ene 14 2012

La cojera del recuerdo. El secreto de sus ojos.


Antes, cuando el cine era cosa de actores, directores, montadores, guionistas y del público, las películas (casi todas) terminaban bien. Los finales felices eran mucho más valorados, mucho mejor recibidos. Desde que el cine tiene mucho que ver con la informática, la cosa es otra. Encontrar una película con final feliz es extraño; guionistas, directores, montadores, actores y público tienden a encontrarse a gusto entre desgracias, muertes horribles, monstruos terroríficos y naves espaciales a punto de invadir la Tierra con gran facilidad. Supongo que, entre otras cosas, se trata de aprovechar una oportunidad (imposible hace unos años) que dona la técnica en bandeja de plata.
Antes, el cine entregaba un mundo de ficción que poco o nada tenía que ver con la realidad. Ahora, el cine recrea una realidad dura y hostil, fragmentada igual que las consciencias de los personajes.
Todo ha evolucionado a gran velocidad. Pero siempre quedan esperanzas si hablamos de esto o aquello. Siempre aparece algo o alguien que te hace pensar que lo fundamental queda intacto.
El secreto de sus ojos es una de esas películas que te arriman al cine de nuevo o para siempre si el que mira es un jovencito que intenta descubrir el mundo.
Espléndido el guión, espléndida la dirección, espléndidos los actores, un maquillaje y un vestuario más que aceptables. Una película de cine, de las de verdad. Espléndido todo.
Un buen número de elementos se unen para contar una historia apasionante. Amor, venganza, suspense, amistad y, sobre todo, el afán por contar. El secreto de sus ojos utiliza todo eso para explicar la importancia de la narración en la vida de cualquier persona. Y no me refiero a la literatura o al propio cine de forma exclusiva. Narrar, narrarse la vida puede, no solo explicarla, sino cambiar, por completo, su fisonomía. Una charla en una cafetería podría servir.
El protagonista se cuenta las cosas tal y como fueron, tal y como quisiera que hubieran sucedido. Hace participar de su relato a otros e, incluso, a sus propios fantasmas. Sabe que un instante modifica la vida de cualquiera. Lo cuenta. Y el mundo estalla ordenando ficción y realidad a su gusto.


Me viene a la cabeza un poema de Luis Rosales que tituló “¿De qué pie cojea el recuerdo? Y dice:
El recuerdo se teje
con doble hilo,
y, de cuando en cuando, se recuerdan cosas
que no han sucedido.
Parece escrito para explicar esta película. Lo bueno de la literatura siempre está al lado de lo bueno del cine.
Y todo esto se cuenta desde las cosas pequeñas, desde lo imposible que es a veces cualquier minucia, desde las personas. En definitiva, desde lo cotidiano. Cine del bueno. Además, sin ordenadores y con final feliz. Amargo aunque feliz. Una mezcla muy difícil de encontrar.
El que se acerque por primera vez a la película que no pierda detalle sobre el personaje que encarna Guillermo Francella. Es, sencillamente, emocionante comprobar que un actor es lo que es y no un papanatas moviendo mucho las manos.
Háganse un favor. Vean la película. Y si ya la han visto háganselo otra vez.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 23 2011

El mismo amor, la misma lluvia

Una vida puede ser mejor o peor que otra, más o menos larga, muy atractiva o muy repelente, pero todas requieren de algunos ingredientes indispensables. Podríamos pensar en el amor o en el dinero. Se nos vienen a la cabeza los sentimientos, las emociones, tener hijos, lograr nuestros objetivos. Miles de cosas. Aunque cualquiera de ellas termina trasladándonos a un mismo lugar. Hasta la camaradería. ¿Qué es un marido o una esposa? ¿Qué es el padre o un amigo? Sin camaradas no tenemos nada de nada.
Esto es lo que trata Juan José Campanella en su película El mismo amor, la misma lluvia. La falta de un camarada es la falta de vida. Nada tiene sentido si no hay donde agarrarse en los buenos y en los malos momentos. Y lo trata desde el idealismo y el pragmatismo, desde dos formas de ver la vida.
Ricardo Darín y Soledad Villamil son los protagonistas y encarnan una pareja que vive en un tobogán eterno que no les permite convivir, pero les lleva a un mismo lugar. Porque son camaradas, porque saben más uno del otro que cualquier otro ser humano.
Una pareja que da la sensación de estar en el mundo porque no cabe otra posibilidad (me refiero a la pareja que forman Darín y Villamil). Da gusto cómo se desenvuelven en la pantalla.
Eduardo Blanco tiene un papel relevante y, también, logra construir un personaje con mucha credibilidad. Ulises Dumont está impecable aunque su papel es muy secundario y sólo explota al final de la película.
Campanella hace, como es costumbre, un trabajo de dirección de actores impecable. Deja que la expresividad de cada uno de ellos enseñe eso que está por debajo de cualquier narración y forma su esencia. Un gesto desdice lo que se escucha. Una historia imposible lo es cuando el ademán del actor nos lo muestra aunque el guión hable jsuto de lo contrario.
No es la mejor de las películas de Campanella si centramos la atención en el plano técnico. La iluminación es sólo correcta (se dejan ver mucho los esfuerzos por hacerlo bien y eso es diferente a hacerlo bien), la música matiza la imagen aunque peca de una sintonía excesiva y hace perder cierta fuerza al conjunto, el vestuario muy justito, la fotografía correcta a secas. Pero no por ello la película deja de ser una muy buena muestra del cine de este autor que ya podrían copiar en las grandes factorías.
Además de las interpretaciones, la ironía y el sentido del humor (ácido hasta más no poder) forman un bloque compacto y solvente.
Lo que cuenta Campanella es cómo Jorge y Laura se conocen, cómo se enamoran y cómo terminan perdidos en su propio amor. Deja de existir complicidad y todo desaparece. Todo salvo terceras personas, claro.
Lo que cuenta Campanella es cómo las personas se unen o se separan dependiendo de cómo ven el mundo. Es muy difícil cambiar a un adulto.
Y lo que cuenta Campanella es cómo cualquiera de nosotros termina regresando a ese lugar en el que el verdadero camarada espera, pase lo que pase.
El mismo amor, la misma lluvia es una película muy agradable de ver. No tanto de pensar. Si el espectador decide ver (sólo) pasará un buen rato. Más que bueno. Si, además, decide pensar sobre lo visto pasará un buen rato seguido de otro algo más duro. Pero, no se preocupen, después del vértigo llega lo mejor. Mirar a derecha e izquierda buscando al camarada (esposo, esposa, madre, padre, hijos, amigos o lo que sea). Tal vez sientan una necesidad imparable de marcar un número de teléfono para decir lo que sienten.
Los jovencitos de cada casa pueden ver la película sin problemas. Y así se enterarán de algunas cositas que les esperan y que nadie está dispuesto a explicarles. Entre otras cosas, que amar es costoso.
© Del Texto: Nirek Sabal

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mar 5 2010

Charlas sin importancia. El mismo amor, la misma lluvia.

Solo a fuerza de cumplir años y de acumular historia en la espalda uno se da cuenta de que hay historias que no terminan nunca. Dos caminos transcurren paralelos (a veces), se van entrecruzando para distanciarse en mil ocasiones y vuelven a ser paralelos hasta reencontrarse. Las historias de amor, las de amor de verdad, contienen mucho de retornos, de ilusiones, de esperanza, de desilusión, de fracaso y de soledad. Esa es la realidad, la que no se puede ocultar cuando se quiere hablar con autenticidad del sentimiento amoroso.
Existen relaciones que permanecen inmutables en el tiempo, en las que hay personas destinadas a cruzar sus caminos continuamente durante su vida, pese a las circunstancias que a uno y otro les toque vivir. Situaciones complicadas, con el regusto de la tristeza de lo infinito.
Esta es la historia que nos narran en “El mismo amor, la misma lluvia”. Jorge (Ricardo Darín), una joven promesa de la literatura argentina de principio de los años 80, vive de los cuentos románticos que escribe en una revista de actualidad, y Laura (Soledad Villamil), la soñadora joven que esperando el retorno de su novio pintor en Uruguay, se enamora de Jorge. Una relación que se iniciará con una cómplice convivencia y terminará con una ruptura que no pondrá fin a nada. A lo largo de dos décadas los encuentros y desencuentros serán constantes. Se buscarán, se encontrarán, se transmitirán las alegrías, las desilusiones que se manejan en el mundo de los adultos. De ahí que el mismo amor, la misma lluvia, dos elementos fundamentales de la película, siempre sean el “mismo”.
En definitiva, no es nada novedoso, la eterna relación de dos personas que se aman, quizás de la única manera que se puede amar de verdad, acomodándose a las realidades de cada uno en cada momento, con la normalidad que impera en las relaciones de verdad, en esas que existen sin artificios.
Un argumento nada novedoso, es cierto, pero es que en el amor no hay nada nuevo, todo está contado, todo está escrito. Solo cambia la forma, la intensidad de quien lo vive, y en el saber contarlo y hacerlo como es en realidad. La capacidad del sentimiento amoroso para transformar en importante aquellas cosas que, en otras circunstancias, son absolutamente intrascendentes o incluso ridículas.
En un momento de la película Jorge dice: “A veces pienso que las charlas sin importancia, en los lugares sin importancia fueron los momentos más importantes de mi vida”. No puedo estar más de acuerdo. Por lo general, los momentos más importantes de nuestra vida son aquellos que nos quedan grabados en la memoria, que no transcurren de manera espectacular, sino que se encuandran dentro de nuestra rutina, de nuestro día a día, nos encienden la luz interior, transformando esos momentos, esas “pequeñas cosas” , en los esplendidos e inolvidables instantes de nuestra vida.
Una película, simple, buena a mi entender, sin más finalidad que contar la historia de dos personas que se aman, sin más pretensiones.
Sólo cabe terminar con este pequeño diálogo:
- ¿Vos creés en el destino?
- Creer o Reventar.
@ Del Texto: Anita Noire