abr 11 2013

Posesión Infernal: Sangre, mucha sangre

El género de terror, en la actualidad, no vive sus mejores momentos. Entre la falta de ideas de los guionistas, el uso excesivo de los avances tecnológicos que quitan sabor a lo que deberían ser efectos visuales terribles, y que ya está casi todo contado; el panorama es algo desolador. Aunque siempre cabe la posibilidad de que llegue alguna película a las pantallas que alivie la situación. Esto es justo lo que ha sucedido con el remake Posesión infernal (Evil Dead).
El realizador uruguayo Fede Álvarez se estrena en el gran formato con una película muy sangrienta, llena de referencias a la original y con una vocación de ser otra cosa sin olvidar la procedencia -cosa que es muy de agradecer-. La ayuda de Sam Raimi con el guión (seguramente con alguna otra cosa más) parece que ha sido importante. Y la banda sonora, a veces excesiva, del español Roque Baños también suma una buena cantidad al conjunto.
En realidad, es más una película de sangre y casquería que de terror. Pero sí hay sustos y momentos inquietantes. Se acerca al gore, pero no llega hasta tan lejos. Entre otras cosas porque esa cosa tan artesanal que tenía el génesis del gore se ha perdido y todo se ha transformado en imágenes depuradas a través del ordenador y exquisitas en exceso. Pero no se puede negar que algunas escenas son escalofriantes. La película promete sustos, sangre, gritos de los espectadores y risas tontas. Eso no falta. Sin embargo, hay que hacerse el loco con algunas cosas para que guste al película.
La acción de desarrolla en una cabaña que está en medio del bosque. Todo es gris, triste y, claramente, allí no puede suceder nada bueno. Fede Álvarez introduce aquí una justificación importante de la acción. Tenemos una razón para llegar hasta allí y para quedarnos (me refiero a los personajes, claro, aunque los espectadores necesitamos una razón por la nos quedemos sentaditos y prestando atención). Ahora bien, si conoce usted un cliché usado en el cine de terror, lo encontrará en esta película. Que un personaje corta una pieza de carne asada con un cuchillo eléctrico, pues nada, luego se corta un brazo. Que la cámara se centra en el cutter, ya saben, el que aparezca por allí se va a ir calentito a la cama. Que un personaje trata de escapar, oh, las llaves del coche se caen, tropieza con todo lo inimaginable, etc. Un espejo en el baño, de esos que tienen puerta porque son un armarito para las medicinas y el cepillo de dientes; se abre y cuando el personaje lo cierra, tachán, la imagen horrorosa del personaje que mira y que va a morir en la siguiente escena.
Que conste que para esto es para lo que va uno al cine sabiendo el título que es. Es verdad que se echa en falta algo de imaginación aunque se perdona porque el conjunto funciona razonablemente bien.
El ritmo narrativo es poderoso. Apenas hay tiempo para nada que no sea ver litros de sangre, sierras mecánicas en funcionamiento, clavadoras automáticas repartiendo metal entre unos y otros… Esas cositas. Y, sorpresa, incluso podemos empatizar con algún personaje. Poco, eso sí. Pero, a diferencia de muchas películas de este género, algo podemos. El realizador logra mover la cámara con acierto sin que tanta muerte, tanto demonio yendo de aquí para allá, se convierta en una tortura visual o en un conjunto histérico de imágenes.
Los actores son penosos. Es igual, sus personajes van a morir y no importa mucho. El problema es que alguno aguanta en pantalla, de forma inexplicable, algunos minutos más de lo soportable. Presten especial atención a la actriz rubia. Eso sí que es un horror y no el diablo protagonista. Salvo Jane Levy, el resto (Shiloh Fernández, Lou Taylor Pucci, Elizabeth Blackmore y Jessica Lucas) son espantosos. Los personajes que defienden, seré serio, lo son del mismo modo. Curiosamente se libra el de Jane Levy.
La escena inicial nadie sabe qué pinta en todo este lío. Y la final no tiene ni pies ni cabeza desde un punto de vista argumental aunque está bien rodada.
Los jóvenes disfrutarán mucho con este trabajo. Los amantes del género también. Los que se quedaron prendados con la original comprobarán que esta película trata de ser otra cosa, pero no deja de tener gran conexión con la otra. Y es que es un buen trabajo. Con problemas, sí. Lo que pasa es que, a veces, hay que saber hacerse el loco con algunas cosas. Ponerse exquisito cuando el de enfrente no lo hace y entrega una película que trata de entretener, asustar y homenajear un trabajo previo, es excesivo. Las pretensiones son las que son y, encima, se cumplen.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 3 2011

Thor: La osadía del hijo de Odín

El Universo Marvel, poco a poco, se va expandiendo, adquiriendo cada vez una más que notable presencia en la gran pantalla; no es de extrañar que, tras fracasos como los intentos de Ang Lee con Hulk, la meada fuera de tiesto que fue la trilogía de Spiderman (con Sam Raimi y los estudios de Sony a la cabeza), o una idiotez como The Punisher; la compañía del tío Stan Lee se haya decidido a producir en gran medida las películas venideras de sus superhéroes más emblemáticos, así como decidirse a hacer reboots (Hulk hecha por Louis Leterrier,  interpretado por Edward Norton en vez del Eric Bana de Ang Lee; y la nueva de Spiderman para el año que viene, que no tiene nada que ver con las anteriores, son una buena muestra de ello). Todo ha sido mediante la adquisición de la Marvel por Disney, y una compañía como la Paramount. De este modo, hemos asistido a productos que no buscan un sesudo tratado de filosofía, sino la esencia más pura del cómic, que no es más que entretener. Como Iron Man 1 y 2, Hulk, ahora Thor, dentro de unos meses El Capitán América, el año que viene Spiderman, y de esta forma, reunir poco a poco a todos Los vengadores en un solo film.

El argumento nos sitúa en el reino de Asgaard, la morada del dios Odín, y sus hijos Thor y Loki, los que velan por la seguridad y la paz en el Universo. Cuando Odín ceremonia el traspaso de la corona a su hijo Thor, se sucede lo inesperado. Antiguos enemigos como los Gigantes de Hielo han invadido la cámara de los trofeos para obtener una reliquia de gran poder que les pertenecía. Thor, en su soberbia, no se explica cómo han llegado hasta allí, sobretodo sabiendo que el dios Heimdall, el guardián que conecta Asgaard con el resto de mundos, que todo lo ve y todo lo escucha, no se ha percatado de la presencia de tales sujetos en la cámara acorazada. Asi que nuestro querido Dios del Trueno, junto con su hermano y hechicero Loki, y otros compañeros de armas, deciden desobedecer a su sabio padre, e ir a dar una lección por tal osadía al mundo de los Gigantes. Cuando llegan, arman lo esperado, haciendo peligrar sus mismas vidas, y obligando a que intervenga Odín, que en su ira por tal desobediencia e imprudencia, destierra a Thor a la Tierra, despojándole de sus poderes y su martillo, Mjolnir. Aquí, entre mortales, tendrá que aprender a diferenciar qué es importante y qué no, saber comportarse, y en definitiva, a dar su ayuda por aquellos que la necesitan, sin ningún afán egoísta por medio. Todo empeora en Asgaard cuando su hermano Loki, empieza adquirir ciertos poderes….

Lo que más sorprende de todo esto es el director elegido para llevar a cabo las peripecias de uno de los superhéroes con más renombre en el Universo Marvel, Kenneth Branagh, al que todos conocemos por sus películas como Frankestein de Mary Shelley o Hamlet, y todo hacía suponer dos cosas: o bien se iba a cometer un desastre debido a la falta de experiencia en temas de acción; o bien, una gloriosa y entretenida historia. Ni lo uno ni lo otro, Kenneth ha dirigido con pulso firme un producto destinado al mero entretenimiento, sin ansias de trascender ni ir más allá de lo establecido, un producto correcto. Con un estilo visual rozando los kitsch, donde sobresale artísticamente todo lo ambientado en el mundo de Asgaard, visualmente impactante, bello y hermoso logrando que nos adentremos en ese mundo ilusorio y lejano; y unos personajes que, a pesar de ser meros estereotipos, con unas líneas de diálogos demasiado sencillas, logran empatizar con el espectador, metiéndolo de lleno en la acción, destacando Anthony Hopkins como el poderoso Odín, Chris Hemsworth como Thor, Tom Hiddleston haciendo de Loki, o Idris Elba como Heimdall (el más extraño de todos los personajes y el más carismático). Sin embargo, el resto del elenco no pasa de la mera mueca, como Natalie Portman o Stellan Skargard, que acaban relegados en un segundo plano. El guión es una constante montaña rusa: momentos dramáticos, aventura, comedia y acción se dan de la mano y el resultado acaba siendo un tanto irregular, sin embargo, como ya he dicho, la cinta es un muy buen entretenimiento para evadirse un rato de la realidad y dejarse fascinar por lo imposible. En cuanto a la música compuesta por Patrick Doyle, no es nada nuevo, y cumple su función de adecuarse a cada momento, engrandeciendo Asgaard cuando lo requiere, o los momentos cumbres donde Thor demuestra su valía como héroe, de hecho, escribo estas palabras mientras la escucho, recomendándola para todo aquel megalómano de las bandas sonoras.

En conclusión, podríamos afirmar que estamos ante un producto que no desmerece en nada el espíritu de los cómics (aún habiendo cambios sustanciales), que mantiene sus guiños constantes a los fans (se empieza a dilucidar SHIELD, Tony Stark/Iron Man, y alguna sorpresa que otra), y que no hace ningún daño a una cartelera que deja más bien que desear, con propuestas llenas de dramas sociales y sesudas historias que vienen a contarnos la misma realidad una y otra vez. Y ya para finalizar, un último dato para todo aquel que la vea, esperad hasta que pasen los créditos finales, como ya he dicho, hay una interesante sorpresa de cara a la película de Los vengadores.

¡¡¡LARGA VIDA AL HIJO DE ODÍN, THOR, DIOS DEL TRUENO!!!
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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