jul 7 2011

Blade Runner: El triunfo de una puesta en escena fatántisca

Rick Deckard es un veterano Blade Runner. Dedicó su tiempo a retirar seres fabricados  a través de la ingeniería genética denominados Nexus 6. Esos seres son réplicas humanas con una inteligencia y fuerzas muy superiores a los propios humanos. Está semiretirado, pero es llamado por su antiguo jefe (Bryant) puesto que media docena de Nexus 6 han llegado a la tierra procedentes de colonias interestelares. Dos de ellos ya han muerto. Quedan cuatro considerados altamente peligrosos por su violencia. Aunque es reacio a aceptar el encargo, bajo presión de Bryant, dice sí al trabajo.
Estamos en Los Ángeles. Noviembre del año 2019. La ciudad se ha convertido en un laberinto de mercados interminables, en una mezcla de razas delirante, en una ciudad caótica y decadente en la que siempre cae una lluvia plomiza. Todo ser vivo puede fabricarse y son casi imposibles de distinguir  de los verdaderos seres vivos.
Deckard persigue a los Nexus 6 que tienen como objetivo llegar hasta su creador para que les otorgue la posibilidad de vivir más tiempo (fueron fabricados para que pudieran vivir cuatro años y, además, están faltos de empatía y sentimientos). Han desarrollado la capacidad de crear sus propios sentimientos al plantearse la posibilidad de morir. Por el camino Deckard irá eliminando a los Nexus 6 y correrá peligro de muerte frente a ellos cada vez que se cruza en su camino. Conocerá a Rachael, otro ejemplar de replicante que no sabe que lo es. Esta, al contrario que el resto, le salvará la vida y terminará enamorada del Blade Runner. Igual que Deckard de ella.
Deckard termina su trabajo eliminando a los replicantes (uno de ellos, el lider Roy le perdona la vida) aunque no termina con Rachael. El Blade Runner y Rachael terminan huyendo hacia un futuro incierto y desconocido para ellos (y para el espectador) puesto que  Gaff (ayudante de Bryant) les permite escapar en el último momento.
Este podría ser el resumen argumental de la famosísima y algo sobrevalorada Blade Runner del director Ridley Scott. Me temo que muchos dejarán de leer este análisis después de encontrarse con el sacrilegio que consiste en decir que está sobrevalorada. Pero estoy convencido de ello y, por eso, lo digo.
En dos de los diálogos de la película se concentra buena parte del tema principal que Scott quiere tratar.
La conversación entre Tyrell (director de la compañía que crea los Nexus 6) y Roy Batty (lider de los replicantes) es, con seguridad, la que expresa mejor el objetivo temático de la película. Es este:
RB: No es cosa fácil conocer a tu creador.
T: Y ¿qué puedo hacer yo por ti?
RB: Puede el creador reparar lo que ha hecho.
T: ¿Te gustaría ser modificado?
RB: ¿Y quedarme aquí? Pensaba en algo más radical.
T: ¿Qué es lo que te preocupa?
RB: La muerte.
El creador, Dios, frente a lo creado. Un replicante o un ser humano. El silencio de Dios. Lo inaccesible que puede llegar a ser. ¿Puede Dios cambiar las cosas? El tiempo que se acaba con la muerte y hace preguntarse a los seres vivos (¿lo es un Nexus 6?) sobre su futuro. El miedo a lo desconocido. La necesidad de encontrar respuestas en la filosofía y en la teología.
Sobre esto es sobre lo que se ordena el fondo ideológico de Blade Runner. Y, a decir verdad, lo deja enunciado, pero no termina de profundizar. Plantea, pero no resuelve casi nada.
En otra intervención de Roy Batty se enuncia el problema del tiempo que corre sin parar hacia la nada:
RB: Es toda una experiencia vivir con miedo ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.
Hace referencia a la llegada de la muerte, a la imposibilidad de modificar la fecha de caducidad que un replicante tiene, que un hombre tiene aunque no sepa cual es. Es muy interesante el planteamiento que hace Scott sobre la falta de pasado (a los Nexus 6 se les implantan recuerdos falsos) que lleva a la imposibilidad de un futuro cualquiera y que convierte el presente en algo sin sentido, vacío de cualquier contenido y torturador.
El resto de la película no deja de ser una historia de amor, una historia policiaca con un antihéroe (el Blade Runner) que lucha contra el que se convierte en héroe desde su villanía y el relato de una sociedad que puede terminar con su esplendor al vaciarse de humanidad
En la película todo es afixiante, tétrico y oscuro. El mundo se ha convertido en una masa informe decadente en la que se mezclan columnas griegas y pirámides con escaparates iluminados por neón y edificios que fueron estandartes de un progreso que desapareció. Las luces de la policía aparecen en cualquier habitación de la ciudad puesto que los vehículos no dejan de sobrevolar todo el espacio. Es un mundo que se sobreprotege de sí mismo.
Blade Runner presenta una estética cyberpunk (esto no era novedad aunque alguno piensa lo contrario) que encaja muy bien con el escenario y la puesta en escena de la película. Los Sex Pistols ya habían tomado como suya la expresión no hay futuro. Y es eso lo que parece defender Scott durante todo el metraje.
Conviven en la pantalla los grandes edificios que representan la modernidad con los viejos que representaron lo mismo y ahora se caen a trozos. Y dentro de ellos, viven los representantes de eso mismo.  Las calles se llenan de personas que mezclan un vestuario muy parecido que les hace similares entre ellos, parecen uniformados y carentes de personalidad.
Scott es un gran director, pero lo que mejor hace es convertir la idea en imagen. Su puesta en escena es magnífica. Por ello, crea un clima perfecto para desarrollar lo que quiere decir. Y es esto uno de los grandes logros de Blade Runner.
En Blade Runner el tiempo es un contador que te hace saber o intuir cuanto te queda para morir. Ni más ni menos.
Los seres humanos viven en un espacio lleno de individuos que parecen formar parte de una sociedad, pero, en realidad, están solos, hartos de un mundo del que terminan huyendo a bases construidas fuera de la Tierra. No parece que vivan ilusionados por un futuro puesto que allí no cabe nada ni nadie (esto es literal puesto que nos encontramos con una superpoblación inmensa y todo lo que había se deshace por una decadencia absoluta. Tan sólo brilla aquello que es ficticio y ajeno al propio ser humano). El tiempo es un viaje a ninguna parte.
Los replicantes son creaciones de los hombres. Incompletos. Carecen de pasado, sólo tienen presente y con ello no pueden imaginar un futuro. Además, ese futuro tiene un límite temporal puesto que fueron diseñados para que vivieran durante cuatro años.  El tiempo reside en un contador que suma segundos y les resta existencia de forma irremediable. El tiempo, otra vez, es un viaje a ninguna parte.
Los humanos van perdiendo su condición y, cansados, no parecen temer a la muerte.  Nada tiene sentido. Los Nexus 6, al contrario, cuando desarrollan la capacidad de sentir, cuando se van pareciendo a lo que es un hombre, comienzan a necesitar tiempo para vivir. El temor a la muerte aparece para amargarles la existencia. Viene bien un poema de Rubén Dario en el que se expresa esa sensación de vértigo que sólo el ser humano es capaz de sentir. Se titula Lo fatal y dice así:
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
/y más la piedra dura porque ésa ya no siente,/
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
/ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
/y el temor de haber sido y un futuro terror…
/¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,/
y sufrir por la vida y por la sombra y por
/lo que no conocemos y apenas sospechamos,
/y la carne que tienta con sus frescos racimos,
/y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos/
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos…
Parece que los Nexus pueden llegar a ser personas en el momento de tener alma (esto queda representado por la paloma que Roy tiene en las manos justo antes de morir y que suelta justo antes de que ocurra; una imagen gastada y bastante flojita) y eso sólo se consigue si aman, odian, se enternecen, perdonan o sienten miedo ante la muerte. Sólo pueden ser hombres cuando se preguntan si lo son. Los seres humanos de la película parecen haber olvidado esa pregunta y se dejan llevar. Se desintegra y con ellos la sociedad. Tal vez sea al revés. Eso en la película no queda claro. El caso es que el problema se plantea en términos de destrucción individual y colectiva cuando desaparece la humanidad de las personas.
Es curioso que sean los replicantes los que representan la búsqueda filosófica y teológica del sentido de la vida, los que se hacen la pregunta que se hace el hombre desde que lo es: ¿qué soy?
La puesta en escena que lleva a cabo Scott es espléndida, Ya estaba dicho. Las interpretaciones, salvo la de Rutger Hauer que está soberbio, son el reflejo de lo que debió ser el rodaje de la película. Algo aburridas. Sean Young guapa y sosa. Harrinson Ford hasta las narices. La estética es deudora excesiva de Metrópolis. La música de Vangelis algo excesiva dependiendo de los tramos. Y el ritmo es desigual en exceso, tanto argumentalmente como en su carga de contenido.
En definitiva, una muy buena película, sin duda. Pero que se queda a medias en sus propuestas filosóficas y en la que no encontramos nada que la puedan convertir en esa obra maestra indiscutible que muchos dicen que es.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 15 2011

La Chinoise: Una Minoría, en la línea revolucionaria correcta, ya no es una minoría

A finales de los años 40, Boris Vian escribió El Otoño en Pekín, una novela donde ni el otoño ni Pekín tienen la más mínima trascendencia. Tampoco la tiene que este texto lo esté escribiendo Sonia o lo esté escribiendo yo: de cualquier forma, será un cuento chino. En las paredes de mi casa, que es la misma casa donde Sonia podría estar escribiendo este texto, pero que yo les digo a ustedes que no lo está escribiendo Sonia sino que lo estoy escribiendo yo, me da últimamente por hacer pintadas. La pared azul añil que sustituyó al ocre que había hasta entonces y que pintamos una mañana de septiembre, emitía voces cada vez que pasaba por ella – y yo doy muchas vueltas, soy un gran paseante-, instándome a su rápida intervención. Una noche, después de vaciar dos botellas de champagne del caro, ya que Sonia y yo somos de gustos refinados, cogí la tiza.
El Emperador de la China.
Varios meses atrás llegué a la casa de Sonia, cuando casi no era mi casa, pero que después ya fue mi casa, vayan ustedes a saber cómo es la vida, con una botella roja y una película roja, ambas en ambas manos. Normalmente reniego de lo escénico, pero no así de lo operístico: la existencia es más dulce si se propician las situaciones adecuadas con el tono adecuado y, además, no puedo evitarlo.
Tengo que esperar a que acaben de dar las interminables campanadas de las doce del mediodía y se acabe el dichoso Ángelus con que me regalan día a día los feligreses cercanos para poder continuar.
Ahora.
Les iba a decir que Marco Polo, cuando realizó su tercer viaje a la China, le contó más de tres relatos al Emperador y que, entre ellos, relató el cuento del círculo de tiza, una versión italiana mucho más modesta que la que imperaba desde hacía siglos en el Cáucaso, pero que como el Emperador se tragaba lo que fuera con tal de que alguien le contara algo, surtió efecto.
Cuando cogí la tiza, me preparé a dibujar pues, un círculo blanco irregular –tengan en cuenta el champagne-, en la pared azul añil. Sonia contemplaba la escena desde el sofá naranja, que era mucho más naranja desde que compramos la aspiradora y, al pasarla la primera vez, comenzó a surgir el color como si saliera de una fábrica textil de un suburbio de Nanking.
El francés siempre ha sonado estupendamente, así que le dije en francés: ce n’est pas une image juste, c’est juste une image. Y la escribí.
Dos horas después de la escena que les contaba que sucedió meses atrás, cuando ya habíamos visto la película roja y, por supuesto, nos habíamos tomado el vino de la botella roja, comenzamos a imaginar la casa entera llena de pintadas, como las que salían en la película. Yo no paraba de cantar Mao, Mao y ella se reía porque decía que no había conocido jamás a nadie que cantara tanto.
Malditos burgueses maoístas.
Dos semanas después de hacer la primera pintada, hice otra, esta vez con una frase de Walter Marchetti, aquel músico que estudió en Darmstadt con John Cage y que, en julio de 1964, un mes después de nacer yo, creó junto a Juan Hidalgo el grupo ZAJ (del que me comprometo a hablarles si en alguna otra ocasión Sonia me deja que le escriba un texto y lo firme ella).
La frase de Marchetti decía: Piense en una obra, pero no la escriba ni la ejecute jamás y pertenece a un catálogo que comienza así: Toda frontera (también las del arte, y en este caso, las de la música) es simplemente una línea que nos separa del terror. Precisamente por eso, toda frontera debe ser atravesada. Una leyenda china nos puede ayudar a comprender este terror del mito fronterizo…
Yo ya había visto un par de veces la película roja, pero me hizo mucha ilusión verla con Sonia, ya que nadie hasta el momento me había dejado pintar en su casa, al menos no de una manera tan cercana a la praxis marxista-rojo pasional.
La palabra burgués es anticuada, quizá por eso me guste. Las películas políticas, de las que me tragué algunos tostones en los últimos 70’, me parecen fascinantes, tan antiguas como la palabra burgués, tan retorcidas en su estética de partido comunista francés o griego o polaco, en salas de arte y ensayo o cine-clubs, hoy ya, deliciosamente demodés.
Películas chinas vi pocas, afortunadamente.
Un cuento chino.
Me gustan las cosas que hablan de otras cosas que están muy lejos y de las que se tiene sólo una leve imagen: no me gusta que los chinos me hablen de China, pero me encanta que un francés, que no es francés sino suizo, titule una película La china refiriéndose a alguien que ni es chino, ni vive en China, ni seguramente haya ido jamás allí.
Hace unos años, preparando un proyecto de cine con un amigo artista, le dije que se iba a titular: El final de un cuento chino. Como mi amigo me conoce tuvo la delicadeza y la no grosería de preguntarme el porqué de ese título.
Cuando era pequeño leí un poema de Rubén Darío, al que tenía en mucha estima sólo porque se llamaba igual que yo, que se titulaba Chinerías y Japoneserías. Delicioso, viniendo de alguien que no conocía Oriente. Las cosas son mejor así, yo, por ejemplo, jamás pienso ir a China.
La última frase que he escrito en la pared azul, hace un par de días, dice: Una mujer a la que siempre la sigue una orquesta, no debe temer por su banda sonora. La frase no es ni de Godard, como la primera, ni de Marchetti, como la segunda. Es mía, y tiene mucho que ver con este texto que tan gentilmente me está dejando Sonia escribir.
En 1967 yo tenía tres años y mi padre me contó que, una vez, había visto a un chino por la calle. Por supuesto, el chino tenía coletas, un sombrero triangular y unos dientes muy grandes, hacía reverencias y sonreía todo el tiempo, con las manos metidas en su chaqueta, de rojo intenso con ribetes dorados.
Ahora estoy mirando la pared, también azul añil -nos sobró pintura- con la que está pintada mi habitación y estoy pensando en coger la tiza y escribir parte de este texto (o el texto entero, o lo primero que se me ocurra) y llenarla, así que voy a ir terminando.
Cuando termine de lo que sea, si Sonia me deja, les mandaré unas fotos. También les podemos invitar a ver la película en casa, esta u otra que les guste, tenemos un montón.
Ah, sí, se me olvidaba.
El 4 de marzo de este año, alrededor de las 14,30 horas, un amigo al que invitaron a ir a Pekín a hacer una performance, pero que finalmente no fue porque no pagaban nada y tenía que buscarse hasta los billetes, nos hizo a Sonia y a mí una foto muy chula delante de la Abacería de San Lorenzo.
Cuando nos la enseñó nos acordamos inmediatamente de aquella tarde en que vimos la película roja y nos bebimos el vino rojo.
Me voy a un chino a comprar más tizas.
Une minorité a la ligne revolutionaire correcte, c’est plus une minorité.
(La Chinoise, Jean Luc Godard, 1967).
Texto cortesía de Rubén Barroso.


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