oct 5 2013

Stalker: Lo mágico de uno mismo

Hay quien necesita que pasen cosas en una pantalla de cine para que lo ve le interese o, simplemente, le agrade. Planos cortos que hacen que la acción avance con gran rapidez, una trama divertida, la música acompañando para que ayude a entender. Cosas así. Y hay quien necesita sentir cosas cuando mira la pantalla. La trama tiene una importancia relativa (no es lo más importante); la acción, el ritmo narrativo, se imprime desde la comprensión personal; la música es una ayuda para matizar lo visto. Cosas así.
Son opciones igual de buenas. No seré yo el que critique una u otra. Pero lo que sí me atrevo a afirmar es que la primera impide llegar a entender un tipo de cine que roza la genialidad. Y es una pena. También es verdad que el criterio personal comienza a formarse en territorios superficiales de la realidad observada. Es decir, que pasar por esas primeras fases, buscando entretenimiento y poco más, es necesario. Incluso, no deben olvidarse nunca jamás porque cada momento demanda algo distinto y una de las cosas pedidas puede estar en esa zona de arriba. Dicho esto, conviene recordar que un buen espectador ha de ir dando los pasos necesarios para encontrarse con el cine de peso, con un tipo de cine que propone, más allá de pasar el rato, un encuentro íntimo con nuestra forma de entender algunas cosas.
Que el que escribe es amante del cine de Andrei Tarkovski no es noticia. Que el que escribe recomienda acercarse a las películas del director ruso sin complejos, con la mente abierta y en disposición de encontrarse con asuntos arduos y feos, está dicho antes. Ya he hablado de Solaris y de Nostalgia. Que el que escribe mira el cine de Tarkovski convencido de que pocas películas superan las suyas es algo habitual en sus opiniones. Porque el que escribe intuye que los asuntos que trata este director están muy próximos a la búsqueda de sentido, a la expresión de preocupaciones que el hombre tiene desde que lo es (hombre) y que lo hace desde una simbología y un lenguaje poético que convierte el mundo en algo mucho más importante de lo que algunos quieren que sea. Tarkovski no hubiera filmado jamás una película sin incluir la exploración del alma humana. Estoy convencido de ello.
Afortunadamente, filmó Stalker que es una película inmensa, grandiosa, genial y, por ello, mal entendida por muchos, incomprensible para otros, aburrida para casi todos. Y no digo que sean más o menos listos o que su gusto esté atrofiado. Ni mucho menos. Creo que el problema está en ese aprendizaje del que hablaba antes, tan necesario para llegar al lenguaje poético, a la expresividad.
El guión de Stalker nace del relato de Arkadi y Boris Strugatski titulado Picnic en el camino. El mismo Tarkovski lo escribió junto a los autores del original para rebajarlo en gran medida de los materiales propios del género de ciencia ficción. En la antigua Unión Sovietica se consideraba cosa de niños este género y Tarkovski no mostraba agrado por él. Lo que se cuenta (en la película) es cómo un Stalker acompaña a dos hombres hasta lo que se conoce por La Zona y dentro de ella a una habitación (aquí se puede cualquier deseo y, por eso, las autoridades lo tienen prohibido. ¡¿Quién sabe lo que puede desear una persona?!). La Zona es un territorio prohibido por las autoridades en la que se cree que cayó un meteorito y en la que, sin lugar a dudas, se produjo una gran conmoción. No puede transitarse en línea recta, no puede hacerse el regreso por el mismo camino que se hizo al llegar. El agua ocupa gran parte de La Zona, la vegetación es virgen, el silencio es total, las construcciones están derruidas o en un estado muy precario. Allí pueden verse los restos de armas oxidadas e inservibles, lo que podrían ser cadáveres de personas. El Stalker (Aleksandr Kajdanovsky) acompaña a un escritor (Anatoli Solonitsin, actor preferido del director) y a un científico (Nicolai Grinko). Sólo sabemos su ocupación. Nunca nos dicen el nombre de los personajes. ¿Qué es ese viaje? ¿Dónde lleva? ¿Para qué ha de realizarse? Poco a poco descubrimos que es un viaje en busca del yo personal de cada uno de ellos, que es un viaje que hace bajar a las bodegas de la conciencia; que el sentido de la existencia está al alcance de unos hombres (el escritor y el científico) incapaces de pegarse a la realidad, cegado por lo material uno y por su ego teñido de falsa belleza el otro. Logran hacer el viaje. Logran regresar. El Stalker sabe lo que supone ser feliz. Los otros se acercan a esa felicidad y se verán obligados a modificar sus miradas. Esto es, de forma muy resumida, el asunto que trata de ventilar Tarkovski. El hombre y Dios. El hombre y el entorno. El hombre y el hombre. La Zona es el lugar en el que se entabla la conversación con uno mismo. La habitación el lugar en el que se habla con Dios.

Planos interminables (Tarkovski hace que la cámara se pare tanto como sea necesario para que lo relevante aparezca sin posible error), diálogos profundos, una fotografía impresionante ( Alexander Kniajinski hizo un trabajo que casi roza lo perfecto y dejando que el director invadiese ese terreno, casi sagrado y exclusivo, del director de fotografía que tanto le gustaba pisar a Tarkovski), un sonido evocador y cuidado al máximo (Vladimir Sharun acostumbrado al director logró que todo lo escuchado se acompasara con la imagen hasta extremos delirantes) y unas interpretaciones maravillosas (hay que sumar a la de los tres protagonistas la de Alisa Freindlich que hace de esposa del Stalker). Eso es Stalker.
Las obsesiones de Andrei Tarkovski. Todas están en esta película. Nostalgia y Sacrificio también las recogen, pero ya de una forma menos pura puesto que el director rueda la primera condicionado por su ausencia de Rusia y la segunda sabiendo que la muerte (la suya) estaba por venir con rapidez.

Hay una escena al final de la película que llama poderosamente la atención. Es de una belleza aplastante, pero creo yo que induce a error si no se mira con atención. La hija del Stalker lee un libro. Cuando deja de hacerlo, mira los vasos que hay sobre la mesa. Comienzan a moverse sobre el tablero. Uno llega a caerse al suelo. De fondo el ruido del tren se hace más fuerte. Podría parecer que ese movimiento es producido por la fuerza mental de la niña. Al fin y al cabo, es hija de un Stalker. Sin embargo, al comienzo vemos una escena muy similar. Vasos en movimiento y el paso de un tren cercano. El espectador; al principio, cuando aún no sabe qué es lo que van a contarle; mira la secuencia y ve vasos en movimiento por el efecto de un tren que pasa cerca. Al final, tiende a ver algo sobrenatural aunque si reflexiona se planta ante la secuencia sabiendo que está viendo algo normal y corriente convertido en belleza pura. Y eso es el cine de Tarkovski. Cuando se mira lo cotidiano intentando ver más allá, buscando lo profundo, todo se puede convertir en milagroso, en algo especial y único. Es magia. La del lenguaje que transporta al interior de cada uno de nosotros. Magia de la de verdad. Sin trucos.


nov 18 2010

Ran: Cómo puede un genio cruzarse en su vida

¿Qué sucede cuando alguien se encuentra con un genio por el camino? Puede quedarse perplejo, puede sentir una gran emoción o cualquier otra cosa. Eso depende de cada sujeto. Pero hay algo común, sea quien sea el genio y sea quien sea el que lo encuentra. A partir de ese primer contacto nada será igual. Los esquemas del individuo se modifican de inmediato y su criterio también. Todo lo que esté por debajo de lo que ahora conoce no le interesará. Por ejemplo, uno ve El ángel exterminador de Buñuel y la forma de mirar el cine se modifica. Ese era un genio. Pero si la película que descubre es Stalker de Andrei Tarkovsky pasa lo mismo. Era otro genio. Lo que antes era una película entretenida se convierte en un paquete. El ansia por ir más allá en el conocimiento hace que se evite cualquier pérdida de tiempo con obras menores.
Encontrarse con Akira Kurosawa por el camino es sinónimo de ruptura de esquemas, de amor incondicional por su cine, del descubrimiento del color como elemento esencial de la imagen, del conocer un trabajo riguroso con la luz al rodar, del encuentro con un cine exquisito que resulta inolvidable desde el principio. Encontrarse con Akira Kurosawa es encontrarse con un genio.
Una de sus películas es Ran. Una de sus obras maestras. Tardó diez años en rodarla desde que comenzó su planificación (eso da una idea de cómo trabajaba este director aparte de la falta de presupuesto que, supongo, también influiría en ese largo proceso). La idea nace de una historia protagonizada por un señor feudal japonés (Motonari Mori) que siendo viejo tiene que enfrentarse a un tiempo de grandes conflictos que terminarían con la unificación de los territorios de Japón. Pero, aunque ese es el germen de lo que cuenta Kurosawa en la película, lo que aparece con más claridad para el espectador occidental es la problemática que plantea William Shakespeare en su obra El Rey Lear. Ya saben, traición, avaricia, batallas fraticidas, egoísmo, muerte. Ya que la cultura oriental se le hace extraña al occidental (existe un desconocimiento muy serio de ella) y eso lo sabe el director, elige un momento histórico muy concreto para colocar la acción de modo que sea algo más universal (Era Sengory). Por ejemplo, en el siglo XVI, los samurais podían elegir estar a las órdenes de otro señor si con el que estaban no les agradaba. Así, en ese escenario, los personajes de Ran se mueven con más libertad (aunque corresponden a las costumbres del momento de forma casi exacta) y pueden presentar actitudes mejor entendidas por todos, mucho más flexibles, de paso.
Hiderota Ichimonji (Tatsuya Nakadai, espléndido en su papel) se encuentra mayor y decide dividir sus tierras entre sus tres hijos. Ha sido un guerrero despiadado y ha conseguido su fortuna a base de conquistar tierras, eliminando familias enteras y siendo implacable con el castigo. Los dos hijos mayores (Taro y Jiro) le adulan. Saburo, el menor, pone en duda lo que tiene planeado su padre. El irascible y orgulloso Hiderota le termina desterrando. A partir de aquí, los dos mayores comienzan a planear venganzas y asesinatos; el anciano es desterrado y se ve obligado a vagar por sus tierras encontrándose con el horror que él mismo ha generado; los días de la casa Ichimonji tiene los días contados. Ayuda a que todo se precipite la intervención de la Dama Kaede (esposa del hermano mayor) y que desea una venganza cruel para toda la familia, puesto que el anciano acabó con la suya y con sus posesiones, por lo que conspira haciendo que los hermanos acaben entre sí. En fin, todo venganza, todo deslealtad, todo sangre y muerte. La historia es fascinante, intensa, emocionante y profunda. Aunque es la puesta en escena lo que convierte la película en algo grandioso.
La dirección artística está cuidada al máximo, la fotografía es excelente, el vestuario (su colorido y la exactitud del corte) llena la pantalla por sí mismo; el director consigue que los extras no lo parezcan al dirigirlos con maestría y que se multipliquen como por arte de magia con un movimiento casi matemático de la cámara. Y, por último, el uso de la música y de los colores convierten la película en un espectáculo maravilloso. La escena en la que los ejércitos de los hijos atacan el castillo del padre es impresionante. Mientras vemos la parte más brutal del hombre, el horror de la guerra, escenas de una crueldad asombrosa, suena el Adagio de Toru Takenitzu. Tranquilo, excelente, bello. La suma de lo visual y lo musical hace que todo adquiera un sentido poético asombroso. Colores en movimiento marcado por lo sublime. Y digo colores porque Kurosawa marca a cada ejército con un color distinto (entre otras cosas intentando evitar confusiones en el espectador que sin esa referencia no sabría lo que ocurre en cada toma). El amarillo para el hermano mayor (no cualquier amarillo sino uno muy pálido, algo difuso como el carácter del personaje). El rojo para el segundo de los hermanos (venganza, sangre, muerte). El azul para el pequeño (un azul suave que hace pensar en la calma). Una batalla perfecta desde un punto de vista cinematográfica.
Ran es una película extraordinaria de la que ya se han dicho casi todas las cosas que son posibles. Ran es la película de un genio.
© Del Texto: Nirek Sabal


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