jun 30 2013

Barry Lyndon: La simpleza convertida en maravilla

Barry Lyndon es, posiblemente, la película de Stanley Kubrick que mayores diferencias, entre crítica y público, ha cosechado.
Al que escribe le parece que, de un guión simple y de un personaje como es Barry Lyndon (no excesivamente complejo), es extraordinario conseguir una película tan grande, tan maravillosa.
Técnicamente, el trabajo roza la perfección. Kubrick consigue retratar una época con detalle, convierte cada escena en un cuadro digno de admiración. Las localizaciones son espléndidas y los escenarios construidos no generan una sola duda en el espectador. El vestuario es perfecto. Maquillaje y peluquería también. La fotografía de John Alcott es impecable. Difícilmente se puede conseguir una nitidez de la imagen así, difícilmente se puede conseguir algo tan perfecto y bello.
Con todo ello, Kubrick quiere atacar asuntos recurrentes en toda su filmografía: la violencia como herramienta destructora de la humanidad; la pequeñez de una humanidad medida junto al universo entero. Es por ello por lo que muchas escenas comienzan con primeros planos que, a través del zoom, dejan finalmente al personaje en medio de un mundo hostil, enorme, demasiado grande como para que nadie pueda cambiar algo o esté a salvo del destino. Y es por ello por lo que el realizador nos lleva, una y otra vez, a vivir situaciones en las que el ser humano desaparece con un simple disparo, con una actitud idiota ante el mundo. Todo ello envuelto por gran sensibilidad (algo que se le negó a Kubrick insistentemente y de lo que hace gala en este trabajo).
Barry Lyndon es el resultado de la adaptación de la novela de William Makepeace Thackeray. No es del todo fiel al trabajo del novelista (la última media hora es cosa del guionista y no de Makepeace) y el resultado es una historia simple y lineal. ¿Por qué fascina entonces? Hay varias razones fundamentales. La voz en off del narrador es una de ellas. Nos separa de la acción de forma intencionada (del mismo modo que en literatura, el punto de vista es una cuestión de distancias respecto a la acción). Se trata de un narrador no identificado (lo que se conoce por tercera persona) que busca cierto distanciamiento del espectador. Además, se adelanta a la acción y la anuncia de modo que todo se sabe o intuye. Esto es algo que irrita a muchos puesto que buena parte de la tensión narrativa se pierde al usar este mecanismo. Sin embargo, es imprescindible para lo que Kubrick intentaba hacer. En realidad, la trama, el personaje principal, los secundarios, todo; son vehículos utilizados para dibujar una época, un universo casi inmóvil por el aburrimiento y el hastío, paralizado por la violencia, en el que todo se desliza hacia la nada. Kubrick quiere que miremos eso, desde la distancia, evitando injerencias de cualquier tipo.
Barry Lyndon es el personaje principal. Un tipo que quiere medrar sea como sea. Lo encarna Ryan O’neal. Este actor, mediocre y muy limitado en todos los sentidos, funciona más que bien. No por sus excelencias interpretativas (no las tiene) sino por el carácter dual que imprime a su personaje. Fragilidad, debilidad, atrocidad. Marisa Borenson le acompaña como Lady Lyndon. Espectacular en sus silencios y sus miradas vacías, casi muertas, infinitamente fatigadas. La sociedad se perfila desde esos dos personajes.
Además de la fotografía de John Alcott, destaca la banda sonora de Leonard Rosenman. Música tradicional irlandesa, Händel, Paisiello, Bach y Shubert. Excepcional y encajada sin titubeos, con un criterio demoledor.
La película de Stanley Kubrick habla de antihéroes, de todos nosotros, de nuestra imposibilidad de sobrevivir al mundo. Y lo hace de forma profunda utilizando un despliegue técnico muy difícil de igualar. La minuciosidad del realizador queda patente desde la primera escena. Es un peliculón firmado por un genio del cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 17 2012

Love Story: Love Pestiño


Los que siguen el blog habrán podido comprobar cómo la que suele comentar las películas que podríamos definir como ñoñas es la que suscribe este post. Algún día debería explicar algo muy salvaje para que no pensaran que floto en continuas nubes de algodón azucarado y que, de vez en cuando, me enchufo alguna dosis de Tarantino o incluso de Alex de la Iglesia, tipo El día de la bestia y esas cosas. Pero en fin, hoy irremediablemente vuelvo a lo romanticón.
No sé cuantas veces he dormido esta película. Sí, he dicho dormirla. Esta película, de sobremesa, de lágrima fácil, es el mejor somnífero que hay en el mercado.
Una película de topicazo sobre topicazo. Y ya se sabe cuando se recurre a los tópicos es que alguien, el que los usa, no tiene demasiadas ganas de pensar y, como a veces los directores de cine creen que somos tontos, esperan que nosotros tampoco pensemos demasiado.
Love Story es un peñazo sin igual.
Argumento: Chica pobre, guapa, lista (Ali MacGraw) se enamora en Harvard de chico rico, guapo e igual de listo que ella (Ryan O’Neal). Tras enfrentarse con los tópicos diferenciales de las clases sociales a las que pertenecen, todo va sobre ruedas, miel sobre hojuelas. Sin embargo, el destino caprichoso y la fatalidad se ciernen sobre la muchacha. Una enfermedad terminal que los pondrá a prueba a los dos y a ese amor que tienen el uno por el otro.
La película, pues ya saben, amor, mucho amor; cara de enamorados permanente; diálogos horrendos, fotografía cansina.. Un desastre. La actuación de los protagonistas es nefasta, más falsa que un duro sevillano, con una exageradísima sobreactuación de los personajes.

Pocas cosas tiene buena esta película. Una: la música, que se escuchó hasta la saciedad en los años 70 y que hoy sólo la escuchamos en el hilo musical de la consulta de los dentistas y otra, la gran mentira del siglo, eso de amar significa no tener que decir nunca lo siento, que consiguió un estupendo merchandising de camisetas, adhesivos, y varias cosas más.
Recomendaciones, si tienen hijos pequeños que no se duermen durante las horas de la siesta, no lo duden, siéntenlos en el sofá y ponga en el DVD, pero no lo hagan por la noche, podrían tener pesadillas. Si tienen hijos adolescentes hagan que la vean para explicarles lo que NO es el amor. Si tienen ustedes ya una edad, pónganla a mediodía, les garantizo una siesta de al menos un par de horas.
© Del Texto: Anita Noire

oct 24 2010

Un puente lejano. Inolvidables (7)

Cornelius Ryan escribió la novela A Bridge Too Far. William Goldman la adapto para el cine. Y Richard Attenborough dirigió la película homónima de la novela original. Una película bélica que no suele aparecer entre las favoritas de los que dicen entender de cine. Tal vez eso obedezca a a que; a pesar de contar con un reparto de auténtico lujo, un buen guión, medios técnicos más que suficientes, un sonido espectacular y una banda sonora magnífica (compuesta por John Addison); la película narra un hecho histórico pegándose mucho a eso (no intenta narrarlo de forma exacta, ni mucho menos) y no a la búsqueda de universos únicos, al uso de recursos narrativos que aumentan la capacidad expresiva de la imagen (por ejemplo, un silencio en medio de la batalla) o al uso de un discurso de los personajes que, francamente, los convierte más en filósofos de barra de bar que en hombres que van a morir poco después (sólo algunos lo han conseguido sin hacer el ridículo como, por ejemplo, Terrence Malick). Quizás sea por eso. No lo sé. El caso es que la película narra cómo una operación militar puede fracasar por la misma razón por la que un ejército cualquiera triunfa. La disciplina; no rechistar ante las órdenes de un superior; no decir lo que se piensa para no contradecir al de arriba. La misma razón para ganar una guerra que para perderla. ¿Cómo nos cuentan todo esto? Desde la estrategia, desde el despliegue de efectivos, desde los errores, desde las órdenes dictadas detrás de un despacho, desde los heridos. La guerra por dentro. Algo mucho menos amable que desde personajes extraordinarios o, incluso, desde el horror. Otra forma de contar, más selectiva. Me pregunto, siempre después de ver la cinta, qué es la guerra. Y la respuesta es la misma, siempre también. Es la suma de todas esas películas bélicas. Y me parece injusto que, cuando hacer cine es representar una realidad cualquiera desde un punto de vista determinado, se menosprecien algunas de ellas por esa razón (hablo pensando en películas de calidad y no de bazofias que encontramos en cualquier rincón).

Pocas películas muestran con tanta solvencia cómo la artillería apoya el avance de una columna de blindados, cómo el despliegue táctico en un ejército puede ser de una belleza pasmosa, cómo las casualidades son la misma guerra o cómo las creencias personales o la egolatría son factores determinantes en una batalla. Al fin y al cabo, los ejércitos son lo que son y no lo queremos que sean. No quiero decir con esto que Un puente lejano sea una especie de documental. No, no es eso. Porque es una película de cine y de las buenas. Con todo esto me refiero a esa zona del cine que se pega más a una realidad y deja de interesar a muchos.
El caso es que pocas veces podremos ver a un grupo de actores como el que forma el elenco de esta película trabajando juntos: Dirk BogardeJames CaanMichael CaineSean ConneryDenholm ElliottElliott GouldEdward FoxGene HackmanAnthony HopkinsJeremy KempRobert RedfordLiv UllmannMaximilian SchellHardy KrügerLaurence OlivierMichael CaineSean ConneryRyan O’Neal. La interpretación de Edward Fox sobresale sobre el resto aunque todos están muy correctos en sus papeles. Y un aviso importante. Pocas películas pierden tanto con el doblaje como esta. Hay que verla en versión original.
© Del Texto: Nirek Sabal

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