jun 14 2013

Trance: Un follón muy bonito

Desde que un señor llamado Homero contó La Iliada y La Odisea, todos los autores han tenido problemas para ser originales. Porque ya estaba todo contado. Desde Homero, el reto es encontrar un punto de vista original que, contando lo mismo, muestre el mundo de forma distinta y enriquecedora. James Joyce terminó de rematar la faena narrando desde la propia consciencia del personaje. Con él se cerraba el círculo. Y en cine el problema es similar. Al fin y a la postre, es una forma de narrar como puede ser la novela o un relato breve.
Pero ser original se ha ido convirtiendo en algo así como ponerse exquisito -una veces- o ponerse raro -muchas veces. La transgresión confundida con hacer que el personaje diga tacos o hable con la boca llena es una herramienta muy utilizada para parecer extravagantemente original. Las rupturas espacio-temporales otra. En fin hay varias opciones. Y no son malas en sí. Lo malo aparece cuando la falta de talento se intenta maquillar con estas cosas. La falta de talento o el intento de salir de un laberinto imposible creado por el propio autor o realizador.
A priori, Trance tiene todo lo necesario para ser un película atractiva. Danny Boyle como director. Los guionistas Joe Ahearne y John Hodge. La banda sonora en manos de Rick Smith. Y la fotografía en las de Anthony Dod Mantle. Se suma un reparto encabezado por James McAvoy, Vincent Cassel y la imponente Rosario Dawson. Todo parece que debe ir bien. Y, efectivamente, la fotografía es excelente, la banda sonora cumple con su labor matizando la imagen de forma notable y los actores no están nada mal. Pero, como todo el mundo sabe, si falla el guión, si el libreto trata de ser original a base de proponer alternativas narrativas que terminan aburriendo, que terminan por dejar huecos para explicar lo que ya se ha contado porque aquello está lleno de cruces, vueltas de 180º, túneles sin salida y todo tipo de obstáculos; si el libreto, decía, se pone imposible, todo se enreda sin remedio. Boyle se intenta inventar el crimen desde la deconstrucción hipnótica y su película comienza a vaciarse por los cuatro costados.
Está muy bien hacer pensar al espectador y ofrecer un juego inteligente en el que tenga que implicarse. Pero pedir un curso intensivo sin posibilidad de preparar un examen ya es otra cosa. El gran y único logro de Trance es que muchos estén deseando saber cómo termina aquello. El desastre es que lo desean para salir de la sala de proyección corriendo. Si un gran logro es querer ver por segunda vez la película, un desastre absoluto es querer hacerlo para intentar sacar alguna conclusión de importancia.
La dirección actoral es buena. Eso es cierto. Y el trío protagonista pone ganas y consigue un buen trabajo. Y la película tiene un arranque vigoroso y excitante. Pero dura poco. Tras veinte minutos, todo se convierte en una propuesta fatigosa. Ya no por ser algo enrevesado el guión. Eso es lo de menos porque prestando un poco de atención se descubre que es mucho más sencillo de lo aparentado. El problema es que ni se profundiza en la psicología de los personajes, ni evolucionan lo más mínimo, ni la trama tiene un sentido que nos haga reflexionar sobre un tema u otro. Boyle quiere que montemos un rompecabezas. Ni más ni menos; eso es todo. Si el espectador dedica cinco minutos a pensar sobre Trance descubre que el esfuerzo que le han pedido no ha servido para casi nada.
Esta vez lo original es exquisitez fotográfica acompañada de buena música. Poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 11 2012

El precio de la verdad: Nada importante

Esta película no tiene, ni tendrá nunca, la menor importancia en la historia del cine. El director y guionista, Billy Ray, solventa la papeleta con cuatro cositas, sin hacer el mínimo intento para adentrarse en las consciencias de los personajes, en cómo su estado de ánimo se modifica, frente a un problema u otro, sin buscar otro objetivo que no sea contar una historia ya sabida sin aportar nada de nada. Todo queda en que si está triste fulano se pone a llorar, si está contento gasta bromas. Simple y prescindible.
El precio de la verdad cuenta la historia de Stephen Glass, un periodista que trabaja en la prestigiosa revista The New Republic, y que inventa material para escribir una serie de artículos que le hacen popular entre el público y entre sus compañeros de redacción. Todo se descubre y todo evoluciona hacia el desastre personal del periodista. Supongo que el asunto que Billy Ray quería abordar tiene que ver con la ética en el periodismo. Sin embargo, lo que logra es una historia sobre un tipo mentiroso y lo práctico que resulta. Bien podría haber elegido cualquier otra cosa que contar puesto que el resultado de algo tan superficial se logra facilmente. Eso, claro, no puede ser.
El guión podría dar juego con una dirección más animosa. Que sea todo previsible no es el gran problema aunque sí lo es que la tensión narrativa no aparezca por ningún lado. El metraje es excesivo y puede sobrar (porque todo está dicho) del minuto treinta en adelante.
Hayden Christensen está horrible. Rosario Dawson y Steve Zahn pasan desapercibidos y Peter Sarsgaard (buen actor) aparece soso, como si estuviera deseando echarse a dormir entre toma y toma.
Tan sólo hay un detalle en el que se trabaja algo mejor; esto es, la manipulación del mentiroso, hasta dónde puede llegar alguien desesperado, el patetismo de la caída, el salvavidas que supone la ficción del que vive en ella constantemente.
Técnicamente, la película es simplona. No se puede destacar nada en absoluto.
Otra pérdida de tiempo, de dinero y de talento (si es que hay alguna de las tres cosas). Tal vez una tarde de domingo, cuando no hay nada que hacer, sea un buen momento para pasar el rato con esta obra. Pero sólo tal vez.
© Del Texto: Nirek Sabal


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