feb 18 2012

El invitado: La mala puntería de los malos

Denzel Washington suele hacer de él mismo en todas sus películas. Y las películas en las que aparece suelen ser, por lo general, de esas que engrosan el montón. El invitado es una de ellas. Cantidades improbables de disparos que se esquivan, persecuciones imposibles, diálogos con los que no se dicen nada; todo envuelto por un guión ya conocido desde hace un millón de años. Los malos pierden, los buenos ganan y lo son hasta las últimas consecuencias, el comienzo de la película que oculta quién es el villano (lo de ocultar es un decir porque cualquiera lo sabe a la primera aunque se haga el loco para no sentir un pinchazo en el estómago tras pagar una pasta por la entrada); es decir, la misma película a la que nos tienen acostumbrados y de las que parece que no nos cansamos si miramos la lista de películas más taquilleras.
Ryan Reynolds también participa en El invitado. Y si Denzel Washington aporta poco, este chico aparece y desaparece de la pantalla como si nada, sin dejar idea en el espectador de que es importante en la historia. Cosa normal por otra parte porque en esta película no importa nada. Ya les avanzo que no pasará a la historia del cine por ninguna razón.
Un agente secreto que se dedica a vender información al mejor postor es perseguido en ciudad del cabo por los malos (los malos que declaran serlo desde el principio porque hay malos ocultos en cada esquina). Pero, claro, es imposible que sepan todo lo que saben si no les pasan información desde la guarida de los buenos. Alguien les dice lo que necesitan. Todos salen corriendo en la misma dirección y la van palmando, poco a poco. Al final tenemos a los dos más buenos y a los dos más malos aislados en un lugar donde pueden liarse a tiros entre ellos. Y los malos ganan porque siempre lo hacen. Ya está. Eso es lo que cuenta el guionista. David Guggenheim es el nombre de este ser. Y todo esto ocurre a las órdenes de Daniel Espinosa que dedica todos sus esfuerzos a que este disparate parezca otra cosa distinta de lo que lo que es: un desastre y un paquete de primera categoría.
Si tuviera que señalar una idea que se trate en la película como justificación de tanto disparo y tanta carrera alocada, no sabría qué decir. Por más que intento ser generoso no encuentro una sola cosa que pudiera considerarse interesante o inteligente. Ni una sola cosa. Pensándolo bien, es todo un logro que alguien sea capaz de hacer una película completamente vacía.
Aburrida, repetida, desastrosa.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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ago 1 2011

Luciérnagas en el jardín

La escritura es una forma de ordenar el mundo, de explicarlo. Pero no es un mecanismo perfecto con el que se pueda saber el porqué de esto o aquello. Lejos de la escritura está el yo, la realidad. Y, casi siempre, es necesario recurrir a ello para entender lo que pasó o lo que ocurre en un momento determinado. Además, a pesar de que la literatura otorga cierto poder desde la ficción, no todo vale. ¿Hasta dónde puede llegar un escritor aludiendo a su libertad creativa si pone en juego una realidad próxima que puede destrozar vidas ajenas? Este es el fondo de Luciérnagas en el jardín. Todo en la película está al servicio de este asunto y el resultado es, por lo menos, interesante.
En un momento determinado, el hijo (un correctísimo Ryan Reynolds) pregunta a su padre (sobresaliente Willem Dafoe). ¿Cuándo pasó? Se refiere a ese momento en que su relación se trunca para siempre. El padre contesta que no se acuerda. El tiempo congelado en un instante que nadie reconoce y ha marcado la vida entera. Y sucede algo, otro instante, para que comiencen las preguntas, para remover las consciencias de todos.
Luciérnagas en el jardín es una película en la que los personajes apenas evolucionan. Están anclados y terminan levando anclas. Aunque eso ya no importa. El punto de vista que elige un astuto Dennis Lee (siempre intentando alejarse de la lágrima facilona) hace que eso sea posible sin que el espectador abra expectativas que difícilmente se podrían cubrir ante un problema que no tiene solución. Narra todo desde el hijo, un personaje que escribe (tal y como quiso su padre), pero que dedica sus esfuerzos a relatar tramas románticas (que odia su padre), a dejar claro a su padre que hará lo que le venga en gana. Comienza la acción y vemos a un muchacho enfrentado a su padre. A un padre enfrentado a su hijo. De forma encarnizada. Desde siempre. Facturas sin pagar que duran una vida. Facturas que se vuelven contra el acreedor porque, de pronto, es el deudor. Por ejemplo, esa que el hijo tiene siempre pendiente por una posible infidelidad del padre con su madre que un día se duplica porque la madre (efectivamente) ha sido infiel. Pero, a pesar de todo, el presonaje es estático. No comprende y no avanza. El bloqueo de todos es absoluto. Un instante que perdura y aniquila cualquier esperanza.
La película es muy agradable de ver, despierta sensaciones en el espectador que trata de entender lo que pasa y ha de esforzarse en no caer en el juego de ser juez. Cualquier movimiento por parte del que observa es un error porque la red no deja pasar a nadie. Comprender desde fuera. Es obligado. Eso que no son capaces de hacer los personajes. La fotografía está muy cuidada y, aunque de forma muy prudente, la música aparece en los momentos fundamentales para acompañar con acierto a la trama. La dirección de actores es irregular. Todo se centra en los dos protagonistas y el resto queda un poco desamparado. Lo bueno de Reynolds y Dafoe eclipsa por completo lo mejor de los demás que no deja de ser correcto y poco más. La intervención de Julia Roberts es anecdótica puesto que su papel es muy secundario. Emily Watson aparece sin ninguna relevancia. Y es que esta actriz tiene unas limitaciones más que importantes para ser creíble en sus papeles. Posiblemente, todo esto es fruto de una elección de actores y actrices algo deficiente. Pero, a pesar de esto, la fuerza de la idea y las interpretaciones de los protagonistas sacan adelante el proyecto con cierta solvencia.
Padres e hijos. Lo que parece frente a lo que es en realidad. Un misterio que cada familia ha de ser capaz de solucionar. Merece la pena pasar un rato frente a la pantalla. No ya por lo que se verá sino por lo que uno puede plantearse después de ver algo así. Al fin y al cabo, todos los personajes de ficción son (los que están bien construidos), todos nosotros somos, más corrientes que otra cosa y nos podemos encontrar en cualquier película, en cualquier rincón de la realidad.
Por cierto, el que escribe afirma (por experiencia propia) que la literatura es una cosa y la consulta de un psicoterapeuta otra. No se pueden confundir. Y las novelas de ficción, por mucha carga de experiencia del autor que soporten, no pueden ser un diario. Literatura y realidad tienen sus propias reglas. Y hay que respetarlas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 9 2010

Buried (Enterrado) o cómo siempre la cagan los mismos

Rodrigo Cortés ya propuso en su primera película (Concursante) una trama en la que intentaba dejar claro que la gestión del mundo es un horror. Y que pagan el pato los individuos anónimos que andan por el planeta tierra tranquilamente aunque sin ninguna posibilidad cuando la cosa se pone fea. Si alguien espera ayuda del poder establecido, lo tiene crudo porque la cagada es segura. En esa ocasión, la cagó todo el mundo. Incluso él, puesto que la película hacía aguas por todos los lados. Sin embargo, con Buried la cosa se queda en desastre para su protagonista (Paul Conroy al que interpreta Ryan Reynolds) porque la película resulta ser un producto de gran calidad. Técnica e interpretativa. Y esto último (la calidad interpretativa) no deja de ser un milagro que se apunta Cortés en su curriculum, ya que Reynolds es un actor con unos registros muy, muy, limitados y es campeón del mundo en destrozar papeles. El director hace una dirección, con él, sobresaliente. Durante toda la película logra que se contenga, dotando de credibilidad lo que el personaje es.
Con una caja de madera, un tipo dentro (Paul es un contratista civil que trabaja en Irak para una multinacional), y algunos objetos que todos usamos en nuestro día a día, Cortés intenta demostrar que se puede hacer cine. Lo consigue sin despeinarse. El guión de Chris Sparling se va desarrollando entre zonas de intensidad narrativa muy bien resueltas por el actor y las secuencias que el director montó con gran habilidad; entre la introducción de elementos que impiden un bajón en la tensión y las elipsis que dibujan el drama del personaje. Demuestra que es posible hacer cine con poco tiempo y poco dinero, pero, sobre todo, intenta un dibujo trágico en el que la incomunicación humano en agobiante en situaciones límites. Es la misma forma de comunicarse a diario aunque hay momentos en que eso se convierte en un desastre. Una de las conversaciones que se escuchan dentro de esa caja es la que mantiene Paul con el jefe de personal de la empresa para la que trabaja. Aterradora. De verdad que es delirante. Y, encima, creíble.
Entré en el cine pensando que iba a ver una muy buena película o un auténtico tostón. No había puntos intermedios. Hubo suerte y me encontré con lo primero.
© Del Texto: Nirek Sabal

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