mar 26 2013

007 Al servicio secreto de su majestad: Las lágrimas de Bond

Esta entrega de la serie Bond (estrenada en 1969 siendo la película número seis) es, posiblemente, una de las más amadas por unos y de las más repudiadas por otros.
Por primera vez, se producía un cambio de cara en el actor principal. Sean Connery dejaba su puesto a George Lazenby (la edad no perdona y el aspecto de cuarentón del actor no casaba con el aspecto del agente británico). Lazenby no tenía experiencia delante de la cámara (era modelo) y esto es algo que se deja notar en algún episodio de la película. Eso sí, porte no le faltaba. Y estupendo. Es difícil no hacer el ridículo cuando te pones un traje escocés y estás frente a la cámara rodando con bellas señoritas. Ese porte, también, ayudó mucho a que las coreografías de las escenas violentas luciesen verosímiles. Aunque a decir verdad, este 007 era algo sosito, algo despistado.
En cualquier caso, Lazenby es más risueño que su antecesor y defiende un papel que se ajusta al personaje de Ian Fleming (la película es adaptación de la novela On her majesty’s secret service), lo que significa que aparece el personaje en plenitud. 007 siente tristeza, pena, se enamora, es irónico, valiente aunque temeroso cuando es necesario. Y, ni siquiera, utiliza gadgets. El resultado es, a pesar de las eternas discusiones, mucho más completo de lo que algunos dicen que es. Es verdad que la interpretación de George Lazenby estuvo por debajo de la de Diana Rigg, pero, lejos de ser un problema, aporta un toque desconocido a la saga. Rigg es la chica Bond más valiente, intrepida y fascinante. Tal vez sea porque encarna a la hija de un criminal. Tal vez por ser capaz de enamorar locamente a James Bond. Su personaje, Tracy, es muy completo. Igual que el trabajo de la actriz. La pareja Tracy-007 funciona a la perfección y, por suerte, la importancia de ambos queda a la par.
007 Al servicio secreto de su majestad, nos presenta a un Bond rechazado por M. Termina aliándose con un criminal ( Marc Ange Draco, padre de Tracy, interpretado por Gabriele Ferzetti) para que le facilite el paradero del villano más buscado. A cambio, Draco le pedirá que salga con su hija. El objetivo es acabar con las maldades de Ernst Stavro Blofeld, líder de Spectre. Telly Savalas encarnaba este personaje y lo hizo más que bien. Le acompaña como villana su inseparable Irma (Ilse Steppat). En esta película, los villanos corren riesgos al participar de forma activa en las persecuciones y atentados.
La trama de la película se desarrolla con buen ritmo. La fotografía es excelente y busca distintos planos para realzar las características de los personajes con acierto o generar sensaciones ajustadas al momento narrativo (sobre todo planos cenitales).
La partitura de John Barry es espléndida e incluye la última canción que grabó Louis Armstrong (We have all the time in the world).
Los efectos especiales y visuales son de gran nivel. Del mismo modo, los efectos de sonido convierten cada escena violenta en un momento de gran brutalidad.
Moneypenny vuelve a ser Lois Maxwell (la mejor de la historia); Q. fue Desmond Llewelyn; y M. Bernard Lee. Peter R. Hunt, a pesar de su falta de experiencia en ese momento, hizo un excelente trabajo. Quizás, el único borrón importante es la escena en la que Bond comparte mesa con un grupo de chicas en la clínica de Blofeld.
007 Al servicio secreto de su majestad es una de las mejors películas de la saga. Un buen 007, una chica Bond extraordinaria, un villano malo malísimo, Moneypenny llorando, una trama bien tratada, una música exquisita, un final nada convencional. Una película que ha envejecido mucho mejor que otras que no han sido tan criticadas siendo peores.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 3 2013

Operación Trueno (Thunderball): Los mismos mimbres

Si elegimos unos buenos mimbres para hacer una cesta es posible que consigamos una cesta preciosa. Si la deshacemos y utilizamos esos mismos mimbres para hacer otra cesta, tal vez, consigamos una cesta diferente aunque igual de preciosa. Pero no apreciaremos tanto el trabajo. Intentándolo, una y otra vez, lo que tendremos como resultado es una cesta que nos aburre por muy bonita que sea. Por otro lado, los mimbres se estropearían por el uso. Pues esto mismo pasa cuando con los mismos materiales narrativos tratamos de contar historias que tratan de ser originales.
Operación Trueno no es una mala película. Ni mucho menos. Contiene en su estructura todo lo que hizo famosa la saga de James Bond. Aunque, a pesar del altísimo presupuesto con el que se realizó, no terminó de funcionar del todo bien. Quizás por la repetición del formato, quizás porque la sensación es la de saberse la película de principio a fin, quizás porque la novedad era un fondo del mar repleto de buceadores repartiendo guantazos sin que se llegase a saber a quien había que aplaudir o llorar (los trajes que utilizan los buceadores impiden que sepamos si se trata de uno u otro personaje; a pesar de los colores la cosa se pone difícil).
Operación Trueno es la cuarta entrega de la saga. Se estrenó en 1965. Las tres anteriores habían resultado sorprendentes. Parecía necesario un argumento muy original para conseguir un gran resultado. La mejor idea fue rodar un cuarto de la película bajo el agua. Con ello la acción se hizo más lenta de lo deseado. Esa era la gran novedad y falló. El resto era muy parecido a lo ya visto.
Sean Connery es James Bond. Bien en su interpretación aunque algo arrogante (no Bond sino Connery). Misógino, irónico, valiente, inteligente. 007, vaya. Aunque el 007 del cine porque está algo alejado del personaje de las novelas de Ian Fleming. Las chicas Bond fueron Molly Barker (divertida), Luziana Paluzzi (sosa) y Claudine Auger (una de las mejores de toda la saga, por su belleza, por su trabajo notable y porque su personaje toma parte activamente de la trama siendo decisiva).
El villano interpretado por Adolfo Celi se queda a medio camino. Su confrontación con el agente británico no termina de cuajar. El guión no ayuda mucho a que eso ocurra cuando les hace aparecer en escenas juntos que más parecen trocitos de Love Story. En este sentido, hay que decir que resulta algo incomprensible la razón por la que uno no acaba con el otro mucho antes.
Bernard Lee repite como M., un jefe del MI6 que tiene que arreglárselas como puede en plena guerra fría. La colección de gadgets es, esta vez, muy extraordinaria. Bond huyendo con cohete a la espalda (por mar y aire), Bond ingiriendo cápsulas gracias a las que podrá ser rescatado allá donde esté, cacharros que sirven para hacer cosas improbables y su Austin Martin.
Además, la música de John Barry presenta una factura sobresaliente. Tom Jones interpretó el tema con el que se presentan los créditos Thunderball.
Todo igual o muy parecido a lo que ya había funcionado de maravilla. Pero una cesta es una cesta. Por lo que, si está fabricada con los mismos materiales, el problema debe estar en la forma. En este caso, el exceso de secuencias marinas, un malo no demasiado malo, excesiva confusión en los enfrentamientos violentos, lo original que se convierte en tópico, Connery sin estar a gran altura y una organización criminal (Spectre) de mercadillo en la que son más malos entre sí que con el resto.
A pesar de todo, Operación Trueno es una buena película. Si alguien la viese sin conocer el resto de la saga, seguramente, le gustaría mucho.
Ya sé que las comparaciones son de mal gusto, pero no puedo evitar hablar de esta película pensando en las tres joyas anteriores.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 23 2013

Muere otro día: Homenaje digital a Bond

Vigésima entrega de la serie Bond. Cuarta y última aparición de Pierce Brosnan interpretando el papel de James Bond. Cine de evasión, de divertimento. 007 enredado en el mundo digital. Una chica Bond de quitar la respiración (aunque si ya te la ha quitado Ursulla Andress el colapso es menor). Unos villanos que, como pasaba en la época de Sean Connery, quieren hacer maldades para poder controlar el mundo entero. Y que son malos de verdad. La momia de Madonna en pantalla. Un palacio de hielo. Un satélite mortífero. Un avión que nunca se cae al suelo. En fin, una película que lleva al extremo todo disparate posible y que, tal vez, funciona por esa misma razón. Si alguien necesita un par de horas de evasión, esta es la película.
Brosnan está mayorcito para el papel. Se le ve elegante y puaperas, pero con unos añitos de más como para andar corriendo esos peligros y ligarse a esas mujeres tan despanpanantes. Interpreta un Bond que roza (a veces) la frivolidad o tontería del Bond de Roger Moore y la oscuridad del Bond de Timothy Dalton en Licencia para matar. En esta película, la venganza mueve al agente secreto aunque, a mitad de la cinta, es la salvación del mundo la motivación principal. Los amantes de la serie pueden quedar algo decepcionados con esta película; quiere ser un homenaje a todos los trabajos anteriores y se convierte en un batiburrillo. Entonces ¿por qué funciona, por qué alguien se la traga sin rechistar? Seguramente, porque el ritmo es frenético, no queda tiempo para pensar ante tanta escena de acción.
Se trataba de hacer que el espectador se quedase pegado al sillón pasando el rato. Y eso lo consigue el director, Lee Tamahori, sin grandes problemas. ¿Es esto suficiente para una película de cine? Claro que no. A decir verdad, este Bond no es el de Ian Fleming, ni el de Connery, ni el actual de Daniel Craig. Y Bond no es un personaje de ciencia ficción (en esta película se roza el género). Tamahori rapta al personaje y lo devuelve hecho unos zorros.
Halle Berry pasa sin pena ni gloria por la pantalla. Salvo esa primera aparición (homenaje al que realizó la señora Andress) no desarrolla un papel que deje poso. Ni se la dan diálogos que hagan crecer al personaje ni la trama se soporta, mínimamente, sobre ella. Más blandita de lo que cabía esperar.
Judi Dench estupenda. John Cleese inadvertido. Toby Stephens cumplidor. El resto aparecen o desaparecen como si nada, Incluida Madonna.
De los guionistas Neal Purvis y Robert Wade hay poco que decir. Toman ideas de otras películas de la saga, las agitan y sueltan lo que se les ocurre en forma de exceso. Eso sí, multiplicado por un millón. Deberían haber explicado a estos chicos que 007 es mortal y que el mundo es el mundo.
La partitura de David Arnold está bien. No es la mejor aunque tampoco es la peor. Acompaña la acción sin estridencias y presenta versiones del tema principal que resultan agradables y muy divertidas.
El cine tiene un componente de espectáculo que nadie puede negar. Muere otro día es espectáculo puro. Aunque se queda en eso y poco más. Ahora bien, si quiere pasar la tarde sentado frente a una pantalla, comiendo palomitas, sin pensar en otra cosa que no sea un agente secreto y sus cositas, Muere otro día es ideal. Nada de guiones magníficos, ni personajes profundos, ni encuadres prodigiosos. Nada más que acción, héroes, villanos y chicas explosivas (Rosamund Pike también está muy guapa).
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 16 2013

Licencia para matar

Licencia para matar es la segunda película en la que aparece Timothy Dalton interpretando el papel de James Bond. Segunda y última. Parece ser que tenía firmada una tercera intervención, pero el actor renunció por motivos personales.
Con Dalton el personaje de Ian Fleming aparecía en plenitud y con Dalton se produjo un giro más que necesario en las películas de 007. El público no lo consideró así y el actor no tuvo gran reconocimiento. El Bond de Dalton no es tan machista como el de Sean Connery o Roger Moore. Es capaz de entender a una mujer y se para más ante una inteligencia que ante un pecho descomunal. El Bond de Dalton es un hombre serio, profesional, arisco, solitario. Y en Licencia para matar es un hombre cegado por la sed de venganza. No se mueve buscando el bien de su país, ni del mundo entero; lo hace buscando solucionar sus propios problemas. Este Bond sufre, se mancha los zapatos de polvo, recibe golpes como el que más, tiene los sentimientos que cualquier otro hombre podría sentir. Es el Bond de Ian Fleming.
Lo curioso es que el guión de la película no es adaptación de alguna de las novelas de Fleming. Ya estaban todas llevadas al cine (esta es la entrega decimosexta). Los guionistas, Michael G. Wilson y Robert Laudaum, inventaron la trama de principio a fin. Logran un guión sólido que mantiene la tensión y un ritmo estupendo. Abundan las muertes violentas, casi sádicas. Y se centran en una asunto que preocupaba especialmente a nivel mundial allá por finales de los años 80: la droga.
Las chica Bond, encarnada por Carey Lowell, además de ser una belleza, es atrevida, inteligente y cínica. Toma una importancia en el desarrollo de la trama muy importante. Talisa Soto (otra de las mujeres protagonistas) se queda más en el territorio de mujer florero.
El arranque de la película vuelve a ser espectacular aunque, esta vez, es el final el que se lleva la palma. Acción trepidante, vehículos incendiados, helicópteros, fuego, disparos. Todo rodado muy bien y montado mejor.
El villano es tremendo. Despiadado, astuto, calculador. El autor elegido fue Robert Davi. Y el personaje malísimo se llama Franz Sánchez. Le acompañan Anthony Zerbe (la muerte de su personaje es escalofriante) y un jovencísimo Benicio del Toro (la del suyo es peor todavía).
Los inventos preparados para 007 siguen siendo sorprendentes y divertidos. En esta película, los amantes de estos chismes disfrutan de lo lindo. Más que nada porque Q (que es el personaje que los idea) aprovecha sus vacaciones para ayudar a Bond.
La banda sonora es estupenda. Sobresale la canción Licence to kill a cargo de Gladys Knight.
Una estupenda película de acción, más cercana al realismo que otras de la serie Bond, bien contada y bien escrita. Una pena que fuera la última de Dalton.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 13 2013

La espía que me amó: 007 capturado por Moore

Roger Moore es el actor que menos ha hecho por el bien de James Bond. Ni fue un buen 007, ni se pareció nuca a él. Quizás, La espía que me amó sea, de las películas que protagonizó, la única en la que Bond-Moore no parece tonto de remate. Bond en manos de Moore siempre fue una parodia.
De todos modos y pase lo que pase, los amantes de James Bond lo son al precio que sea. De la excelencia de Sean Connery, de la inseguridad de George Lazbury, de la frivolidad estúpida de Moore, de la sobriedad de Timothy Dalton o de la profesionalidad de Brosnan o Craig, son capaces de sacar el máximo rendimiento. Lo digo porque soy uno de esos fans.
La espia que me amó fue dirigida por Lewis Gilbert en 1977. Con un presupuesto extraordinario, consiguió una película con grandes lagunas en todos los aspectos. Se trata de una película que, a diferencia de las de Connery, ha envejecido muy mal y vista hoy el sabor anejo no deja disfrutar de lo que se ve.
Lo mejor de la película es el trabajo de Derek Meddings. Sus maquetas y efectos especiales fueron asombrosos en su momento y todavía hoy gustan al verlos. También la música de Marvin Hamlisch (por debajo de las partituras de John Barry) está a buen nivel. El tema principal de la película es extraordinario. Lo interpreta Carly Simon. En el apartado de cosas buenas de verdad entra el diseño de producción de Ken Adam. Francamente, notable.
La espía que me amó es la décima entrega de la serie Bond. Y fue la tercera aparición de Moore como 007. Le acompaña una flojita Bárbara Bach. Guapa, pero sosa y forzada. Desde luego, no le ayuda un guión que presenta a su personaje (Mayor Anya Amosoja, alias xxx) como una mujer meticulosa, valiente, intuitiva y feroz, para dejar que se convierta en una chica Bond más según avanza la trama. Su faceta de profesional del espionaje desaparece en favor de 007. A veces, parece un perrito asustado que depende del agente inglés. Y, desde luego, la idea primitiva es otra.
Los villanos son Curd Jürgens (un loco que quiere provocar una guerra nuclear con el fin de que el ser humano comience una nueva vida en los fondos oceánicos) y Richard Kiel (un secuaz del loco Stromberg que tiene una dentadura metálica, la fuerza de un gorila y la inteligencia de un mosquito; se le conoce como Tiburón). Son villanos, pero menos. La eficacia de Stromberg eliminando enemigos es relativa y la ferocidad de Tiburón es casi cómica (el guionista le utiliza en las fases de autoparodia características de la serie Bond).
Y 007 en manos de Moore. Como en esta película se limita ese humor tan irritante de las anteriores entregas protagonizadas por este hombre, la cosa se hace más llevadera. Pero vaya, que una pelea de este Bond es de risa si la comparamos con alguna de Connery (¿Recuerdan el enfrentamiento de Bond con el villano viajando en el tren (Desde Rusia con amor)?), que una ironía en boca de este 007 apesta a chistecito barato y facilón, que el galán es como de goma-espuma.
Los amantes de los ingenios de la serie pueden disfrutar de varios aunque sobresale el lotus acuático. Está muy logrado y resulta hasta creíble.
La escena de inicio es espectacular a pesar de que el montaje deja mucho que desear. Es una persecución sobre la nieve en la que tan pronto los perseguidores están encima del perseguido o a dos kilómetros para dar algo de recorrido a la escena.
Una última cosa. Forma parte del equipo de los villanos una tal Naomi. Encarnada por Carolina Munro. Siempre pensé que hubiera sido una agente xxx mucho más apropiada.
La espía que me amó es una película entretenida con localizaciones espléndidas y es una excusa de primera para pasar una tarde cualquiera frente al televisor. Y es que es de James Bond. Y eso es muy, pero que muy importante.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 7 2013

007 Alta Tensión: El Bond de Fleming


Modificar un personaje no consiste en cambiar su peinado, su forma de vestir o en hacerle hablar con un acento puramente cañí. Para conseguir un cambio sustancial hay que variar la forma de enfrentar el mundo que tiene, la forma de mirar las cosas y la relación que termina teniendo con todas ellas. Y un cambio en el personaje debe estar justificado con solvencia. Somos lo que somos. Y a los personajes les suceda lo mismo. De buenas a primeras, un tipo no puede pensar de forma distinta. Tiene que ocurrir algo que lo justifique. Ese es uno de los problemas de la serie protagonizada por James Bond. Es tan larga, lleva tantos años alargándose, que cualquier cambio suele rechinar a los fans.
007 Alta Tensión es la decimoquinta entrega de la serie protagonizada por James Bond.
El actor que encarna, esta vez, al agente secreto del MI6 es Timothy Dalton. Es su primera aparición como Bond. La primera de dos. Y es una pena. Dalton rehusó por dos veces defender el papel en otras películas anteriores y cuando aceptó hacerlo en esta, a pesar de realizar un trabajo notable, no se le valoró tanto como hubiera sido justo. Es un excelente Bond. El problema es que el personaje se acerca mucho a lo que Ian Fleming retrató en sus novelas y se aleja del Bond de Connery o del que interpretaba con más guasa de lo normal Roger Moore. Esto hace que el agente secreto sea más un asalariado del crimen, alguien que no disfruta con su trabajo aunque lo realice con profesionalidad milimétrica; esto hace que los flirteos desaparezcan para que la relación con las mujeres sea más seria y profunda; esto hace que la ironía quede en segundo plano y todo sea más serio por grave. Algo desconcertante para el espectador. Es verdad que a Dalton se le ve algo rígido en su interpretación, no inseguro como estuvo George Lanzeby, pero desarrollando un registro algo frío.
El guión está bien armado y, aunque el final se precipita algo, se desarrolla con buen ritmo. No tiene la chispa que otras veces, pero tampoco vendría a cuento un mayor número de frases ingeniosas. La trama no dejaba sitio para más. El problema llega con el dibujo de los personajes secundarios. Ni los villanos son los mejores (Jeroen Krabbé y Joe Don Baker, defienden bien sus papeles como Gregori Koskov y como el traficante de armas Whitaker), ni la protagonista (Maryam d’Abo, sosita y muy forzada al interpretar) es la más apropiada. Los villanos quedan desdibujados apareciendo y desapareciendo en más de una ocasión y no se profundiza en absoluto con ellos. Todo resulta superficial. En el caso de ella, el intento de convertir a las mujeres de la serie en personas inteligentes y capaces de cualquier cosa (para huir del objeto sexual en el que se convirtieron desde el principio) es fallido. Ni la actriz ni la trama ayudan a que ocurra esto. Todo parece artificial y desprende un importante tufo a gomaespuma y petición de perdón al público femenino. A pesar de todo esto, la acción se desarrolla entre una justificación narrativa consistente.
La gran noticia es que Bond se dedica al amor y no a ligar con todo lo que lleve faldas. Eso que es cosa más del Bond de Fleming que del Bond del cine, queda algo extraño aunque es verosímil.
La película arranca con uno de las mejores escenas de inicio de la saga Bond. Se produce en Gibraltar. La acción es trepidante, está muy bien rodada (el director John Glen, aunque con algún altibajo, firma un buen trabajo) y termina con el agente secreto aterrizando en la cubierta de un barco. Magnífica escena en la que ya se perfila lo que será este nuevo James Bond. Otra escena destacable es la que protagonizan 007 y Necros (uno de los secuaces de los dos villanos) en un avión cargado de droga. Muy emocionante. La peor de las escenas es la que nos muestra a los protagonistas escapando del ejército enemigo sobre la funda de un chelo. Muy pueril. Algo así cabía en las películas de Moore, pero aquí sobra. Eliminar esta escena hubiera sido estupendo; así el metraje sería el justo (el producto final es excesivo). El resto de la acción se desarrolla en diferentes escenarios aunque el más llamativo es Afganistan. Es curioso ver cómo los afganos luchaban contra los rusos y eran los más mejores amigos de los americanos.
La banda sonora se compone de 19 cortes y tres canciones (A-aha, The Pretenders y The Prenders). Se alternan algunas piezas de música clásica. En conjunto es más que notable el trabajo de John Barry.
Otra película. Otro Bond. Otra oportunidad de disfrutar con el agente secreto más famoso de todos los tiempos.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


ene 4 2013

James Bond contra Goldfinger: el mejor villano entre los villanos

Del mismo modo que Sean Connery es el mejor James Bond de la historia, Auric Goldfinger (villano de esta película interpretado por Gert Fröbe) es el personaje más perverso de la serie. Juntos protagonizan la tercera entrega de la saga. Para muchos la mejor de todas hasta el Casino Royale de 2006. Lo cierto es que fue la película que desató las pasiones por el agente secreto. Los martinis se consumieron más que nunca, los Aston Martin se vendieron como churros, y todos querían vestir un smoking blanco como el de Bond tras bucear y destruir el cuartel general de los narcotraficantes. Y lo cierto es que la película es fantástica. Un guión poderoso y bien armado, unas interpretaciones de primer orden, la fotografía exacta (repetía Ted Moore) y una dirección hábil y sin altibajos de Guy Hamilton. James Bond contra Goldfinger acumula casi todo lo que serían las películas de James Bond. La ironía del agente, la confrontación directa entre el bien y el mal (nunca puede vencer este último), la belleza femenina, el valor de los héroes, traiciones engaños. Todo James Bond. O casi.
Visto en la actualidad, podríamos resumir el perfil del personaje diciendo que el personaje de Ian Fleming nació en 1920. Mide 1,83 y pesa alrededor de 75 kilos. Es viudo. Asesinan a su mujer, la condesa Di Vincenzo en la película Al servicio de su Majestad. Fuma de forma complusiva. Sus armas preferidas son la Beretta 950 B y la Walter PPK. Y su coche predilecto es el Aston Martin Silver Birch DB5. Viste en Turnbull & Asser y le gusta comer lenguado a la parrilla, rosbif y ensadala con patatas. Ese es el personaje del autor. El que Sean Connery moldea en cada escena. Y está todo en su sitio en la película.
Las mujeres tienen una importancia extraordinaria en la saga y dejan de ser objetos sexuales para tomar parte en la trama de forma activa e importante; desde ellas llega la iluminación necesaria para descubrir matices nuevos en el agente secreto (de Bond sabemos mucho cuando conocemos su relación con las mujeres). Pero en Goldfinger es, todavía, mayor. La muerte por afixia cutánea de Jill Masterson (una explosiva Shirley Eaton que era el referente erótico de la época) o el cambio en la tendencia sexual de Pussy Galone una vez que conoce a 007 (serenamente bella la actriz Honor Blackman), son algunos ejemplos. James Bond, no sólo corteja a toda mujer que se pone por delante, además, puede cambiar a cualquiera de ellas.
Auric Goldfinger es el villano. Magnífico. Se trata de un hombre impotente, ludópata, obsesionado con el oro, malvado, incapaz de sentir compasión por nada ni nadie. Lo encarna Gert Fröbe de forma magistral. Fue una pena que el actor no pudiera aprender a hablar en inglés puesto que fue doblado en la versión original. Auric Goldfinger crece enormemente durante la película como personaje y termina dibujándose como el malvado de los malvados. Además de acompaña de Oddjob (Harol Sakata), un secuaz tan terrible como el propio Goldfinger, que mata lanzando su sombrero metálico como si fuera un boomerang o a guantazo limpio. Los malos suman esfuerzos.
Por primera vez, Bond dispone de gadgets (ingenios facilitados por la sección Q del MI6) que nunca retornarán en perfecto estado a su punto de origen. Por primera vez, vemos el mítico Aston Martin de Bond. Ametralladoras, cortinas de humo, chorros de aceite, asientos que saltan por los aires con el pasajero incluido. Entre vehículos y transmisores, Bond se convierte en todo un espectáculo.
Aparte de escuchar el tema de la serie, en Goldfinger, Shirley Bassey interpreta el tema principal de la película; una canción compuesta por John Barry que desbancó del número uno de las listas a los mismísimos Beatles. Casi nada.
La película recibió un óscar por los efectos de sonido. Son excelentes. El trabajo que se realizó con, por ejemplo, el rayo láser con el que casi castran a 007 (estamos hablando de 1964) es fantástico.
Casi todo James Bond está en Goldfinger. Y Goldfinger dibujó todo un género. Merece la pena echar un vistazo a la película.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 3 2013

Desde Rusia con amor: el mejor 007

Es posible que, a pesar de algunos problemas narrativos, Desde Rusia con amor, segunda entrega de la saga protagonizada por James Bond, sea la mejor de todas.
Sean Connery sigue moldeando al personaje para que se parezca a él mismo; los guionistas se pliegan a lo que Ian Fleming narra en sus novelas; Terence Young dirige con acierto e inteligencia. La película se estrenó en 1963 y se convirtió, con rapidez, en un clásico.
Este James Bond vive en plena guerra fría. Sus enemigos tienen relación con los rusos, con los chinos, con todo aquello que se acerque al comunismo. La organización criminal Spectre es la que sirve de nexo para que el mundo esté en peligro y sea Bond el que resuelva el problema.
En esta ocasión, 007 debe conseguir una máquina cifradora llamada Lektor. Con ella, los mensajes secretos y codificados enviados por los rusos podrán ser descifrados. Ernst Stavro Blofeld, jefe de Spectre, encarga un plan que sea perfecto a uno de sus secuaces (un campeón de ajedrez para ser exactos). El objetivo es conseguir esa máquina cifradora y acabar con Bond.
Desde Rusia con amor es una película en la que todo se enreda. Rusos, búlgaros, británicos, Spectre, gitanos, la máquina Lektor, el Orient Express. Todo ello se oscurece a través del guión (la fotografía es fiel a la idea y es también ciertamente oscura), todo tiende a la zona oscura y peligrosa del espionaje.
Bond sigue siendo despiadado, cínico y ocurrente; un galán misógino. Aunque esta vez es algo más vulnerable. Al menos algo más que en Agente 007 contra el Dr. No. Si cae al suelo se levanta con polvo en el traje, si pelea contra el malo se lleva algún golpe que otro. Incluso tiene algún punto de debilidad frente a las mujeres. La astucia del personaje, eso sí, se ve reforzada en esta película.
Le acompaña esta vez Tatiana, agente rusa que forma parte de la doble trama desde una clara ignorancia. La que fue Miss Italia, Daniela Bianchi, encarna el papel. Sosa aunque no molesta. También acompaña a Connery un Pedro Armendariz estupendo en la que sería su última película. Defiende un papel muy importante en la trama (Kerim Bey) y hace una extraordinaria pareja con el protagonista. El villano es Red Grant (interpretado por Robert Shaw), un loco que asesina todo lo que se le pone por delante.
Para ver, hoy en día, Desde Rusia con amor, hay que hacer un ejercicio de generosidad. De no ser así, si nos situamos frente a la pantalla esperando ver una película de cine moderno, es posible que no podamos disfrutar de ella. Por ejemplo, la escena en la que la actriz Lotte Lenya se disfraza de camarera y se enfrenta con Bond, podría resultar completamente ridícula. Después de conocer una operación colosal en la que los servicios secretos de varios países se ven involucrados, después de conocer un plan maquiavélico de la organización Spectre, ella intenta robar la máquina Lektor como si fuera un secador de pelo o algo así y su enfrentamiento con 007 resulta pueril. También es cierto que ese personaje es miope y algo exagerado en todo lo que hace por lo que una buena dosis de ironía le echó el guionista y hay que saber apreciarlo. En cualquier caso esta película se rodó en 1963 y se encuadra dentro de un canon muy concreto. Del mismo modo que los efectos especiales son muy limitados, el concepto de cine era otro distinto al actual.
Y, también, conviene hacer un ejercicio de humildad si no se conoce la historia del cine. Alguien dijo que la zona narrativa que tiene como escenario el tren es una sucesión de paseos sin sentido. Eso es un homenaje al cine de Alfred Hitchcock que sirve, de paso, como motor de la trama y marca un avance argumental exacto. El tiempo narrativo casa con el histórico gracias a esa zona expositiva.
La banda sonora, que incluye el tema de Matt Monro, no es la mejor. A veces suena con estrépito cuando el personaje mira un cenicero. Pero, en general, va consolidando lo que sería la música en el conjunto de la serie 007.
Excelente cine de espias con tintes, claramente, negros. Tal vez la mejor de todas las películas protagonizadas por James Bond.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 1 2013

Agente 007 contra el Dr. No: El primer Bond

Agente 007 contra el Dr. No es la primera película de la saga que tiene como protagonista al agente secreto más famoso de todos los tiempos. Ian Fleming escribió su novela Dr. No en 1958 y Terence Young dirigió de un modo astuto esta adaptación en 1962. Además de ser la primera película de una larga serie, este trabajo es el germen de lo que fue el cine de acción después de su estreno y que se ha ido reflejando desde ese momento hasta nuestros días. Los espías, los agentes especiales, ya nunca fueron lo mismo. Ni lo serán nunca.
La película tiene un punto de inocencia, de candidez, que la hace encantadora. Casi todo es explícito para que la trama sea entendida y disfrutada. Es cine viejo aunque sigue funcionando bien. No hay grandes ingenios para que el agente 007 salga bien parado de los problemas, los efectos especiales son los de la época (muy limitados entonces), la sangre es poca cuando la muerte es violenta (la película se encuadra bien en el canon del momento). Pero, a cambio, encontramos a uno de los personajes mejor dibujados de todos los tiempos. Y al actor que mejor ha interpretado este personaje. Sean Connery será siempre James Bond, el mejor de todos ellos.
Le encontramos, por primera vez,  jugando y ganando. Elegante. En un gran casino. Antes de salir de allí corteja a la mujer que acaba de arruinar. El jefe del MI6 le reclama. Filtrea con Moneypenny y ella se rinde a sus pies. Ante su superior se muestra cínico hasta más no poder. Intentar evitar que le impongan nuevas armas o ingenios de espía. Y, luego, sagacidad, inteligencia, intuición, más cortejos. También, a cambio, nos encontramos con la primera chica Bond de la historia. Una arrebatadora, explosiva e inolvidable Ursulla Andress que interpreta el personaje de la cándida Honey Ryder. La famosísima escena en la que vemos salir a esta mujer del mar con un bikini blanco y un cinturón es difícil de olvidar. Imponente la señora Andress. Pocas veces fue retratada tan bien como lo hizo Ted Moore que, además, aprovechó las bondades de Jamaica con gran acierto.
007 es autosuficiente, irónico, despiadado, capaz de hacer cualquier cosa ante una situación de peligro. Pero es el bueno de la película. Se le perdona, incluso que sea un gran misógino. Entre otras cosas porque los villanos a los que se enfrenta son casi demoniacos. En esta película es el Dr. No con el que tiene que jugarse el cobre. Joseph Wiseman es quien encarna este personaje. A decir verdad, queda algo desaprovechado este malo entre los malos. Es casi una intuición lo que puede ser o cómo puede ser. Su condición como integrante de la organización Spectre es lo que mejor define al Dr. No y hubiera sido un gran acierto explorar más en su consciencia. No todo el mundo quiere destruir el planeta.
La trama de Agente 007 contra el Dr. No está bien articulada y deja pocos cabos sin atar. Por ello, el ritmo narrativo es adecuado sin forzar un montaje que, por otro lado, es estupendo. Todo lo que ocurre en la película parece ser natural, una cosa corriente, cuando, en realidad, roza la ciencia ficción. Es una película muy amable con el espectador, muy lineal en su desarrollo y sin altibajos.
La banda sonora de la película incluye el archifamoso tema de Bond compuesto por Monty Norman y que ha acompañado al espía desde ese momento en toda la saga.
Esta es una película muy agradable de ver y que marca el ritmo de toda una serie. Un prodigio en el diseño de un personaje por parte de un guionista y del propio actor.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 15 2011

Atmósfera Cero: Solo ante el peligro en Io

La luna de Júpiter Io es una colonia. Allí un buen número de hombres y mujeres trabajan en la extracción de mineral. Allí pasan las mismas cosas que podrían pasar en la tierra. Hay mineros, médicos, policías, jefes, malos, buenos, putas, maltratadores, drogadictos y camellos.
Un nuevo jefe de policía, O’Neil (interpretado por un excelente Sean Connery) llega a la colonia minera Con-Am 27. Han sucedido cosas de las que nadie quiere saber nada. Él sí. Comienza a investigar con el único apoyo de la doctora Lazarus (Kika Markham). Y se ve inmerso en un lío morrocotudo en el que tendrá que jugarse la vida cada minuto.
Atmósfera Cero es la versión espacial de Sólo ante el peligro. Es una película de buenos y malos, de sensatez frente a locura, de tranquilidad frente a violencia, de inteligencia y maldad. Es una película muy entretenida en la que se nos muestra una sociedad carente de valores, de la humanidad que debería estar por encima de cualquier otra cosa. Una película de policías que atrapan a cacos, drogadictos y delicuentes de guante blanco.
La puesta en escena es, francamente, buena. Los escenarios; repletos de jaulas en las que viven tumbados los habitantes del centro minero, los lugares oscuros y peligrosos, rodeados de un espacio exterior mortal; están diseñados con acierto y muestran la idea del director Peter Hyams (guionista también) sobre el futuro de una sociedad desestructurada y vacía. Los efectos especiales y visuales tienen una importancia extraordinaria. Están muy bien logrados (ahora se quedarían cortos como casi todo en el mundo).
Desde un punto de vista narrativo, la película se estructura alrededor de la trama que avanza sin estruendos aunque con ligereza. Tal vez, el personaje de O’Neil queda algo apagado si le alejamos de la acción. Eso no debería ser así puesto que todo podría vaciarse de sentido, pero cuela entre persecuciones y disparos (la falta de construcción de los personajes se sitúan en la frontera de lo permitido). El ritmo es ágil y la resolución de la trama, aunque predecible, cierra bien el relato.
La ciencia ficción sirve para explicar, no lo que sucede en las estrellas, sino para lo que sucede aquí. Atmósfera Cero lleva a cabo esa misión más que bien. Aunque algo exagerada en algún momento, merece la pena verla.
Buen viaje hasta Io.No tomen nada que les ofrezcan allí si no saben lo que es con exactitud.
© Del Texto: Nirek Sabal.


Imagen de previsualización de YouTube