mar 9 2012

Luces rojas: La duda como artificio

Es imposible que algo te guste si no te interesa. Esto es algo evidente. Pero si, encima, has tenido que pagar por ver algo que no te interesa, el problema pasa del gusto o disgusto al enfado monumental. Nadie quiere pagar por aburrirse, por ver lo que ya conoce de sobra, por perder el tiempo sin razón alguna. Y es aquí donde, el espectador se sitúa ante unas preguntas muy concretas: ¿es él culpable por elegir mal lo que paga? ¿Debería estar prohibido contar lo mismo que otros? ¿No se puede evitar que un autor agarre la historia de otro con toda su cara, que la maquille para que parezca otra cosa y la coloque en el mercado como nueva? ¿Por qué no existe un control de calidad en la industria cinematográfica que evite los excesos? ¿Nadie se va a apuntar a eso de si no queda satisfecho le devolvemos su dinero?
Luces rojas es una mala película. Es verdad que su director, Rodrigo Cortés, intenta hacer cine, que mueve la cámara con gracia y consigue encuadres notables. Es verdad que la puesta en escena no está mal. Pero también es verdad que el guión es flojísimo, que el asunto que trata está tan manoseado que, si no se acompaña de algo original y suculento, se convierte en un tormento incluso para los más afines a este tipo de historias. Luces rojas no aporta nada, absolutamente nada. Además, el director (que de tonto no tiene un pelo) intenta remediar las carencias a base de exageraciones (por si cuela, supongo) con un uso de los efectos especiales y de la música algo vergonzoso. La partitura, por ejemplo, está descompensada del todo. Para entendernos: no pasa nada, ni va a pasar, pero la música se eleva como si anunciara el fin del mundo. Todo se desboca ante un climax que jamás llega. Por si era poco, la propuesta es dudar de todo aunque a la vez podamos creer en todo. El mundo es el conjunto de lo que puede tocarse y de lo que espiritual. Y si se cree en el mundo todo se cree al mismo tiempo. Pero con la duda en la mano para que la película parezca interesante cuando no lo es ni de lejos.
Las interpretaciones son muy, muy discretas. Robert de Niro, Sigourney Weaver y Cillian Murphy están muy discretos. Murphy parece que se puede dormir en cualquier momento, Weaver está porque no tiene más remedio y De Niro parece querer ganar un premio a la serie de interpretaciones más anodinas de la historia del cine. Si a esto (a la mediocridad interpretativa) le sumamos el desastre que supone un guión lleno de frases que no llevan a ningún sitio y bastante tramposo en su desarrollo, tenemos como resultado un producto que no interesa a casi nadie. Esta es una película muy discreta.
El cine comercial es lo que tiene. Puede entretener (no es el caso), puede servir para que las mentes se despejen (no es el caso) o para… ¿para qué?
© Del Texto: Nirek Sabal

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may 12 2011

Aliens: El Regreso

No sé qué especie es peor. Ellos no se putean por un maldito porcentaje. Esto lo dice Ellen Ripley en un momento de la película Aliens: El regreso (ya saben que escapó del horror y ahora, después de más de cincuenta años durmiendo como un angelito, es rescatada). Se refiere a uno de los tripulantes de la nave que ha llegado al planeta LV-426, el sujeto que envía la compañía junto al resto de la tripulación. Y resume uno de los asuntos centrales de la película. Tal vez soy muy generoso al hablar en plural puesto que el resto es más cosa de trama que de cualquier otro activo de la narración. En realidad, quitando algunos momentos muy concretos, la película intenta ser una suma de acciones que la conviertan en una de aventuras. Los diálogos son puramente informativos. Y es que la puesta en escena es lo que manda acompañada de un ritmo delirante que no da tregua, acompañada de aliens terroríficos, de soldados indefensos y de Newt (una niña adorable que está a punto de ser devorada en diversas ocasiones encarnada por Carrie Henn). Durante el desarrollo de la acción, siempre ocurre algo que dilata la agonía de personajes y, por supuesto, de espectadores. Con ello, James Cameron, intenta hacer creíbles las convicciones de los personajes sustentadas en cosas que ya sabíamos en Alien: El octavo pasajero o acabamos de conocer unos minutos antes. Todo ocurre con rapidez. Y todo se resuelve con la misma prisa.
Podría parecer que esto que digo se pone enfrente de la película de Cameron. Sin embargo, no es así. Es muy entretenida, muy terrorífica, mantiene al espectador pegado a la butaca en constante tensión pendiente de principio a fin. Es una película que quiere presumir más de esto que de profundidad de pensamiento. Por ello, la puesta en escena debía ser espectacular. Cameron lo logra, entre otras cosas, con colores azules muy oscuros e intensos y una iluminación bajo mínimos que hace de cada escena un momento inquietante. Los efectos especiales son los justos y los visuales magníficos. La partitura adecuada porque todo se ordena alrededor de los efectos de sonido. De hecho, la película obtuvo un óscar por los efectos visuales y otro por los de sonido de sonido. Justos premios.
Aliens: El regreso es la primera de las secuelas de Alien: El octavo pasajero. Y es magnífica si la encuadramos dentro de esas expectativas que se nutren del terror y la trama aventurera sin más. Repite Sigourney Weaver haciendo de Ellen Ripley. Francamente, las cuatro películas de la serie sin ella serían otra cosa bien distinta. Y destacan Michael Biehn, Bill Paxton y Jenette Goldstein. Es una película muy violenta. Mucho. Esta vez, no sólo los aliens se muestran hostiles. Los soldaditos reparten lo suyo a lo largo de todo el metraje. Desde luego, los niños no deberían ver algo así. Ni los miedosos porque la película pone los pelos de punta. El resto no dejen de verla. Pasarán un par de horas estupendas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 9 2011

Alien: La perfección de la hostilidad

Tenía yo quince años cuando vi, por primera vez, Alien: El Octavo Pasajero. No sabía muy bien qué era eso que me esperaba en la sala de proyección. Supuse que algún marciano con cara de cera lanzando rayos ultrasónicos y un montón de tipos rudos y valientes repartiendo leña al ser extraterrestre. Sin embargo me encontré con un ser extraordinario, violentísimo, astuto y demoledor frente a una tripulación mixta que disponía de un lanzallamas medio casero y una red para lograr salir con vida de la nave espacial. Si tuviera que elegir un momento de mi vida en la que me sentí indefenso y aterrado, creo que no dudaría en referirme a aquella tarde.
La nave Nostromo (en aquella época los efectos especiales nos resultaban asombrosos) era inmensa. El alien era la misma maldad. La tripulación del Nostromo podría estar compuesta por cualquiera de nosotros. Pobres Dallas (Tom Skerritt), Ripley (Sigourney Weaver), Lambert (Veronica Cartwright), Brett (Harry Dean Stanton), Kane (John Hurt) y Parker (Yaphet Kotto). Ash (Ian Holm) resultó ser un androide traidor y odioso. Con esa película se podía sentir exactamente lo que se debe experimentar durante un viaje espacial. Y después de ver algo así, la ciencia ficción ya no sería lo mismo, nunca más. Miedo, incertidumbre hasta la última toma, nervios esperando un desenlace con una mínima esperanza, emoción sin límite, asfixia. Inolvidable.
Ridley Scott, el director de la película, tomó prestado el nombre de la nave. Al escritor Joseph Conrad. Hace referencia a una de sus novelas y, como todo el mundo sabe, este escritor tenía en su literatura un hueco permanente para el viaje, la sabiduría que provoca el movimiento, la posibilidad de vencer a todo tipo de contratiempo y salvar la vida el viajero por ello. De eso va la película aunque la acción se produzca en el espacio y veamos un monstruo terrible. Esa nave, la USCSS Nostromo, será el escenario de buena parte de la película. La tripulación es despertada, antes de tiempo, durante su viaje de regreso desde Thedus a la Tierra. Les encargan la misión de investigar la procedencia de una señal desconocida que llega desde un planetoide. Cuando a Kane se le agarra a la cara un bicho de aspecto horrible y perfecto en su hostilidad, todo se desboca.
Las interpretaciones de los actores son todas correctas. La de Sigourney Weaver es especialmente buena. Y se desarrolla con fuerza al enfretar su personaje con el que interpreta Veronica Cartwright. La debilidad del carácter de una hace más fuerte el de la otra. La decisión de una hace que las dudas de la otra la conviertan en una heroína. El trabajo del director es este aspecto es impecable. La música de Jerry Goldsmith acompaña como un guante la acción. La partitura es perfecta, pero no pretende en ningún caso nada que no sea matizar lo que se ve en la pantalla. Extraordinaria la puesta en escena que nos lleva aunque nos neguemos a un mundo oscuro, hostil, vacío de humanidad y que se convierte en un enorme reto para el ser humano. El montaje es inteligente y no deja que los tiempos destrocen los tempos narrativos. Por ejemplo, los viajes de un sitio a otro se convierten en elipsis para no demorar las cosas mientras se pierde una intensidad narrativa impecable.
No sé si los jóvenes de hoy mirarán esta película con la ceja levantada preguntándose por qué hizo tanto ruido en el momento de estrenarse. Yo tengo la respuesta. En ese momento nadie había viajado al espacio. Y la primera vez que haces cualquier cosa deja huella.


jul 5 2010

Avatar: Sigourney Weaver y su pelo rojo

Una historia contada un millón de veces. Disfrazada de película de vaqueros, disfrazada de película de conquistadores, disfrazada de película de piratas o disfrazada del tipo de película que pongamos. Eso es lo que nos presenta James Cameron en Avatar. No cuenta nada nuevo. Y cuando digo nada quiero decir nada.

Pocas personitas y mucha informática. Tampoco eso es nuevo. Eso sí, el espectáculo es grandioso. Creo que no exagero cuando afirmo que es lo más asombroso que se ha rodado hasta hoy.

Imaginación poca. Poquita, poquita. Mucho colorín para disimularlo.

Un dineral invertido. Un dineral (más mucho) recibido de vuelta. Tela, mucha. En eso no han escatimado. Ni los espectadores al pagar el precio de sus entradas, la compra de películas y todo tipo de objetos representando avatares.

Dicho así, usted estará pensando que la película me pareció una lástima al verla. Pues no. Me pareció fascinante. Y me lo pareció precisamente por todo lo que he dicho. El que firma (yo) es varón. Y, aunque parezca mentira, a los hombres los asuntos del amor nos interesan. Nos ponen (no sé cómo decirlo sin traicionar mi condición), tiernos. Sí, tiernos. Si a eso le añadimos una buena dosis de tiros, golpes, militares violentos e indecentes, batallas aéreas o terrestres, animales horribles y fieros y a Sigourney Weaver repartiendo candela, pues la cosa se pone de lo más atractiva. Es decir, eso de enamorarse con un revolver en la cartuchera nos pone.

Contar lo de Pocahontas no tiene mucho mérito. Y creo que es eso lo que cuenta con algún matiz y todo lo impresionante que aporta la técnica. Cameron puede contar en las revistas lo que quiera sobre biodiversidad, sobre imperialismo o sobre lo que quiera, pero en la película lo que se narra es una historia de amor rodeada de invasiones violentas. De ciencia ficción tiene (la película) los escenarios y el color de los personajes. Esto mismo contado en Badajoz con los paisanos de allí durante la invasión francesa sería lo mismo. Es decir, esto es un desastre de película y un despilfarro de dinero. Pero mola, porque las cositas del amor molan cuando se cuentan desde los lanzamientos masivos de misiles. Vamos, yo me he enamorado de la personaje na’vi, tan azulita y tan grandota.

Bueno, por dar alguna pista al que no haya tenido la oportunidad de ver la película, hago un resumen del argumento.

Pandora es una luna enorme de un planeta gigantesco. Todo allí es muy bonito. Pisas y se enciende lo que pisas, tocas y la reacción es una maravilla (las cosas se esconden, las cosas vuelan, las cosas hacen mil y una cabriolas). Los hombres han llegado allí para expoliar todo lo que pueden. Pero los habitantes de Pandora no terminar de ver claro aquello y pasan del asunto. Los hombres, superlistos, crean seres con aspecto na’vi que mezclan elementos genéticos de ambas razas. Lo hacen para camelarse a los paisanos de Pandora, pero nada, que ni así. El caso es que uno de esos híbridos (un avatar) termina enamorándose de la na’vi que mola más. La gracia es que tras cada avatar hay un humano que mueve a su personaje mientras duerme a distancia. Es decir, humano conoce extraterrestre y se enamora. Extraterrestre conoce humano y se enamora. Bien, el caso es que la cosa termina a guantazos, el humano pasando de serlo, la princesa azul colaba hasta las trancas del humano, el coronel violento muerto, las naves destruidas, todos felices o de vuelta a casa y esas cositas. ¿A que mola?

Pues me ha gustado. Puede parecer que estoy siendo irónico y que gasto mucha mala leche. Puede parecerlo. Pero no, me ha gustado mucho la película. Sobre todo Sigourney Weaver teñida de pelirroja.
A ver si saco un rato y les cuento lo que pensé cuando vi
Titanic de este mismo director. También me encantó. Pero ya se lo cuento otro día.

© Del Texto: Nirek Sabal

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