abr 12 2013

Octopussy: Bond con andador

Que Roger Moore ha sido el peor James Bond de todos es algo que pocos se atreverán a discutir. Y que las películas protagonizadas por él (las de la saga 007) son entre pésimas y lastimosas tampoco es algo que se aleje en exceso de la verdad. Coincide la llegada a la serie de Moore con un giro de producción y en los guiones que consistió en dar un aire más juvenil y otro aire más irónico. El resultado es una ventisca llena de mal cine, llena de estupideces que nada tienen de juvenil y llena de un humor casposo propio de cualquier personaje añejo y soso. En 1983, cuando se estrena Octopussy, el nivel se eleva hasta límites asombrosos. Un 007 al que le falta un andador, una idiotez en el guión fuera de lo normal y unos diálogos lamentables. Alguien dijo que la película es entretenida y se deja ver. Pues no. Es un tostón y no hay quien, siendo seguidor de Bond y amante del cine, pueda mirar la pantalla sin ruborizarse.
Octopussy nace de la lectura de dos relatos breves firmados por Ian Fleming. Octopussy y Prperty of a lady. De ahí sale la primera idea que se mezcla con un guión que nada tiene que ver. Un refrito espantoso. Esta es la 13ª entrega de la serie y la sexta en la que aparece, por desgracia, Roger Moore. En ese momento, 1983, Indiana Jones se mueve con fuerza por las pantallas y se trata, con esta película, de emular las aventuras del héroe. Lógicamente, sin resultado alguno. Para que ustedes se hagan una idea, James Bond aparece gritando como Tarzán y se lanza de liana en liana. Pero, además, va de un lado a otro a caballo (¿recuerdan a Indiana?) tratando de parodiar las persecuciones propias de los westerms; y, si se trata de agua, se traslada dentro de un cocodrilo mecánico. Como remate, Bond se disfraza de payaso en un auténtico climax de patetismo (una excelente metáfora de la época Moore).
Con estos mimbres, John Glen hace lo que puede. Sin resultado positivo, tampoco. Vemos una persecución en la jungla india que está mal rodada, mal montada y mal rematada. Una constante en la película. Y es que cuando no hay de donde sacar es mejor dejarlo estar. Por otra parte, la credibilidad narrativa es nula. El circo femenino de Octopussy es, no solamente poco creíble, es un desastre interpretativo.
Los villanos, Louis Jordan y Kabir Bedi, no son mas que secundarios planos que si los cambiasen por otros distintos, sería lo mismo. Y las chicas Bond, Maud Adams (la única que repitió durante la serie) y Kristina Wayborn, son como floreros en la trama. Por cierto, Bond vuelve a ser el de La espía que me amó, en cuanto a su relación con la protagonista que queda reducida a una especie de caniche desvalido y necesitado de un amo protector.
Se salva del desastre la escena inicial en la que Bond escapa a bordo de un avión muy curioso y no está mal la escena final que se desarrolla en otro avión más convencional (esta vez es una pelea en el exterior de la nave y en pleno vuelo).
John Barry repite con la partitura. No está mal.
Desmontar un personaje con el carisma de James Bond ya parece una herejía. Hacerlo para convertirlo en un fantoche debería ser un delito con posibilidad de grandes penas. Porque hacer una mala película de aventuras, no tener gracia o querer ganar dinero ofreciendo un pastiche, tiene cierta justificación y lo han hecho muchos y muchas veces; pero hacer esto con un personaje como el de Fleming no tiene perdón alguno.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 16 2013

Licencia para matar

Licencia para matar es la segunda película en la que aparece Timothy Dalton interpretando el papel de James Bond. Segunda y última. Parece ser que tenía firmada una tercera intervención, pero el actor renunció por motivos personales.
Con Dalton el personaje de Ian Fleming aparecía en plenitud y con Dalton se produjo un giro más que necesario en las películas de 007. El público no lo consideró así y el actor no tuvo gran reconocimiento. El Bond de Dalton no es tan machista como el de Sean Connery o Roger Moore. Es capaz de entender a una mujer y se para más ante una inteligencia que ante un pecho descomunal. El Bond de Dalton es un hombre serio, profesional, arisco, solitario. Y en Licencia para matar es un hombre cegado por la sed de venganza. No se mueve buscando el bien de su país, ni del mundo entero; lo hace buscando solucionar sus propios problemas. Este Bond sufre, se mancha los zapatos de polvo, recibe golpes como el que más, tiene los sentimientos que cualquier otro hombre podría sentir. Es el Bond de Ian Fleming.
Lo curioso es que el guión de la película no es adaptación de alguna de las novelas de Fleming. Ya estaban todas llevadas al cine (esta es la entrega decimosexta). Los guionistas, Michael G. Wilson y Robert Laudaum, inventaron la trama de principio a fin. Logran un guión sólido que mantiene la tensión y un ritmo estupendo. Abundan las muertes violentas, casi sádicas. Y se centran en una asunto que preocupaba especialmente a nivel mundial allá por finales de los años 80: la droga.
Las chica Bond, encarnada por Carey Lowell, además de ser una belleza, es atrevida, inteligente y cínica. Toma una importancia en el desarrollo de la trama muy importante. Talisa Soto (otra de las mujeres protagonistas) se queda más en el territorio de mujer florero.
El arranque de la película vuelve a ser espectacular aunque, esta vez, es el final el que se lleva la palma. Acción trepidante, vehículos incendiados, helicópteros, fuego, disparos. Todo rodado muy bien y montado mejor.
El villano es tremendo. Despiadado, astuto, calculador. El autor elegido fue Robert Davi. Y el personaje malísimo se llama Franz Sánchez. Le acompañan Anthony Zerbe (la muerte de su personaje es escalofriante) y un jovencísimo Benicio del Toro (la del suyo es peor todavía).
Los inventos preparados para 007 siguen siendo sorprendentes y divertidos. En esta película, los amantes de estos chismes disfrutan de lo lindo. Más que nada porque Q (que es el personaje que los idea) aprovecha sus vacaciones para ayudar a Bond.
La banda sonora es estupenda. Sobresale la canción Licence to kill a cargo de Gladys Knight.
Una estupenda película de acción, más cercana al realismo que otras de la serie Bond, bien contada y bien escrita. Una pena que fuera la última de Dalton.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 13 2013

La espía que me amó: 007 capturado por Moore

Roger Moore es el actor que menos ha hecho por el bien de James Bond. Ni fue un buen 007, ni se pareció nuca a él. Quizás, La espía que me amó sea, de las películas que protagonizó, la única en la que Bond-Moore no parece tonto de remate. Bond en manos de Moore siempre fue una parodia.
De todos modos y pase lo que pase, los amantes de James Bond lo son al precio que sea. De la excelencia de Sean Connery, de la inseguridad de George Lazbury, de la frivolidad estúpida de Moore, de la sobriedad de Timothy Dalton o de la profesionalidad de Brosnan o Craig, son capaces de sacar el máximo rendimiento. Lo digo porque soy uno de esos fans.
La espia que me amó fue dirigida por Lewis Gilbert en 1977. Con un presupuesto extraordinario, consiguió una película con grandes lagunas en todos los aspectos. Se trata de una película que, a diferencia de las de Connery, ha envejecido muy mal y vista hoy el sabor anejo no deja disfrutar de lo que se ve.
Lo mejor de la película es el trabajo de Derek Meddings. Sus maquetas y efectos especiales fueron asombrosos en su momento y todavía hoy gustan al verlos. También la música de Marvin Hamlisch (por debajo de las partituras de John Barry) está a buen nivel. El tema principal de la película es extraordinario. Lo interpreta Carly Simon. En el apartado de cosas buenas de verdad entra el diseño de producción de Ken Adam. Francamente, notable.
La espía que me amó es la décima entrega de la serie Bond. Y fue la tercera aparición de Moore como 007. Le acompaña una flojita Bárbara Bach. Guapa, pero sosa y forzada. Desde luego, no le ayuda un guión que presenta a su personaje (Mayor Anya Amosoja, alias xxx) como una mujer meticulosa, valiente, intuitiva y feroz, para dejar que se convierta en una chica Bond más según avanza la trama. Su faceta de profesional del espionaje desaparece en favor de 007. A veces, parece un perrito asustado que depende del agente inglés. Y, desde luego, la idea primitiva es otra.
Los villanos son Curd Jürgens (un loco que quiere provocar una guerra nuclear con el fin de que el ser humano comience una nueva vida en los fondos oceánicos) y Richard Kiel (un secuaz del loco Stromberg que tiene una dentadura metálica, la fuerza de un gorila y la inteligencia de un mosquito; se le conoce como Tiburón). Son villanos, pero menos. La eficacia de Stromberg eliminando enemigos es relativa y la ferocidad de Tiburón es casi cómica (el guionista le utiliza en las fases de autoparodia características de la serie Bond).
Y 007 en manos de Moore. Como en esta película se limita ese humor tan irritante de las anteriores entregas protagonizadas por este hombre, la cosa se hace más llevadera. Pero vaya, que una pelea de este Bond es de risa si la comparamos con alguna de Connery (¿Recuerdan el enfrentamiento de Bond con el villano viajando en el tren (Desde Rusia con amor)?), que una ironía en boca de este 007 apesta a chistecito barato y facilón, que el galán es como de goma-espuma.
Los amantes de los ingenios de la serie pueden disfrutar de varios aunque sobresale el lotus acuático. Está muy logrado y resulta hasta creíble.
La escena de inicio es espectacular a pesar de que el montaje deja mucho que desear. Es una persecución sobre la nieve en la que tan pronto los perseguidores están encima del perseguido o a dos kilómetros para dar algo de recorrido a la escena.
Una última cosa. Forma parte del equipo de los villanos una tal Naomi. Encarnada por Carolina Munro. Siempre pensé que hubiera sido una agente xxx mucho más apropiada.
La espía que me amó es una película entretenida con localizaciones espléndidas y es una excusa de primera para pasar una tarde cualquiera frente al televisor. Y es que es de James Bond. Y eso es muy, pero que muy importante.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 7 2013

007 Alta Tensión: El Bond de Fleming


Modificar un personaje no consiste en cambiar su peinado, su forma de vestir o en hacerle hablar con un acento puramente cañí. Para conseguir un cambio sustancial hay que variar la forma de enfrentar el mundo que tiene, la forma de mirar las cosas y la relación que termina teniendo con todas ellas. Y un cambio en el personaje debe estar justificado con solvencia. Somos lo que somos. Y a los personajes les suceda lo mismo. De buenas a primeras, un tipo no puede pensar de forma distinta. Tiene que ocurrir algo que lo justifique. Ese es uno de los problemas de la serie protagonizada por James Bond. Es tan larga, lleva tantos años alargándose, que cualquier cambio suele rechinar a los fans.
007 Alta Tensión es la decimoquinta entrega de la serie protagonizada por James Bond.
El actor que encarna, esta vez, al agente secreto del MI6 es Timothy Dalton. Es su primera aparición como Bond. La primera de dos. Y es una pena. Dalton rehusó por dos veces defender el papel en otras películas anteriores y cuando aceptó hacerlo en esta, a pesar de realizar un trabajo notable, no se le valoró tanto como hubiera sido justo. Es un excelente Bond. El problema es que el personaje se acerca mucho a lo que Ian Fleming retrató en sus novelas y se aleja del Bond de Connery o del que interpretaba con más guasa de lo normal Roger Moore. Esto hace que el agente secreto sea más un asalariado del crimen, alguien que no disfruta con su trabajo aunque lo realice con profesionalidad milimétrica; esto hace que los flirteos desaparezcan para que la relación con las mujeres sea más seria y profunda; esto hace que la ironía quede en segundo plano y todo sea más serio por grave. Algo desconcertante para el espectador. Es verdad que a Dalton se le ve algo rígido en su interpretación, no inseguro como estuvo George Lanzeby, pero desarrollando un registro algo frío.
El guión está bien armado y, aunque el final se precipita algo, se desarrolla con buen ritmo. No tiene la chispa que otras veces, pero tampoco vendría a cuento un mayor número de frases ingeniosas. La trama no dejaba sitio para más. El problema llega con el dibujo de los personajes secundarios. Ni los villanos son los mejores (Jeroen Krabbé y Joe Don Baker, defienden bien sus papeles como Gregori Koskov y como el traficante de armas Whitaker), ni la protagonista (Maryam d’Abo, sosita y muy forzada al interpretar) es la más apropiada. Los villanos quedan desdibujados apareciendo y desapareciendo en más de una ocasión y no se profundiza en absoluto con ellos. Todo resulta superficial. En el caso de ella, el intento de convertir a las mujeres de la serie en personas inteligentes y capaces de cualquier cosa (para huir del objeto sexual en el que se convirtieron desde el principio) es fallido. Ni la actriz ni la trama ayudan a que ocurra esto. Todo parece artificial y desprende un importante tufo a gomaespuma y petición de perdón al público femenino. A pesar de todo esto, la acción se desarrolla entre una justificación narrativa consistente.
La gran noticia es que Bond se dedica al amor y no a ligar con todo lo que lleve faldas. Eso que es cosa más del Bond de Fleming que del Bond del cine, queda algo extraño aunque es verosímil.
La película arranca con uno de las mejores escenas de inicio de la saga Bond. Se produce en Gibraltar. La acción es trepidante, está muy bien rodada (el director John Glen, aunque con algún altibajo, firma un buen trabajo) y termina con el agente secreto aterrizando en la cubierta de un barco. Magnífica escena en la que ya se perfila lo que será este nuevo James Bond. Otra escena destacable es la que protagonizan 007 y Necros (uno de los secuaces de los dos villanos) en un avión cargado de droga. Muy emocionante. La peor de las escenas es la que nos muestra a los protagonistas escapando del ejército enemigo sobre la funda de un chelo. Muy pueril. Algo así cabía en las películas de Moore, pero aquí sobra. Eliminar esta escena hubiera sido estupendo; así el metraje sería el justo (el producto final es excesivo). El resto de la acción se desarrolla en diferentes escenarios aunque el más llamativo es Afganistan. Es curioso ver cómo los afganos luchaban contra los rusos y eran los más mejores amigos de los americanos.
La banda sonora se compone de 19 cortes y tres canciones (A-aha, The Pretenders y The Prenders). Se alternan algunas piezas de música clásica. En conjunto es más que notable el trabajo de John Barry.
Otra película. Otro Bond. Otra oportunidad de disfrutar con el agente secreto más famoso de todos los tiempos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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