dic 17 2012

La semilla del diablo: El día que Cassavetes pareció un actor de verdad

La Semilla del Diablo es una maestra del cine de terror.
Ya está. Queda dicho.

Para que nadie me acuse de ser vago y excesivamente escueto voy a añadir unas cuantas cositas, pero si quieren se las ahorran. Porque
La Semilla del Diablo es una obra maestra del cine de terror y punto.

Roman Polanski, que es un genio en esto del cine, leyó la novela de Ira Levin y debió pensar “venga, voy a ver si logro rodar un puñado de secuencias de categoría, las montan como es debido y consigo una de las mejores películas de la historia”. Y lo hizo.

Mia Farrow: Espléndida.

Ruth Gordon: Excepcional.

John Cassavetes (uno de los peores actores de la historia): Perfecto.

Adaptación de la novela: Exquisita. (Es verdad que Polanski quiso ser fiel a la esencia del relato y alguna cosita le quedó excesivamente literaria. Pero apenas tiene importancia).

La primera vez que vi la película pasé miedo. La última vez que la he visto he vuelto a sentirlo. La primera vez que vi la película me pareció algo previsible y eso me gustó poco. Ahora la veo y comprendo que arrastra un problema propio del género y casi imposible de evitar. Cuando no lo son (previsibles en cierta medida) es que son tramposas, es que han escatimado información e, incluso, mentido para preparar un final de fuegos artificiales y esas cosas. Patrañas comerciales que suelen colar poco.

Los personajes son maravillosos. Y uno de ellos (el que no aparece, el verdadero protagonista) anda suelto en cada secuencia aterrando al más pintado. Cuando uno trabaja con el diablo tiene dos opciones. Disfrazar a un actor de segunda para que haga movimientos ridículos o dejar que sea el espectador el que lo dibuje en su cabecita. Eso siempre es mucho más efectivo, mucho más horrible. Polanski, que es el amo de esto, prefiere que trabajen los que miran. Así no se equivoca.

La trama es interesante, inquietante, honesta y está muy bien resuelta. Pasa lo que tiene que pasar. Nada de almíbar, ni de esperanzas rodeadas de bondad. Mueren los que tienen que morir y sobreviven los malos porque para eso llevan años currando a base de bien en nombre de satán.

La película no ha envejecido mal. Al contrario. Es lo que tienen las obras de arte. Lo de cumplir años y arrugarse queda para otro tipo de cine.

Un apunte más antes de terminar. Un director capaz de hacer de Mia Farrow una risión de mujer y de una risión de actor (como lo es Cassavetes) algo parecido a uno de verdad, no puede ser otra cosa que un genio.

Voy a verla otra vez. En serio.

© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 20 2011

Un dios salvaje: Las apariencias en juego

Un nuevo trabajo de Roman Polanski -para el aficionado al cine- es como un regalo de cumpleaños. Y ese momento en el que entras a la sala de proyección para recibirlo es mágico.
La sala llena. Una espera con el murmullo general de fondo que avisa. Algo grande va a pasar. Se apagan las luces. El silencio es inmediato. El cine apesta a cine. El mundo, más que otras veces, se reduce a una butaca, a ti mismo.
Desde la primera escena, la atención se agarra a la pantalla. Y, ya presa, se deja querer por lo que Polanski cuenta, por los personajes, por cada frase que disecciona una realidad cercana que no queremos ver. Cuando aparecen los créditos finales nadie se mueve en su asiento. Parece que el tiempo no haya pasado. Excelente película. Gran cine. Polanski sigue siendo ese regalo esperado cada cierto tiempo que, raramente, hay que devolver.
Un dios salvaje es la última película de Roman Polanski. Se trata de una adaptación de la obra de Yasmina Reza que tituló Le dieu du carnage. Una obra intocable, premiadísima. Polanski la lleva al cine de forma magistral. Respetando la esencia del original (es una película muy teatral, claro) aunque haciendo el cine que él sabe hacer, el cine en el que se mueve con soltura. Dos escenas en exteriores y el resto dentro de un apartamento. Lo más lejos que se desarrolla la trama es la entrada del ascensor. Más tarde descubrimos que eso es una fantasía, que, en realidad, lo importante está sucediendo lejos de allí. Y, desde esa trama oculta, llega el sentido de la película. Al menos, buena parte de él. Cuatro personajes. Dos parejas. Un conflicto que les hace estar en el mismo lugar. Personajes que explotan desde el principio llenando la pantalla. Entre otras cosas porque los que interpretan esos papeles son Jodie Foster, Kate Winslet, Christoph Waltz y John C. Reilly. Un reparto de lujo para personajes de lujo. Jodie Foster asume su trabajo por completo. Creíble, contenida a pesar de que su personaje es indómito, vocalizando cada palabra con una perfección casi ridícula para que el espectador sepa encajar el discurso sin problemas de una mujer que, desde el principio, anuncia fricción con otros. La señora Winslet, por la que el que escribe siente y confiesa una gran admiración, deja claro porqué se la considera una de las mejores actrices del mundo. Magnífica. Su personaje se deja ver poco a poco y ella va progresando a la par. El final de la película lo llena ella solita. Christoph Waltz es el que menos despunta aunque está muy, muy bien. Su personaje evoluciona mucho (el que más lo hace de todos y que el sostiene la propuesta en pie sin fisuras), pero no permite grandes alharacas. Y lo de John C. Reilly es cosa de marcianos o algo así. Impresionante en su papel.
La apariencia y su falsedad es lo que mueve la trama. Todo lo que vemos puede ser distinto a lo que es en realidad; cualquier ingrediente puede servir para que lo oculto aparezca de forma inesperada, o no, para cambiarlo todo. Hipocresía, las formas correctas, desatarse y dejarse llevar. ¿Cómo son las relaciones humanas? ¿Qué puede ser la causa para que todo se venga abajo?
La película es divertidísima, muy inteligente. El ritmo es el preciso. Todo se acompasa por un gesto, por un detalle. Polanski cuida al máximo los movimientos de una cámara que desaparece al instante para no hacer acto de presencia nunca más. El espectador deja de notar el cine para asumir lo que ve como parte de la realidad. Los diálogos son formidables. Creo que no hay frase que se pronuncie sin un sentido claro que explique y estructure el resto. La iluminación es perfecta. La peluquería diseña la personalidad de cada personaje y su evolución. Todo es cine del bueno.
Desde luego, si va usted a ir al cine, la propuesta de Polanski es una oportunidad para disfrutar. Los jóvenes pueden ir con tranquilidad porque se lo van a pasar en grande. Y si pueden ver la película en versión original, ni se lo piensen porque merece la pena.
Qué sensación tan extraordinaria y tan auténtica produce ver una obra de esta categoría.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 15 2011

La semilla del diablo: Las cloacas del alma

El edificio Dakota en Nueva York data de 1.880 y está situado al oeste del Central Park en el número 1 de la calle 72. Originalmente, tenía 65 apartamentos, de 4 a 20 habitaciones cada uno. En el edificio hay ascensores y escaleras para el servicio doméstico. Las habitaciones principales están conectadas unas con otras a la manera tradicional, pero también había un pasillo que permitía el paso desde una habitación a otra. El edificio tiene un gran comedor, algunos de 15 metros de largo con techos de 4 metros de altura. La comida podía ser enviada a los apartamentos por ascensores principales. La electricidad era generada por una pequeña estación eléctrica y en la buhardilla había una zona de juegos y un gimnasio. También había jardín, campo de croquet privado y una pista de tenis.
Allí residió Lauren Bacall, Leonard Bernstein, Judy Garland, Boris Karloff, John Lennon o Sharon Tate, asesinados ambos en el propio edificio.
A día de hoy, sus apartamentos están valorados en millones de dólares, pero su curiosa comunidad de vecinos no deja cerrar una venta sin el consentimiento de cada uno de ellos.
Este es el escenario maldito dónde Roman Polanski rodó La semilla del diablo, un paradigma modélico del cine de suspense y terror. Una película dónde, el terror no radica en escenas violentas ni efectos especiales, sino en una creación atmosférica perfecta de obsesión y paranoia dónde una angustiada Rosemary Woodhouse es víctima de una conspiración satánica por sus vecinos.
Me llaman la atención varios detalles al documentarme sobre la película: que el demonio fue interpretado por Anton La Vey, el fundador de la iglesia de Satán; que el apartamento dónde fue rodada la cinta era el domicilio de John Lennon; que Charles Manson odió tanto la película por divulgar el mensaje demoníaco, que intentó asesinar a Polanski, y al encontrarse éste de viaje, terminó asesinando a su mujer, Sharon Tate y que, parece ser, que Polanski afirmó que no creía en dios ni en el diablo.
Muchos detalles de la película dan a entender la muerte de dios quedando el mundo dominado por los instintos perversos del hombre. La venta de almas al diablo está a la orden del día, la inmoralidad y la chapucería prevalecen sobre todos los principios y fundamentos, y eso, y no los lunáticos armados de hachas, es lo que nos da miedo. El mundo desconocido y secreto del alma humana.
Yo no sé ustedes, pero yo no dejaré de pasarme por el número 1 de la calle 72 cuando me acerque por Nueva York. Ya les cuento.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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dic 6 2010

Ciudad de Vida y Muerte: La lacra de lo que ya está contado

Cuando alguien se nos acerca y dice que tiene historias como para llenar una novela o hacer una película, se equivoca. El cine o la literatura son cosas muy separadas de la realidad. Los documentales o los diarios son las únicas formas de contar esas historias que tantas páginas llenarían. Empeñarse en agarrar algo de la realidad para contarlo tal y como es, no deja de ser un error disparatado si es que lo que se quiere es hacer literatura o cine. Otra cosa bien distinta es arrastrar una experiencia que hizo, en su momento, que la mirada del autor se modificara y la maneje para contar algo que le interesa. Me explico. Mi padre murió en la cama de un hospital. El padre de uno de mis personajes muere en el salón de casa. Yo no estaba presente en el momento de morir mi padre, pero mi personaje siente lo mismo que yo. Algo así.
El director chino Lu Chuan agarra un hecho histórico para contarlo. La invasión de la que fue capital provisional de China, Nanking. Allí se produjeron barbaridades de una categoría difícil de colocar en una escala. Pensar en ello pone los pelos de punta. Sin embargo, ver la película no pone los pelos, ni de punta, de al revés. Rodada en un blanco y negro que tiene que ver poco con lo artístico, el director revive unos hechos atroces sin saber qué es lo que quiere contar. Se queda a medio camino entre esa faceta histórica de la narración y la creación de unos personajes que deberían haber explicado esto desde un punto de vista mucho más atractivo que el que nos presentan. Suele pasar que un personaje colocado en una situación extrema se convierte en un muñeco vacío que se mueve impulsado por cualquier cosa excepto por sí mismo. Por tanto, poco pueden aportar en esas condiciones.
Me ha recordado excesivamente el cine de este hombre al de otros directores. Steven Spielberg está por ahí. Lo está Roman Polanski. Incluso se puede encontrar a Terrence Malick. Y está menos de lo que se podía esperar el propio Chuan. En el caso del primero, Chuan arrastra lo peor de un Spielberg que abusa de lo explícito justificándolo con una grandiosa puesta en escena, la presencia de una violencia que termina por sobrar. De Polanski un encuadre que intenta recrear en el arte algo horrible. Y de Malick esa llamada a la lírica mientras las balas silban o las mujeres son violadas de forma atroz.
Es verdad que Chuan intenta huir de algo muy facilón y que no es otra cosa que el mostrar a los japoneses como auténticos monstruos. A veces se le va la mano aunque se contiene bastante durante toda la película. La acción es tan estremecedora que el espectador no necesita mucho para entender que el hombre es una fiera salvaje cuando está en plena batalla, que los vencedores son trituradoras de personas sin pizca de compasión.
En cualquier caso, la película se desliza más hacia el documento histórico aunque el esfuerzo del director es grande al cuidar la fotografía y un movimiento de cámara poco histérico.
La película de carácter coral es dominada desde el principio por un punto de vista que busca la mayor objetividad posible. Pero se alternan modificaciones en el narrador que nos llevan a ver el mundo desde un personaje concreto. Es en esas ocasiones es cuando la película eleva el nivel expresivo y la intensidad narrativa. Al desaparecer, la propuesta se vacía y el conjunto, por tanto, es algo dubitativo.
Se deja ver la película. Poco más. Es sorprendente la cantidad de ruido que hizo y los premios y buenas críticas que cosechó. No sorprende tanto lo pronto que dejó de escucharse ese ruido. Tal vez sea porque lo que ya está contado puede sorprender desde la estética o desde algún territorio poco explotado, pero nunca desde la esencia. Y eso, finalmente, es una lacra enorme.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 16 2010

El quimérico inquilino: un personaje y un decorado

Suele ocurrir en literatura que el lector, al tropezar con una descripción, arruga el gesto por desagradarle el esfuerzo de leer algo que (cree) carece de importancia. Prefiere el diálogo, por ejemplo. No por su importancia narrativa sino por lo fácil que resulta pasar por esa zona narrativa (error). Pero si esa descripción es buena y relevante estará dejando pasar la oportunidad de entender mejor al personaje. En cine se juega con la gran ventaja de que esas descripciones se ven. Arma de doble filo, puesto que un decorado inadecuado destroza una película de principio a fin. Dicho de otro modo, el escenario al narrar es fundamental aunque, en literatura, incomode al mal lector y en cine no se otorgue (muchas veces) la importancia que tiene.
Hablar de la película de Roman Polanski, El quimérico inquilino, es hablar, necesariamente, de su personaje principal (Trelkovsky) que interpreta el propio director. Pero, también, igual de necesario, es hablar del escenario (París) y los decorados construidos por Pierre Guffroy. No sería posible entender la evolución de ese hombrecillo triste e inseguro sin verle caminar por las calles de la enorme París (pisando excrementos de perro, dejando que un indigente le afane todos los billetes de la cartera cuando le pide limosna), sin verle dentro de un edificio opresivo, mugriento, decadente, destartalado. Guffroy consiguió un decorado del que emanaba una sensación de realidad rozando la perfección. El uso de los espejos y de tomas muy inteligentes hicieron que, además, pareciera mucho más grande de lo que realmente era. Sin este decorado la película hubiera sido una cosa bien distinta. Me temo que mucho menos importante. Tal vez parezca exagerado (aunque creo en ello a pies juntillas) si digo que el escenario es coprotagonista por méritos propios. No puedo decir lo mismo de la música (la partitura la firmó Philippe Sarde) puesto que resulta muy inferior al resto del trabajo. Algo perdida en un mundo que hubiera requerido mayor presencia de la banda sonora.
Es injusto no reconocer a Polanski su habilidad manejando el punto de vista. Esto es fundamental para narrar y no siempre es fácil saber cómo se modifica en una misma película. Durante buena parte del metraje, utiliza la alternancia de la voz narrativa. De personaje a personaje dependiendo de la necesidad. Cuando se centra en el principal (en ese momento es cuando el espectador ve las cosas a través de los ojos del protagonista) podemos pensar en una conspiración en lugar de la esquizofrenia. Llegado el final del relato centra ese punto de vista en Trekovsky (hasta el final) para que comprobemos, sin filtros, que la evolución del personaje se ha producido por completo. Ese cambio se produce cuando el hombre se ve a sí mismo en la ventana de enfrente.
La película (basada en una novela de Topor, creador del groupe Panique) cuenta la historia de un hombre que logra alquilar un apartamento. La anterior inquilina se ha lanzado por la ventana y está ingresada en el hospital. Termina muriendo. Trelkovski va desarrollando una esquizofrenia terrible y una transformación que le lleva a asumir la personalidad de la antigua inquilina. (El resto es mejor verlo y no desvelarlo aquí). El espectador se enfrenta a una trama circular como suele pasar cuando se ve el cine de Polanski. La diferencia con otras películas es que, en esta, la acción concluye con la repetición de lo ocurrido en lugar de regresar al punto de inicio. Del principio hasta la mitad (más o menos) todo se llena de un humor negro y ácido que puede resultar incómodo para algunos. Muy próximo a Kafka (el cine de Polanski tiene mucho de ese autor).
El director dijo que esta película tenía un problema narrativo, del que se hacía responsable, que aparecía cuando el punto irónico del relato se transformaba en una tragedia total. El cambio de ritmo descoloca un poco, eso es verdad, aunque creo que dijo esto un poco obligado por las malas críticas, el enfado de Topor y la fama de rígido ególatra que siempre le ha perseguido. Es cierto que algunas reacciones del personaje son bruscas e inesperadas, pero hay una justificación clara: no se puede contar todo lo que le pasa a un personaje, ni lo que ocurre cada instante en el entorno. Si eso fuera el cine, las películas serían eternas. Tempo, tiempo narrativo y la elipsis, como recurso, solventan el problema y, además, conceden al espectador cierto protagonismo en la trama.
Quizás es que soy fan de Polanski y le perdono más de la cuenta. Quizás lo que ocurre es que he perdonado ya tantas cosas a unos y a otros que con este tengo la manga más ancha (siendo los problemas perdonados más graves que el señalo y los directores peores que Polanski). Pero sólo quizás. A mí me parece, estoy convencido de ello, que El quimérico inquilino, es un peliculón.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ago 22 2010

Chinatown: Un refugio para siempre

Un villano, un detective; una mujer sensual, enamoradiza y, a la vez, seductora por la que el detective pierde los papeles; policías, gansters y algún asesinato que otro buscando riqueza fácil, dinero con el que comprar el futuro (eso dice uno de los personajes de Chinatown). Son los elementos que, de forma clásica, han manejado los escritores de novela negra. Cercanos siempre al costumbrismo y armando tramas llenas de misterio y acción. Se han logrado resultados desiguales durante muchos años aunque lo que ha salido bien han sido excepcionales. Buenas de verdad.
Roman Polanski que es un director de cine magnífico (con los actores hace un trabajo más que notable y con los textos también al intentar ceñirse al sentido de lo escrito) filmó a mediados de los años setenta una formidable película. Chinatown. Consiguió el Oscar al mejor guión original y estuvo nominada en otras diez categorías. No hubo suerte. Competir con la segunda parte de El padrino de Francis Ford Coppola o La noche americana de Truffaut es duro. Terremoto, El gran Gatsby o Asesinato en el Orient Express son algunos de los títulos que competían ese mismo año.

En cualquier caso, nominaciones aparte, la película de Polanski es completamente maravillosa. Creo yo que es una de esas películas que los directores que quieren triunfar siempre tienen en la cabeza, una de esas películas que todos quisieran rodar. Un reparto excelente haciendo su trabajo con solvencia, rozando la perfección; la música de Jerry Goldsmith tan efectiva como siempre (suenan algunas canciones además de la partitura original que rematan el trabajo de forma exquisita. Por ejemplo, I Can’t Get Started de Ira gershwin y Vermon Duke); un vestuario bien diseñado y muy cuidado; un guión a la altura de El Halcón Maltés que es como decir próximo a lo máximo que se puede conseguir; en fin, algo perfecto. O casi.

J. J. Gittes (Jack Nicholson) es un detective que trabaja tranquilamente en Los Ángeles. Su vida se complica cuando recibe el encargo de un trabajo que será mucho más complejo de lo que parece inicialmente. Un asunto de cuernos termina siendo un laberinto lleno de peligros, de políticos corruptos, de muerte. Cuando aparecen Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) y su padre Noah Cross (John Huston) todo se convierte en un infierno. La trama se desarrolla en un tiempo histórico muy breve y el ritmo es trepidante. Polanski (él mismo interpreta un pequeño papel como ganster) consigue manejar, además, un tempo narrativo que hace casar todo de manera exacta. Las interpretaciones de Nicholson y Dunaway son soberbias.
¿Por qué una película gusta tanto y otras tan poco? Creo yo que la respuesta es mucho más simple de lo que puede parecer. Las que gustan son las que cuentan un mundo que representa una realidad compartida por todos, reconocible, y hacerlo bien. Son las que muestran personajes con alma, que tienen motivaciones y una razón por la que existir, que sienten y hacen sentir cosas similares al espectador, que dicen cosas importantes y no idioteces por bonitas que sean. Resumiendo: las que emocionan. Sólo con la emoción en marcha se puede intervenir en una propuesta narrativa, en este caso, la que vemos en pantalla.
Chinatown es una de esas películas. Vuelvo a ella de vez en cuando, con tanta frecuencia como intento escapar de los cientos de títulos que procuran venderme a base de efectos especiales o rostros bellos.
Me gusta el cine de Polanski. Me gusta el cine negro. Me gusta todo lo que, realmente, es cine. Y me gusta saber que existe un lugar en el que puedo refugiarme cuando el mundo deja de gustarme. Chinatown.
© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 12 2010

El escritor: Cine y literatura. Mano a mano.

Dice el propio Roman Polanski que “la novela es el guión”. Quizá por eso el novelista Robert Harris no dudó en enviarle su libro El poder de la sombra (The Gosth), después de que fracasara el intento del director de llevar al cine otra de sus novelas. Pompeya.

En alguna otra entrada de este mismo blog se habla sobre la dificultad de trasladar a lo visual, a la pantalla, todo lo que es posible encontrar en un texto escrito. Pues bien, Roman Polanski no sólo lo consigue sino que, en ocasiones, es capaz de transmitir muchísimo más que lo que la novela o guión de origen pueden trasmitir al lector.

Contaba Harris en una entrevista, que trabajar con Polanski en la preparación del guión de cada una de las escenas fue como volver a escribir la novela, pues se detenían en cada una de ellas, las analizaban, las reescribían, las pulían, intentando no perder la propia estructura del libro y desechaban, mejoraban, cada una de ellas, trabajando conjuntamente. Dice Harris que este trabajo tan concienzudo consiguió que la película saliera mucho más reforzada que la propia novela.

Cuenta el novelista, con motivo de la elaboración del guión de esta película, que descubrió que él y Polanski compartían una misma manera de entender la narrativa (en su caso) y la construcción de escenas (en el caso del director),  pues ambos coincidían en entender que frente a la exhibición personal del autor/director  que puede caer en la tentación de crear artificios espectaculares, debe hacerse primar la historia, los personajes y la coherencia entre todo ello.

Me gusta esta manera de pensar, de crear, tanto sea para escribir como para dirigir una película de cine.

Con El escritor nos enfrentamos a una película de tintes propios del cine de Hitchcock. Un escritor (Ewan McGregor) recibe el encargo de terminar las memorias  del antiguo Primer Ministro británico Adam Lang (Pierce Brosnan). En un inicio no le seduce nada la idea, pero acabará aceptando el encargo. Su antecesor fue un colaborador del Primer Ministro que muere en un accidente mientras realiza el trabajo. Él debe trasladarse a la mansión en la que vive Lang junto a su esposa, Ruth (Olivia Williams) y su ayudante personal, Amelia Bly (Kim Cattrall); una isla en la costa este de Estados Unidos, en pleno invierno, con un tiempo absolutamente turbulento. Nada más instalarse en la isla,  un antiguo Ministro del gabinete de Lang le acusará de autorizar la captura ilegal de sospechosos de terrorismo y su posterior entrega a la CIA para que los torture. Estos hechos son crímenes de guerra. La polémica que se genera a partir de la noticia, atraerá a periodistas y manifestantes hasta la isla. El escritor, no se mantendrá ajeno a esta noticia ni a las consecuencias de la misma.

Un interesante thriller político que, algunos han querido ver como un paralelismo con el propio ex -Primer Ministro Tony Blair, pero que el propio escritor de la novela se ha encargado de desmentir, explicando que esa idea bullía en su cabeza desde hacía más de quince años.

Polanski consigue crear un escenario gris, lúgubre que acompaña como nada la sucia trama que nos cuenta. El mal es el centro de este film y el director consigue transmitírnoslo perfectamente. El escritor, ese que no tiene nombre, es un magnífico observador y esa caractarística llega perfectamente al espectador.

Una película técnicamente perfecta. Con un argumento político que, si bien inicialmente puede despistar, engancha desde un primer momento. Y, en el centro de todo, un montón de folios escritos, recogidos por un elástico que, sin quererlo, contiene la cara del mal.

Una buena película. No se les ocurra levantarse de la silla hasta llegar al final. Fíjense bien y ya me dirán quien gana ¿el bien o el mal?

©Del Texto: Anita Noire


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jun 8 2010

El pianista: Alerta, que es de Polanski

Me gusta el cine Roman Polanski porque su cine nunca deja indiferente. Me gusta el cine de Roman Polanski porque lo que ya han contado otros un millón de veces lo convierte en la gran novedad. Me gusta el cine de Roman Polanski porque en sus películas casi nunca ganan los buenos. Al contrario. Pierden y resulta que no son tan majetes como creíamos.
El Pianista (la que dirigió Polanski, claro) cuenta la historia del houcausto judío. Centra la acción en la Varsovia ocupada por el ejército alemán, en los judíos polacos. Pero cuenta el holocausto entero. En fin, nada nuevo y, de tan repetido, nada conmovedor. Pero, como siempre ocurre en cualquier manifestación artística que pretenda serlo, lo narra desde un punto de vista original que hace novedoso lo antiguo.
Estarán pensando en la música. Pues no. Eso no deja de ser un adorno con el que el personaje principal crece mucho desde el principio y que da sentido a parte de la acción. Quizás estén pensando en la crueldad del ejército alemán. Pues tampoco. Polanski, director astuto, logra un mayor impacto enla imagen, pero no más profundidad expresiva. Poca cosa y muy vista. ¿El sufrimiento del pueblo judío? Nada, nada. Que eso ya está más que sobado en cine y literatura.
Me gusta el cine de Roman Polanski porque hace cosas imperdonables y pasan desapercibidas. Me encanta cómo camufla lo prohibido. Porque El Pianista se cuenta desde la estupidez. Y no precisamente desde la alemana. Que va. Desde la judía. Un pueblo se deja masacrar, se deja todo lo que es entre sus miedos y miserias, entre sus negocios cuando está a punto de ser exterminado, entre sus miserias. Un pueblo, el judío, fue incapaz de reaccionar ante un final trágico, cruel, despiadado, horrible. Nadie supo o pudo hacer nada excepto negocios entre cadáveres y condenados a muerte. Es eso lo que hace extraña la película de Polanski, es eso lo que duele, lo que hace reflexionar. Pero Polanski lo suelta como si con él no fuera la cosa, como diciendo “les voy a contar una de alemanes malos y pobres judíos”.

Me gusta el cine de Roman Polanski porque siempre que veo alguna de sus películas sé que algo se puede quedar sin ver siendo importante. Hay que ver estando alerta. ¿Qué era esta vez? Más estupidez. La de la población civil, la que vivía en la Varsovia ocupada haciéndose la muerta con respecto a lo que ocurría detrás de un muro. Cómo intentó salir ganando cuando, en realidad, perdía su condición, su humanidad.
Adrien Brody está fantástico en su papel. El maquillaje y el vestuario más que bien. La trama es tremenda. Y es que Polanski nos tiene acostumbrados al buen cine. Y a metérnosla doblada en cuanto puede.
© Del Texto: Nirek Sabal

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