sep 11 2011

La niebla: Una historia mil veces contada y mal

Los millones de espectadores que andan sueltos por el mundo merecen un respeto. Ni son una banda de seres sin capacidad de reflexión, ni se tragan lo que les echen sea lo que sea. Es posible que, a veces, nos dejemos engañar por una puesta en escena espectacular (Avatar es el caso más reciente); es posible, pero eso no significa que alguien con un mínimo de criterio aguante insultos a su inteligencia como si no pasara nada.
Stephen King escribió una novela. Frank Darabont rodó una película adaptando esa novela. El resultado fue La niebla. Un desastre absoluto; una película llena de seres horribles que sólo sirven para que los niños no duerman, de personajes instalados en el tópico, de diálogos mal construidos y absurdos. El tema de fondo es el miedo. Si una persona tiene miedo todo puede pasar porque el comportamiento del ser humano sufre una ruptura absoluta y los comportamientos más primitivos son los que prevalecen sobre los culturales y sociales. Menuda cosa. Esto ya nos lo han contado un millón y medio de veces. Sin tanto insecto enorme, sin tanta araña asesina y sin tanta sangre. Les aseguro que La niebla es una película prescindible. Casi nada de lo que muestra es digno de ver.
Si tuviera que salvar algo sería la banda sonora. The Host Of Seraphim es el tema central y, francamente, no está nada mal.
Todo en la película es exagerado. No sólo las criaturas horribles. Las interpretaciones de Thomas Jane, Marcia Gay Harden, Laurie Holden o André Braugher se ven descontroladas en algunos momentos y siempre increíbles. Debe ser producto del imposible entendimiento que genera en el espectador que se digan, unos a otros, esa cantidad de idioteces. O, tal vez, sea que en esta película, su director, sabía que lo que podía salvar la obra eran unos efectos especiales y visuales extraordinarios. Pero esos efectos tampoco son gran cosa. Eso sí, bastante asquerosos. Llenar la pantalla de arañas es lo que tiene.
Mezclar el fanatismo religioso, a un niño llorando, la tranquilidad y serenidad de los ancianos, a un padre (hay más, pero me da pereza continuar), y poner a todos frente a una situación extrema hace que los personajes estallen como una pompa de jabón, que desaparezcan desde el primer momento. Además, creo yo que el miedo no es lo mismo que el histerismo o la locura. En esta película todo es fanatismo, locura, violencia.
Un verdadero desastre en todos los sentidos. Incluso el despliegue técnico para mostrar a esos seres tan malignos se queda en la normalidad. Hoy en día, los niveles son tan importantes que cuesta mucho trabajo conseguir algo original que impresione al espectador.
Si pueden evitarse la experiencia de perder el tiempo sin ton ni son, no lo duden.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 20 2011

El talento de Mr. Ripley: La fortuna de Highsmith

Patricia Highsmith no tuvo la desgracia de Stephen King de ver destrozados todos sus libros en una sala de cine. En el caso de Patricia Highsmith, adaptaciones cinematográficas como Extraños en un tren o El talento de Mr. Ripley se encuentran a la altura de sus novelas beneficiándose con todas las ventajas del lenguaje cinematográfico sin dejar de respetar las intenciones del autor.
Esta novela, según mi opinión, es tratada, incluso multiplicada, de forma exquisita por los recursos fílmicos, mostrándonos a un Ripley enamorado, únicamente, de un estilo de vida que no es el suyo, cegado por un jazz y un país y unos apellidos y una cuenta millonaria en el banco que nunca ha tenido la suerte de disfrutar.
El talento que cada uno de nosotros tiene guardado y que sale a la luz cuando se trata a toda costa de sobrevivir, se trata en este caso de una serie de inteligentes peripecias que empieza con una americana prestada, varios asesinatos y el robo de un nombre y de toda una identidad, y termina en un barco, dónde el asesino usurpador huye de ese nombre, ese país, ese jazz y ese mundo-trampa fascinante como en un viaje desesperado hacia él mismo y hacia una identidad ya perdida.
Una serie de golpes de suerte junto con la astucia de un hombre obcecado por una personalidad, logran salvarlo de la cárcel condenándolo a una cadena perpetua inevitable: la inútil necesidad de borrarlo todo y empezar desde el principio.
Con esta terrible carga acaba Ripley en un barco de camino a su vida, una vida ya inexistente por su tendencia al coleccionismo de pasaportes, y por un incurable complejo de don nadie que no desaparece jamás, por muchas sesiones de jazz que uno esté dispuesto a escuchar.
Por otra parte, el cinismo y la frivolidad de ese, según Ripley, envidiable personaje llamado Dickie, que, salvo algún amago de sensibilidad en alguna secuencia, no muestra más que un universo infantil, caprichoso y dependiente de unas condiciones económicas millonarias e ilimitadas, no podría llevarle a Ripley a ningún fin afortunado. Y es que el ejemplo a imitar no podía ser más nefasto.
Todo el entorno de Dickie está infectado por el dinero, la pereza mental y sentimental y la diversión como únicos objetivos de la vida, siendo Margue el único personaje que muestra algo de sensatez y coherencia dentro del grupo.
My funny Valentine, el mar mediterráneo, los paseos en vespa o en velero, las cubanas blancas y los sombreros panamá me parecen encantadores como complementos a una vida mucho más rica en otros aspectos, pero a secas me parece de un tedio infinito y de una irrealidad caótica demasiado chocante para mi sistema nervioso. Por otro lado, el poco o mucho talento con el que cuento procuro diversificarlo en las máximas cosas posibles, sin concentraciones. De esa manera evito las urgentes fugas en barco hacia ninguna parte y navego millonaria de tranquilidad y sin necesidad de borrar ni un solo segundo de mi existencia. Y todo ello sin un céntimo en mi bolsillo.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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abr 10 2011

El Resplandor: Loco de felicidad

Quería que me dejasen en paz y que siempre fuesen las 4 de la madrugada. Aquejada últimamente de repentinas crisis de melancolía y en un constante estado de mal humor, creí que estaría bien ausentarme una temporada en cualquier sitio desértico sin rastro de humanidad. Contaba para mi retiro con una destartalada Olivetti, regalo de la editorial Planeta en el 74, una maleta llena de libros de Metafísica y Estética, unas cuantas botellas de vino de postre y varias toneladas de cigarrillos, rubios y negros. Pensé que me bastaría, y que, en caso de situación extrema, no tendría más que volver y enfrentarme definitivamente al mundo lleno de intrusos que formaban mi vida.
Me interesaba mucho el hotel Overlook, el magnífico parador dónde se alojó Jack Torrance con su familia, dónde hizo de vigilante del hotel y dónde intentó, en vano, aprovechar el aislamiento y la concentración para escribir su novela. Un escritor frustrado, alcohólico y aplastado por la soledad y la impotencia, que acaba volviéndose loco en un encerramiento, en un principio superficial, y que, después, se hace cada vez más profundo hasta dejar al protagonista aislado de su familia y de todo contacto con la realidad. Ni las leyendas cinematográficas ni la distancia que me separaba del hotel Overlook me hicieron dar un paso atrás en mi decisión. Además, siempre pensé que Jack Torrance ya estaba loco antes de pisar ese hotel, y que su familia era el motivo principal de esa locura. Creo que Jack Torrance sufría la impotencia del que aspira a vivir sólo y exclusivamente para la creación, pero que vive soportando a una familia y a una sociedad cada vez más molesta e inoportuna. Jack Torrance encontró en el hotel Overlook la oportunidad de vivir como quería y decidió eliminar, hacha en mano, todo obstáculo que se le pusiera por delante. A Jack Torrance no le sentó tan mal el aislamiento ni la soledad del lugar como dicen, todo lo contrario, creo que le sentó tan bien que se volvió loco de felicidad. Y a eso, exactamente, aspiraba yo.
Así que el lugar me pareció el apropiado, tanto de retiro de verano como de invierno. Los espaciosos interiores de estética setentera y perfectamente enmoquetados con diseño geométrico, el diseño de baños rojos y blancos de la época, la exagerada despensa llena de víveres para todo un invierno y anexa a la cocina con todos los útiles necesarios, junto a las zonas ajardinadas del exterior, laberinto de tuyas incluido, me parecía, además del escenario perfecto para esta película, un lugar encantador para desintoxicarme de pesados e impertinentes.
Tomaba mi aperitivo de las 8 cuando buscaba como loca la localización exacta del hotel Overlook, y después de leer que Shelley Duvall fue ingresada en una clínica psiquiátrica tras el rodaje, que Stephen King se negó rotundamente a la realización de la película por no estar conforme con la adaptación final del guión y que el brazo articulado de una recién estrenada steadycam revolucionaba los pasillos del hotel, me dejé caer patidifusa con parte de mi zumo de tomate cuando leía que mi preciado destino, mi hotel Overlook, no exístia en el mapa, sino que estaba repartido en trocitos por todo el mundo.
Hundida en zumo de tomate, leía, atónita, que el director artístico de la película se pasó meses fotografiando hoteles por América y se construyó un decorado basado en las fotografías que más gustaron. De esta manera, los encantadores exteriores del Overlook están basados en un hotel de Colorado; mi baño preferido rojo y blanco se encuentra en un hotel de Phoenix (Arizona); la fachada principal, mi pasillo de dibujos geométricos, escaleras y salón, en el Timberline Hotel de las montañas de Oregón; el laberinto de tuyas se construyó y se usó durante el verano en los viejos estudios de la MGM y en el plató número 1 de los estudios EMI de Londres en invierno.
Lo último que fui capaz de leer fue que la nieve fue simulada con sal y espuma aplicada sobre las ramas.
Mientras limpiaba la alfombra de restos de tabasco y tomate, pensé que quería que me dejasen en paz y que siempre fuesen las 4 de la madrugada. Que quizá estaría bien que alguien me viniese con un billete de avión a Orlando, dónde no sé si hace frío o calor y dónde, dicen, hay tanta gente con orejas de ratón. Un día pasé por la puerta de una agencia de viajes, compré dos billetes a Orlando y le llamé. Él comprendió que tenía que hacer las maletas.
El cine no es más que una imagen de una imagen de una imagen de una imagen… (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch


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