dic 27 2010

Escenas inolvidables del cine bélico (1)

Estas escenas se comentan solas. No hay nada que decir.
Senderos de gloria
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Apocalipse Now
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Salvar al soldado Ryan
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Cartas desde Iwo Jima
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jul 29 2010

Toy Story 3: Chapeau

Entro a la sala de cine, sin ser consciente de que estoy ante uno de los acontecimientos de la década, tomo mi asiento cual niño inocente, y me preparo para pasar un par de horas al lado de mis amigos viendo una película de aparente entretenimiento simplón. Cuán equivocado estaba, ¿sólo entretenimiento?
Culmina una etapa. Terminan muchas cosas. Así es como me he sentido al ver el final de una de las sagas más exitosas de la historia, una trilogía en la que ningún capítulo sobra o es peor que el anterior. Hablo de Toy Story 3. Hablo de esa fábrica de sueños que es Pixar. Hablo de magia en estado puro.
Una trilogía que se ha demorado nada más y nada menos que unos 15 años en cerrarse. Prácticamente la vida del niño que da pie a la película, Andy. Y es que si en las dos entregas anteriores, a Andy se le veía como un crío que simplemente jugaba con sus juguetes y los necesitaba, en esta tercera parte acudimos a lo que a todos nos ha pasado, la llegada de la madurez, el olvido de nuestra infancia, de lo que fuimos, y de los buenos momentos que vivimos en compañía de estos seres inanimados que solo tenían vida dentro de nuestra imaginación, que aguantaron nuestras llantinas cuando nuestros padres nos castigaban, nuestros monólogos interiores y por qué no, también ayudaron a ser lo que somos ahora. Andy se marcha a la Universidad, y los juguetes están abandonados en un baúl, en espera de acabar en un vertedero, en un mercadillo, o en un sitio más seguro, el desván. ¿A quién no le ha pasado esto?
Así, la película comienza con una gran escena, aparentemente carente de sentido, que mezcla diversos géneros, y que no es más que la imaginación de Andy cuando juega con Woody, Buzz y compañía. Nuestra imaginación. Y en Pixar lo saben, saben adueñarse de la nostalgia del espectador entrado ya en cierta edad. Recuerdo cuando jugaba a los Gijoe en el salón de mi casa, montando escenarios bélicos con todo lujo de detalles dignos de Salvar al soldado Ryan , elegía mis planos, los diálogos, quién moría, quién se enamoraba, quién era el malo, quién era el bueno….o cuando recreaba cualquier film de piratas en la bañera con mis Playmobils heredados de mi hermano mayor. Y es que el film también habla de herencia, no debemos olvidar quiénes fuimos ni lo que tuvimos, ¿De qué sirve tirar las cosas a la basura y hacer borrón y cuenta nueva? ¿Conseguimos algo con ello salvo tener más espacio para nuestro nuevo mueble de apariencia gélida del Ikea más cutre que no nos cuenta nada? La respuesta es no. Nos engañamos todos y cada uno de nosotros. Todo se puede aprovechar (esta vez con la metáfora de los juguetes), debemos transmitir lo mejor de nosotros mismos a las próximas generaciones, sin dilación, y no sólo hablo de objetos materiales como puedo dar a entender por mis preguntas, no. Y es una costumbre que se está perdiendo. No damos sin recibir, y si no recibimos…seguiremos siendo los mismos egoístas de siempre. Nos estamos perdiendo en el camino, y hacemos que los que vienen después de nosotros sufran por ello sin saberlo.
Entrando más en la película, Woody y sus chicos se enfrentarán al olvido más absoluto, tal y como predecía El Capataz en Toy Story 2, y por desatino del destino (lo sé, qué chiste más malo) , se verán como carne de cañón en una guardería para niños de la que prácticamente es imposible escapar y en la que los otros juguetes harán de las suyas para que no escapen, y es que, como si de seres humanos hablásemos, no todos son lo que aparentan y la maldad surge de la inseguridad y del rechazo, vaya, como en la misma vida real. Es imposible omitir que las mayores referencias están en El Padrino o cualquier peli de gángsters, mezclado con La gran evasión o La fuga de Alcatraz y cualquier film del estilo, dando lugar a escenas en las que lo grotesco se mezcla con el humor de una forma bastante peculiar. Muchos guiños aquí y allá, en los que cabe destacar el Buzz romanticón con charlatanería flamenca incluida; el cameo del oso de peluche con la forma de Totoro, mascota del estudio japonés de animación Ghibli, y de la que los componentes de Pixar son absolutos admiradores, incluido un servidor, un estudio que ha dado maravillas de arte; o la canción final de los Gypsy Kings, entre otras cosas. Pero son los valores de la amistad, la lealtad, la honestidad los que se imponen para lograr que Woody, Buzz y sus chicos salgan del apuro para volver con su dueño, Andy. Valores puros, esas cosas que pocas veces veo en la realidad, eso es lo que hay que transmitir. Si no, todo está perdido.  Y todo culmina con un clímax final digno de ponérsele los huevos de corbata a cualquiera, no me caían los sudores en una película desde…vaya usted a saber. Así, sin más. Chapeau para Pixar.
En definitiva, lo mejor que tiene Pixar y sus películas, es que al contrario que sus rivales (Dreamworks o la Fox) no caen en la repetición de gag tras gag hasta que la historia deja de tener sentido. No. La historia lo es todo, los protagonistas se desarrollan, cambian, viven, caen, ríen. Eso es lo que hace grande cada película que estrena Pixar.
Podría pasarme horas escribiendo sobre Toy Story, podría empezar a desvariar en un optimismo inusitado en mí y nunca terminaría de escribir. Pero lo resumiré en dos frases.
¿Qué es Toy Story?
Es la historia de nuestras vidas.
¿Qué quién es Andy?
Todos hemos sido Andy.

© Del Texto: Gwynplaine Thor

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mar 7 2010

Regalos envenenados. Salvar al soldado Ryan.


Cuando se estrenó esta película en el año 1998 yo estaba trabajando en Warner. Se trataba de una mega producción de la que se esperaba una recaudación más que millonaria, y nos invitaron a un pre-estreno en un pase privado al que solo asistimos unas 40 personas.
La Sra. Ryan va a recibir en un mismo día tres telegramas comunicándole la muerte en combate de tres de sus cuatro hijos. El cuarto se encuentra en algún lugar de Normandía, por lo que el General Marshall ordena que lo encuentren inmediatamente y lo envíen de vuelta a casa.
Tengo muy nítidas en mi retina las primeras imágenes de la película. Cientos de enormes barcazas grises aproximándose a la playa de Omaha el día del desembarco. Un cielo gris sobre un mar gris. En cada barcaza, un buen puñado de hombres en silencio. Un hombre joven con uniforme de combate gris vomita en el mar, y una vez se abren las compuertas de las lanchas y saltan a la orilla, la escena de guerra más larga y verosímil jamás filmada. No nos ahorraron nada. Piernas y brazos amputados, hombres muriendo en soledad en medio del frío, del caos y de un terrible dolor físico.
La escena de la playa, de 22 minutos de duración marcó un antes y un después en la historia del cine bélico. Ya nada volverá a ser en Technicolor. En Salvar al soldado Ryan, una técnica de cámaras al hombro y velocidad de obturación muy elevada, dotan a las escenas de un subjetivismo tan real, que lo convierten en un referente dentro del género. La guerra se muestra por primera vez tal y como todos intuimos que debe ser en la realidad: atroz, inexplicable y carnicera, porque en la playa de Omaha de Salvar al soldado Ryan, los hombres no mueren en paz recostados sobre el regazo de su mejor amigo y compañero que les sujeta la cabeza mientras les jura que irá al fin del mundo si hace falta para entregar a su novia el relicario que llevan sobre el pecho. En la Omaha de Ryan, los hombres mueren solos mientras otros les pasan por encima, aullando de dolor, temblando de miedo, y sin saber por qué mueren ni qué les ha llevado hasta allí.


El hecho de que se no se tratara de una sala de cine al uso, con luces de emergencia que indicaran la salida, y la vergüenza de levantarme ante un puñado de desconocidos y mostrar mi debilidad me impidió salir de aquélla segunda fila y me obligó a quedarme durante las casi tres horas que dura la película. Hubo un cocktail después, pero yo me fui de allí sin probar una almendra. Llegué a casa, reuní a mis dos hijos pequeños de diez y trece años en mi cuarto, y les dije que tenía algo importante que decirles. Recuerdo que me miraron con los ojos muy abiertos y yo supe entonces que no me entenderían, pero aún así les supliqué que disfrutaran mientras pudieran, que apreciaran lo que tenían alrededor, que se sintieran seguros en casa, que dejaran de pelearse y que yo lucharía para fabricarles recuerdos en los que pudieran refugiarse si alguna vez en la vida pasaban por una situación de miedo y desamparo. Una cama limpia, una casa caliente, el abrazo de una madre, luces encendidas. Creo que fue a partir Ryan cuando empecé a malcriar a mis hijos. Todo me parecía insignificante: los suspensos, los retrasos, el desorden. Sólo quería que fueran felices.
Poco me importa el argumento de la película, en el que cada uno de los hombres que conforman el pelotón que ha de encontrar a Ryan se cuestiona las órdenes que recibe. Puede ordenarse arriesgar la vida de 8 hombres para salvar la de uno sólo? No lo sé. La vida es un regalo del universo que con demasiada frecuencia se convierte en un caramelo envenenado que nos coloca ante lo inhumano, lo injusto, lo atroz, el infierno, la guerra.
Y nosotros, como muñecos de trapo.
© Del Texto: pyyk