mar 17 2013

La senda: Fotocopias borrosas

Intentar dar gato por liebre suele terminar en conflicto. Si el timado se percata de estar siendo engañado, el timador puede salir huyendo sin dudarlo porque el escándalo puede ser grande.
Si esto del gato y la liebre te toca vivirlo en el cine, el escándalo se convierte en tedio y en una promesa firme de no volver a caer en la trampa de un autor que espera éxitos clamorosos. Los autores que lo esperan deben contar con que el público no es una manada de tontitos que tragan con lo que se les eche.
La Senda en una película deudora (mucho) de la película de Stanley Kubrick El Resplandor. Deudora y alejada. No pueden compararse por tratarse (La Senda) de una fotocopia burda. Es previsible desde el principio, pretenciosa y vacía.
Los diálogos son un insulto a la inteligencia. La información es tramposa y es, en realidad, una ocultación estúpida que sirve para que su director, Miguel Ángel Toledo (guionista junto a Juan Carlos Fresnadillo), intente jugar a ser realizador. Se apoya, además, en un montaje igual de tramposo y que trata de ser original cuando es un calco de otros que ya están más vistos que el tebeo.
La dirección actoral es penosa. Gustavo Salmerón se pasa la película entera dentro de un mismo registro que es soso y aburrido. Irene Visedo muy justita. Ariel Castro más soso todavía. Parece que se aburrían en cada toma, no hay un solo momento con chispa. Es como si estuviéramos viendo esos totems que hay en los aeropuertos para que aprendas a facturar sin ayuda de otros.
La música es exagerada y añade engaño intentando matizar imágenes que, por sí mismas, deberían funcionar sin agobios externos. La fotografía se libra del desastre aunque no es nada del otro mundo.
El guión hace de la película una tortura insoportable.
Un fiasco de los gordos.
La cosa va de una familia que viaja al campo nevado para pasar unos días. Raúl (Gustavo Salmerón) está como una chota. Ana (Irene Visedo) es la esposa y pasa de Raúl ampliamente. Samuel (Ariel Castro) es un vecino que tiene pinta de palmarla según aparece en pantalla. Nico es el hijo (Ricardo Trénor) Van haciendo cosas que demuestran lo loco que está uno, lo poco que se fía otra, el miedo y la desconfianza que reina en la casa de campo, lo poco que le queda a otro., el trauma del niño. Todo contado con lentitud, como dando una clase de buen cine que ya nos sabemos. Sin ritmo.
Está muy bien tener referencias a la hora de crear y, sobre todo, cuando empiezas. Pero no puede faltar la honestidad. Nadie puede querer colar un producto ya visto, sabido, contado. La Senda es una película floja. No pierdan el tiempo con ella. Mejor ver a Kubrick o cualquier otro clásico.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 10 2011

El Resplandor: Loco de felicidad

Quería que me dejasen en paz y que siempre fuesen las 4 de la madrugada. Aquejada últimamente de repentinas crisis de melancolía y en un constante estado de mal humor, creí que estaría bien ausentarme una temporada en cualquier sitio desértico sin rastro de humanidad. Contaba para mi retiro con una destartalada Olivetti, regalo de la editorial Planeta en el 74, una maleta llena de libros de Metafísica y Estética, unas cuantas botellas de vino de postre y varias toneladas de cigarrillos, rubios y negros. Pensé que me bastaría, y que, en caso de situación extrema, no tendría más que volver y enfrentarme definitivamente al mundo lleno de intrusos que formaban mi vida.
Me interesaba mucho el hotel Overlook, el magnífico parador dónde se alojó Jack Torrance con su familia, dónde hizo de vigilante del hotel y dónde intentó, en vano, aprovechar el aislamiento y la concentración para escribir su novela. Un escritor frustrado, alcohólico y aplastado por la soledad y la impotencia, que acaba volviéndose loco en un encerramiento, en un principio superficial, y que, después, se hace cada vez más profundo hasta dejar al protagonista aislado de su familia y de todo contacto con la realidad. Ni las leyendas cinematográficas ni la distancia que me separaba del hotel Overlook me hicieron dar un paso atrás en mi decisión. Además, siempre pensé que Jack Torrance ya estaba loco antes de pisar ese hotel, y que su familia era el motivo principal de esa locura. Creo que Jack Torrance sufría la impotencia del que aspira a vivir sólo y exclusivamente para la creación, pero que vive soportando a una familia y a una sociedad cada vez más molesta e inoportuna. Jack Torrance encontró en el hotel Overlook la oportunidad de vivir como quería y decidió eliminar, hacha en mano, todo obstáculo que se le pusiera por delante. A Jack Torrance no le sentó tan mal el aislamiento ni la soledad del lugar como dicen, todo lo contrario, creo que le sentó tan bien que se volvió loco de felicidad. Y a eso, exactamente, aspiraba yo.
Así que el lugar me pareció el apropiado, tanto de retiro de verano como de invierno. Los espaciosos interiores de estética setentera y perfectamente enmoquetados con diseño geométrico, el diseño de baños rojos y blancos de la época, la exagerada despensa llena de víveres para todo un invierno y anexa a la cocina con todos los útiles necesarios, junto a las zonas ajardinadas del exterior, laberinto de tuyas incluido, me parecía, además del escenario perfecto para esta película, un lugar encantador para desintoxicarme de pesados e impertinentes.
Tomaba mi aperitivo de las 8 cuando buscaba como loca la localización exacta del hotel Overlook, y después de leer que Shelley Duvall fue ingresada en una clínica psiquiátrica tras el rodaje, que Stephen King se negó rotundamente a la realización de la película por no estar conforme con la adaptación final del guión y que el brazo articulado de una recién estrenada steadycam revolucionaba los pasillos del hotel, me dejé caer patidifusa con parte de mi zumo de tomate cuando leía que mi preciado destino, mi hotel Overlook, no exístia en el mapa, sino que estaba repartido en trocitos por todo el mundo.
Hundida en zumo de tomate, leía, atónita, que el director artístico de la película se pasó meses fotografiando hoteles por América y se construyó un decorado basado en las fotografías que más gustaron. De esta manera, los encantadores exteriores del Overlook están basados en un hotel de Colorado; mi baño preferido rojo y blanco se encuentra en un hotel de Phoenix (Arizona); la fachada principal, mi pasillo de dibujos geométricos, escaleras y salón, en el Timberline Hotel de las montañas de Oregón; el laberinto de tuyas se construyó y se usó durante el verano en los viejos estudios de la MGM y en el plató número 1 de los estudios EMI de Londres en invierno.
Lo último que fui capaz de leer fue que la nieve fue simulada con sal y espuma aplicada sobre las ramas.
Mientras limpiaba la alfombra de restos de tabasco y tomate, pensé que quería que me dejasen en paz y que siempre fuesen las 4 de la madrugada. Que quizá estaría bien que alguien me viniese con un billete de avión a Orlando, dónde no sé si hace frío o calor y dónde, dicen, hay tanta gente con orejas de ratón. Un día pasé por la puerta de una agencia de viajes, compré dos billetes a Orlando y le llamé. Él comprendió que tenía que hacer las maletas.
El cine no es más que una imagen de una imagen de una imagen de una imagen… (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch


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feb 21 2011

Cisne negro: La ambigüedad del ser

Hay razones para esperar que mi experiencia fuera, total o parcialmente, una alucinación; una alucinación que, de hecho, puede achacarse a no pocas causas. Y sin embargo, su realismo fue tan espantoso que, a veces, encuentro tal esperanza imposible.
Estas palabras que releo y resuenan en mi cabeza las escribió H.P. Lovecraft hace más de medio siglo en un relato llamado La sombra más allá del tiempo. Cuán cerca estaría de lo que nos propone Aronofsky con su versión de El lago de los cisnes en su nueva película, Black Swan (Cisne Negro). Sombras, sombras y más sombras.
El argumento nos relata el día a día de una bailarina de una compañía de ballet llamada Nina, obsesionada completamente con su trabajo y el mundo de la danza. Un día conoce a Lily, una nueva compañera con la que empezará una extraña relación de amistad que se desvirtuará por el camino cuando a Nina la elijan como protagonista para la nueva versión de la obra de El lago de los Cisnes de Tchaikovsky.
El director Aronofsky (Requiem por un sueño, El Luchador) sostiene así un relato que habla sobre la competitividad del ser humano, las ansias por poseer, la ambición desmedida, la envidia que corroe por las entrañas a cualquiera, ese egoísmo impreso y finalmente, la pérdida de la inocencia. Nos cuenta cómo el afán por ser el mejor en todo logra hacer caer a una persona en un auténtico infierno de forma física pero sobre todo y lo más importante, psíquicamente. Por ello, en la película que nos ocupa, siempre habrá una fricción entre qué es real y qué no lo es (gracias a la utilización de elementos oníricos) a medida que transcurre una obra que absorbe por su oscuridad, que deja al espectador en estado de parálisis desde el primer minuto, ya sea por su espectacularidad visual y narrativa, o ya sea por el reflejo de nuestros corazones en una pantalla gigante. Es un film sobre la envidia como un elemento desvirtuador de toda personalidad: consigue lo que deseas, y lo que otros desean antes que tú y te crearás enemigos a la vuelta de cada esquina, y éstos a su vez te obstaculizarán el camino de alguna manera, ya sea porque se aburren con sus vidas o porque en realidad no tienen ningún talento, pero de lo que uno puede estar seguro es de que si alguien te jode, es porque está tan podridamente frustrado que no sabe otra cosa que extrapolar sus sentimientos negativos hacia los demás. ¿Y qué se consigue? A veces, el envidioso pierde. Otras, es el envidiado el que se ve atrapado al borde de un abismo en el que acaba cayendo de manera inevitable; inevitable por la soledad adyacente en todo momento, porque toda persona no puede luchar en solitario, ninguna, ni siquiera contra sus demonios interiores. Es cierto, muchas veces se cae a un abismo tan oscuro como la pluma de un cisne negro, y es en esa oscuridad donde el envidiado se pierde en una jauría de grillos y parásitos, viendo lo que no hay, creyendo en una verdad que no es tal, ahogándose en un estanque de agua envenenada. Y qué mejor que contar todo esto con el trasfondo de El lago de los cisnes, obra sobre la caída de un ser que una vez quiso amar y le engañaron. Sigfrido y Rothbart, Odette y Odile. Esa ambigüedad recalcitrante grabada a fuego durante la obra de Tchaikovsky, y que a su vez ha usado con maestría Arofnosky, no ya en términos narrativos, sino simbólicos (Nana y Lily, Odette y Odile por ejemplo); o en los componentes del decorado, fotografía, vestuario y dirección artística que juegan entre el negro y el blanco, la oscuridad como un elemento negativo, poderoso y tentador del ser; y la luz blanca como el elemento purificador, la sensatez o la inocencia en su máxima expresión. Un viaje a los infiernos del corazón humano y a ese yo que nunca queremos dejar salir al exterior, de cómo la oscuridad absorbe la luz hasta el punto de destruir lo que un día fue algo bello, maravilloso, puro, dejando nada más que un destello agonizante. Natalie Portman como la bella Nina sostiene, gracias a su destreza interpretativa, una obra que está llamada a ser un clásico instantáneo por lo real de la propuesta, porque habla de los tiempos que vivimos, unos tiempos de competitividad destructiva y autodestructiva. Otra cosa a destacar es el enfoque que da Aronofsky (y en cuyos anteriores films ya hablaba del tema) al sexo, las drogas y el alcohol como la baza para pasarse, por decirlo de un modo coloquial y freak, al lado oscuro del ego. Esa tentación que todos tenemos delante y con la que a veces nos dejamos llevar más de la cuenta y acabamos perdiendo el norte, o dicho de forma más explícita: el sentido del deber, de la verdad y de la realidad.
En definitiva, estamos ante una obra que dará que hablar, que retrata la sociedad de una manera agresiva, frívola y desvirtuada. Una sociedad carente de principios, sin ilusión, sin personalidad, con unos objetivos enfocados a la simple satisfacción egoísta. Por esto y por más, recomiendo encarecidamente su visionado no solo una, sino dos y más veces.

Puede que los que me lean digan que soy demasiado moralista, incluso hiriente, muchos/as dirán que soy infantil. A veces me han llamado predicador. Y han llegado a decirme que me repito demasiado. Si, me repito y mucho. Ahora mismo lo hago con esta reseña. Me gusta y la verdad es que me da realmente igual. Pero probablemente es porque Arofnosky y yo, en el fondo, pensamos lo mismo (y eso que lo odiaba). Y como cualquier autor a lo largo de su obra, su mensaje es repetido de mil formas distintas, pero aún así, sigue siendo el mismo mensaje. Pero al contrario de lo que sufrió la bella Nina, y que puede que haya sufrido el director del film, y que en parte sufrí a lo largo de mi vida (algún día haré mi propio biopic), yo no caeré ni me condenaré. Está de moda condenar y condenarse. Yo, como Kubrick en Eyes Wide Shut diré que hay algo más importante que debemos hacer, y me preguntaréis qué es. Yo os responderé sin vacilación: Follar.
Posdata, Clint Mansell es Dios.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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sep 16 2010

Piratas del Caribe: Sobre la utilidad de una película de cine

Un adulto llega a su casa. Abre la puerta y quiere dejar atrás una vida de mierda. Se encuentra a su mujer en la cocina. Guisando. Ella está en paro desde un par de años atrás. En la habitación del fondo, los niños estudian o juegan. Han llegado poco antes. Después de un madrugón, un montón de horas de clase y un par de actividades de propina para que se hagan más listos. Y el padre, que quiere dejar una vida de mierda al cerrar la puerta de casa, les plantea que pueden ver una película. Que harán una excepción, pedirán una pizza por teléfono y comerán palomitas caseras que son las mejores. La madre deja las sartenes a un lado. Los niños sus juguetes o sus libros. El padre su vida de mierda. Miran la estantería. Tienen que elegir.
Por allí ven algo de Federico Fellini, algo de François Truffaut, Stanley Kubrick. Y tres películas juntas que sobresalen sobre las demás. Piratas del Caribe. Y es que quieren olvidarse de algunas cosas. No lo dudan.
Posiblemente, ese hombre tiene el resto de películas en su estantería porque le gusta el buen cine. Posiblemente, su mujer las ha visto con él porque le gusta el buen cine. Posiblemente, los hijos mayores ya han visto alguna de ellas. Pero todos eligen Piratas del Caribe. Cada cosa en su momento, deben pensar. Y es que el buen aficionado al cine sabe que hay películas que sirven para pensar, otras para perder el tiempo y otras para dejar la vida de mierda detrás de la puerta. Incluso que las hay que reúnen dos o más características. No es esta trilogía una castaña que se deja ver. Es verdad que la tercera entrega se pierde un poco entre efectos especiales y desdibuja a los personajes con tanto chiste encadenado, pero, en conjunto, la trilogía es muy divertida. Puestos a sacar faltas podríamos hablar de las limitaciones de un Orlando Bloom frío y aburridillo, de una Keira Knightley que parece estar más para vender revistas a los adolescentes que para hacer su papel o el pequeño disparate en lo que se convierte la trilogía a partir del final de la segunda parte. Pero no me da la gana. También hay que saber sentarse para divertirse. Esas posiciones tan rígidas en las que el espectador cinéfilo se quiere arrancar un brazo antes de ver algo que no le haga pensar me parecen una idiotez colosal. Se puede entender de cine, pero no se puede disfrutar de él si no se sabe discriminar cuando toca.
Johnny Deep es el capitán Jack Sparrow. Divertido, eficaz y creíble. Orlando Bloom es Will Turner. Un personaje que trata de evolucionar y no lo logra del todo. Aunque su historia de amor con Elizabeth Swann (Keira Knightley) mantiene buena parte de la tensión narrativa (a pesar de lo previsible que es desde casi el principio). Hector Barbossa es un pirata malo que no veas. Lo interpreta Geoffrey Rush. Todo un lujo. Y Chow Yun-Fat es el que hace de Sao Feng (otro pirata para echar de comer aparte). Más lustre si cabe.
Pues bien, todos estos actores (hay muchos más, claro, pero no se trata de redactar la nómina completa) interpretan una historia de piratas ambiciosa y muy espectacular. Va de más a menos. O de mucho a poco. Como quieran. Una historia llena de batallas, de amores, de traición, de efectos especiales, de hombres pez, de barcos fantasmas, de buques de guerra, de uñas llenas de mierda, de ron. Lo que venimos reconociendo como una película de piratas, de aventuras. Nada de pensar en nuestra sesuda mente, ni en nuestros trabajos tan importantes. Una de aventuras.
Me niego a decir nada en contra de esta trilogía. No me da la gana. ¿Lo tiene? Pues claro. Pero también lo tienen nuestras vidas y no nos tiramos por el balcón. Cada cosa cuando toca.
Pues eso.
© Del Texto: Nirek Sabal

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mar 21 2010

El éxtasis de la incomprensión. 2001: una odisea del espacio.


La naturaleza elige, entre miles de millones, sólo unas pocas opciones para poder avanzar. Prueba siempre, de forma constante. Del mineral al vegetal. Más tarde al animal. Y, por último, hasta el hombre. Millones de años, miles de millones de pruebas fallidas. Pero avanza. Algún error logra sobrevivir. Por ejemplo, la gallina. Aunque lo normal es que esos fallos desaparezcan con cierta rapidez.
La inteligencia del ser humano sigue siendo el gran misterio. ¿Dónde podemos ubicar ese momento en el que el hombre comenzó a pensar? ¿Reflexionó desde el principio? Imposible saberlo. Sin embargo, nuestra capacidad de fabulación es colosal y eso nos lleva a poder imaginar cómo, dónde y para qué llegó esa capacidad exclusiva del hombre.
Todos podemos imaginar. Todos. Pero sólo algunos lo hacen dando forma a esas ideas con aspecto de novela, de película o de sinfonía. Y de esos, los menos, lo hacen desde la genialidad.
Stanley Kubrick es de esos poquitos que fueron capaces de hacerlo. Con genialidad, digo.
La primera vez que vi 2001: una odisea del espacio salí del cine fascinado. No había entendido nada, pero nada de nada. No importaba. La combinación entre imagen, música, diálogos y el clima completamente viciado por los progresos técnicos (algo hasta ese momento inofensivo) me habían dejado completamente extasiado. Sin entender nada, pero extasiado.


He perdido la cuenta de las veces que he visto la película. Creo que entiendo algunas cosas que antes habían pasado desapercibidas. Igual que creo que me hago el remolón para entender por completo lo que me quieren decir. Así tengo excusa para seguir viéndola cada cierto tiempo.
Tal vez lo importante de la película no sea entender que la inteligencia humana (sea como fuere) apareció para poder evolucionar, o que la inteligencia humana se convierte en un peligro cuando modifica cualquier elemento de la naturaleza en algo propio para poder evolucionar; o que una inteligencia creada por el hombre y para el hombre, pero no controlada por él es la perdición porque no pueden coexistir a la vez; o que la inteligencia del hombre (sólo esa y no otra) es la que nos puede llevar hasta nuestros orígenes.
Tal vez lo importante de la película es saber que la incapacidad del ser humano para entenderse en infinita.
Tal vez, no lo sé. Yo, por si acaso, seguiré viendo 2001: una odisea del espacio más y más veces. Hasta estar seguro de entender todo para, definitivamente, dejar de entender el mundo. Porque es lo que toca.
© Del Texto: Nirek Sabal