oct 6 2013

Sacrificio de Andrei Tarkovski: Una obra maestra


Durante mucho tiempo, Andrei Tarkovski defendió que las imágenes de sus películas, los sonidos que insertaba en cada escena (ya fuera el agua corriendo o el viento soplando), cualquier cosa que enseñase, no eran más que eso, lo que veíamos. Buscar símbolos, buscar significados ocultos que no fueran más allá de el propio objeto y cómo lo recibía la capacidad sensorial de cada espectador, era intentar encontrar algo que no estaba. Durante el rodaje de Sacrificio y después, reconoció que esa película estaba llena de esos símbolos. Creo yo que reconocía así que su cine, de forma inevitable, lo estaba. Cosas del arte. Ningún autor, ni en literatura, ni en cine, ni en pintura, ni en cualquier manifestación artística, puede evitar que aparezcan aunque sea muy lejos de sus intenciones. Incluso cuando la intención no existe.
Sacrificio es una de las mejores películas filmadas de todos los tiempos. Es una obra maestra indiscutible. Gustará más o menos, incluso algunos no aguantarán más de quince minutos frente a la pantalla, pero eso no la convierte en mejor ni en peor película. Obra maestra. Sin discusión. Y como todas las grandes obras que se alejan del mundo comercial, del mundo (a secas) para que en sí misma aparezca un cosmos con entidad propia, es difícil de ver y, mucho más de comprender.
Siendo un niño muy pequeño (Tarkovski), sus padres se separaron. A partir de ese momento vive con su madre, su abuela y su hermana. Según contó el mismo, su casa se sostenía sobre una estructura matriarcal muy acusada. Eso marca al director ruso para siempre. Él se casó en dos ocasiones y, parece ser que su primera mujer era muy parecida a su madre. Quería acaparar la vida de todos, todo giraba a su alrededor. Era como un cuenco en el que la vida de todos cabía. La segunda de sus mujeres fue especialmente incisiva en la vida de Tarkovski. No como la madre, sino desde fuera. Intentaba controlar cada movimiento del director. Debe ser por eso que las mujeres en el cine de este hombre sólo acceden a papeles amables cuando se trata de mujeres que aglutinan la vida de otros para proteger o son esposas sumisas y amantes perfectas de otros personajes. Si no es así, los personajes femeninos en el cine de Tarkovsky desarrollan rasgos inquietantes, casi agresivos. Hary en Solaris desprende una sexualidad que roza lo hostil. Es miedosa en ese aspecto. En Sacrificio, Adelaida(Susan Fleetwood), roza el histerismo; se mueve por la pantalla intentando ordenar el mundo de todos aunque es incapaz de entender y hacerse entender por otros. Su sexualidad es excesiva en todos los sentidos aunque parece guardada en un mundo propio que es inaccesible. Las mujeres ocupan un lugar extraño en el cine de este director.
En Sacrificio (Offret), Tarkovski se cuenta a sí mismo. Sobre esto no hay duda posible. Se trata de una película autobiográfica que, además, muestra con toda claridad a los personajes representando a personas reales de su mundo. Y, como ya he dicho, muchas de las cosas que negó antes de rodar esta película aparecen con claridad como realidades arrastradas en su cine desde mucho antes. Esa negación de lo simbólico es, ahora, una puerta abierta a la interpretación por parte del espectador, según el propio Tarkovski.

Alexander (Erland Josephson) es el protagonista. Es un hombre sin carácter, pero reflexivo, sensible y muy honesto con la forma de entender el mundo y a sí mismo. Después de producirse un desastre nuclear, decide sacrificarse (porque cree en ello) desde su pequeñez para que el mundo vuelva a ser lo mismo. Está convencido de que un esfuerzo personal de cada ser humano modificaría el mundo definitivamente. Es un hombre de cierta edad que, por ello, es capaz de entender las cosas. Y culto. Para él, la naturaleza es la fuente de todo. Es sagrada. Y, desde esa convicción y la capacidad de comprensión que aporta la madurez, comprende que el mundo no puede seguir adelante. Además, no le interesa si su actitud será comprendida o no por el resto de personas. Todo esto es muy de Tarkovski. Muchas veces habló del mundo como algo sagrado, como algo con lo que hay que interactuar.
Las referencias religiosas a lo largo de la película son muy numerosas. Incluso el personaje de Otto ( Allan Edwall) se puede considerar como un ángel bueno que se dedica a anunciar el camino de salvación a Alexander. Él es, por ejemplo, el que le dice que ha de dormir con María (la elección del nombre no es casual; se trata de una mujer bondadosa y comprensiva). La ofrenda no puede ser sólo dejar de hablar. Ha de dormir con ella, con la que vive junto a la iglesia que ahora está cerrada, con la que es bruja (En el buen sentido, dice el personaje; es decir, la que acumula sabiduría. No piensen en pócimas o verrugas en la nariz). Alexander, así lo hará, y (del mismo modo que en Solaris) ambos personajes tendrán una unión mística que acaba con todas las leyes físicas del mundo. Levitan.
Los sueños se superponen a la realidad. En algún momento de la película, no sabemos si el personaje sueña o ve una realidad que nadie ve. Quizás sean estas las zonas más oscuras y difíciles de interpretar. La reflexión personal de Alexander siempre va más allá de la del resto de personajes que son incapaces de entender nada de lo que ocurre. No parecen personas porque no lo son porque les falta ese entendimiento, esa búsqueda de sí mismos, la búsqueda de lo trascendente.
Creo que no es necesario decir que la cámara de Tarkovski va moviéndose con una elegancia descomunal. El trabajo del fotógrafo (Sven Nykvist) es magnífico y la iluminación es la exacta en cada toma. Los planos fijos tienen una longitud perfecta. Todo está bien, en su sitio.
Desvelar algo más de la película o intentar explicar parte de la simbología (eso es como explicar un poema, es como matar un poema) sería ridículo. Sólo trataba de recomendar un gran obra a los que no la conocieran. Sólo trataba de animar, a los que ya la vieron, para que repitan. Y sólo trataba de dar alguna pista a los que no pudieron terminarla para que se animen en un nuevo intento. Ya me contarán.


oct 4 2013

Nostalgia: El regreso imposible

Todo lo que se hace en la vida se ve marcado por un antes y un después, por un momento en el que pierdes la inocencia o en el que entiendes que las cosas son como son, muy distintas de lo que tratamos que sean.
Descubrir el cine de Andrei Tarkovski, para el que escribe, fue lo que dibujó el punto de inflexión entre entender el cine como una forma de entretenimiento que se disfrutaba desde una butaca y entenderlo como la muestra de un universo creado desde una mirada que obliga a eso, a mirar, a crear la propia para entender y hacer propio lo visto. El entretenimiento desplazado por el sentimiento. Dicho de otro modo, me conmocionó tanto como antes lo había hecho la literatura de William Faulkner. Y esto es como decir que el mundo se puso patas arriba.
Antes de Tarkovski, antes de Faulkner, todo cabía. Había rincones donde guardar cada cosa. A partir de Las palmeras salvajes de Faulkner, la literatura menor, la puramente comercial, desapareció. El interés por ella se quedó en nada. A partir de Nostalgia de Tarkovski, el cine de entretenimiento, las cosas que se decían sobre el cine (también), se evaporaron. Ya sé que estoy escribiendo sobre una película, sobre la que desplazó mis intereses hasta lugares áridos para muchos e incómodos para otros. Pero crean que lo que van a leer se ha escrito desde un pudor descomunal, sabiendo que todo lo dicho (salvo los datos más técnicos) no sirve de nada cuando se trata de cine auténtico. El objetivo es uno sólo. Acercar al que se deje hasta las profundidades, no ya del cine, sino de uno mismo. Ni siquiera aspiro a ser yo el que lo haga. Me refiero al cine del director ruso que marcó la frontera entre la verdad del cine y la personal de muchos.
Dejé de ver películas. Sólo quería mirar la pantalla buscando otro mirar (el del director, no sólo el de Tarkovski), construir un mundo desde lo que veía, hacer mío lo necesario para ir trazando las líneas maestras de mi forma de entender el cosmos.
Aprendí algo fundamental. Ya lo sabía por Faulkner, pero en cine me faltaba constatarlo. Los lenguajes son diferentes y todo requiere una fase de aprendizaje. Aprendí que la trama no lo es todo. No es más que un vehículo fundamental que nos lleva hasta el objetivo último, la construcción de esa mirada, de esa voz que nos relata el mundo entero. No es la trama, no, es el lenguaje que se utiliza, lo que convierte en importante lo narrado. En el caso de Tarkovski, su lenguaje poético y hondo, la imagen que evoca (siempre), el despertar las sensaciones que va acumulando en la pantalla de forma casi mágica. El lenguaje de los sentidos, el lenguaje preciso, el lenguaje universal.
Nostalgia habla del sentimiento que produce la aparición del recuerdo, el que nos hace desear estar en el lugar donde ocurrió eso mismo, recuperar el tiempo perdido durante el que no pudimos vivir eso que añoramos. Pero, en Nostalgia, vemos todo esto envuelto por lo estéril de la sensación, por lo imposible que es conseguirlo dadas las circunstancias en las que se encuentra ese universo que nos propone Tarkovski. Nuestros recuerdos nunca se ajustan a la realidad sino a lo que aspiramos que sean. Nunca nada será lo mismo excepto en nuestro recuerdo. Y esto es lo mismo que decir que debemos renunciar a nuestro propio yo, a lo que creemos ser, a nuestra conciencia y a nuestro mundo personal. Terrible la idea que maneja este hombre. Por cierto, nunca de forma explícita. Él siempre deja que sea la imagen, la poesía, la que nos lleve a sacar nuestras propias conclusiones.
El personaje principal de Nostalgia es Andrei Gorèakok, poeta ruso que viaja por Italia intentando conseguir información sobre un compositor ya muerto. Lo hace en compañía de Eugenia, su traductora. Ella siente una gran atracción por el poeta que no se ve correspondida. Ella es incapaz de ver más allá de lo material, de entender que el mundo es la suma de todo; no es si o no, es si y no. Y no muestra ninguna capacidad para tener fe. No sólo la fe religiosa sino la que representa la posibilidad de ver, de creer. Una de las primeras imágenes de la película en la que vemos a la mujer incapaz de arrodillarse y de entender lo que ocurre dentro de una iglesia es maravillosa. Lo material frente a lo espiritual en estado puro. Por cierto, en esta escena, Tarkovski, aprovecha para dejar claro el papel de la mujer en su cine. Ambos se encuentran con Doménico (un hombre que se enclaustró en su casa durante años). Doménico, al contrario que Eugenia, representa la fe misma, la capacidad de ver (no se trata, insisto, de una fe estrictamente religiosa), la posibilidad de traspasar los objetos con la mirada para descubrirlos en su totalidad, de entender lo simbólico una vez descubierto. El poeta representa la imposibilidad absoluta de encontrarse consigo mismo, cansado de contemplar la belleza terrenal y no querer convivir con la zona oscura de ese mismo territorio.
A través de Doménico, el poeta descubre, quizás recuerda, que un hombre en sí es un universo completo, el hombre y su entorno configuran un mundo (la escena en la que entran en casa de Doménico me parece una de las más asombrosas de la historia del cine y descubre, quizás recuerda, que el sacrificio personal es de una importancia infinita). Todo es anuncio de lo que llegaría con la siguiente y última película de Tarkovski. Sacrificio. Todos toman por loco a Doménico, acomodados en una vida fácil, carente de esfuerzos que tengan que ver con lo espiritual, con el entorno o con algo que no pueda tocarse. El mundo se dibuja como una gran trampa que debemos reinventarnos si queremos pasar por cuerdos. Otra razón más por la que perdemos la conciencia propia, la capacidad de añorar lo que fuimos. Ni siquiera lo sabemos. Nos lo robaron o lo dejamos por el camino.
De eso va, en esencia, esta película. Más no puedo ni quiero decir. Todo esto empieza a parecerme absurdo. Como mucho puedo añadir algún aspecto técnico por si sirve de ayuda. Por ejemplo, no pierdan de vista el uso que hace Tarkovski de los espejos, de como el reflejo (suelen ser espejos viejos, muy estropeados) nos lleva a encontrarnos con nosotros mismos, pero también con la muerte, con lo que escondemos. Tampoco pierdan de vista el uso que hace este autor del sueño, ese lugar en que todo se mezcla, ese lugar en el que realidad, sueño e invención forma una misma cosa. En esta película esos sueños acumulan buena parte de la intensidad narrativa. Y, por último, presten atención a las imágenes que presentan los objetos que muestran la imposibilidad de sentir nostalgia porque lo deseado desde la distancia ya no existe; lo que nos lleva a sentir nostalgia de nuestra propia nostalgia. Una Biblia, un peine con mechones de pelo enredados y una botella. Esa es una de ellas. Miren con atención e intenten vivir la sensación sin filtros. Sobre todo olvidando todo lo que ha leído aquí. Mirar el cine de Tarkovski es una experiencia inolvidable que tiene poco que ver con cualquier otra cosa. No dejen de hacerlo.


may 22 2011

Sacrificio: Aceptar sociedades es imposible

La nostalgia, podría calificarse como la enfermedad anímica que nos produce la ausencia, sea de momentos, lugares o amantes, da igual. Es un sentimiento que aparece en brotes ocasionales en unos y como un estado anímico y persistente en otros. Pero en todas las ocasiones resulta una emoción triste y desalentadora sin antídoto.
Esta fue mi impresión de Sacrificio, la película que hizo Andrei Tarkovski con una infinidad de referencias a Ingmar Bergman, una exquisita imagen en un color casi blanco y negro, unos travellings casi imperceptibles, y, como argumento, una fe filosófica que yo comparto, mucho más, descrita con las formas suaves y delicadas de Tarkovski.
La película va al grano desde el principio cuando Alexander, un filósofo y autor teatral, le explica a su hijo pequeño, afónico y aquejado de amigdalitis, como cuidar un árbol nuevo para que florezca. El discurso existencialista de Alexander con su hijo regando el árbol, es una escena clave que va dando paso, con una suavidad extraordinaria, y con el cumpleaños de Alexander como fondo, a toda una historia dónde el tema primordial es, sin duda, la fe y el existencialismo y que termina en una catarsis absoluta.
Por la noche, en la celebración de cumpleaños, cuando los invitados están reunidos alrededor de la mesa, se comunica por televisión la noticia del comienzo de una tercera guerra mundial. La reacción de Alexander ante el suceso consiste en el sacrificio de ofrecerle a Dios todas sus propiedades materiales y sentimentales a cambio de auxiliar a un mundo insalvable y catastrófico del que reniega y deserta incendiando su hogar mientras su familia y amigos dan un paseo por el campo.
La escena final de incendio purificador con Alexander corriendo en pijama y sin zapatos alrededor de su casa en llamas, termina con los camilleros de la unidad psiquiátrica llevándose a Alexander en una vieja ambulancia y con un bonito plano de su hijo regando el árbol y hablando por fin.
Cuando veo esta película o cualquier otra de Tarkovski, o leo las ensoñaciones de Walter Benjamin, las meditaciones de Descartes o las del Quijote que en estos tiempos modernos de nuevas tecnologías y profundos trastornos mentales resultan tan anacrónicas, siempre, en cada línea, escena o ensayo, entiendo la misma premisa:
El hombre rinde al máximo de su capacidad cuando adquiere plena consciencia de sus circunstancias. Creo que en estos años de circunstancias tan modernas y maravillosas, la sociedad no hace más que agotar sus energías en vender una forma de administrarse, fortalecerse, pensar en general…, en una cultura colectiva, digital, humanitaria…, porque resulta algo muy frívolo y egoísta dedicar una gran parte de su energía  al enriquecimiento  de una vida y de un mundo mucho más íntimo e individual que exigiría procedimientos superiores, prohibitivos.
Las personas como Alexander o como yo, que no logramos aceptar nunca esta sociedad porque pensamos que todas las maravillas, innovaciones y prodigios de esta época tuvieron que estrecharse y encogerse algún día para pasar por el corazón de un hombre, un individuo, tenemos varias opciones: pegarnos un tiro en la sien, tirarnos por la terraza de un piso muy alto, inyectarnos una tonelada de benzodiacepinas o, por último, adaptarnos a un mundo en el que no hay un afuera dónde desertar.
Como uno no cuenta fácilmente con una pistola, vive en un piso muy bajo y sabe que para escapar a base de benzodiacepinas tendría que caerle a uno encima un camión farmacológico, pues uno acaba viviendo inadaptado, incendiando bonitas casas campestres y corriendo en pijama por los charcos. Con, eso sí, la completa seguridad de que este mundo tampoco logra adaptarse a nosotros, pero eso, a Alexander y a mí, nos importa un bledo.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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ago 15 2010

La Masacre de Toolbox: Este paquete sí, este paquete no

Las películas que son un paquete pueden gustar. Sí, todos tenemos puntos débiles en esto del cine. Unos lo aceptamos como si nada. Otros lo ocultan como si fuera la gran vergüenza. Otras películas (y me refiero a los paquetes) no las podemos soportar. De principio a fin nos parecen lo peor del mundo.

Estos días estoy viendo películas prestadas por una buena amiga que dejó que agarrase lo que quisiera de su estantería. Casi sin mirar. Las dos primeras que he visto han sido Deep Impact y La Masacre de Toolbox. Son dos paquetes de categoría.

Sin embargo, la que dirigió Mimi Leder (Deep Impact) me la he tragado sin pestañear. Me gustan esas películas que narran desastres terribles, que están llenas de héroes y buenos actores (supongo que ellos tampoco saben decir que no ante semejante cosa). Robert Duvall, Téa leoni, Elijah Wood, Vanessa Redgrave, Maximilian Schell y Morgan Freeman, forman el reparto principal de la película. Un pedrusco enorme es el verdadero protagonista. Impactará con la Tierra y la humanidad estará en peligro. Ya saben que esto lo arreglan los rusos y los norteamericanos. Más estos que los otros. Preparan un enorme cohete para llevar a cabo una misión salvadora que, por supuesto, fracasará aunque no del todo. Y, finalmente, aunque se produce un desastre menor (más que nada para poder mostrar unos efectos especiales que en su momento eran muy impresionantes) los héroes lo son más que nunca, el ser humano imposible de liquidar y todo el mundo contento y lleno de bondad. Lágrimas fáciles (la que busca el guionista), mucha esperanza y un amor por la raza humana tan grande como el pedrusco que estuvo a punto de destrozar el planeta. Pero es de esas películas que, a pesar de todo, se dejan ver si el objetivo es estar distraido un rato frente a la pantalla.

Otra cosa bien distinta es ver algo tan bochornoso como La Masacre de Toolbox. Un tío que nació mientras su madre ya estaba tumbada en el ataud (nació de la muerte, dice uno de los personajes) vive en un edificio oculto en otro. Allí (eso se sabe al final) reposan los restos de todos aquellos que fueron a Los Ángeles buscando fama. El tío es feo como pegar a un padre, bruto, criminal y astuto. El caso es que la película va de cómo este elemento se carga a todo el que aparece en pantalla. Eso sí, todos pueden ser el asesino. Sólo cuando la palman sabemos que no, que eran buenos chicos. Los crímenes son de lo más brutal. Desde martillazos hasta taladros en la nuca. No faltan clavadoras neumáticas, machetazos, cabezas y cuerpos mutilados. En fin, un asco.

La película la dirigió Tobe Hooper. Y los actores no sé ni como se llaman, ni me voy a ocupar de saberlo. Repugnante, aburrida, repetición de otras que ya nos mostraron mil veces antes. De verdad. Mejor no pierdan el tiempo con algo así.

En vacaciones vale casi todo. Si te apetece Tarkovsky (quizás mañana me anime y les cuente cómo veo Sacrificio de este autor y, de paso, hablo de las mujeres en el cine del ruso), bien. Si prefieres una de héroes, bien. Pero hay cosas imposibles.

© Del Texto: Nirek Sabal
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