dic 25 2012

Skyfall: Las ventajas del pasado

Las personas no pueden dejar de ser lo que son y eso quiere decir que no pueden renunciar a su pasado. Las proyecciones del ser humano en forma de personaje arrastran esa misma característica. Además, tal y como está organizado el mundo en la actualidad, el pasado es un refugio excelente para poder sobrevivir. Todo parece aproximarse a los orígenes, todo tiende a camuflarse en lo nuevo, en el progreso, aunque todo necesita conservar lo esencial, lo fundamental de cualquiera de las cosas conocidas.
Sam Mendes es lo que cuenta en Skyfall; desde la confrontación entre lo esencial y lo cosmético, entre lo tradicional y la metamorfosis absoluta que provoca el avance tecnológico. Mendes nos presenta una trama especialmente negra en la que James Bond se aferra a sí mismo para poder continuar. 007 es Daniel Craig, un actor que se crece con el papel, que lo agarra con fuerza y lo vive intensamente en la propuesta que le ofrecen de regresar al pasado para jugar con ventaja frente a la realidad. El villano es un magnífico Javier Bardem que se divierte trabajando y que luce un rubio miedoso y sorprendente. M es Judi Dench que aparece en la pantalla con naturalidad y oficio cuando el papel se alarga y toma una importancia desconocida hasta ahora en la saga. Todos los personajes procuran ser ellos mismos, todos los personajes buscan en el armario con el fin de poder entender lo que son. Mientras, el mundo parece avanzar a velocidad de locos; mientras, el MI6 es una organización desconocida incluso para 007.
La trama es más que interesante cuando comienza a oler a precuela, cuando apesta a final de ciclo al mismo tiempo. Intensa, angustiosa, emotiva y -no pocas veces- profunda y repleta de sentido. Y con ese argumento los personajes crecen y van moviéndose haciendo relevante cada gesto.
Técnicamente, la película es impecable. A pesar del gran alboroto que se produce con las persecuciones y una acción trepidante en algunas fases, Mendes mueve la cámara con elegancia y delicadeza; la fotografía se cuida notablemente, el maquillaje y la peluquería dibujan una ficción creíble y aportan la coherencia necesaria que la imagen está obligada a prestar; y la banda sonora se ajusta pulcramente a lo que reclama la película en su conjunto.
De nuevo, Craig parece que es 007 y, esta vez, uno llega a pensar en Sean Connery. Por fin, 007 se renueva para ser lo que tiene que ser porque sabe que el pasado en un territorio en el que tiene ventaja. Y, por fin, alguien se atreve, sin complejos, a profundizar en lo que interesa dentro una narración que no es otra cosa que en el personaje que aporta sentido a lo que se ve. Eso sí, que nadie se asuste; no faltan inventos asombrosos, tiroteos, satélites, persecuciones y romances que protagoniza el agente secreto.
Excelente película que sorprende por todo ello.


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may 21 2012

American beauty: Propaganda de la normalidad falsa

Que nada es lo que parece o que, al menos, hay que interpretar las cosas con mucho cuidado, es algo que todos tenemos más o menos claro. Pero es algo, al mismo tiempo, que olvidamos con facilidad. Miramos e inventamos como si no pasara nada. Y esto es algo que sirve para todo tipo de personas. Adultos, ancianos, jóvenes o niños. Tiene su lógica. La vida es un juego en el que las fichas se mueven a su antojo para conseguir ser vistas como quieren y no como son, para tapar miserias y exagerar virtudes.

De todo este lío va la película de Sam Mendes, American Beauty, que el que escribe califica, sin dudarlo, como extraordinaria por muchas razones.

El guión es original y eso hace que los diálogos no se deslicen peligrosamente hacia lo literario. Cambia mucho el lenguaje en un ámbito o en otro. Lo literario en el cine chirría mucho y el lenguaje que se utiliza en el cine trasladado a una novela (sin modificar) convierte el texto en una baratija. Por eso, en esta película, todo es creíble, cercano y accesible, lo que provoca en el espectador que participe de forma natural en la propuesta que tiene delante. Alan Ball, el guionista, presenta un trabajo serio, muy bien trenzado, coherente y, sobre todo, honesto. Desde el principio presenta sus bazas. Es cierto que no me convence demasiado que el narrador sea un muerto que relata desde el recuerdo. El registro que utiliza es el de un vivo que narra en presente histórico. Esto es algo que coloca en la frontera de lo permisible todo el trabajo, pero Ball juega bien sus cartas, con mucho cuidado, avisando de lo que hay desde el primer momento. Por si alguno no se ha enterado, al final de la película, explica alguna cosa para que no se derrumbe el edificio completo. Hábil. Mucho.

Sam Mendes, el director, hace un estupendo trabajo con los actores y actrices. Algunos son adolescentes y, por tanto, con poca experiencia. Sin embargo, este detalle pasa desapercibido. Logra una película rebosante de ironía, muy bien contada y con una focalización de la acción exacta.

Kevin Spacey está magnífico en su papel. Sin excesos, solvente. Annette Bening lo mismo. Todo en la película parece estar en el lugar preciso. Todo alrededor de la película parece estar para arroparla con mimo, para que la criatura nazca con el triunfo debajo del brazo.

Un matrimonio parece perfecto cuando, en realidad, es un desastre. Mi matrimonio es una farsa. Propaganda de lo normales que somos cuando ya no lo somos, dice el personaje protagonista. No hay complicidad, no hay amor, ni deseo, ni comunicación. La hija, adolescente, odia a sus padres (como todos los adolescentes) porque, mientras trata de afianzarse en el mundo, descubre que son lo que son. Normales y corrientes, nada a lo que poder agarrarse de forma definitiva. La madre es materialista e histérica; el padre un hombre que desea tomar oxígeno para soportar una vida vacía. Y la hija una bomba de relojería hormonal a punto de pegar una explosión. Una familia normal y corriente, vaya.

Aparece la infidelidad. La de ambos. Aparece un novio para la bomba. Y, a partir de ahí, el mundo se convierte en un lío monumental. Mejor la ven ustedes y se hacen un resumen mejor que este. A mí no me gusta hacerlos. Eso sí, no dejen de pensar en lo que es capaz de hacer alguien que guarda un secreto y no está dispuesto a que el que lo conoce lo pueda hacer público. La distancia hasta ese territorio es muy pequeña.

La crisis de los cuarenta, la crisis matrimonial, la crisis en el trabajo, el materialismo, el idealismo, la necesidad de un hueco en el mundo, la sexualidad reprimida, la condición sexual escondida, el descubrimiento del mundo desde el único lugar posible que es la observación, la muerte, la belleza de todo si se mira buscándola. Todo eso se encuentra en esta película que describe lo que podría ser una familia cualquiera, lo que podemos encontrar abriendo la puerta del vecino o la de nuestra alcoba. Una película pegada al mundo. Bien pegada a él.

Se estrenó a finales de los años 90 y parece no haber envejecido en absoluto. Suele pasar con las buenas de verdad.

Si ya la vieron en su momento, les recomiendo que busquen una copia y echen un vistazo. Los años han pasado y nosotros sí hemos envejecido. Cuidado. La perspectiva es otra. Hagan la prueba. Si no la vieron ya, no sé que hacen leyendo esto. Corran a por ella. Y si son ustedes jovencitos, miren con atención. Es un manual de instrucciones de lo más detallado.

© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 4 2012

Revolutionary Road: Del amor y la libertad

Me cuesta ser objetiva con casi todas las películas que exploran la psicología humana, especialmente en las relaciones de pareja, y más todavía si le añaden (o así lo he visto yo) la cuestión del género; pero aún desde la posición menos subjetiva es imposible no apreciar alguna de las líneas que Sam Mendes, ganador de un Oscar por American Beauty, dibuja en esta película cargada de tensión emocional.
Kate Winslet y Leonardo Di Caprio se juntan de nuevo para ofrecernos un drama digno de lo que cabe esperar de esta pareja, pero esta vez sin exceso de corazones flotando en el ambiente; más bien una bomba de relojería que desde el principio se intuye, pero no se ve, y que al final termina por explotar sin dejar de intuirse. En Revolutionary Road, April y Frank son una joven pareja que, acomodados en un barrio de clase media, lo hacen resignados por las limitaciones que imponen dos hijos, un trabajo como otro cualquiera en una oficina de cubículos y encargarse de una casa ideal para una familia tan especial como ellos, a la libertad y aires bohemios a los que una vez aspiraron.
Para quien se siente delante del televisor sin pretensiones, sin expectativas, sin saber nada de este largo, puede sentir aburrimiento durante la primera media hora (larga). No se sabe hacia dónde se dirige Mendes con la historia de tan modélica pareja. Poco a poco, el argumento comienza a enredarse a modo de culebrón un nivel por debajo de la típica superficialidad. Precisamente April y Frank buscan salir de ese aburrimiento para lograr cumplir ese sueño que todo ser humano reprimido por las convenciones sociales desea. Sin embargo, estas pretensiones no son las mismas para él que para ella y la forma de ambos de ver y vivir la vida irá divergiendo hasta formar un ángulo de 180 grados que se pierde en el infinito. Mientras ese ángulo se va abriendo, el espectador contemplará un apurado análisis de la psique masculina y femenina, y la que resulta de la fusión de ambas, gracias a la interpretación de un Di Caprio que ya no es el de los pósters de las revistas de adolescentes, maduro, con rodaje, en el papel de un Frank soñador pero orgulloso y sobre todo padre de familia, y una soberbia Winslet en el papel de April, rebelde e igualmente soñadora, anhelante de ser especial por otros motivos muy diferentes de los que sus vecinos piensan. Y para quien quiera hacer una lectura más profunda, Mendes trata, especialmente desde April, la cuestión del género con todo fundamento, y a través de la mejor herramienta: el amor. Desde los roles del hombre y la mujer hasta la dependencia mutua, pasando por lo que representa en esta materia las trifulcas propias de cualquier pareja en busca de ¿la felicidad? y hasta dónde se está dispuesto a llegar por demostrar que, aunque ni contigo ni sin ti, la libertad de pensamiento y acción es inherente al ser humano, ya sea hombre o mujer.
Desde luego, una auténtica bomba de relojería (algo predecible hacia el final y a la que quizás le sobre un cuarto de hora), para disfrutar y hacer más de una lectura.
© Del Texto: Coletas

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