ene 21 2014

Lo duelistas: La magnífica semiolvidada

Los duelistas es una de las mejores películas de Ridley Scott y, al mismo tiempo, un de las menos recordadas, Es curioso que esto sea así cuando, junto con Alien y Blade Runner, este trabajo es el mejor del director.
Los duelistas es una adaptación de la novela de Joseph Conrad. El guión fue firmado por Gerald Vaughan-Hughes y es muy fiel al texto original. Los añadidos son menores. Lo que nos cuentan es la relación entre dos militares, Feraud y D’Hubert, que se baten en duelo a lo largo de su vida en varias ocasiones. Por distintas razones van sobreviviendo a cada encuentro; duelos que se desarrollan de forma distinta. A caballo, a espada, breves, sangrientos. Durante el desarrollo de la trama comprobamos que, en realidad, lo que nos van contando es cómo conviven y salen adelante dos formas de vida. Lo duro, belicoso, descortés y primitivo de Feraud se enfrenta a la clase aristocrática, a la calma, a la cultura exquisita de D’Hubert. Aunque, a decir verdad, dado que el punto de vista utilizado es el de D’Hubert, el carácter y la psicología de Feraud queda algo desdibujado.
Ridley Scott, influenciado (sin duda) por la película de Stanley Kubrick, Barry Lyndon, busca encuadres con distintas iluminaciones que nos enseñen algo parecido a lo que son los lienzos de la época romántica. Esa iluminación, lógicamente, naturalista, toma especial relevancia con el uso de velas y sombras en interiores. Los exteriores repiten una idea que desde el principio, Scott, quiere hacer llegar: cómo es la relación entre los protagonistas. El fotógrafo Frank Tidy hace un trabajo espléndido.
Los personajes protagonistas son encarnados por Harvey Keitel (llegaba de un intento fallido por interpretar el papel principal en Apocalypse Now) y Keith Carradine. Ambos están muy bien dirigidos y consiguen una actuación sobresaliente.
Los duelistas es una excelente muestra del cine que se filmaba en esa época (1977) y está a la altura de las mejores películas de Scott. No dejen de prestar especial atención a cómo el director va utilizando a los personajes femeninos para que las personalidades de los duelistas vaya dibujándose con coherencia. Eso y un montaje que va en busca de lo mismo, son aspectos especialmente interesantes.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 30 2013

Barry Lyndon: La simpleza convertida en maravilla

Barry Lyndon es, posiblemente, la película de Stanley Kubrick que mayores diferencias, entre crítica y público, ha cosechado.
Al que escribe le parece que, de un guión simple y de un personaje como es Barry Lyndon (no excesivamente complejo), es extraordinario conseguir una película tan grande, tan maravillosa.
Técnicamente, el trabajo roza la perfección. Kubrick consigue retratar una época con detalle, convierte cada escena en un cuadro digno de admiración. Las localizaciones son espléndidas y los escenarios construidos no generan una sola duda en el espectador. El vestuario es perfecto. Maquillaje y peluquería también. La fotografía de John Alcott es impecable. Difícilmente se puede conseguir una nitidez de la imagen así, difícilmente se puede conseguir algo tan perfecto y bello.
Con todo ello, Kubrick quiere atacar asuntos recurrentes en toda su filmografía: la violencia como herramienta destructora de la humanidad; la pequeñez de una humanidad medida junto al universo entero. Es por ello por lo que muchas escenas comienzan con primeros planos que, a través del zoom, dejan finalmente al personaje en medio de un mundo hostil, enorme, demasiado grande como para que nadie pueda cambiar algo o esté a salvo del destino. Y es por ello por lo que el realizador nos lleva, una y otra vez, a vivir situaciones en las que el ser humano desaparece con un simple disparo, con una actitud idiota ante el mundo. Todo ello envuelto por gran sensibilidad (algo que se le negó a Kubrick insistentemente y de lo que hace gala en este trabajo).
Barry Lyndon es el resultado de la adaptación de la novela de William Makepeace Thackeray. No es del todo fiel al trabajo del novelista (la última media hora es cosa del guionista y no de Makepeace) y el resultado es una historia simple y lineal. ¿Por qué fascina entonces? Hay varias razones fundamentales. La voz en off del narrador es una de ellas. Nos separa de la acción de forma intencionada (del mismo modo que en literatura, el punto de vista es una cuestión de distancias respecto a la acción). Se trata de un narrador no identificado (lo que se conoce por tercera persona) que busca cierto distanciamiento del espectador. Además, se adelanta a la acción y la anuncia de modo que todo se sabe o intuye. Esto es algo que irrita a muchos puesto que buena parte de la tensión narrativa se pierde al usar este mecanismo. Sin embargo, es imprescindible para lo que Kubrick intentaba hacer. En realidad, la trama, el personaje principal, los secundarios, todo; son vehículos utilizados para dibujar una época, un universo casi inmóvil por el aburrimiento y el hastío, paralizado por la violencia, en el que todo se desliza hacia la nada. Kubrick quiere que miremos eso, desde la distancia, evitando injerencias de cualquier tipo.
Barry Lyndon es el personaje principal. Un tipo que quiere medrar sea como sea. Lo encarna Ryan O’neal. Este actor, mediocre y muy limitado en todos los sentidos, funciona más que bien. No por sus excelencias interpretativas (no las tiene) sino por el carácter dual que imprime a su personaje. Fragilidad, debilidad, atrocidad. Marisa Borenson le acompaña como Lady Lyndon. Espectacular en sus silencios y sus miradas vacías, casi muertas, infinitamente fatigadas. La sociedad se perfila desde esos dos personajes.
Además de la fotografía de John Alcott, destaca la banda sonora de Leonard Rosenman. Música tradicional irlandesa, Händel, Paisiello, Bach y Shubert. Excepcional y encajada sin titubeos, con un criterio demoledor.
La película de Stanley Kubrick habla de antihéroes, de todos nosotros, de nuestra imposibilidad de sobrevivir al mundo. Y lo hace de forma profunda utilizando un despliegue técnico muy difícil de igualar. La minuciosidad del realizador queda patente desde la primera escena. Es un peliculón firmado por un genio del cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 12 2013

Eyes Wide Shut: El desastre de saber

Realmente ¿queremos saber? ¿Hasta dónde debemos saber? ¿Es bueno inmiscuirse en los asuntos privados de otros por muy cercanos que sean? Posiblemente, el conocimiento, sea cual sea su naturaleza, es el factor más desestabilizador para una persona. Podrá tener un efecto positivo o negativo, pero pondrá patas arriba a cualquiera.
Eyes Wide Shut es una magnífica e inquietante película firmada por Stanley Kubrick. Construida sobre una estética sexual casi explícita en momentos concretos, la película trata del saber, de la información, de las consecuencias de cruzar la frontera que separa la ignorancia del conocimiento. Sexo y poder (asuntos que aparecen tratados con claridad) son parte de las consecuencias y vehículos para afrontar el tema principal. La crisis matrimonial, también.
La película se divide en tres actos como es costumbre en el cine de Kubrick. Es famosísimo el central por sus escenas de la orgía en la que se ve envuelto el protagonista. Sin embargo, son el primero y el último donde se encuentra la verdadera esencia de este trabajo. En el primero se abre una ventana por la que Bill Harford (Tom Cruise) podrá mirar un mundo desconocido y ajeno que le conmociona de tal forma que la obsesión se convierte en su motor vital. En el tercero, su esposa Alice (Nicole Kidman) le avisa y le sugiere cerrar para siempre, dejar de mirar de inmediato. En la escena final, vemos a los protagonistas paseando por un centro comercial; ella termina diciendo que lo único que queda es follar (textual). Y el espectador se pregunta si el amor no existe; se pregunta si follar es el mecanismo físico más antiguo, efectivo y posible, que puede utilizar el ser humano desde que lo es. El protagonista conoce un secreto de su mujer y termina en el punto de inicio; fingiendo amar y follando para sobrevivir con un aspecto y status determinado. En el camino, Bill Harford entenderá que es dominado por su mujer, que él mismo puede dominar y eso le fascina (por ejemplo, lo descubre con la prostituta llamada casualmente Dómino); que el sexo retirado del matrimonio tiene sus complicaciones y puede llegar a ser sucio o peligroso o las dos cosas al mismo tiempo; que el amor puede estar esperando en cualquier parte; que el poder es exclusivo de unos pocos y puede ser peligroso para los demás si se enfrentan a él.
La película es un viaje a los infiernos del matrimonio Harford que arrastra al espectador sin contemplaciones. Lo hace desde una fotografía espléndida, cuidadísima, en la que predominan los colores brillantes. Sobre todo el rojo intenso. En gran parte de las escenas prevalece ese color y algún objeto rojo ocupa el punto de fuga de la imagen. La cámara de Kubrick está colocada, siempre, buscando el mejor de los encuadres posibles, se mueve con elegancia intentando pasar desapercibida. Los travelings son, sin excepción, extraordinarios. La banda sonora es inquietante, casi perversa, en algunas zonas narrativas. Desde la pieza de Shostakovich inicial (Jazz Suite Waltz) hasta el final (vuelve a ser la misma pieza, anunciando un baile del matrimonio que es una gran mentira), la música va encanjando milimétricamente con la acción. El piano es protagonista en los momentos de mayor tensión narrativa. El montaje es pausado y logra un equilibrio absoluto al manejarse los tempos con maestría sin que afecten a los tiempos.
La dirección actoral es espléndida. Los trabajos de Cruise, de Kidman y de Sydney Pollack son notables.
A pesar de ser un éxito de taquilla al estrenarse, Eyes Wide Shut no fue bien recibida ni bien tratada por la crítica. No es lo mejor de Stanley Kubrick, pero no es una mala película. Al contrario, vista con tranquilidad y perspectiva, es una excelente película. ¿Incómoda? ¿Plantea asuntos feos y sucios? Muy posiblemente, pero eso no la hace peor de lo que es en realidad.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 17 2013

La senda: Fotocopias borrosas

Intentar dar gato por liebre suele terminar en conflicto. Si el timado se percata de estar siendo engañado, el timador puede salir huyendo sin dudarlo porque el escándalo puede ser grande.
Si esto del gato y la liebre te toca vivirlo en el cine, el escándalo se convierte en tedio y en una promesa firme de no volver a caer en la trampa de un autor que espera éxitos clamorosos. Los autores que lo esperan deben contar con que el público no es una manada de tontitos que tragan con lo que se les eche.
La Senda en una película deudora (mucho) de la película de Stanley Kubrick El Resplandor. Deudora y alejada. No pueden compararse por tratarse (La Senda) de una fotocopia burda. Es previsible desde el principio, pretenciosa y vacía.
Los diálogos son un insulto a la inteligencia. La información es tramposa y es, en realidad, una ocultación estúpida que sirve para que su director, Miguel Ángel Toledo (guionista junto a Juan Carlos Fresnadillo), intente jugar a ser realizador. Se apoya, además, en un montaje igual de tramposo y que trata de ser original cuando es un calco de otros que ya están más vistos que el tebeo.
La dirección actoral es penosa. Gustavo Salmerón se pasa la película entera dentro de un mismo registro que es soso y aburrido. Irene Visedo muy justita. Ariel Castro más soso todavía. Parece que se aburrían en cada toma, no hay un solo momento con chispa. Es como si estuviéramos viendo esos totems que hay en los aeropuertos para que aprendas a facturar sin ayuda de otros.
La música es exagerada y añade engaño intentando matizar imágenes que, por sí mismas, deberían funcionar sin agobios externos. La fotografía se libra del desastre aunque no es nada del otro mundo.
El guión hace de la película una tortura insoportable.
Un fiasco de los gordos.
La cosa va de una familia que viaja al campo nevado para pasar unos días. Raúl (Gustavo Salmerón) está como una chota. Ana (Irene Visedo) es la esposa y pasa de Raúl ampliamente. Samuel (Ariel Castro) es un vecino que tiene pinta de palmarla según aparece en pantalla. Nico es el hijo (Ricardo Trénor) Van haciendo cosas que demuestran lo loco que está uno, lo poco que se fía otra, el miedo y la desconfianza que reina en la casa de campo, lo poco que le queda a otro., el trauma del niño. Todo contado con lentitud, como dando una clase de buen cine que ya nos sabemos. Sin ritmo.
Está muy bien tener referencias a la hora de crear y, sobre todo, cuando empiezas. Pero no puede faltar la honestidad. Nadie puede querer colar un producto ya visto, sabido, contado. La Senda es una película floja. No pierdan el tiempo con ella. Mejor ver a Kubrick o cualquier otro clásico.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 29 2012

La naranja mecánica: La violencia desde la estética


El ser humano es como es. Nada ni nadie ha logrado que cambie. Ha podido evolucionar aunque la esencia, su condición, sigue intacta. Es verdad que entre individuos existen diferencias, matices. El entorno, el aprendizaje o lo que sea (eso lo saben los profesionales muy bien y yo no) terminan por diferenciarnos.  Todos humanos, todos distintos. La condición humana no se altera. Quiero decir con esto que todos podríamos llegar a un mismo lugar dándose las mismas condiciones. Ya sé que esto no es muy científico aunque lo creo.
¿Podríamos eliminar una característica de algún ser humano para hacer un mundo mejor con ello? ¿Podríamos privar de su libre albedrío a una persona a cambio de mejorar la sociedad? (He dicho libre albedrío y no libertad). Parece que la respuesta es no. Para que una persona sea humana se necesita que todo lo propio a esa condición este presente en el ser. Algo así.
Ahora pensemos en esta situación: una banda de criminales aterroriza a la población. El peligro crece al mismo tiempo que su violencia. Bien. Nos proponen que (utilizando una técnica novedosa) eliminemos los instintos agresivos en los miembros del grupo. Nunca más podrán ejercer la violencia. Habrá desaparecido por completo de sus vidas, no será una alternativa en su día a día. Queda bonito ¿no? El grupo respira sin entender que lo que se limita es la posibilidad entre lo que es bueno y malo, entre lo que un individuo valora de un modo u otro. Imaginemos que la sociedad (la nuestra, no la de una película) acepta algo así. ¿Alguien diría en voz alta que este mundo es maravilloso y magnífico y justo y sano? ¿Quién decide lo que es bondad o maldad? ¿La violencia en un campo de batalla es mejor que la que ejercen grupos ultraviolentos? ¿Acaso no se producen miles de violaciones durante los conflictos bélicos? Además, no poder elegir la violencia como alternativa podría ser causa de abuso por parte de los que quedan enteros. Una antigua víctima de ese grupo podría vengarse de ellos (eso forma parte de la condición humana, no gusta oírlo, pero somos vengativos). En fin, da para escribir un tomo. En cualquier caso, quería exponer buena parte de la tesis que se presenta en La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick, quería preguntarme -mientras escribía- hasta dónde se puede llegar.

El guión de la película está basado en la novela de Anthony Burgees. Ciencia ficción, jerga callejera inventada y calidad literaria muy importante.
Narra la historia de Alex (Malcolm McDowell). El muchacho es una alhaja que disfruta con la violencia, con las violaciones y con no dar un palo al agua nunca. Él es el narrador y la acción se focaliza casi por completo en ese personaje. Después de llegar al asesinato es encarcelado. Dos años después, pide ser incluido en un programa de regeneración que le convertirá en un individuo sin capacidad para mostrarse violento ante cualquier situación. Su reinserción en la sociedad es un desastre. Sus padres no le reconocen como hijo, sus víctimas aprovechan para pasar facturas, los que fueron sus amigos le ven como el peligro que fue y le tratan como tal (ahora policías puesto que el gobierno entiende que la violencia se contrarresta con más violencia  y contrata a lo peor de lo peor para que acabe con lo peor de lo peor). En fin, un desastre absoluto. Sólo cuando recupera su condición anterior logra integrarse en una sociedad lamentable y patética.
Kubrick trabaja con conceptos especialmente delicados en esta película. La violencia ante el libre albedrío ¿Hasta dónde se puede llegar? ¿Qué puede permitirse, qué no, quién debe hacerlo? ¿Es violento atentar contra la humanidad de las personas aunque sea el Estado el que lo haga? Al espectador le sitúa ante esa doble moral que lo gobierna todo ¿Es la venganza justa, podemos llegar a entender un asesinato por esa razón? ¿No es eso un tipo de violencia que se debería erradicar con otro plan de reinserción? ¿Sin violencia podría el ser humano serlo? ¿Qué mueve el mundo, quién manda aquí? ¿Hasta dónde llega el amor de los padres?
Kubrick muestra lo peor del ser humano apoyándose en escenas de violencia explícita o, por el contrario, dibujando la cara más perversa de esos que no muestran violencia alguna aunque son capaces de conseguir lo que se proponen por otras vías (poder, tranquilidad, dinero…). Enseña, de forma magistral, una sociedad que parece apoyarse en el amor y la caridad, en un amor falso y meloso que hace mala cualquier otra opción. Por ejemplo, el sexo sin estar envuelto de amor caramelizado es algo horrible en esa sociedad. Todo es mentira, todo es una fachada que quieren ocupar unos y otros.
Alex, el protagonista, sienta una enorme debilidad por la música de Beethoven. Todo lo que hace se tiñe de belleza si le acompaña la música de ese compositor. Otra música lo convierte en divertido, pero Bethoven es diferente. Viendo la película, se puede llegar a la misma conclusión. Sí, el espectador. La secuencia en la que Alex se lía a mamporros con sus amigos mientras escuchamos la obertura de la Gazza Ladra de Rossini es, plásticamente, maravillosa. Ese es sólo un ejemplo. El mundo se distorsiona cuando la recepción de las cosas es distinta. Y eso es lo que le pasa a Alex.
Por cierto (esto me está quedando muy largo y, aunque me dejo cosas sin decir, termino) si ven la película comprobarán que lo que nos cuentan es bastante parecido a lo que pasa en nuestras ciudades.
Echen un vistazo a La Naranja Mecánica. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 15 2011

¿Teléfono rojo?, Volamos hacia Moscú: A caballo del fin del mundo

Es fascinante enfrentarse a la estupidez humana; es un acto al que deberíamos acostumbrarnos inmediatamente. Pero sin tanto alarido de terror ni tanto susto como al que nos someten los medios de comunicación.
¿Somos estúpidos? Claro que sí. ¿Estamos acabando con el planeta? No les quepa duda. ¿Dependemos en exceso de las máquinas? Mejor no pensar en ello. ¿Una pequeña cosa es suficiente para que se produzca un cataclismo? Desde luego. Y como esto es así nos queda poco margen de maniobra. Un par de opciones. O nos reímos de semejante panorama o nos lamemos las heridas en una esquina con la esperanza de que lo malo se acabe lo antes posible.
Stanley Kubrick optó por filmar una película sobre todas estas preguntas manejando la opción primera. Y digo bien, preguntas. Porque en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú se plantean muchas aunque no se dan soluciones. Se limita a terminar la película de forma poco alentadora, es decir, nos muestra una sociedad devorada por sí misma y pagada de sí misma y todo de sí misma.
La película es impecable en muchos aspectos. En casi todos. El guión, adaptación de una novela, es divertidísimo, ingenioso, sarcástico, inteligente y convierte la trama en una narración de ritmo perfecto. Por otra parte, el montaje es especialmente acertado y ayuda a que el espectador no se pierda entre los tres escenarios principales ni en esfuerzos estériles. La fotografía es inmejorable. El movimiento de la cámara parece medido al milímetro, es exacto, haciendo de cada plano algo mágico e insustituible. Incluso los efectos visuales y sonoros pasan con muy buena nota a pesar de que la película tiene ya unos años.
Pero el gran valor de la película es la dirección de actores que llevó a cabo Stanley Kubrick. Tampoco lo debió tener difícil con el reparto que manejó aunque, incluso a los mejores, hay que indicar el camino justo, la intención exacta.
Por un lado, encontramos a Sterling Hayden interpretando el papel del General Jack Ripper, un tarado que está convencido de tener que iniciar una guerra atómica contra la Unión Soviética. Cree que están siendo envenenados a través del agua, de cualquier tipo de fluido. Hayden defiende el papel con elegancia, con un control absoluto en cada movimiento. Y el papel era difícil de verdad.
Slim Pickens es el comandante de un bombardero cargado de armas atómicas. Es un paleto y está rodeado de ignorantes que obedecen se preguntarse si lo que hacen es bueno o malo (como él mismo). En sus manos está el futuro del mundo. Nadie puede comunicarse con el avión y dependerá de la tripulación que el final sea más o menos feliz. Pickens es ese actor que todo el mundo recuerda subido a una bomba nuclear como si el artefacto fuera un caballo salvaje. Una de las escenas más famosas de la historia del cine. El trabajo del actor es impecable.
George C. Scott es el general Turgidson. De todos los personajes de la película es el más histriónico, el más cómico. No el actor. No. Me refiero al personaje. George C. Scott consigue una interpretación muy divertida.
Pero lo deslumbrante llega con Peter Sellers. Interpreta tres personajes. Un militar, un científico y al presidente de los Estados Unidos de América. Esto es, al Capitán Mandrake, al Dr. Strangelove y a Merkin Muffey. Perfecto en todos ellos. Logra que los buenos modales del militar terminen siendo una ridiculez, el pasado del doctor (nazi alemán) otra ridiculez, y la diplomacia del presidente otra. La película es una sátira y si algo había en los personajes que se pudiera confundir con otra cosa, Sellers lo pone en su sitio.
Apunta Kubrick algún tema que desarrollaría después en sus películas. Por ejemplo, la relación del hombre con las máquinas. Y lo hace presentando situaciones completamente absurdas de las que depende el futuro de la raza humana. La escena en la que el Capitán Mandrake pide a la operadora que le ponga con el presidente del país desde una cabina es inolvidable. El mundo a punto de quedar arrasado y un hombre tiene que reventar una máquina de bebidas porque no tiene cambio. O el doctor Strangelove que se mueve sin control (parece un androide) pegado a su silla de ruedas y a sus aparatos hace pensar en todo lo que hacemos de forma automática como si fuéramos, eso, máquinas.
Kubrick ridiculiza a la clase política, a los militares, las relaciones personales que convierten cualquier cosa en nada. ¿Teléfono rojo?, Volamos hacia Moscú es una sátira convertida en una trituradora voraz que no deja títere con cabeza, una película que habla de nuestra estupidez y del fin del mundo. Algo tremendo que todos tememos y, desde esta perspectiva, nos causa risa tonta.
Los jóvenes pueden echar un vistazo a esta cinta para entender mejor lo que fue la guerra fría, lo ridículo que suena eso de destrozar el mundo por nada (ahora que ya parece haberse enfriado de verdad la cosa es más llevadero). Si pueden, si tienen una hora y media libre, no lo duden; vean la película. Disfrutarán haciéndolo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 10 2011

El Resplandor: Loco de felicidad

Quería que me dejasen en paz y que siempre fuesen las 4 de la madrugada. Aquejada últimamente de repentinas crisis de melancolía y en un constante estado de mal humor, creí que estaría bien ausentarme una temporada en cualquier sitio desértico sin rastro de humanidad. Contaba para mi retiro con una destartalada Olivetti, regalo de la editorial Planeta en el 74, una maleta llena de libros de Metafísica y Estética, unas cuantas botellas de vino de postre y varias toneladas de cigarrillos, rubios y negros. Pensé que me bastaría, y que, en caso de situación extrema, no tendría más que volver y enfrentarme definitivamente al mundo lleno de intrusos que formaban mi vida.
Me interesaba mucho el hotel Overlook, el magnífico parador dónde se alojó Jack Torrance con su familia, dónde hizo de vigilante del hotel y dónde intentó, en vano, aprovechar el aislamiento y la concentración para escribir su novela. Un escritor frustrado, alcohólico y aplastado por la soledad y la impotencia, que acaba volviéndose loco en un encerramiento, en un principio superficial, y que, después, se hace cada vez más profundo hasta dejar al protagonista aislado de su familia y de todo contacto con la realidad. Ni las leyendas cinematográficas ni la distancia que me separaba del hotel Overlook me hicieron dar un paso atrás en mi decisión. Además, siempre pensé que Jack Torrance ya estaba loco antes de pisar ese hotel, y que su familia era el motivo principal de esa locura. Creo que Jack Torrance sufría la impotencia del que aspira a vivir sólo y exclusivamente para la creación, pero que vive soportando a una familia y a una sociedad cada vez más molesta e inoportuna. Jack Torrance encontró en el hotel Overlook la oportunidad de vivir como quería y decidió eliminar, hacha en mano, todo obstáculo que se le pusiera por delante. A Jack Torrance no le sentó tan mal el aislamiento ni la soledad del lugar como dicen, todo lo contrario, creo que le sentó tan bien que se volvió loco de felicidad. Y a eso, exactamente, aspiraba yo.
Así que el lugar me pareció el apropiado, tanto de retiro de verano como de invierno. Los espaciosos interiores de estética setentera y perfectamente enmoquetados con diseño geométrico, el diseño de baños rojos y blancos de la época, la exagerada despensa llena de víveres para todo un invierno y anexa a la cocina con todos los útiles necesarios, junto a las zonas ajardinadas del exterior, laberinto de tuyas incluido, me parecía, además del escenario perfecto para esta película, un lugar encantador para desintoxicarme de pesados e impertinentes.
Tomaba mi aperitivo de las 8 cuando buscaba como loca la localización exacta del hotel Overlook, y después de leer que Shelley Duvall fue ingresada en una clínica psiquiátrica tras el rodaje, que Stephen King se negó rotundamente a la realización de la película por no estar conforme con la adaptación final del guión y que el brazo articulado de una recién estrenada steadycam revolucionaba los pasillos del hotel, me dejé caer patidifusa con parte de mi zumo de tomate cuando leía que mi preciado destino, mi hotel Overlook, no exístia en el mapa, sino que estaba repartido en trocitos por todo el mundo.
Hundida en zumo de tomate, leía, atónita, que el director artístico de la película se pasó meses fotografiando hoteles por América y se construyó un decorado basado en las fotografías que más gustaron. De esta manera, los encantadores exteriores del Overlook están basados en un hotel de Colorado; mi baño preferido rojo y blanco se encuentra en un hotel de Phoenix (Arizona); la fachada principal, mi pasillo de dibujos geométricos, escaleras y salón, en el Timberline Hotel de las montañas de Oregón; el laberinto de tuyas se construyó y se usó durante el verano en los viejos estudios de la MGM y en el plató número 1 de los estudios EMI de Londres en invierno.
Lo último que fui capaz de leer fue que la nieve fue simulada con sal y espuma aplicada sobre las ramas.
Mientras limpiaba la alfombra de restos de tabasco y tomate, pensé que quería que me dejasen en paz y que siempre fuesen las 4 de la madrugada. Que quizá estaría bien que alguien me viniese con un billete de avión a Orlando, dónde no sé si hace frío o calor y dónde, dicen, hay tanta gente con orejas de ratón. Un día pasé por la puerta de una agencia de viajes, compré dos billetes a Orlando y le llamé. Él comprendió que tenía que hacer las maletas.
El cine no es más que una imagen de una imagen de una imagen de una imagen… (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch


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feb 21 2011

Cisne negro: La ambigüedad del ser

Hay razones para esperar que mi experiencia fuera, total o parcialmente, una alucinación; una alucinación que, de hecho, puede achacarse a no pocas causas. Y sin embargo, su realismo fue tan espantoso que, a veces, encuentro tal esperanza imposible.
Estas palabras que releo y resuenan en mi cabeza las escribió H.P. Lovecraft hace más de medio siglo en un relato llamado La sombra más allá del tiempo. Cuán cerca estaría de lo que nos propone Aronofsky con su versión de El lago de los cisnes en su nueva película, Black Swan (Cisne Negro). Sombras, sombras y más sombras.
El argumento nos relata el día a día de una bailarina de una compañía de ballet llamada Nina, obsesionada completamente con su trabajo y el mundo de la danza. Un día conoce a Lily, una nueva compañera con la que empezará una extraña relación de amistad que se desvirtuará por el camino cuando a Nina la elijan como protagonista para la nueva versión de la obra de El lago de los Cisnes de Tchaikovsky.
El director Aronofsky (Requiem por un sueño, El Luchador) sostiene así un relato que habla sobre la competitividad del ser humano, las ansias por poseer, la ambición desmedida, la envidia que corroe por las entrañas a cualquiera, ese egoísmo impreso y finalmente, la pérdida de la inocencia. Nos cuenta cómo el afán por ser el mejor en todo logra hacer caer a una persona en un auténtico infierno de forma física pero sobre todo y lo más importante, psíquicamente. Por ello, en la película que nos ocupa, siempre habrá una fricción entre qué es real y qué no lo es (gracias a la utilización de elementos oníricos) a medida que transcurre una obra que absorbe por su oscuridad, que deja al espectador en estado de parálisis desde el primer minuto, ya sea por su espectacularidad visual y narrativa, o ya sea por el reflejo de nuestros corazones en una pantalla gigante. Es un film sobre la envidia como un elemento desvirtuador de toda personalidad: consigue lo que deseas, y lo que otros desean antes que tú y te crearás enemigos a la vuelta de cada esquina, y éstos a su vez te obstaculizarán el camino de alguna manera, ya sea porque se aburren con sus vidas o porque en realidad no tienen ningún talento, pero de lo que uno puede estar seguro es de que si alguien te jode, es porque está tan podridamente frustrado que no sabe otra cosa que extrapolar sus sentimientos negativos hacia los demás. ¿Y qué se consigue? A veces, el envidioso pierde. Otras, es el envidiado el que se ve atrapado al borde de un abismo en el que acaba cayendo de manera inevitable; inevitable por la soledad adyacente en todo momento, porque toda persona no puede luchar en solitario, ninguna, ni siquiera contra sus demonios interiores. Es cierto, muchas veces se cae a un abismo tan oscuro como la pluma de un cisne negro, y es en esa oscuridad donde el envidiado se pierde en una jauría de grillos y parásitos, viendo lo que no hay, creyendo en una verdad que no es tal, ahogándose en un estanque de agua envenenada. Y qué mejor que contar todo esto con el trasfondo de El lago de los cisnes, obra sobre la caída de un ser que una vez quiso amar y le engañaron. Sigfrido y Rothbart, Odette y Odile. Esa ambigüedad recalcitrante grabada a fuego durante la obra de Tchaikovsky, y que a su vez ha usado con maestría Arofnosky, no ya en términos narrativos, sino simbólicos (Nana y Lily, Odette y Odile por ejemplo); o en los componentes del decorado, fotografía, vestuario y dirección artística que juegan entre el negro y el blanco, la oscuridad como un elemento negativo, poderoso y tentador del ser; y la luz blanca como el elemento purificador, la sensatez o la inocencia en su máxima expresión. Un viaje a los infiernos del corazón humano y a ese yo que nunca queremos dejar salir al exterior, de cómo la oscuridad absorbe la luz hasta el punto de destruir lo que un día fue algo bello, maravilloso, puro, dejando nada más que un destello agonizante. Natalie Portman como la bella Nina sostiene, gracias a su destreza interpretativa, una obra que está llamada a ser un clásico instantáneo por lo real de la propuesta, porque habla de los tiempos que vivimos, unos tiempos de competitividad destructiva y autodestructiva. Otra cosa a destacar es el enfoque que da Aronofsky (y en cuyos anteriores films ya hablaba del tema) al sexo, las drogas y el alcohol como la baza para pasarse, por decirlo de un modo coloquial y freak, al lado oscuro del ego. Esa tentación que todos tenemos delante y con la que a veces nos dejamos llevar más de la cuenta y acabamos perdiendo el norte, o dicho de forma más explícita: el sentido del deber, de la verdad y de la realidad.
En definitiva, estamos ante una obra que dará que hablar, que retrata la sociedad de una manera agresiva, frívola y desvirtuada. Una sociedad carente de principios, sin ilusión, sin personalidad, con unos objetivos enfocados a la simple satisfacción egoísta. Por esto y por más, recomiendo encarecidamente su visionado no solo una, sino dos y más veces.

Puede que los que me lean digan que soy demasiado moralista, incluso hiriente, muchos/as dirán que soy infantil. A veces me han llamado predicador. Y han llegado a decirme que me repito demasiado. Si, me repito y mucho. Ahora mismo lo hago con esta reseña. Me gusta y la verdad es que me da realmente igual. Pero probablemente es porque Arofnosky y yo, en el fondo, pensamos lo mismo (y eso que lo odiaba). Y como cualquier autor a lo largo de su obra, su mensaje es repetido de mil formas distintas, pero aún así, sigue siendo el mismo mensaje. Pero al contrario de lo que sufrió la bella Nina, y que puede que haya sufrido el director del film, y que en parte sufrí a lo largo de mi vida (algún día haré mi propio biopic), yo no caeré ni me condenaré. Está de moda condenar y condenarse. Yo, como Kubrick en Eyes Wide Shut diré que hay algo más importante que debemos hacer, y me preguntaréis qué es. Yo os responderé sin vacilación: Follar.
Posdata, Clint Mansell es Dios.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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nov 11 2010

Senderos de gloria: Qué bien mueren los soldados

Una película bélica no tiene porqué estar llena de piernas cercenadas, cabezas rodando por la arena, cuerpos acribillados o explosiones que destrozan personas. Es muy posible que eso esté muy cercano a la realidad. No lo discuto. Pero no se trata de contar las cosas rozando el documental. El cine es mucho más que eso. Puede que cause un efecto demoledor en el espectador, que lo espectacular supere cualquier expectativa abierta, que nos estemos acostumbrando a esas cosas que se han convertido en una carrera ( a ver quién consigue los mejores efectos especiales, a ver quién consigue mayor realismo, a ver quién suma más bajas en menos minutos), pero el cine es otra cosa. Una cámara en movimiento, con el encuadre perfecto, sin una sola gota de sangre, puede mostrar mucho mejor lo que es un campo de batalla que cien kilos de dinamita y seis millones de extremidades repartidas por el escenario.
Stanley Kubrick es un genio. Eso por un lado. Senderos de Gloria es una obra de arte. Eso por otro. Es, posiblemente, la película de género bélico mejor rodada de todos los tiempos. El uso que hace el director de la cámara es, sencillamente magistral. La escena en la que el coronel Dax (Kirk Douglas) camina por las trincheras antes de lanzarse al ataque con su regimiento mientras las explosiones atemorizan a los soldados o la del consejo de guerra que se produce poco después de la batalla, son de una limpieza abrumadora. La tensión que el espectador va a sentir durante el fusilamiento del cabo Philip Pares (Ralph Meeker) y los soldados Maurice Ferol (Timothy Carey) y Pierre Arnaud (Joe Turkel) es desquiciante. La escena final en la que la soldadesca se divierte en una taberna es una de las más enternecedoras que recuerdo. Beben, gritan y ríen hasta que aparece una muchacha alemana que es obligada a cantar entre lágrimas (Christiane Harlan). No parecen dispuestos a escuchar, pero, poco a poco, van quedando en silencio y se unen en el canto. Ven el sufrimiento de la guerra en ella, en sí mismos. Dax que escucha desde fuera recibe la orden de volver al frente, pero le dice al sargento que les deje un rato más allí. Quiere que disfruten de su propia humanidad, la que perderán al entrar en combate poco después. La humanidad y la vida, puesto que la guerra es carnicera y arrasadora. La lírica de la guerra sin grandes aspavientos, a través de planos cortos y medios que nos muestran un desastre total en cada persona. Dicen que Kubrick era capaz de repetir una toma hasta la saciedad, hasta que le parecía perfecta. Una bendición para el cine.
Sin embargo, la secuencia más terrorífica de todas me parece otra diferente a estas que menciono. Los generales franceses, Mireau (George McReady) y Broulard (Adolphe Menjou), almuerzan en los salones de su cuartel general. Es casi obsceno el contraste entre las trincheras y el lujo que envuelve la escena. Dax aparece por allí porque ha sido convocado por Broulard. Le reciben con una frase lapidaria. Qué bien han muerto sus soldados. Se refieren a los ejecutados, a los soldados condenados a muerte por ser cobardes después de un consejo de guerra patético que no da una sola oportunidad a los acusados. Qué bien han muerto sus soldados. La distancia entre los hombres de las trincheras y el mando es infinita. Y lo peor de todo es que entre medias no hay nada. Ni alguien que ponga un punto de cordura, ni un plan que evite desastres, ni nada de nada. Aterrador.
Las película está basada en la novela de Humphrey Cobb, Paths of glory, escrita en 1935. Y el guión adaptado es espléndido. Huye de lo literario y se convierte en un excelente modo de evolución para todos los personajes. Antibelicismo y una pequeña luz de esperanza gracias a esa escena final en la que comprobamos que los hombres, finalmente, son lo que son. Seres humanos.
No exagero (creo) si digo que todo aficionado al cine ha de ver esta película para serlo del todo. No exagero.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 16 2010

Piratas del Caribe: Sobre la utilidad de una película de cine

Un adulto llega a su casa. Abre la puerta y quiere dejar atrás una vida de mierda. Se encuentra a su mujer en la cocina. Guisando. Ella está en paro desde un par de años atrás. En la habitación del fondo, los niños estudian o juegan. Han llegado poco antes. Después de un madrugón, un montón de horas de clase y un par de actividades de propina para que se hagan más listos. Y el padre, que quiere dejar una vida de mierda al cerrar la puerta de casa, les plantea que pueden ver una película. Que harán una excepción, pedirán una pizza por teléfono y comerán palomitas caseras que son las mejores. La madre deja las sartenes a un lado. Los niños sus juguetes o sus libros. El padre su vida de mierda. Miran la estantería. Tienen que elegir.
Por allí ven algo de Federico Fellini, algo de François Truffaut, Stanley Kubrick. Y tres películas juntas que sobresalen sobre las demás. Piratas del Caribe. Y es que quieren olvidarse de algunas cosas. No lo dudan.
Posiblemente, ese hombre tiene el resto de películas en su estantería porque le gusta el buen cine. Posiblemente, su mujer las ha visto con él porque le gusta el buen cine. Posiblemente, los hijos mayores ya han visto alguna de ellas. Pero todos eligen Piratas del Caribe. Cada cosa en su momento, deben pensar. Y es que el buen aficionado al cine sabe que hay películas que sirven para pensar, otras para perder el tiempo y otras para dejar la vida de mierda detrás de la puerta. Incluso que las hay que reúnen dos o más características. No es esta trilogía una castaña que se deja ver. Es verdad que la tercera entrega se pierde un poco entre efectos especiales y desdibuja a los personajes con tanto chiste encadenado, pero, en conjunto, la trilogía es muy divertida. Puestos a sacar faltas podríamos hablar de las limitaciones de un Orlando Bloom frío y aburridillo, de una Keira Knightley que parece estar más para vender revistas a los adolescentes que para hacer su papel o el pequeño disparate en lo que se convierte la trilogía a partir del final de la segunda parte. Pero no me da la gana. También hay que saber sentarse para divertirse. Esas posiciones tan rígidas en las que el espectador cinéfilo se quiere arrancar un brazo antes de ver algo que no le haga pensar me parecen una idiotez colosal. Se puede entender de cine, pero no se puede disfrutar de él si no se sabe discriminar cuando toca.
Johnny Deep es el capitán Jack Sparrow. Divertido, eficaz y creíble. Orlando Bloom es Will Turner. Un personaje que trata de evolucionar y no lo logra del todo. Aunque su historia de amor con Elizabeth Swann (Keira Knightley) mantiene buena parte de la tensión narrativa (a pesar de lo previsible que es desde casi el principio). Hector Barbossa es un pirata malo que no veas. Lo interpreta Geoffrey Rush. Todo un lujo. Y Chow Yun-Fat es el que hace de Sao Feng (otro pirata para echar de comer aparte). Más lustre si cabe.
Pues bien, todos estos actores (hay muchos más, claro, pero no se trata de redactar la nómina completa) interpretan una historia de piratas ambiciosa y muy espectacular. Va de más a menos. O de mucho a poco. Como quieran. Una historia llena de batallas, de amores, de traición, de efectos especiales, de hombres pez, de barcos fantasmas, de buques de guerra, de uñas llenas de mierda, de ron. Lo que venimos reconociendo como una película de piratas, de aventuras. Nada de pensar en nuestra sesuda mente, ni en nuestros trabajos tan importantes. Una de aventuras.
Me niego a decir nada en contra de esta trilogía. No me da la gana. ¿Lo tiene? Pues claro. Pero también lo tienen nuestras vidas y no nos tiramos por el balcón. Cada cosa cuando toca.
Pues eso.
© Del Texto: Nirek Sabal

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