abr 1 2012

Billy Elliot: Bailando bajo las porras

Billy Elliot, película dirigida por Stephen Daldry, narra cómo un muchacho se encuentra consigo mismo a pesar de que el mundo existe. Para cualquier persona ese mundo lleno de policías golpeando a mineros, lleno de casas más que humildes, de hombretones que ven la sensibilidad como una señal de debilidad, sin una madre necesaria, con una abuela con la cabeza más perdida que otra cosa, un padre muy primitivo que carga con más peso del que se puede soportar y un hermano violento; un mundo en el que el mejor de los amigos es un gay; sería un obstáculo insalvable, un potro de tortura. Para cualquier persona. Pero los artistas existen y son capaces de convertir un entorno hostil en su escenario particular; son capaces de expresar su forma de ver el cosmos modificando la realidad, haciendo el mundo muy pequeño para entenderlo y lanzar eso que experimentan a la realidad con el fin de que esta se modifique haciéndose mucho mayor.
Billy Elliot es una película emocionante, muy bien contada. El guión es potente y está muy bien armado. Presenta un mundo lleno de fracaso como trampolín a un éxito reservado para unos pocos. Los diálogos son concisos; no suman una palabra de más. Y, aunque el vehículo narrativo es el baile, es la ausencia el tema central. La ausencia de oportunidades, de libertades, de la madre, de ternura, de salidas para tener un futuro. De todo, la ausencia de todo. La ausencia es lo que ordena un mundo catastrófico. Aunque, poco a poco, a medida que los personajes van evolucionando (siempre lo hacen si son capaces de mirar a través de Billy) la situación se va aclarando, quedando muy claro que las oportunidades son pocas, para muy pocos y que los que se quedan atrás sufrirán la ausencia de los ganadores.
Billy Elliot es una película tierna, inteligente; una película en la que el uso del tiempo histórico (dentro de la narración, lógicamente) se salpica de pequeñas elipsis (una de ellas es más amplia y el director la utiliza para dar una continuidad necesaria saltando por los tiempos muertos) para que la tensión narrativa no se vea alterada. Comienza con esa tensión en niveles altos y termina en esos mismos niveles. Y eso es muy difícil de conseguir. Sólo los que saben lo pueden hacer. Stephen Daldry es uno de ellos. Billy (Jamie Bell; estupendo y muy bien dirigido) descubre que quiere ser bailarín. Todo se pone en su contra porque su mundo está lleno de mineros que no entienden nada que no sea cosa de hombres. Su padre (Gary Lewis; muy bien en la expresión corporal y muy creíble en un papel que invitaba a cierto descontrol interpretativo) no entiende nada; el hermano de Billy (Jamie Draven, notable en su papel) no quiere entender nada porque no le interesa lo que no sea la huelga en la que está metido; nadie comprende al muchacho. Sólo la señora Wilkinson (Julie Walters; defiende el papel con gran facilidad) es capaz de ver lo que tiene delante y apuesta por ello. Tienen que pasar cosas (que aquí no se desvelarán) para que eso cambie.
La cámara parece no estar. Incluso en las secuencias en las que la acción se acelera con carreras y persecuciones. Daldry la mueve con cuidado, buscando encuadres acertados que van sumándose para que la trama se desarrolle con fuerza. Todo en la película parece colocado en el lugar exacto gracias a una técnica depurada y muy bien elegida. Es notable el vestuario. Y la puesta en escena, aunque sobria, es magnífica.
La banda sonora de la película es espectacular. T – Rex, The Jam o The Clash se llevan buena parte del mérito y de los minutos. Las letras de las canciones parecer escritas para la película sin ser así.
Aunque no se utiliza la lágrima fácil para embaucar al espectador, Billy Elliot es una película que pone el corazón en un puño a cualquiera que tenga una mínima dosis de sensibilidad. En realidad, lo que cuenta es eso con lo que todos hemos soñado: poder ver realizado nuestro sueño más deseado.
Es una película que puede verse en familia. Es una película que resalta lo bello frente a la zona menos amable de la realidad. Es una película que deja claro que la inocencia es eso que nadie debería perder jamás. Es una película estupenda. No se la pierdan.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 15 2012

Las Horas: Contar la vida y la muerte

La importancia de cualquier narración (de calidad) llega desde su utilidad para el sujeto. Algo no comunicado es algo muerto. Y algo que se narra (de calidad) conmociona, remueve la conciencia (da igual cómo o su intensidad) y modifica algo del cosmos personal de los que han escuchado, leído o mirado. Porque lo hacen suyo. El universo tiene, a partir de esa reacción un nuevo elemento más. Por eso, las grandes alharacas no siempre sirven. Pueden hacer que alguien pierda un par de horas entretenido, pero poco más.
Michael Cunningham escribió una novela (consiguió el premio Pulitzer el año 1999); David Hare adaptó ese texto creando un guión de cine; y Stephen Daldry dirigió la película. Las Horas. Espléndida conmovedora, profunda, emotiva, bella en su factura. Daldry buscó y encontró a Nicole Kidman (irreconocible y maravillosa en su papel); a Julianne Moore (verosímil, tan frágil como pedía el papel); a Meryl Streep (elegante, sin fisuras en su interpretación); a Ed Harris (perfecto en lo breve de su papel) y a John C. Reilly (en un papel muy secundario, pero con el que consigue una de las escenas más emotivas de toda la película). Y Daldry debió pensar que ya puestos a hacer buen cine, necesitaba una partitura sobresaliente. Contrató a Philip Glass y lo consiguió. El resto del despliegue técnico ayudó, sin duda, a que la película terminara siendo una excelente muestra de lo que es el buen cine.
Contar la vida es complicado. Contar la muerte también lo es. Y hacerlo por separado un error de principiante. El mundo es dual. La pregunta no debe formularse como ¿vida o muerte? La cuestión es tener claro que la vida es muerte y la muerte vida. Vida y muerte. Siempre van unidas. Y esto es de lo que trata esta película. La vida. La muerte. Y las diferentes formas con las que determinados personajes son capaces de enfrentarse a ello.
La novela de Virginia WoolfMrs. Dalloway, sirve de nexo entre tres mujeres, tres tiempos, tres vidas distintas con tres muertes añadidas. Un poeta enfermo será el conductor necesario para que el nexo funcione. La locura, la homosexualidad, el fracaso y el éxito, serán elementos que ayudarán a comprender lo que sucede. Toda una hermosa tragedia rodeada de belleza corporal y espiritual.
El guionista plantea cuestiones dolorosas e inevitables para el que mira desde la butaca. Por ejemplo, ¿hay opciones en la vida cuando un sujeto se plantea ser feliz?; ¿existe el perdón cuando no aparece el arrepentimiento? Y lo hace desde la crudeza que impone la realidad que asusta con su terquedad y que ordena nuestra libertad.
Los diálogos de la película son fascinantes. No dan tregua, cada secuencia encierra frases importantes. Las reflexiones de Virginia Woolf (personaje que interpreta Nicole Kidman) son enormes; los silencios (sí, los silencios) de Laura Brown (personaje que defiende Julianne Moore) son conmovedores; las prisas por decir sabiendo que el tiempo se acaba de Clarisa Vaugham (personaje de Meryl Streep) son descorazonadoras. Todo lo que dice Richard Brown (Ed Harris) tiene importancia. Él es la vida y la muerte. Aunque todos lo somos, ese personaje concentra la esencia de esa conjunción entre un lado de la realidad y el otro.
Pero si los diálogos son importantes las interpretaciones y el trabajo de dirección con los artistas lo son del mismo modo. Todo parece exacto, ajustado, pertinente.
Buena fotografía, una puesta en escena elegante; el vestuario, maquillaje y peluquería, impecables. Todo es su sitio. Todo es lo que tiene que ser. Ni más ni menos.
Las Horas es una película que se presenta con un ritmo pausado, algo lento, aunque es lo que requiere un guión de estas características. Las buenas reflexiones apresuradas suelen terminar en desastre. Y con este ritmo narrativo, el espectador está obligado a ceder ante la propuesta o abandonar. El que cede se garantiza una experiencia estupenda entre personajes difíciles de entender, en épocas diferentes, entre vidas y muertes diversas que terminan siendo la misma cosa. Siempre fue así.
Desde luego merece la pena ver la película, dejarse seducir por ella sabiendo que pisamos la zona gris de la existencia. Pero sabiendo, del mismo modo, que nuestro universo será otro distinto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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