dic 11 2013

Doce hombres sin piedad (12 Angry men): Prohibido juzgar

Todos nosotros llevamos encima una mochila que va llenándose a medida que pasan los años, a medida que vamos teniendo experiencias. Todos sin excepción. Los equipajes pueden ser diversos. Buenas vivencias, malas o regulares. Rencores, amores, filias y fobias. Pero, también, en esa mochila, se encuentra todo aquello de lo que no podemos sentirnos orgullosos; todo lo que, en mayor o menor medida, rebaja nuestra catadura moral. ¿Quién puede juzgar a otro cuando la mochila arrastrada pesa? ¿Podemos condenar a otros aplicando el sentido común y la objetividad y sólo eso? Lanzar la primera piedra está al alcance de muy pocos.
Doce hombres sin piedad (12 Angry men), película dirigida por Sidney Lumet, habla de todo esto a través de una propuesta simple y, quizás, teatral en exceso. Además, se cuestiona el funcionamiento del sistema judicial norteamericano y es una película que se enfrenta con la pena de muerte de forma clara y rotunda.
Es una adaptación de la obra teatral de Reginald Rose (guionista de la película). Por ello, Lumet arrastra algún condicionante de más que no estropea el trabajo aunque hace que rechine en algún tramo. El director le echa una buena dosis de profesionalidad e intenta resolver este inconveniente generando un clima opresivo que va apareciendo con los primeros planos de los personajes llenos de crispación, de necesidad, de venganza o desidia, que presentan esos hombres encerrados en la sala del juzgado. Allí se decide si un ser humano es un asesino y si morirá en la silla eléctrica. La cámara muestra planos generales para que los personajes puedan moverse dependiendo de lo que piensan o de la evolución que van sufriendo.
El guión está lleno de frases brillantes que ahondan en las cuestiones que Lumet quiere ventilar, que aportan un sentido profundo a la acción. Además, logra que la tensión argumental se eleve con fuerza incluyendo giros argumentales que la hacen avanzar y logra una evolución en los personajes que soportará gran parte de la propuesta. Se dosifican muy bien los picos de carga dramática.
La moral se trata desde el soporte de la duda. Este es un recurso que siempre ha dado mucho juego en el cine y en la literatura puesto que impregna de matices misteriosos toda la trama. Todo, por muy evidente que parezca, pudiera tener aristas que modificaran las distintas percepciones. Desde aquí se trabaja para que el guión tome importancia y sentido. Lumet agarra los ingredientes y sale airoso del conflicto puesto que reparte bien los encuadres entre los doce personajes así como del conjunto que forman para que veamos cómo el guión modifica a cada sujeto, al grupo.
Henry Fonda interpreta el papel protagonista. Sobrio, algo rígido a veces, encorsetado en algún tramo de la película. Pero encaja bien en el resto del conjunto. El resto de actores (todos varones) pasan bien la prueba. A decir verdad, ninguno de los papeles es exigente con el trabajo actoral.
Doce hombres sin piedad es una muy buena película con lugar propio entre los clásicos de culto. Actualmente, sigue funcionando bien puesto que la vejez no le ha sentado del todo mal. En el buen cine de antes predominaba lo que se quería contar sobre la forma de hacerlo. Los alardes técnicos eran pura cosmética y nunca la razón última por la que se hacía cine. El cine, además de ser espectáculo, es la representación de un mundo que nos explica la realidad. Dicho así, la cosa parece sencilla. Sin embargo, para que eso no ocurra, el sentido último tiene que ser potente y ser el centro de un universo que tiene de vida un par de horas.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 2 2011

Supergolpe en Manhattan: Los malos no van al cielo

Desde niño me han gustado las películas de policías y ladrones. Los buenos corriendo tras los malos para dejar las cosas donde deberían estar desde el principio, perpetuas. Los malos intentando repartir el mundo de un modo más justo aunque dudoso, con sus motivaciones, con sus amores verdaderos, con sus cosas de malvados. Además, siempre me gustaron esas películas porque acaban bien. Aunque los malos triunfen acaban bien. Los malos detenidos, por eso, por malos hacen que el final sea feliz. O al contrario. Los malos logrando escapar por ser listos. O muriendo por codiciosos. Los buenos bebiendo una copa tranquilos mientras esperan un nuevo caso por resolver. O huyendo como cobardes. O muriendo como codiciosos de los peores. Todo se mezcla en esas películas, todas las miserias y bondades se presentan dibujando el mundo.
Supergolpe en Manhattan (The Anderson Tapes) es una película entretenida de principio a fin. Los malos son malos; los buenos son buenos; los traidores son solo eso y se merecen lo peor; las rubias son sensuales; las ancianitas son adorables; los tontos lo son de remate; los violentos, despreciables del todo; y el mundo un lugar en el que todo está en su sitio porque, a pesar de lo enorme y caótico que parece, algo funciona y ordena sin parar.
La trama de Supergolpe en Manhattan es precisa y está muy bien trenzada. No hay excesivas vueltas de tuerca para que la cosa funcione (en este tipo de cine suele darse este problema). Sólo las justas.
Los diálogos van de lo profundo (pocas veces, todo hay que decirlo) al chiste; de lo irrelevante a lo esencial; pero encajan bien al acompañarse de la acción con gran habilidad del guionista.
La música (la partitura la firma el mismísimo Quincy Jones) matiza más que bien la imagen. Uno de los asuntos que enfrenta esta película es el uso de la nueva tecnología en la investigación policial (en esos años todo se reducía a micros ocultos del tamaño de una alcachofa, cámaras de seguridad, escuchas ilegales y cosas parecidas que eran el bombazo tecnológico).
Sean Connery está bien. Dyan Cannon está bien. Martin Balsam lo mismo. Alan King acompaña. Y un jovencísimo Christopher Walken ayuda a que todo vaya sobre ruedas.
El caso es que Duke (Sean Connery) sale de la cárcel y lo primero que hace es planear un gran robo en un edificio del East Side de Nueva York. El golpe se planea con cuidado y la ejecución va bien hasta que Duke trata de evitar violencia gratuita y se fía de la voluntad y apariencia de las personas.
Son 95′ de película. Son 95′ de buen cine. Es verdad que no ha envejecido demasiado bien y se ve algo inocente, pero merece la pena. Sidney Lumet fue quien la dirigió y siempre ha hecho buen cine. Suele ser una buena garantía.
Supergolpe en Manhattan, con seguridad, no pasara a la historia del cine como una superproducción inolvidable. Eso seguro. Tanto como que una tarde de domingo, comiendo palomitas en casa (los niños pueden verla sin problemas), se pasará mucho mejor. Un tipo de cine concreto sirve para eso. Y está muy bien que así sea.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 13 2010

Antes que el diablo sepa que has muerto: Que pena de presupuestos

Sidney Lumet escribió el guión de la película Antes que el diablo sepa que has muerto. También la dirigió, claro.

Un título magnífico. La película, aunque con zonas de exposición muy interesantes, no tan magnífica como ese título.

Lumet cuenta algo que ya han contado otros. Un millón de veces, más o menos. Dos hermanos se encuentran en apuros económicos. Finalmente deciden atracar una joyería de Wetchester (Nueva York). Es el establecimiento de sus padres. Un golpe fácil y limpio que se convierte, por supuesto, en un infierno. Todo se va desarrollando dibujándose el peor de los escenarios posibles para los personajes.

El mayor de los hermanos, papel interpretado por Philip Seymour Hoffman, es un ejecutivo de éxito, adicto a la heroína y desastroso en su relación matrimonial. Un personaje que todo lo tiene y todo lo pierde. Es el que trama el plan, es el que se lo propone a su hermano y deja que sea él quien lo lleve a cabo. Se dibuja (como el resto de personajes) a base de retales que terminan siendo un traje mal cortado. Pero traje al fin y al cabo.

El hermano pequeño (Ethan Hawke) es pusilánime, fracasado, desastroso como padre y marido. Este es adicto al sexo. Sobre todo con la mujer de su hermano. Un personaje que nada tiene y nada puede perder aunque tampoco quiere o puede tener. Mete la pata de cabo a rabo destrozando un plan que debería haber sido perfecto.

Albert Finney es el padre de las criaturas. Siente cierto desprecio por su hijo mayor. Y cierta predilección por el pequeño. Se convierte en una fiera a medida que la trama avanza. Un personaje que lo tuvo todo y que le importa un bledo perder hasta los calzoncillos. Su vida deja de tener sentido.

La esposa del hermano mayor y amante del pequeño es Marisa Tomei. Este es un personaje que pudiera parecer que sobra. Nada más lejos de la realidad. Tampoco aparece para iluminar alguna motivación de los principales. No. Es autónomo y bien interpretado por Tomei. Es el personaje que tiene todo prestado, que no es nada por esa razón.

Pues bien, con estos personajes y estos actores, Lumet monta una película que se queda a medio camino. Intenta, avanzando y retrocediendo en el tiempo, ser original. No lo consigue, claro. Y no lo consigue porque eso también está hecho hace un siglo por muchos, pero, sobre todo, porque fragmentar la trama de ese modo no aporta nada a la narración. Hace trocitos la película y los ordena de modo que el espectador va encajando las piezas del puzle para saber lo que pasa. Repite escenas incompletas para lograr cierta coherencia narrativa y facilitar la labor de reconstrucción al espectador. Pero no consigue nada más que eso. No modifica el punto de vista en ningún momento (eso hubiera sido ideal para que los personajes mostraran su forma de ver y crecer tomando forma) sino que modifica la focalización en la narración. Por eso alguien que se pregunte sobre lo que ve no terminará de entender ni de justificar la acción. Dicho de otro modo, quedan muchos cabos por atar, no en desarrollo y final de la trama, sino en su justificación y en la motivación personal de cada uno de los personajes.

Parece mentira que con el presupuesto que manejan algunos y con la experiencia que arrastran cometan errores de esta envergadura. En cualquier caso, la película se deja ver. Incluso el espectador poco exigente puede disfrutar de lo lindo. A mí no me importaría volverla a ver. Si tengo un par de horas libres lo haré.

© Del Texto: Nirek Sabal