jul 2 2013

El gangster: La historia de papá

La vida de un padre de familia no parece que sea excesivamente atractiva. Si papá agarra un revólver y atraca bancos, la cosa cambia. Entre otras cosas porque la vida de papá se convierte en acción, tragedia, locura, violencia y amores de todo tipo. Ya sé que la acción, la tragedia, la locura, la violencia y los amores de todo tipo, forman parte de la vida de cualquier padre de familia, pero con una pistola en la mano todo se pone mucho más interesante. Y, además, se puede rodar una película sobre el asunto. Una película sobre la vida de papá sin armas en ristre no tiene pinta de ser viable salvo que las enamoradas sean de la jet, la locura motivo de envenenamientos diversos, la tragedia una cosa muy descomunal o algo así. Una película sobre el gangster que todos tenemos dentro sí lo es. Los guionistas saben que el éxito de sus trabajos radica en que nos descubramos en el personaje, que entendamos sus motivaciones y que seamos capaces de vestirnos con su piel sin grandes problemas.
Nathan Morlando firma un trabajo más que notable con lo justito. Nada de alharacas, nada de efectos visuales o especiales deslumbrantes, nada de repartos extraordinarios. La cámara en su sitio buscando encuadres nada originales aunque efectivos a más no poder para lograr el objetivo; una dirección actoral muy cuidada y detallista; una fotografía apagada en su gris que va como anillo al dedo para desarrollar un guión bien construido. Todo bien, todo funcionando a las mil maravillas. Excepto la distribución y el marketing.
El gangster cuenta la historia de Edwin Boyd. Regresa de la guerra y no encuentra alternativa. La escasez no le permite sacar adelante a su familia y la desesperación le lleva a cometer atracos en las sucursales bancarias de la ciudad. Se maquilla con cuidado y, derrochando amabilidad, da unos primeros golpes que le hacen famoso.
El personaje principal, Edwin Boyd, lo encarna un excelente Scott Speedman, un actor capaz de desarrollar varios registros en la misma película sin despeinarse. Esto hace que la evolución de personaje sea natural y creíble. Le acompañan Kelly Reilly (maravillosa) y Kevin Durand, entre otros. El reparto en su conjunto sabe lo que tiene que hacer y disfruta haciéndolo. Presupuesto no tendrían, pero entusiasmo no faltó.
La película no esconde grandes pretensiones y el espectador tampoco las echa en falta. Es una película correctamente filmada con el único objetivo de narrar la vida de un personaje. No se desarrolla un asunto de forma profunda. Nada de eso. Todo se centra en la desesperación de un tipo normal y en cómo las cosas se convierten en algo inesperado sin que apenas el mundo cambie alrededor. El gangster es una película muy agradable, contiene una dosis de dramatismo justo y el desarrollo lineal hace que la comprensión de la acción sea fácil para el espectador. Una película simple aunque muy completa, muy bien contada y realizada con mimo.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 26 2010

Dibujante de interiores. Mi vida sin mí.

El cine de Coixet tiene acérrimos seguidores y tiene detractores feroces. Yo siento una especial predilección por los filmes de esta mujer y en concreto por “Mi vida sin mí”.
Siempre he pensado que Isabel Coixet, además de una gran directora de cine y una genial publicista, es una buenísima contadora de historias. Es muy difícil contar cosas y contarlas bien a mí ya me parece una proeza. Por eso me gusta Isabel Coixet, porque sabe explicar las cosas, sobre todo la vida, pero no una vida cualquiera, no lo accesorio de vivir, sino la vida íntima, los sentimientos, las sensaciones de las personas.
Corría el año 2003 cuando se estrenó “Mi vida sin mí”, en ella se narra la historia de Anna (Sarah Polley) , una chica de veintitrés años, madre de dos niñas pequeñas, la primera de las cuales nació cuando ella tenía 17 años. Anna se gana la vida fregando suelos en una universidad a la que nunca accederá. Está casada con Don (Scott Speedman), el único hombre con el que ha estado en su vida y que pasa la mayor parte de su tiempo en el paro. Ambos viven en una caravana en el jardín de casa de la madre de Anna (Deborah Harry), una mujer derrotada por la vida con su marido en prisión desde hace once años. Anna empieza a encontrarse mal y descubre que le quedan pocos meses de vida. Frente a esa realidad, decide no someterse a ningún tratamiento que le impida poder estar con sus hijas hasta el final y opta por no compartir con nadie la proximidad de su muerte. Ahora, en su pensamiento y el motor de sus próximos días, todo aquello que sabe que no va a hacer ni tener jamás, pero que de pronto pierde importancia frente al inminente final y la relevancia que de pronto adquieren cosas en apariencia tan simples, pero tan definitivas e importantes, como decir a sus hijas, cada día, lo mucho que las quiere, buscar para Don una buena chica que les guste a sus niñas, grabarles mensajes de cumpleaños para que sus hijas los reciban hasta que cumplan 18 años; celebrar un gran pic-nic en Walebay con los suyos; fumar y beber todo lo que quiera, decir lo que realmente piensa, hacer el amor con otros hombres que no sean su marido para saber cómo es; hacer que alguien se enamore de ella, cambiar su lacio pelo e ir a ver a su padre a prisión.
Podrán parecer cosas estúpidas, pero no lo son. Son las cosas que cobran significado cuando uno se vacía de todo lo externo y se queda desnudo ante si mismo.
Debo reconocer que soy incapaz de transmitir las muchas sensaciones que en mi produjo esta película. Como he dicho, corría el año 2003, por aquel entonces, con motivo de situación complicada, mientras estaba en una sala de espera, en mi agenda escribí lo siguiente:

“Recibir un diagnostico fatal es algo que nadie quisiera tener que digerir y para lo que nadie nos prepara. Pero la vida es así, las cosas no siempre las podemos hacer a nuestra medida, ni siquiera podemos evitar lo que no quisiéramos que llegara. Las cosas pasan, aunque no hablemos de ellas. Necesitamos tiempo para encajar noticias fatales que sabemos tendrán un desenlace letal. No estamos preparados para saber que, en un tiempo más corto que largo, la vida va a dar un giro mortal. Recibir una noticia del estilo, se recibe siempre en solitario por mucha compañía que uno tenga sentado a su costado, por muy fuerte que le aprieten la mano y por mucho que, como si fuera un eco, resuene aquello de “esto lo superaremos”. Cuando se recibe una noticia de tal calibre, el día se vuelve noche y la vida se acorta, no en las milésimas de minutos que transcurren desde que uno se sentó en aquel butacón y comprendió lo que estaba pasando, sino en la infinidad de momentos y tiempos que estaban por llegar y que ahora ya sabes no lo harán. Y aparece Láquesis sosteniendo en el aire la pluma que pondrá el punto final a tu vida y eso ya no tiene remedio. Y todo se vuelve relativo. Se minimiza lo que hasta ayer era de una magnitud escandalosa y aquellas poquitas cosas, que por corrientes y normales han pasado desapercibidas, toman de pronto una relevancia vital. Por eso y porque en cualquier momento Clotos y Átropos vendrán a reunirse con Láquesis para entregarnos la Sentencia definitiva que ya ha devenido firme, es por lo que tenemos obligación de vivir nuestra vida. Pero esto sólo se aprende a golpe de grandes sustos y disgustos. Tenemos la obligación de vivir la vida que tenemos de la mejor manera posible, intentado no pasar sin pena ni gloria, sino viviendo intensamente aunque en ocasiones nos duela y sobre todo, para no tener que arrepentirnos nunca de lo que al final no hicimos.”
Creo que en esencia eso mismo es lo que la película nos quiere decir y yo me veo incapaz de escribir nada más porque creo que es una película que hay que ver, que hay que sentir. Véanla, y si ustedes no adoran a Coixet, como yo, quizás sí descubran a una buena contadora de historias.
© Del Texto: Anita Noire


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