jun 15 2011

La Misión: Mucha cáscara para tan poco huevo

Es muy común (mucho más de lo que parece) que los profesionales del cine y la literatura cuenten poca cosa, pero que adornen el asunto de modo que el producto final quede más bonito que un San Luis. Es decir, un continente espléndido y un contenido cutre. En cualquier caso, el milagro se produce. Con una idea o dos como mucho se monta un espectáculo llamativo que logra premios y un gran éxito en la taquilla o en las librerías.
Es el caso de la sobrevalorada película de Roland Joffé, La Misión, que llena de diálogos pomposos, personajes desdibujados y propuestas que se quedan en la superficie termina dejándose ver gracias a la puesta en escena (eso no está nada mal), un vestuario muy cuidado, la fotografía de Chris Menges (excelente y apabullante) y la impresionante banda sonora de Ennio Morricone. La defensa que hacen de sus papeles Robert de Niro y Jeremy Irons es más que notable, pero aquí nos topamos con un problema grueso. Por más que ponen de su parte no logran sacar adelante a los personajes puesto que están más vacíos que otra cosa. Todo lo que hacen o lo que piensan (poco) se encuentra en esa frontera tan peligrosa que marca la falta de justificación y la imposibilidad de comprensión por parte de los espectadores que se ven obligados a imaginar lo que nadie dice ni sugiere. A esto hay que sumar un pequeño desastre narrativo que se encuentra desde las primeras escenas y se agrava a medida que avanza la acción. Joffé elige un punto de vista que no le sirve para narrar lo que quiere. El director, ni corto ni perezoso modifica esa voz narrativa cuando le parece y de una forma casi grosera. Es casi un insulto al espectador tratar de ocultar este tipo de cosas detrás de una fotografía espectacular o cualquier elemento técnico que puede ser fascinante y engañoso al mismo tiempo.
La propuesta de La Misión consiste en presentar al ser humano como destructor del medio ambiente, de culturas, de sí mismo, allá donde esté. Consiste en contrastar la fe y la espada, la bondad y la maldad que llegan de la misma mano disfrazada con hábitos o armaduras. Pero la propuesta se queda en eso, en lo que acabo de decir, sin profundizar lo más mínimo. Y, por supuesto, eso es una cosa enana y ligera. Ahora bien, la selva se ve en todo su esplendor. Ahora bien, mueren niños y mujeres para que la cosa se ponga tensa. Ahora bien, la película se deja ver aunque no pensar. No hay nada que pensar. El hombre es muy, pero que muy malo. Nada nuevo ni sorprendente. Ni siquiera aprovecha este director la oportunidad para profundizar un poco en lo que fueron esas culturas exterminadas.
Un jesuita bueno intenta salvar a los indígenas de la esclavitud. Un hombre malo que dedica todos sus esfuerzos a conseguir esclavos para los señores españoles y portugueses se convierte en jesuita y, por tanto, en un ser muy bueno. Cuando las misiones de estos frailes se ven amenazadas, el malo que ahora es bueno, agarra la espada y decide defender la obra como sea (es que mató a su hermano y es capaz de todo con ese expediente). El jesuita que siempre lo fue sigue a lo suyo. Bondad y eucaristía. Y, claro, cuando llegan los soldaditos, allí no queda ni el apuntador. Ya sé que este resumen podría haberlo hecho Holden Caulfield, con la misma mala leche. Pero no he podido evitarlo. Más que nada porque no hay más.
Es esta una película que, sin tanto alarde técnico y una interpretaciones sobresalientes, estaría condenada a no ser nada. Pero, sin embargo, nadie puede olvidar la música de Morricone, nadie puede olvidar esas escenas de una selva imponente, nadie puede olvidar a De Niro arrastrando su penitencia que terminará siendo la causa de su propia muerte.
Una enorme cáscara de huevo de avestruz. La clara y la yema de un pollo minúsculo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 15 2010

Los gritos del silencio

En la historia del cine existen cientos de películas que hablan sobre la guerra de Vietnam, circunscritas a aquel país. Curiosamente, existen infinitamente menos que traten la situación que se vivió en Camboya durante los años setenta. El conflicto en el sudeste asiático no sólo se centró en Vietnam sino que se extendió a todos los países que conformaron la antigua Indochina (Vietnam, Laos, Camboya). La guerra sobre Camboya fue especialmente cruel, la población civil sufrió enormemente con bombardeos continuos a los que les sometieron los vecinos vietnamitas del Sur junto con los estadounidenses. En Camboya, la práctica totalidad de la población vivía en el campo, en la jungla para ser más exactos. La poca operatividad del gobierno camboyano ante los furibundos ataques de los soldados de Vietnam del Sur y los EEUU, dio lugar a la aparición, de nuevo, de los Jemeres Rojos. Camboya se convirtió en un infierno. Aún hoy en día, si ustedes tiene la posibilidad de viajar a aquel país, se les avisará conveniente y repetidamente de la inconveniencia de salirse de las rutas marcadas, el suelo aún hoy, treinta años más tarde, se encuentra poblado de minas que, sistemáticamente, continúan mutilando a la población civil y podrán comprobar cómo la recuperación del país, aún hoy, no ha sido posible.
Una de las pocas películas que nos explican que se cocía en la  Camboya del conflicto bélico de los años 70, fue Los gritos del silencio de Roland Joffé. Esta película se basó en unos reportajes que años antes habían aparecido en el New York Times.
Syd Schanberg (Sam Waterson) es un periodista del New York Times destinado como corresponsal de guerra en Camboya. Desde su llegada trabajará mano a mano con Dith Pran (Haing S. Ngor) un joven camboyano que le hará las funciones de intérprete y de guía. Los contactos del segundo y el conocimiento de lo que se cuece en el país le proporcionan al periodista valiosas informaciones que le permiten enviar  una excelente cobertura del conflicto.  Uno de los hechos que cubren en exclusiva el bombardeo de un poblado por los norteamericanos, un ataque a un lugar equivocado. Los únicos periodistas que presencian la masacre son Syd y Dith Pran. Los ataques terroristas de los Jemeres Rojos empiezan a dominar el país. La relación entre el periodista y el intérprete se irá estrechando a medias que van sufriendo el avance de la guerra. La familia de Pran es evacuada pero él decide continuar junto al periodista para que éste pueda continuar cubriendo la guerra. El asedio de los terroristas convierte a la capital camboyana en un auténtico campo de refugiados para la población falta de toda información. Los periodistas intentan refugiarse en las embajadas. Syd y Dith Pran lo harán en la embajada inglesa donde coincidirán con el fotógrafo estadounidense Al Rockoff (John Malkovich). Una situación completamente desbordada en la que la población civil intenta encontrar refugio en las embajadas sembrará el caos en la ciudad de Phnom Phen. El desastre está servido y cuando empieza la evacuación de los periodistas, las autoridades de ejército revolucionario que controla el país, impedirán que Pran pueda abandonarlo. Las penalidades por las que pasarán uno y otro, terminará con un reencuentro entre los dos que, pese a lo sufrido se reconocerán como amigos.
Una película sobre unos hechos reales, donde lo visual y lo tramado a lo largo de una historia brutal, te mantiene pegado a la silla con la sensación de que el hombre es un animal salvaje que no ha aprendido nada en los miles de años de su existencia. Los actores están soberbios, sobre todo, (Haing S. Ngor), un actor amateur. Es, posiblemente, la mejor interpretación de todo el film, quizá porque el mismo vivió en primera persona los horrores de la guerra y el campo de refugiados. Existen momentos de gran intensidad dramática sin caer en lo folletinesco. Puede considerarse una película fundamental para acercarse, desde el punto de vista cinematográfico, a uno de los conflictos bélicos más sangrantes del siglo XX que se prolongó mediante el régimen del terror de Pol Pot.
La banda sonora compuesta por Mike Oldfield ha pasado a la historia aunque en su momento, por la mezcla entre la música típica camboyana, mezclada con elementos electrónicos, no terminó de gustar a todo el mundo. Al parecer tras esta incursión de Oldfield en el mundo del cine, con sus aportaciones musicales, no le quedaron demasiadas ganas de volver a intentarlo tras las nefastas críticas recibidas. Sin embargo, a mí me parece una banda sonora estupenda, fuera de lo corriente que no ha sido valorada como debía. Si algo debería eliminarse, en cuanto a música se refiere, es el tan manido Imagine de John Lennon; no le hace justicia a una película que huye de los tópicos y (que me perdonen sus fans) Lennon no deja de ser un tópico de aquellos años.
La fotografía es espectacular pero, eso, en Camboya, no es difícil. Las escenas más dramáticas o las que se centran en el conflicto son casi un documental  y, también en este caso, es realmente buena, muy potente
Si les gusta el cine sobre periodismos, conflictos bélicos, relaciones humanas, no dejen pasar esta película; es fundamental, que no les acobarde las más de dos horas de duración, les aseguro que bien vale la pena.
© Del Texto: Anita Noire


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