de mujeres: esposas, exesposas, aprendices y amantes (cabría decir que en aquel momento Bergman ya se había casado en cuatro ocasiones y mantenido varias relaciones extraconyugales con sus actrices, algunas de las cuales aparecen en el film). Estamos por tanto ante  una obra que se carcajea de la mitificación a la que su autor estaba expuesto y en la que se muestra como un ser aislado de la sociedad, encerrado en la prisión de su propia creatividad y atrapado, como Elisabeth Vogler estará un año mas tarde, en un personaje que nunca habla,  una mascara: en todo el film no se nos muestra su rostro de forma directa, solo lo vemos a través de representaciones, de numerosos bustos de concepción romana que solo podrían contener un enorme ego, podemos ver lo que él nos permite, su propio rostro como obra de arte, como piedra esculpida que no obstante sangra cuando se le dispara.
Pero la mayor aportación que Esas mujeres hace a la película que la seguirá en el tiempo es, como hemos dicho, una nueva concepción del relato cinematográfico mucho más atrevida; Bergman parece divertirse realmente mientras juega a manipular las leyes básicas del cine clásico. Hay que destacar primero que se trata del primer título en color de la filmografía bergmaniana aunque el uso de este dista mucho de acercarse a las condiciones del realismo que generalmente caracteriza a la mayoría de producciones, aquí los colores están cargados de intención y recrean atmósferas completamente irreales. Pero el cúmulo de recursos distanciadores que la película despliega va mas allá de un uso efectista del cromatismo y llega a resultar  sorprendente: carteles a la manera del cine mudo, discontinuidad espaciotemporal, sobreactuación de los actores, aceleraciones de la imagen, miradas a cámara… todos elementos que pretenden enunciar los mecanismos de construcción del propio film y que anticipan lo que sería uno de los mas fascinantes elementos de Persona (y de cintas de vanguardia posteriores como la divertida y recargada Las Margaritas de Vera Chytilova), su descarada enunciación metalingüística
Esas mujeres nos presenta un relato plenamente plegado a la forma, todo en ella es representación, los personajes apenas si tienen personalidad y funcionan como arquetipos bidimensionales a los que su dueño pone nombres, el film deconstruye su propio lenguaje mezclándolo de forma despreocupada, casi anárquica por momentos, con los procedimientos teatrales y de paso haciéndolo hermético al tradicional análisis, liberándose de antiguos corsés y advirtiendo la manera en que más tarde construiría con sólo dos personajes y una isla un nuevo tipo de espacio-tiempo puramente fílmico.
Esas mujeres funciona por tanto como obra taller, como entretenido y radical campo de pruebas de quien se propone cambiar su forma de realizar películas. El tropiezo necesario antes del gran salto.
© Del Texto: David Mayo


sep 10 2013

Sonata de otoño: Lo que sucede en nombre del amor

Hay quien dice que Bergman inventó las películas lentas. Hay quien dice que Bergman era un pedante. Hay quien dice que la teatralidad del cine de Bergman es excesiva y una lacra para su obra. Pues muy bien. Es posible que todos tengan algo de razón. Pero, también, hay quien dice que ver una película de este director es arriesgar tu propio yo, porque el mundo se pones patas arriba durante el tiempo en que miras la pantalla. Uno de estos últimos es el que escribe. Involucrarte en el universo de Ingmar Bergman es descubrir, posiblemente, parte de tu propio mundo. Asistir al desenmascaramiento de sus personajes es vivir el propio. Sufrir con los personajes de Bergman es vivir el propio vacío existencial al que arrastra cualquiera de sus trabajos.
Sonata de otoño es un drama, sencillamente, arrasador. Se plantea la relación de una madre y una hija para ventilar el problema que puede generar la culpa. Ese es el tema principal de la película. La culpa. Además de las difíciles y extrañas sendas que facilitan un escape a la persona.
Los diálogos son excelentes. Bergman deja algunas perlas inolvidables. La hija, durante una noche de insomnio, le explica cómo ha vivido su relación. Todo sucedió en nombre del amor (…) y conoces la entonación y los gestos del amor.(…) Mamá ¿es mi infelicidad tu placer secreto? Más adelante, la madre habla. Todo lo que recuerdo de los partos es que me dolieron. Pero ¿cómo era el dolor? No lo recuerdo. Esta conversación entre madre e hija es de una potencia insólita. No sólo por lo que se dice (la hija acusa a su madre de fingir ser madre, la madre recuerda a su hija que lo único que tiene de ella es un dolor que, ni siquiera, es capaz de recordar); la cámara encuentra los rostros de las protagonistas y se detiene con mimo ante ellas. La veneración del director por sus actrices y por la mujer, en general, queda patente. Y Bergman consigue un efecto impresionante (con ayuda de sus maquilladores que hacen un trabajo increíblemente bueno): la hija, de aspecto aniñado y pusilánime, madura; la madre de aspecto juvenil envejece. Todo ello con una sutileza maravillosa; jugando con la iluminación, buscando primeros planos de cada personaje para ir haciendo aparecer lo que Bergman busca. Incluido una secuencia en la que la hija habla detrás de la madre, muy cerca, como si en ese momento se cruzaran los caminos de sus evoluciones personales. Tremendo todo, de una belleza impagable.
Pero si los diálogos son maravillosos, los silencios lo son aún más. La madre pide a su hija que interprete una pieza de Chopin al piano. La madre es una afamada pianista. La hija hace lo que puede. Eva (la hija) interpreta; Charlotte (la madre escucha con lágrimas en los ojos). Pero al acabar le explica lo que realmente dice la partitura de Chopin, cómo era el compositor. Y es la madre la que interpreta arrasando a su hija, casi ridiculizándola. Eva ha estado mirando a su madre mientras esto sucede. El rostro lo dice todo. El de la madre lo dice todo (las lágrimas de antes se tiñen de mentira). El de Viktor (marido de Eva) lo dice todo. Tremendo. Y ya sabemos lo que nos viene encima, ya no hace falta decir qué tipo de relación hay entre madre e hija. Sin una palabra.
La puesta en escena de Sonata de Otoño es muy sencilla, no hay grandes decorados, ni grandes lujos. Sobriedad absoluta. Pero elegancia total. También. Gracias a ello, la facilidad con la que Bergman atrae la atención sobre lo importante (los personajes) es pasmosa. Todo envuelto en música de Chopin, Bach y Händel.
La dirección actoral es una clase magistral. Ingrid Begman está soberbia. Liv Ullmann impresionante (su aspecto recuerda al de Mia Farrow al comenzar a trabajar con Woody Allen). Lena Nyman, en un papel mucho más corto, convincente a más no poder. Halvar Aminoff correctísimo. A todos se les ve convencidos de lo que hacen, disfrutando.
Por supuesto, la fotografía de Sven Nykvist es de una categoría extraordinaria. Como siempre. Los primeros planos son detallistas y buscan los contrastes de la psicología del personaje y la situación que viven. Quizás sea el aspecto más destacable.
El miedo, lo imposible de aprehender a través de los sentidos, la muerte, el lugar de la mujer, la religión que nos convierte en seres miedosos. No faltan los temas que Bergman trata sin descanso. Aunque, esta vez, dejan paso a la culpa.
Magnífica película. Nadie que ame el cine puede dejar de ver algo así. Aunque otros se duerman, aunque otros crean que la teatralidad es excesiva, aunque otros piensen que este director fue un pedante. No se la pierdan.
© Del texto: Nirek Sabal


sep 9 2013

El manantial de la doncella: El silencio de Dios y otras obsesiones

Magnífica película. En ella queda patente, con bastante claridad, lo que Ingmar Bergman buscaba al realizar películas de cine. Y, por eso, en ella se puede encontrar el universo del director casi al completo. Desde luego, lo fundamental está.
El cine de autor se caracteriza, entre otras cosas, porque las obsesiones del director se repiten sin filtro; porque los esquemas creativos conservan lo fundamental aunque integren las novedades que llegan con la madurez de sus trabajos. En El manantial de la doncella encontramos la obsesión de Bergman con dioses y religiones; la contraposición de lo nuevo y lo ancestral; la angustia existencial; la maldad luchando con la inocencia bondadosa; la muerte; la mujer como centro de atención y eje fundamental en la construcción del mundo.
En el cine del sueco los dioses aparecen silenciosos, imperfectos y equivocados cuando deciden crear al ser humano. Cualquier dios es así aunque el cristiano es el que nunca habla, el que deja a su suerte a la persona. Nunca cambia su actitud. En esta película es Odín, un viejo dios pagano, el que se hace eco de los deseos de una de sus fieles seguidoras. La malvada Ingeri (una estupenda Gunnel Lindblom) pide y su deseo es concedido. Parece que Odín es mucho más fiable que el nuevo dios llegado a la Suecia medieval y se ajusta a las necesidades de los que creen en él. El dios cristiano es posible que no pueda llegar a perdonar.
Lo que hace Bergman en este trabajo es actualizar una leyenda (Törens dotter i Vänge) que dice que donde muere una doncella aparecerá un manantial. La Suecia medieval, marco de desarrollo del relato y en la que la religión ordena el momento más oscuro de la humanidad, se dibuja como un paisaje idílico destrozado por un ser humano brutal, rebosante de prejuicios y supersticiones; es un marco del que no se puede disfrutar a causa del yugo clerical.
Bergman consigue un clima terrible, casi tenebroso en esta película. A medida que avanza la trama, ese clima se hace irrespirable. Esto lo logra gracias a una puesta en escena elegantísima y sobria, por un trabajo en la dirección actoral muy preciso (alguna escena resulta teatral en exceso aunque se compensa con la elegancia de los encuadres y del magnífico movimiento de la cámara), por la excelente fotografía en blanco y negro de Sven Nykvist (realista y tendente al expresionismo jugando primorosamente con los claro-oscuros) y por el uso de una banda sonora sencillísima que resalta el carácter bondadoso y cándido de la doncella frente al resto de personajes (matiz perfecto para las contraposiciones que busca el realizador).
No faltan los símbolos en la película. Por ejemplo, un sapo negro que anuncia la muerte violenta que, desde el principio, deja claras las intenciones del Bergman. Intenciones que se enroscan en sus preocupaciones. El director conoce bien el lenguaje visual, el iconográfico y el de los objetos. Todo se revela como iluminador de los personajes, como cimientos del relato.
Tal vez, el guión de Ulla Isaksson sea lo más flojo del conjunto. Aunque está a muy buen nivel. Los diálogos son escasos con lo que se minimiza el problema al ocultarse las lagunas tras la potencia visual. Los personajes podrían haber crecido más y mejor, pero, no obstante, se elevan lo suficiente como para cumplir con las expectativas.
Max Von Sydow es Herr Töre, el padre de la doncella, un hombre instalado en la tranquilidad y el amor a Dios hasta que se topa con la crueldad y sufre una conmoción que le lleva a conocer su parte más primitiva y salvaje. La escena en la que sale a buscar ramas de abedul es inolvidable. Von Sydow aporta credibilidad en su trabajo. Birgitta Valberg es fru Märeta. Sobria y elegante; convincente. Birgitta Valberg interpreta a la doncella estupendamente y es, con seguridad, la mejor fotografiada y con la que más trabaja Bergman intentando conseguir el efecto buscado.
Bergman se plantea cuestiones existenciales que, por supuesto, deja sin resolver. Este director tenía la buena costumbre de plantear preguntas que llevasen al espectador a otras más profundas; nunca a una respuesta aportada por él. Deja que la angustia vital se encarame a la pantalla de principio a fin, que la violencia destroce las consciencias de personajes y espectadores, que se sienta el dolor de las personas ante su finitud o ante la falta. El manantial de la doncella es una película soberbia. Al fin y al cabo, Bergman fue un genio.
© Del Texto: Nirek Sabal