oct 3 2013

El espejo: Tarkovski desde la butaca

Si en mi pasado 37 cumpleaños me hubiesen regalado la biografía ilustrada y en varios tomos de Andrei Tarkovski, no hubiese conseguido más información de su vida que viendo El espejo desde la butaca negra de muelles desafinados que un invierno R me regaló y desde la que, de la forma más lenta y sosegada posible, he padecido, otra vez, la nostalgia de un cine que ya no existe.
Si hubiese leído su biografía en la tumbona de un hotel de la montaña entre lagartos y pinsapos me hubiese entusiasmado y animado a darle un repaso a su filmografía, desde luego, pero nada que ver con las emocionantes impresiones nocturnas que me han aportado las imágenes de una vida que su propio dueño ha elegido titular Zerkalo y contar en fotogramas, y que yo reservo para madrugadas tranquilas y dilatadas.
Como la palabra poesía está ya tan desgastada por los millones de poetas que salen, cada vez más, por todas las esquinas, y como yo estoy cada vez más mayor y más maniática, y la tengo tomada con los adjetivos, entre otras muchas cosas, voy a prescindir del término poético, que quizá podría definir esta película, y voy a tratarla como la autobiografía de un señor maravilloso llevada a la experimentación cinematográfica que a mí me parece que es. Cómo la historia personal que, camuflada bajo las catastróficas circunstancias de la época, sólo puede contarla así, de esa forma maravillosa, alguien que la ha vivido y que además tiene el buen gusto y la inteligencia de saber transformarla en una película que cumple con todos los deberes de la investigación cinematográfica, incluido el espectáculo. Alguien que no sólo se sirve de las propias imágenes que le sugieren sus recuerdos, sino que insiste y explota los sonidos que, tal vez, muchos años antes, retumbaron estrepitosamente en sus sueños. Que utiliza los poemas que le quedaron de herencia como instrumento narrativo en una película que no se sabe muy bien si surgió de esos poemas o al contrario. Que hace un cine optimista, dónde todo es posible y dónde todo está perfectamente justificado por su carácter onírico y surrealista, capaz de hacernos levitar en blanco y negro sobre la mesa del comedor y hacernos ver todas esas cosas que no se ven. Además de colaborar en la destrucción de las viejas formas experimentando con las nuevas, y además de hacer con el cine filosofía, y literatura, y metafísica, y poesía, y hasta pintura, que se podría decir de muchos planos. Porque el cine está para hacer todas esas cosas, y para estudiarlo fuera de las escuelas y para salvarnos de imbéciles como Spielberg y otros deficientes del montón.
Otra vez veo El espejo y otra vez compruebo que el cine ha muerto, como murieron los tyrannosaurus o las tortugas sapos. Otra vez pienso que menos mal que nos quedan las toneladas de celuloide remotas que nos dejaron tipos como Tarkovski, o como Bergman, o como Fellini, o como unos cuantos más, para hacernos levitar con sus espejismos en una butaca negra de muelles desafinados y no dejarnos correr nunca sobre el espejo como ciegos.
© Del Texto: Sonia Hirsch


nov 9 2011

Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio

Los que hemos crecido leyendo los cómics de Tintín celebramos la llegada de esta película firmada por Steven Allan Spielberg con alboroto y entusiasmo. Hemos ido al cine ilusionados y, seguramente, todos hemos regresado a casa satisfechos. Digo seguramente porque alguno habrá levantado la ceja pensando que Tintín es otra cosa; que el carácter de los personajes es distinto en la película que en las viñetas de Hergé, que el mundo que representa un cómic está menos encorsetado puesto que la imaginación del lector puede manejarse con mayor soltura. Y no deja de ser cierto. Pero la película presenta un despliegue técnico de tal categoría que deslumbra a cualquiera que se sienta en la butaca de la sala de proyección. La puesta en escena es espectacular y logra que el mito de Tintín se tambalee lo mínimo. Por otra parte, lo que cuenta la película (al ser mezcla de viñetas de diferentes historietas) tiene su punto de originalidad incluso para los que conocemos bien la obra de Hergé. Todo lujo de detalles sobre el mundo de Tintín, todo lujo de detalles técnicos que hacen agradable la película; eso es lo que ofrece el trabajo de Spielberg.
Los personajes, aunque sobradamente conocidos, van creciendo durante el metraje sin dificultad. El director los trata como si fueran perfectos desconocidos y eso ayuda mucho a que el progreso se produzca con buen ritmo. Es verdad que Spielberg no puede evitar algunas elipsis en la narración que pueden ser una traición a esta estrategia narrativa, pero no se convierten en gran problema. Podríamos decir que se le puede perdonar (en este caso y sólo en este caso). La correlación entre ritmo narrativo y el progreso de los personajes es aceptable. Un ritmo que, por cierto, es algo más pesado al comienzo y se dispara de forma un poco alocada finalmente. Porque al principio se desarrollan los perfiles de Tintín, Milú y Hernández y Fernández, dejando el terreno preparado para la aparición del Capitán Haddock. Y, a partir de ese momento, todo se convierte en una gran y veloz aventura que deja pasmado a cualquiera.
La factura de la película es excelente y los intentos de Spielberg por arrimarse al fondo del original son de agradecer. Poco más. No encontramos un sentido claro en la película salvo el de hacer una cifra en taquilla que quite le respiración. O el de entretener. Pero el cine no es sólo espectáculo. Debe ser algo más. Y no por ser la adaptación de un tebeo se pueden manejar licencias que en cualquier otra película serían consideradas un fraude. Por ejemplo, esas elipsis de las que hablaba, las que ayudaban en algunos aspectos se sostienen sobre una falta de información clamorosa e irritante. La película se llena de cabos sin atar de principio a fin. Se dan por sabidas cosas que son fundamentales. Y eso no puede ser. Del mismo modo que los personajes son tratados como desconocidos, la acción salta de un lugar a otro dando por hecho que eso que no se cuenta ya lo debe conocer el espectador. Y si no es así, da igual. Spielberg juega a maquillar este terrible error con el uso de una técnica abrumadora y escenas de acción que no dejan pensar a nadie. Una película -sea adaptación o no- debe funcionar de forma autónoma respecto a lo que ya existe; tenga que ver o no con ello. El espectador echa en falta cierta profundidad en lo narrado. Todo lo bueno de la construcción del personaje se convierte en un nefasto uso de la técnica narrativa y destroza lo que de cine pudiera tener la película.
Un producto carísimo, una máquina de hacer dinero que tiene como último sentido entretener. Es decir, una película más.
Pero a eso hemos ido al cine muchos. Y, seguramente, repetiremos con las copias en formato DVD. Porque nos gusta Tintín, porque necesitamos divertirnos. Pero cuando queramos disfrutar del buen cine buscaremos otras alternativas.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


jul 28 2011

El diablo sobre ruedas

De la existencia de Dios y de la necesidad de la guerra ya ha hablado mucho Spielberg a lo largo de su cargante filmografía explayándose en una larga lista de títulos que me niego a mencionar por un motivo importante: el único fin de mi colaboración en este blog es la difusión del cine. Entendiendo por cine todo aquél que ya no existe, y que,  desde mi punto de vista, cumple con sus deberes. Esto es: investigación, experimentación, pensamiento y espectáculo. Como mi lista de películas catalogadas dentro de la casilla cine es tan infinitamente extensa, como cada una de ellas requiere un tiempo precioso de revisión, documentación y reflexión, y, como ante todo, esta es una actividad sumamente placentera para mí, yo me niego a perder un sólo segundo en publicitar, todavía más, esa cosa de masas y palomitas, porque si, como dicen, solo es cuestión de pasar un buen rato, tengo yo una graciosa colección de TBOS de Angelito, Hug el troglodita y La terrible Fifí que, con un cocktail saladito y un tanque de cerveza no me muevo  de la cama en semanas.
A pesar de mi aversión por Steven Spielberg, incluyo en esta lista cinematográfica mía, personal, El diablo sobre ruedas porque sí he encontrado en esta película el punto cinematográfico al que me refiero unas líneas arriba. Y no sólo lo he encontrado, sino que la he disfrutado repetidas veces y durante muchos años. Años en los que yo era una aficionada al terror y esta película una de mis pesadillas preferidas.
Esta vez, Spielberg, después de intentar convencernos, en vano, de que Dios existe y la guerra es necesaria, nos cuenta la historia de un tipo amargado de la vida que sale en su coche de viaje de negocios dejando atrás una vida convencional que nos pinta perfecta, pero que, parece, no convence al protagonista. El matrimonio, la paternidad, el adosado con jardín y un tedioso trabajo de viajante parece ser el ideal americano que Spielberg insiste en vendernos, porque mientras más se aleja David de todo eso, más se le castiga. Esta vez, el castigo tiene la forma de un inmenso camión cisterna que no deja de acosar a David en un viaje sin fin. El conductor de este camión cisterna no muestra su rostro en ningún momento, por lo que el propio camión se convierte en el verdadero antagonista. Brillante idea de Spielberg.
David es ridiculizado y menospreciado durante toda la película, resultando un calzonazos simplón reducido por una máquina y sin recurso alguno para pasar un día fuera del adosado con jardín.
Esto, el empequeñecimiento de un hombre por una simple máquina que, sin razón aparente, le hace el viaje imposible, y a la que es inútil suplicar que se detenga, me pareció el truco infalible de Spielberg en esta película. Lo que me encandiló a los 12 y a los 20 y lo que me sigue encandilando a los 37.
Desde luego, la imposibilidad de llegar a alguna parte cuando uno se desvía del camino establecido, la claustrofobia de las carreteras rectilíneas, la inseguridad de los moteles desolados y la atmósfera polvorienta del desierto le quitan a uno las ganas de salir corriendo. Mucho mejor un estilo de vida conservador y puritano dónde vivamos seguros con un Dios que nos protege siempre y una guerra que nos salva, que acabar al atardecer al borde de cualquier carretera lanzando piedrecitas al vacío. Bonito plano final éste. Insoportable Spielberg.
(Por cierto, no sé si Spielberg se escribirá así. Ustedes me disculpan, en cualquier caso).
© Del texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube


jun 13 2011

Lo excelente, lo bueno, lo malo y lo catastrófico

Siendo jovencito dividía casi todas las cosas en buenas o malas. Incluidas las películas de cine, a sus directores o a los actores y actrices que trataban de defender sus papeles. Ya no. Ahora (me centraré ahora en los directores) lo que hago es meter en un pequeño grupo a los grandes de verdad (Woody Allen, Andrei Tarkovsky, Billy Wilder, Akira Kurosawa, Alfred Hitchkock o Quentin Tarantino, por poner un ejemplo, aunque no pasan de quince). En otro a los buenos directores que, si bien han logrado muy buenas películas, no terminan de convencerme por una cosa u otra (Steven Spielberg, Martin Scorsese, Pedro Almodóvar, Oliver Stone, por poner un ejemplo. Aquí se quedan sin nombrar muchos). El tercer hueco lo reservo para los directores del montón. Estos no me dicen ni fu ni fa. No nombraré ninguno porque no me acuerdo de sus nombres o me da pereza escribirlos. Un último grupo lo forman los directores desastrosos (a estos no los nombraré por pura prudencia aunque no creo que merezcan este privilegio).
Parece que es una forma algo más lógica de dividir las cosas. No es posible meter en el mismo saco a Jack Nicholson y a Will Smith. Las carencias de este último convierten en una injusticia la agrupación. Y, además, echando un vistazo a cada grupo, puedo sacar conclusiones sobre el tipo de cine que gusta a un grupo de espectadores u otro. Por otro lado, permite entender el desastre en el que se ha convertido el mundo del cine. Piensen en un director, en una película o en algún actor que les parezca horrible. Ahora busquen en la red, por ejemplo, la taquilla de esa película. Millones. Incomprensible ¿no? Ahora piensen en Tarkovski. ¿Quién le conoce de sus amigos? ¿Cuántas veces le han invitado a pasar la tarde en casa viendo una película de él? ¿Cuántas veces lo han hecho para ver una de Bruce Willis? Si dividimos la cosa entre buenos y malos tendemos a equivocarnos.
Pues bien, todo esto que les he contado no era más que una excusa para que vean un cosa que me parece excelente. Es de Federico Fellini. Este director está en el primer grupo sin duda alguna. Y, para el que quiera sufrir, dejo una muestra de eso que llamo desastre. Es un poupurri de un director actual que gana una pasta, que malgasta un dineral haciendo que el cine sea una risión y que es reflejo de lo que pasa hoy por hoy. No hace falta que les explique nada. Comprueben ustedes mismos que es cierto y verdadero.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube
Imagen de previsualización de YouTube

mar 12 2011

The Troll Hunter: Fiordos nórdicos

The Troll Hunter es un mockumentary (o falso documental) mezclado con el género de las monster movies (si, King kong, Godzilla y largo etc son buen ejemplo de ello) grabado en Noruega y dirigido por un desconocido André Øvredal. El argumento nos sitúa en dicho país nórdico, en la actualidad, donde se supone que en las áreas restringidas se están encontrando osos muertos y se cree que hay cazadores furtivos haciendo de las suyas en las inmediaciones, en todo este embrollo surge un equipo de universitarios de medios audiovisuales que intentan cubrir la noticia de la mejor forma posible, lo que les lleva a encontrar a un hombre misterioso, solitario, casi ermitaño, al que creen que es el cazador furtivo. En una de sus incursiones siguiéndole descubren que todo es un complot del gobierno, y que no hay cazadores ilegales. A lo que de verdad se dedica este hombre es a cazar Trolls, esos seres que conocemos de los cuentos, y que el Estado oculta desde siempre, sea como sea. Trolls de todo tipo, incluso gigantes. Y últimamente están dando demasiado trabajo.
Lo que más llama de esta cinta de terror-fantástico es su manera de mezclar lo mejor de la cámara en mano, como en El proyecto de la bruja de Blair, y lo bizarro de una propuesta como Monstruoso, de cuya fuente bebe directamente, pero de forma honesta, y presentando unos seres que no son seres radiactivos, ni extraterrestres ni nada parecido a los de otras películas, sino como un elemento más de la naturaleza. Y ahí es adonde voy; el relato que nos propone el director aboga por una defensa de todo aquello que nos rodea, y es una crítica sutil de cómo el ser humano destruye y absorbe el entorno hasta hacerlo suyo, presentando a los trolls como algo fiero, pero que en un momento dado del film se nos revela que apenas son inteligentes; sin embargo hay que combatirlos y tenerlos controlados porque pueden producir graves problemas en todo aquello que ha sido creado o tocado por el hombre. Lo mejor del conjunto es cómo el espectador poco a poco se ve atrapado en una trama que bien desde un inicio o ya simplemente por leer la sinopsis, sería algo difícil de digerir, gracias a una excelente realización que sabe qué tiene que mostrar en todo momento. Para todo freak que se precie, no falta un guiño a Jurassic Park de Spielberg, los que recuerden a la cabra y el T-.Rex sabrán de lo hablo.  Algo a destacar los efectos especiales y la creación de los monstruos por ordenador, bastante bien integrados en el entorno, y que no cantan demasiado pese al poco presupuesto.

En definitiva, es una cinta bastante humilde, hecha con cuatro duros que está consiguiendo un éxito notable fuera de nuestro país, y de la que Hollywood ya se ha hecho eco, cuyo director ya está en proceso de realización de otra monster movie y junto al magnífico Chris Columbus, y que no pasa nada por echarle un vistazo. El cine de entretenimiento también puede tener su moralina.
© Del texto: Gwynplaine Thor

Imagen de previsualización de YouTube


mar 6 2011

Piraña 3D: La ira de Dios

Nuevos tiempos, nuevas versiones de viejas películas, esa es la ley que impera en el Hollywood de hoy. En este caso en particular, hablaré sobre el segundo remake de la mítica Piraña que dirige el francés Alexandre Aja bajo producción de los hermanos Weinstein y que llegará a las carteleras españolas en unas pocas semanas.
El argumento nos relata la vida de un pueblo norteamericano que vive una fiesta sin fin, donde la juventud hace de las suyas: mujeres guapas, cuerpos esbeltos, lujuria, culto a la belleza exterior, hedonismo, exhibicionismo, sexo, alcohol, drogas y una acusada falta de respeto a la autoridad son el pan de cada día. De entre esta multitud, que desprende frivolidad y que alardea de no tener ningún valor, surge nuestro héroe particular, un chico tímido, enamoradizo e idealista llamado Jake que tan solo quiere conseguir el amor de una mujer, Kelly. Pero sus primeros intentos son en vano, no tiene seguridad en sí mismo y la mujer prefiere irse con otras personas. De repente, como si de una fuerza divina se tratara, acude a su vida un hombre que dice ser director de cine, pero no es más que un pornógrafo que le ofrece a Jake la oportunidad de pasárselo bien, le promete el oro y el moro, e incluso de una manera sutil atrae a la pobre Kelly. Mientras tanto en el lago que rodea al pueblo, en lo más profundo, se produce una fisura en la tierra que hace resurgir a una especie de pirañas que se creían extintas hace más de dos millones de años. Ellas solitas se las apañarán para sembrar el caos.

Sin lugar a dudas, estamos ante una referencia clara al mito faustico (el de Goethe es mi preferido, qué quieren que les diga), Jake no es más que el prototipo de Fausto intentando persuadir a la bella Gretchen, o Kelly. De ahí que surja el director de pornografía como un Mefistófeles (el mismísimo diablo) que le ofrece al pobre chico todo lo que desea. Sin embargo, Alexandre Aja juega a ser más religioso y conservador de lo que aparenta este film de tetas, culos, sangre y vísceras; utiliza las pirañas como si fuera simplemente la mano justiciera de Dios, una mano que barrerá con todos los pecados capitales de la faz de la Tierra, una mano que será misericordiosa con quien sólo se lo merezca. Una crítica feroz a la juventud actual, sin valores, que han desvirtuado aquel dicho en latín que era Carpe diem por un A bene placito, una visión un tanto aterradora de la realidad a través de una cinta de serie b que ya desde su comienzo nos habla de un relevo generacional en todos los sentidos: No creo que el actor Richard Dreyfuss haya sido colocado sin ton ni son en el detonante del film, Alexandre Aja nos habla ahí de una generación que se está disolviendo, un origen a punto de extinguirse y que evoca al cine más transgresor que haya tenido Hollywood, el de la década de los 70 y en su mayor parte, los 80. Si recuerdan, Richard Dreyfuss actuaba como un pescador un tanto psicótico en la famosa obra que dio pie a toda una serie de subproductos (incluida la original Piraña) y que dirigió nuestro querido Steven Spielberg: Tiburón. El hecho de verlo pescar, bastante viejo, borracho, en medio de la nada y completamente solo y el remolino que se lo traga posteriormente por una abertura en las profundidades no hace más que evidenciar todo lo que he dicho anteriormente. Eso, y la llegada del 3D. Esa cosa que llevan ahora la mayoría de peliculas y que realmente odio, pero que en esta historia me ha parecido más que correcto su utilización.

Film no apto para paladares exquisitos pues contiene escenas de auténtica carnicería y el líquido rojo más famoso, así como todo un desfile de mujeres siliconadas luciendo palmito (bueno, esto último no asusta más que a abuelitas), si obviamos todo eso nos encontraremos con una cinta más que correcta, bastante bien dirigida en lo que se refiere al género del terror, de perfecta duración (hora y media), con un reparto coral de rostros conocidos, empezando por el ya citado Richard Dreyfuss, Elisabeth Shue (como madre sheriff del protagonista),Ving Rhames, Christopher Lloyd (de científico excéntrico, cómo no Doc), Eli Roth, Jerry O’ Connell(el pornógrafo), Steven R. Moqueen (el héroe) o Jessica Szohr (como Kelly). Una música que evoca lejanamente a esas pelis baratas de los 80 a cargo de Michael Wandmacher, así como el uso de temas actuales y fiesteros para las escenas de menor trascendencia. Entretiene sin demasiadas florituras, directa al grano. Los que esperen una obra sesuda que se abstengan, es una pelicula para disfrute, para reírte y poco más. Aún así, y como me encanta el género, diré que es muy grande. GRANDE. Atentos al golpe final de la cinta, todo un cliffhanger que debe tener cualquier historia de terror. No pierden nada por verla.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

Imagen de previsualización de YouTube


dic 6 2010

Ciudad de Vida y Muerte: La lacra de lo que ya está contado

Cuando alguien se nos acerca y dice que tiene historias como para llenar una novela o hacer una película, se equivoca. El cine o la literatura son cosas muy separadas de la realidad. Los documentales o los diarios son las únicas formas de contar esas historias que tantas páginas llenarían. Empeñarse en agarrar algo de la realidad para contarlo tal y como es, no deja de ser un error disparatado si es que lo que se quiere es hacer literatura o cine. Otra cosa bien distinta es arrastrar una experiencia que hizo, en su momento, que la mirada del autor se modificara y la maneje para contar algo que le interesa. Me explico. Mi padre murió en la cama de un hospital. El padre de uno de mis personajes muere en el salón de casa. Yo no estaba presente en el momento de morir mi padre, pero mi personaje siente lo mismo que yo. Algo así.
El director chino Lu Chuan agarra un hecho histórico para contarlo. La invasión de la que fue capital provisional de China, Nanking. Allí se produjeron barbaridades de una categoría difícil de colocar en una escala. Pensar en ello pone los pelos de punta. Sin embargo, ver la película no pone los pelos, ni de punta, de al revés. Rodada en un blanco y negro que tiene que ver poco con lo artístico, el director revive unos hechos atroces sin saber qué es lo que quiere contar. Se queda a medio camino entre esa faceta histórica de la narración y la creación de unos personajes que deberían haber explicado esto desde un punto de vista mucho más atractivo que el que nos presentan. Suele pasar que un personaje colocado en una situación extrema se convierte en un muñeco vacío que se mueve impulsado por cualquier cosa excepto por sí mismo. Por tanto, poco pueden aportar en esas condiciones.
Me ha recordado excesivamente el cine de este hombre al de otros directores. Steven Spielberg está por ahí. Lo está Roman Polanski. Incluso se puede encontrar a Terrence Malick. Y está menos de lo que se podía esperar el propio Chuan. En el caso del primero, Chuan arrastra lo peor de un Spielberg que abusa de lo explícito justificándolo con una grandiosa puesta en escena, la presencia de una violencia que termina por sobrar. De Polanski un encuadre que intenta recrear en el arte algo horrible. Y de Malick esa llamada a la lírica mientras las balas silban o las mujeres son violadas de forma atroz.
Es verdad que Chuan intenta huir de algo muy facilón y que no es otra cosa que el mostrar a los japoneses como auténticos monstruos. A veces se le va la mano aunque se contiene bastante durante toda la película. La acción es tan estremecedora que el espectador no necesita mucho para entender que el hombre es una fiera salvaje cuando está en plena batalla, que los vencedores son trituradoras de personas sin pizca de compasión.
En cualquier caso, la película se desliza más hacia el documento histórico aunque el esfuerzo del director es grande al cuidar la fotografía y un movimiento de cámara poco histérico.
La película de carácter coral es dominada desde el principio por un punto de vista que busca la mayor objetividad posible. Pero se alternan modificaciones en el narrador que nos llevan a ver el mundo desde un personaje concreto. Es en esas ocasiones es cuando la película eleva el nivel expresivo y la intensidad narrativa. Al desaparecer, la propuesta se vacía y el conjunto, por tanto, es algo dubitativo.
Se deja ver la película. Poco más. Es sorprendente la cantidad de ruido que hizo y los premios y buenas críticas que cosechó. No sorprende tanto lo pronto que dejó de escucharse ese ruido. Tal vez sea porque lo que ya está contado puede sorprender desde la estética o desde algún territorio poco explotado, pero nunca desde la esencia. Y eso, finalmente, es una lacra enorme.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube


abr 12 2010

La Lista de Schindler: Ya lo sabíamos, Steven

No me gustó, no me gusta y dudo mucho que llegue a gustarme esta película jamás.
Cuando alguien que quiere contar un mundo se compromete consigo mismo suele ocurrir que consigue cosas grandes (mastodónticas) a base de cheques millonarios (mastodónticos), de repartos extraordinarios (mastodónticos también) y de lágrimas arrancadas con cierta facilidad. Es decir, consigue cosas grandes y sin importancia. El compromiso ha de adquirirse con ese mundo por contar, con los otros. Y, si hablamos de arte, lo grande no tiene porqué ser excelente. Ni siquiera bueno.
Eso es lo que le pasa a Steven Spielberg en La Lista de Schindler. Con la excusa de homenajear a un pueblo entero lo que hace es darse un homenaje a sí mismo. Yo no voy a negar que esas atrocidades que cuenta en su película fueran reales. Es posible que fueran aún peores que las que muestra. Yo no voy a negar que muchos de los miembros de las SS fueran monstruos. Yo no voy a negar que el pueblo judío haya sido perseguido durante siglos. No, no lo haré porque creo que todo eso es verdad. Lo que me parece estéril (a estas alturas) es rodar una película que cuente lo que ya sabemos, que lo cuente con una clara tendencia a la exageración en las formas. Más que nada porque, cuando se trata de narrar y se llevan las cosas al extremo, se corre el riesgo de hacer desaparecer a los personajes, todo se desliza al terreno de fuego de artificio y la pomposidad.
Por ejemplo, no me creo a Liam Nesson haciendo de Schindler porque no me dejan ver al personaje. Ni me creo a ninguno de los actores que interpretan a los presos judíos porque me parecen todos iguales. Alguien puede decir que en esas circunstancias todos eran iguales. Y es verdad. Pero Spielberg no juega a eso, no. Lo que quiere hacer es justo lo contrario sin conseguirlo. Ni me creo a los que interpretan a los militares alemanes por lo mismo. Es el bien contra el mal cuando el director quiere enseñar que el bien es el conjunto de los bondadosos y el mal el conjunto de los asesinos.
El único intento serio de evolución en un personaje que se hace en esta película le toca a Schindler y resulta patético por increíble. Poco a poco va viendo cosas que le hacen modificar su postura (eso es lo que Spielberg quiere colarnos), pero, al mismo tiempo, un espectador atento a lo que ve no entiende casi nada. Demasiada ambigüedad para llegar a un destino tan rotundo. La secuencia en la que Schindler se despide de sus trabajadores (la guerra ha terminado) es una de las más inverosímiles que recuerde.


Ciento ochenta y siete minutos de película. Si eliminamos salvajadas y escenas violentas la cosa se quedaría reducida a la mitad (soy generoso en el cálculo). ¿Tiene esto un sentido narrativo distinto al de acongojar al espectador para que nunca olvide quiénes fueron los buenos y quiénes los malos? Eso ya lo sabemos de sobra. Mucho arroz para tan poco pollo.
Tal y como sucede en literatura lo explícito suele funcionar regular. Si Spielberg intentara dejar más sitio a sus espectadores lograría películas de mayor calidad expresiva. Contar todo es un tostón. Y contar siempre lo mismo durante más de tres horas un horror.
© Del Texto: Nirek Sabal