feb 27 2014

Her: La soledad humana

Después de Where the Wild Things Are, Spike Jonze nos trae Her, tan conmovedora como la anterior e igual de triste y melancólica a la vez. Es curioso, porque las historias no tienen nada que ver a primera vista, pero yo encuentro una palabra para unirlas: soledad, a pesar de que los dos protagonistas encuentran compañías por fuera de lo humano. Supongo que uno no puede prever los inconvenientes de la soledad, dice Sartre en La náusea, y aunque me parece una frase perfecta y cierta, aquí tampoco se podrán prever los inconvenientes de las compañías.
Theodore (Joaquin Phoenix) está solo porque se separó de su esposa y eso no deja de dolerle aunque con la cara apoyada en la almohada y lágrimas en las mejillas aguarde a que llegue ese momento en que acabe, termine de doler. Está solo porque su vida ha quedado vacía. Tiene un trabajo casi envidiable pero tan triste, en un punto, como su soledad: escribe cartas a clientes que contratan los servicios de esta empresa para que escriban por ellos y así lograr cometidos o asegurarse llegar al corazón (cartas de amor, a los abuelos, y más, no hay límites en estos encargos). Entonces, Theodore puede y es capaz de decir preciosas palabras de amor aunque los sentimientos sean en realidad ajenos, aunque las palabras sean a cambio de dinero y por encargo. Está solo porque eso que gestiona tan bien para otros no parece hacerse realidad en la propia vida; más bien al contrario: su ex mujer le asegura que no puede gestionar emociones. Está solo porque está impregnado de una nostalgia de la compañía: Hay algo que se siente muy bien sobre compartir tu vida con alguien, dice.

Hasta que se enamora del sistema operativo de su ordenador (voz interpretada por Scarlett Johansson), comienza un romance con ella y entonces le cambia el modo de estar en el mundo, y le cambia la expresión de la cara: el Theodore solo tiene el ceño fruncido en casi todas las escenas, pero cuando está enamorado y de novio, sonríe, permanentemente sonríe. Es raro que un hombre solo tenga ganas de reír, otra vez Sartre.
Y aquí empieza la película: en esta peculir relación entre una persona y ella, que es virtual, que es una voz, pero que lo ama como nunca amó a nadie, pero tiene sexo, pero siente celos, pero se pregunta cómo es tener un cuerpo. O sea: pero existe.
Los inconvenientes de estas compañías tendrán que ver con los universos distintos de los que provienen o peor aun, habitan. Mientras uno corresponde al mundo de los mortales en el que el amado necesita sentirse único, el otro habita un universo virtual donde las velocidades y las cantidades son impensables en este mundo físico, y entonces se es capaz de dialogar con más de 4000 personas a la vez o tener una relación con más de 600… Si eres el preferido, ¿para qué quieres ser el único?, pregunta un personaje del escritor mexicano Juan Villoro. Bueno, supongo que para no caer en otro tipo de soledad y perder la sonrisa adquirida, como le sucede a Theodore ante la revelación de esos números; no, al menos, hasta que no tenga razones peores, aun peores, como volver a ser abandonado y estar otra vez solo, solo y serio, en la vieja y conocida soledad.
© Del Texto: Flor Bea


nov 24 2013

Don Jon: Catecismo y moralina

De esta película se han dicho muchas cosas y, casi todas, buenas. De Joseph Gordon-Levitt, que puede dirigir bien y que logra un papel notable; del guión, que es divertido además de estar bien construido; que la fina ironía cubre cada secuencia; cosas así.
Sin embargo, la película es mediocre; el trabajo de Gordon-Levitt, como actor, es pasable (siendo generoso) y, como director, discreto (siendo muy generoso); la ironía no está por ninguna parte salvo que esa ironía sea el mal gusto, las palabras malsonantes soltadas a diestro y siniestro o el intentar que todos nos veamos reflejados en un tópico tras otro. Pero lo peor es que Don Jon termina convertido en una especie de catecismo fabricado por el director y guionista para obsequiarnos con una filosofía barata y más vista que el TBO. Moralina pura.
La historia que nos endosa Joseph Gordon-Levitt es la de un adicto al porno, infeliz por no poder liberarse por completo cuando experimenta la realidad. Músculos (ya se encarga el director de enseñarnos hasta el último detalle de sí mismo) belleza e insatisfacción. Aparece una rubia explosiva (Scarlett Johansson) que quiere cambiar a nuestro chico. Eso no funciona, claro. Continúa la adicción al porno, a la confesión en la iglesia del barrio y a sí mismo. Mucha adicción y poco de lo demás.
Pero un día aparece otra mujer (mayor, experta en todo tipo de cosas que tengan que ver con la vida misma porque es mayor; lo que supone una auténtica idiotez; es Julianne Moore) que lo arregla todo. Estarán ustedes pensando que les he desvelado la trama. Tienen razón. Pero les aseguro que es tan previsible que esto da igual. Lo hubieran descubierto ustedes mismo al poco tiempo, entre bostezo y bostezo.
La dirección actoral no está mal auqnue contar con la señora Johansson y la señora Moore es una garantía de éxito en este aspecto. El montaje es excesivo en las reiteraciones aunque imagino que, dadas las circunstancias, había que conseguir minutos de metraje medio potables. El guión, salvo algunas cositas, es bastante ramplón. Encontrar alguna frase importante es imposible; se intentan giros argumentales que no aportan nada resultando ridículos y estériles; y el remate del relato busca una importancia moral impostada e inexistente. La música atronadora. Es lo que tiene hacer una película pensando más en uno mismo que en el propio trabajo.
Propuesta fallida y tramposa al intentar colar de rondón lo que, sencillamente, no está. Don Jon no pasará a la historia del cine. Eso es seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal.


may 16 2012

Los vengadores: Épica, humor y acción

No podía ser de otra forma. La película dirigida por Joss Whedon es divertida, está llena de una acción deslumbrante, de algunos diálogos más que notables; y de actores estupendos que se creen lo que hacen, que se les nota disfrutar con sus personajes. Hay momentos en los que la carcajada del espectador no puede reprimirse. No hay que olvidar que un grupo de tipos (alguna señorita también) se visten con unos trajes completamente absurdos, se mezclan con seres interplanetarios que son una especie de dioses y se lían a guantazo limpio con los malos entre los que se encuentran seres extraterrestres. Si alguien quisiera hacer en cine algo serio con esto sería un auténtico loco. Todo se mezcla. Épica, humor y acción. Incluso algún asunto profundo. El diálogo entre la Viuda Negra y Ojo de Halcón es un ejemplo de ello.
La cosa podría parecer sencilla sin serlo. Alguien podría pensar que juntar a un grupo de superhéroes es garantía de éxito. Sin embargo son muchos personajes (hay que sumar alguno que no tiene nada que ver con poderes, martillos o escudos). Y muchos actores. Lo difícil es que alguno no sobresalga sobre otro o que alguno se quede en nada dentro del conjunto de la película. El director es muy hábil y consigue que cada uno tenga su puesto, sus momentos brillantes, sus frases bien construidas y sus chistes de calidad. Si añadimos que este grupo de profesionales se lo pasa bomba al rodar (se nota a la legua), el resultado, como ya he dicho, es fascinante. Lógicamente, no estamos hablando de gran cine aunque sí de muy buen cine.
No desvelaré nada de la trama. Ya saben los buenos son muy buenos, los malos son el mismísimo horror. Y se dan leñazos a base de bien. El final tampoco hace falta que se lo sugiera. Ya lo saben. Eso sí, diré que la historia está muy bien contada. Es posible que los aficionados al cómic partan con mucha ventaja con respecto a otro tipo de espectador. Pero no me parece que sea una película estrangulada en ese sentido. Si bien es verdad que un par de señores mayores aguantaron en la sala quince minutos (ni uno más), también lo es que mis dos hijos pequeños (tampoco han leído cómics de Marvel y son muy pequeños) aguantaron la película boquiabiertos y ya tienen superhéroe elegido para jugar a estas cosas del bien y del mal. Muy entretenida y, sin ánimo de exagerar, con un punto de emoción que no se oculta.
Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Scarlett Johansson, Jeremy Renner, Mark Ruffalo, Samuel L. Jackson, Clark Gregg y Tom Hiddleston forman parte del reparto de la película. Están muy bien todos. Algo más torpe con las armas la señora Johansson. Debe ser que no jugaba con ellas siendo niña, pero tampoco está mal. Ni uno de ellos se dedica a perder el tiempo delante de la cámara. Uno llega a pensar que se creen superhéroes en algún momento delante de la pantalla. Y eso es de agradecer. Robert Downey Jr. es el que destaca algo sobre los demás aunque su papel es el más vistoso de todos. Todo hay que decirlo. El caso es que defienden sus papeles con gran credibilidad.
Es evidente que, dado que la película se carga de acción trepidante y luchas sin cuartel, los efectos visuales y especiales son de gran importancia. En este caso son, además, de gran calidad. Entusiasman a cualquiera por su perfección. El espectador, a pesar de la rapidez con la que se desarrolla cada escena, sabe lo que está sucediendo en cada momento. Las escenas son claras y dejan ver los movimientos sin formar barullos.
Maquillaje, peluquería y vestuario muy cuidados. La fotografía también aunque no sea, ni mucho menos, lo mejor de la película (creo que esto ya lo sabía medio mundo que iba a ser así).
Y, tal vez, lo más importante de todo. Aunque en este tipo de películas suele prevalecer la imagen, la puesta en escena (impecable, por cierto) y todo lo que tenga que ver con el espectáculo; el mensaje es especialmente agradable. La amistad, la identidad de las personas, el esfuerzo colectivo, la disciplina, la capacidad de sacrificio y alguna cosa más que aparece de forma tangencial, se manejan durante todo el metraje como elementos fundamentales si se quiere triunfar, si hay que pelear por algo importante. Traído desde los cómics es un mensaje que nunca falta en estas producciones de Marvel y se agradece mucho que así sea.
Más de horas de cine. Más de dos horas de diversión. Una película para todos los públicos. Una opción estupenda para pasar la tarde en el cine. No se la pierdan. Es posible que soporte mucho peor el formato casero.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 13 2011

Lost in translation: Amores en el laberinto

Lost in translation es un estado, la última fase de una etapa de crisis, del tipo que sea, en la que el perjudicado sufre de un miedo, aburrimiento, insomnio y apatía desoladora.
Todo el mundo ha pasado por su etapa Lost in translation alguna vez en su vida. Todos nos hemos perdido, hemos deseado nuevas oportunidades, finiquitar historias, borrarlo todo, volver al principio sin daños ni perjuicios.
Sin embargo, a pesar de la fuerza del deseo, no todos son capaces, en estas circunstancias (ni en ninguna otra), de optar por un nuevo camino más acorde a sus intereses. Muy al contrario, el perjudicado se acobarda por un miedo paralizante que le impide tomar ninguna decisión importante, del tipo que sea, dejando pasar así la ocasión de su vida, la casualidad que nunca más se dará. Nunca.
Lost in translation es la historia del amor platónico entre dos personas perdidas, aburridas e insomnes que se encuentran atravesando una etapa de crisis en un hotel. Hastiados de las imágenes y sonidos de una gran urbe en Japón, de unas parejas adictas al trabajo y de la masa humana estúpida que los rodea.
La historia, contada con muchos más silencios que diálogos (menos mal…), con unas increíbles vistas de Tokio y con una banda sonora extraordinaria, que disfruto en estos momentos, me transmite siempre una misteriosa emoción directa al estómago que me hace escapar a otros tiempos de euforia, otras circunstancias mías, dónde una vez tuve la oportunidad de elegir entre diferentes caminos y decidí jugármela optando por el más arriesgado de todos, el que yo deseaba.
Me alegró infinito dejar de ver a Bill Murray haciendo el payaso y reencontrármelo en este papel encantador, pero, personalmente, le tengo cierta (mucha) manía a los tipos como Bob Harris, apocados e indecisos ante estas circunstancias. Los amores platónicos, los sies pero noes, los llantos y lamentaciones evitables y los finales con susurro ininteligible al oído me gustan en las películas de Sofía Coppola, pero no en la mía. Aunque, seguramente, a ellos les vaya mejor que a mí.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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ene 22 2011

Delitos y Faltas / Match Point: Los genios entremezclados

Mientras un delito no puede confesarse, las faltas deben hacerse públicas (aunque sea a una sola persona), porque todo delito procede de faltas que se mantuvieron en secreto, por miedo o estupidez. Son el génesis de algo mayor.
Esto es de lo que trata la película Delitos y Faltas firmada por Woody Allen. Esto es de lo que trata (más o menos) la película Match Point firmada por Woody Allen. Todos los artistas terminan repitiendo lo que ya contaron aunque el maquillaje se modifique ligeramente. Y no está nada mal que eso pase. Los nuevos matices, la evolución de la mirada del creador, hace que los parecidos sean una anécdota si el producto final es bueno.
Delitos y Faltas o la insignificante frontera entre el hombre y el asesino.
Desde el comienzo todo se llena de contrastes. Amor frente a desamor; lo superficial ante lo trascendente; la percepción de la realidad del hombre frente a la de la mujer; la mirada clara de un niño frente a la ceguera del adulto; el arrepentimiento frente a la ausencia de sensación de culpa; el amor a Dios frente al miedo que genera la justicia divina; lo inevitable frente al libre albedrío; la comedia frente a la tragedia.
Tengo la sensación de que no es la más recordada de las películas de Allen. Y tengo la terrible certeza de que, con un cine ramplón y vacío, algunos están haciendo dinero fácil mientras este tipo de películas van quedando en el recuerdo de algunos y en el olvido de casi todos. Y se trata de una excelente película.
Como casi siempre nos encontramos con personajes a los que les ocurren cosas corrientes, las mismas que le podrían suceder a usted o a mí. Y se desesperan con y por la misma falta de fuerzas que cualquiera de nosotros. Pero los personajes de Allen tienen alma; piensan y sienten; viven y mueren; toman decisiones equivocadas y evolucionan. Como usted o como yo. Por eso las películas de Allen se convierten en ríos llenos de meandros que hay que transitar cuando se buscan respuestas o preguntas cada vez más difíciles de contestar. El sentido se encuentra en la desembocadura. No hay atajos posibles. Cualquier cosa que pudiera parecerlo (un atajo) lleva hasta la falta y, más tarde, al delito inconfesable que hará del equipaje de la persona una carga insoportable.
Las obsesiones de Woody Allen se encuentran recogidas en la película. Todas. En este blog ya se ha hablado mucho sobre ello (Annie Hall, Interiores, Manhattan, Hannah y sus Hermanas o Misterioso Asesinato en Manhattan, por ejemplo) y repetir lo mismo parece estéril.
Los actores y actrices del reparto defienden más que bien sus papeles y Allen realiza un trabajo de dirección con ellos notable. Él mismo forma parte del elenco interpretando al personaje que aporta ingenio y algo de buen humor en una trama oscura y profunda. Ese es uno de los aciertos de Allen. Sabe manejar diferentes registros dentro de una misma trama sin que se pierda intensidad narrativa y sin crear confusión en el espectador. Personalmente me quedo con el trabajo de Anjelica Huston. A pesar de que Martin Landau es el principal y el que soporta toda la carga dramática, Huston sobresale por su naturalidad y credibilidad. Esto no quiere decir que Landau no esté muy bien. Lo está.
Bueno, detrás de todo este lío encontramos al genio ruso de la literatura Fiodor Dostoyevski. Su obra se detecta en cada rincón de la película. Y no sólo Crimen y Castigo. Algo más: lo universal de toda su obra, la construcción de las consciencias, la fluidez en los discursos, todo Dostoyevski.
Match Point o la insignificante frontera entre el azar y el determinismo.
Lo mismo ocurre en Match Point. Aquí tenemos al ruso de principio a fin. Aquí tenemos Delitos y Faltas de principio a fin.
La gran diferencia que presenta Woody Allen en Match Point es que toda la realidad se enfrenta (o llega) a la tragedia. Además, indaga más que otras veces en ese territorio del deseo que el ser humano transita para convertir los caminos en difíciles o casi imposibles. Si el amor va por un lado, el deseo y la pasión van por otro distinto. Si la vida va por un lado, el deseo va por el suyo. Incluye buenas dosis de frivolidad, de dinero, aburrimiento burgués y vidas ajenas a la realidad por su duplicidad como ya hizo en Delitos y Faltas.
El guión, aunque forzado en algunas zonas, es una muestra clara de cómo se debe utilizar un recurso narrativo en cine. Por ejemplo, las elipsis (son abundantes) están traducidas con una maestría espectacular al lenguaje cinematográfico. No deja que el personaje evolucione para que sólo lo haga pasado ese tiempo enmarcado en el recurso y con la aparición de otro personaje que aporta sentido al relato (fundamental la relación del personaje para crecer y que tato se olvida). Del mismo modo, la focalización de la acción es la exacta. Un foco más restringido o más grueso desvirtuarían la intención de la voz. Por supuesto, la lección de elegancia en la puesta en escena y al elegir la música es descomunal (la ópera, piezas trágicas que expresan la sensibilidad del ser humano ante situaciones difíciles como no se puede hacer de otra forma, son protagonistas del trabajo. Donizetti, Bizet, Verdi. Impresionante). Este hombre se rodea de profesionales magníficos y eso se deja notar.
Allen nos dice que, una vez eliminado el problema, el mundo puede seguir adelante. Con todas sus miserias a cuestas. Eso nos dice. Y nos lo dice bien. Con oficio y rigor cinematográfico. Pero (ahora llegan un par de malas noticias) todo se empaña ligeramente por unas interpretaciones algo justas (Jonathan Rhys Meyers forzado, Scarlett Johansson forzada como siempre), un casting que no se entiende muy bien y un error de partida en la idea principal. El azar. Se enfoca mal, se resuelve peor y se confunden cosas que nada tienen que ver. Allen cree que entre el azar y el libre albedrío no hay distancia; y que entre esas y el determinismo no hay distancia. Aquí es donde hace aguas la película.
En cualquier caso, hablamos del cine de un genio. Y el aburrimiento es casi imposible.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 3 2010

Iron Man 2: Flotando en un mar de nubes

Subo en un avión tras ingerir una hamburguesa globalizada. No hay otra cosa para tomar en esta terminal. Una vez has entrado en ella ya no cabe la posibilidad de abandonarla ni para ir a la siguiente y comer algo en condiciones.
Tras el retraso anunciado ya estoy dentro del avión. Me agarro a una almohadita, a una manta y empiezo a dormitar. Aviso del Comandante, el dia está despejado. Sigo bostezando mientras una señorita tocada con un gracioso casquete me entrega un programa de películas que, ya me avisa, no  tiene títulos en español, unos auriculares psicodélicos, junto a un tentempié de frutos secos y zumo de manzana. De aquí no puede salir nada bueno. Rumio una especie de garbanzos secos mientras frente a mi aparece una minúscula pantalla y unos flashes terroríficos..
Creo que algo no me ha sentado bien. Veo aparecer unos tipos muy raros con unas corazas extrañas, me parece ver el circuito de carreras de Montecarlo, y a los tipos metálicos que se dan una somanta de palos. Me pregunto si me estaré alienando o es que, simplemente, lo que aparece en la pantalla es una gran mamarrachada. Proyectan Iron Man 2. Disfruto de ella en versión original, no entiendo nada y no por una cuestión del idioma de Shakespeare sino porque es una chorrada tan mal hecha que no hay por donde cogerla. La temática, el tan manido bien contra el mal y, para ello, un gran despliegue de medios técnicos puestos al servicio de la nada. Creo sinceramente que Jon Favreau, su director, se ha lucido de lo lindo con esta película.
Tony Stark (Robert Downey Jr.) es Iron Man, el superhéroe enmascarado. Todo el mundo lo sabe. El Gobierno quiere que dé a conocer al ejercito los secretos de sus armaduras. El bueno de Tony se resiste a ello pues cree que esa información puede ser mal utilizada. Junto a Pepper Potts (Gwyneth Paltrow) y James “Rhodey” Rhodes (Don Cheadle), Tony forja alianzas nuevas y se enfrenta a nuevas y poderosas fuerzas. Justin Hammer (Sam Rockwell), su competencia en la creación de armas, se ha propuesto desbancar a Stark con nuevos ingenios malignos; Vanko(Mickey Rourke) que mientras estaba encerrado en una prisión rusa ha creado su propio traje de batalla que lanza una especie de látigos resplandecientes y devastadores. Hammer y Whiplash aunarán fuerzas para derribar a Tony Stark. Natasha (Scarlett Johansson), que tiene su propio alter ego, Black Widow, es la nueva ayudante de Stark que además de ayudar a eliminar a los malos, creará una bonita tensión sexual en el film
La señorita del casquete grana y labios de fresa me hace bajar la persiana de la ventanilla. No sé si es una invitación a dormir o lo es para dar ambiente al bodrio que se asoma en la pantallita. Tipos que vuelan propulsados dentro de armaduras letales; explosiones por doquier;  guapas y listas salvando al mundo… y yo que me pregunto cuánto dinero debe haber costado hacer esta mierda en la que hasta el apuntador es una estrella de Hollywood.
Los actores, los que ya le hes dicho (Gwynette Paltrow, Robert Downey Jr., Don Cheadle, Jon Favreau, Mickey Rourke, Sam Rockwell y Scarlette Johanson) no es que lo hagan mal, es que son lo peor y yo que no puedo escapar. Unos que quieren salvar el mundo, los otros que quieren acabar con el salvador , y yo, aquí atrapada en un Boeing con una bandeja de comida nauseabunda y una película enfrente más nauseabunda aún.
El bueno, Robert Downey Jr., que con sus manitas crea y lanza esferas luminosas, ejércitos muy raritos; el malo, muy malo, feo y asqueroso, Mickey Rourke, intenta terminar con el buenisísimo. Un bodrio.
Esta película, basada en los cómics de Iron Man, que apareció en el mercado en el año 1963 en la revista Tales of Suspense, deja tanto que desear que hubiera sido muy saludable que no se rodara jamás. Que no se estropeara lo novedoso y fresco que el cómic fue en su momento.
Una vez más queda puesto de manifiesto que ni unos actores de renombre (a veces inexplicablemente renombrados), un presupuesto multimillonario y unos efectos especiales grandiosos garantizan la bondad de una película.
Así que, visto lo visto, consigo desconectar la clavija de los auriculares y me pongo a contemplar el mar de nubes por el que floto. Paso de seguir viendo este bodrio.
© Del Texto: Anita Noire


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abr 24 2010

Lost in translation: Silencios y miradas



02 coldplay – a message

Podemos construir la vida sobre una montaña de palabras grandilocuentes, gruesas e inmensamente falsas y que esa vida sea absolutamente hueca. Pero podemos construirla partir de silencios cómplices, de miradas que se encuentran en medio de la nada, dando ambos aquello que ninguna otra cosa, por explícita que sea, nos puede entregar.

“Lost in Traslation” es precisamente una de las películas donde los silencios y las miradas son los protagonistas de la historia de dos personas, que no saben nada uno del otro, que son tan absolutamente distintas, que lo único que tienen en común es la brutal soledad que les acompaña y un destino incierto. Perdidos en sus respectivos universos. Sólo cuando se encuentran el uno al otro, en medio de un mundo en el que no entienden anda, son capaces de empezar a volver a retomar sus vidas.

Bob Harrys (Bill Murray), una estrella de cine en franca decadencia, con un matrimonio en punto muerto, conoce en el hotel en el que se hospeda, en Tokio, a una joven mujer, Charlotte (Scarlette Johansson), esposa de un fotógrafo absorbido por su trabajo. Entre ellos se iniciará una relación, que les permitirá no sucumbir a una vida que no les gusta, a un insomnio imposible de redimir y a sus respectivas inestabilidades.

La primera vez que vi esta película atravesaba un momento triste, no entendía nada de lo que ocurría alrededor mío y tenía la sensación de vagar de un sitio a otro sin saber hacía donde iba. Por eso, supongo, me pareció que no se podía reflejar mejor la pérdida de uno mismo. Alucié con Sofia Coppola, porque pensé que sólo alguien que se ha sentido perdido puede plasmar como ella lo hizo, esa sensación de naufragio personal.

Los elementos con los que juega Coppola son brutales. Una ciudad con una vida constante, sobrepoblada y dos personas en medio del caos urbano que no comprenden nada de lo hay a su alrededor, que no encajan con lo que les rodea. Las caras de Bill Murray, sobre todo al inicio de la película, no tienen precio. Permanentemente descolocado, perdido entre un mundo que se mueve ajeno a él. Un convidado de piedra. Scarlette Johansson, la permanente cara de tristeza, en una vida caótica, perdida, es difícil de superar.


Los símbolos, como digo, me parecen fantásticos: unos directores de publicidad que no se entienden con su actor. Un actor que no entiende nada de lo que dice. Una habitación con mecanismos que funcionan solos sin que su morador haga nada. Una habitación de hotel desordenada que nos muestra la provisionalidad de todo. Los protagonistas permanentemente solos salvo los momentos en que están juntos. Y todo lo ajeno, rozando lo ridículo, traductores que traducen lo que quieren, prostitutas de lujo que fingen ser virtuosas damas, cantantes de jazz que no pasan de ser caricaturas de si mismas. Me parece brutal.

Con el tiempo volví a ver la película. Atravesaba un momento más dulce y alguien me ofreció una lectura completamente distinta. Algo así como que en la pérdida está la ganancia, la posibilidad de dar con lo verdaderamente valioso y excepcional.

Andamos perdidos por el mundo, pero los encuentros casuales te pueden dar la vuelta como un calcetín. De repente muchas cosas cobran sentido, entiendes el punto en el que te encuentras y comprendes que debes empezar a caminar hacia algún lugar que, hasta entonces, tal vez ni tan siquiera sabías que existía.
Si alguien es capaz de devolverte la risa, de hacerte creer en ti mismo, de proporcionarte motivos para quererte un poco más, has tenido suerte, la vida se te ha puesto de cara.

Me gustaría quedarme permanente con esta visión, pero el final de “The lost in Traslation” me devuelve a la realidad de lo fugaces que pueden ser las risas, de lo finos que son los caminos que nos llevan de un lugar a otro, y de la necesidad permanente de reencontrarnos con nosotros mismos porque, este nosotros es el único que permanecerá, por siempre más, junto a nosotros, lo demás todo es efímero.

Por último, no se pierdan la fotografía, las vistas de Tokio, la atmosfera que crea Coppola, es una maravilla más de las que se encierran en esta película en la que, puntualmente, seguiré pensando, pues en mi mundo se encierran Bob y Charlotte en un encadenamiento infinito de pérdidas y reencuentros.