may 21 2013

Emergo: Una vulgaridad absoluta

Hay películas que, aun sabiendo cómo van a terminar, te tienen pegado a la butaca hasta el final. Esto no significa que sean buenos trabajos; al contrario, suelen ser un desastre. Pero, entonces, ¿por qué soportamos un buen rato frente a la pantalla? La razón suele encontrarse en un arranque vigoroso y esperanzador, un arranque que parece llevarnos hasta un lugar conocido por su estética, pero que está por descubrir. Y cuando la cosa comienza a empeorar, cuando todo se coloca en lugares comunes y sobados, allí seguimos por si es algo transitorio; con la esperanza de que el realizador escape hacia el lugar en el que empezó, que el guionista tenga fuerzas para renunciar al éxito más comercial o a un fracaso bien pagado. Pero nunca ocurre. Todos quieren (sobre todo los más nuevos) volver a tener una oportunidad. Un gran error por otra parte, puesto que el mercado está necesitando nuevas ideas, nuevos realizadores que aporten; y así, tal y cómo se dejan llevar por el imán del circuito comercial, es imposible.
Emergo es una de esas películas que arrancan inquietando, haciendo que el espectador abra los ojos. Cámara subjetiva, los elementos más habituales del género, una estética que ya es casi familiar y se desgasta con rapidez; pero un discurso muy técnico, muy explícito; que busca la justificación de la acción, una nueva alternativa. Desde lo ambiguo se va dibujando un conflicto, una trama con posibilidades. Pero a la media hora, todo se va hacia el lado de siempre, hacia el topicazo. Tanto es así que la escena final -si es que algo quedaba en pie- arrasa con todo el trabajo.
Este es el debut de Carles Torrens como realizador. Rodrigo Cortés es guionista, productor y editor de la película. Se deja notar su trabajo en la dosificación que hace de la acción, pero es, también, el gran culpable del desastre absoluto. Carles Torrens hace lo que puede utilizando diferentes ubicaciones de la cámara que nos deja planos larguísimos alternando con cierto caos en los momentos de mayor acción. Esta es la que suele definirse como película que va de más a menos aunque, para ser exacto,s esta va de más a nada.
Los intérpretes no destacan en absoluto. El único que tiene que aguantar el tipo frente a la cámara es Kai Lennox (un ratito pequeño).
La película termina siendo de una vulgaridad absoluta. Incluso el discurso más técnico (lo poco que sobrevive al desastre) se hace pesado e innecesario. Más que nada porque asistimos a lo que nos han presentado ciento noventa veces anteriormente. Si Cortés hubiera apostado en su guión por lo que vemos al principio otro gallo le hubiera cantado.
Prescindible por sabida, por desilusionar, por estar vacía en su núcleo. Un penoso desastre.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 9 2012

Luces rojas: La duda como artificio

Es imposible que algo te guste si no te interesa. Esto es algo evidente. Pero si, encima, has tenido que pagar por ver algo que no te interesa, el problema pasa del gusto o disgusto al enfado monumental. Nadie quiere pagar por aburrirse, por ver lo que ya conoce de sobra, por perder el tiempo sin razón alguna. Y es aquí donde, el espectador se sitúa ante unas preguntas muy concretas: ¿es él culpable por elegir mal lo que paga? ¿Debería estar prohibido contar lo mismo que otros? ¿No se puede evitar que un autor agarre la historia de otro con toda su cara, que la maquille para que parezca otra cosa y la coloque en el mercado como nueva? ¿Por qué no existe un control de calidad en la industria cinematográfica que evite los excesos? ¿Nadie se va a apuntar a eso de si no queda satisfecho le devolvemos su dinero?
Luces rojas es una mala película. Es verdad que su director, Rodrigo Cortés, intenta hacer cine, que mueve la cámara con gracia y consigue encuadres notables. Es verdad que la puesta en escena no está mal. Pero también es verdad que el guión es flojísimo, que el asunto que trata está tan manoseado que, si no se acompaña de algo original y suculento, se convierte en un tormento incluso para los más afines a este tipo de historias. Luces rojas no aporta nada, absolutamente nada. Además, el director (que de tonto no tiene un pelo) intenta remediar las carencias a base de exageraciones (por si cuela, supongo) con un uso de los efectos especiales y de la música algo vergonzoso. La partitura, por ejemplo, está descompensada del todo. Para entendernos: no pasa nada, ni va a pasar, pero la música se eleva como si anunciara el fin del mundo. Todo se desboca ante un climax que jamás llega. Por si era poco, la propuesta es dudar de todo aunque a la vez podamos creer en todo. El mundo es el conjunto de lo que puede tocarse y de lo que espiritual. Y si se cree en el mundo todo se cree al mismo tiempo. Pero con la duda en la mano para que la película parezca interesante cuando no lo es ni de lejos.
Las interpretaciones son muy, muy discretas. Robert de Niro, Sigourney Weaver y Cillian Murphy están muy discretos. Murphy parece que se puede dormir en cualquier momento, Weaver está porque no tiene más remedio y De Niro parece querer ganar un premio a la serie de interpretaciones más anodinas de la historia del cine. Si a esto (a la mediocridad interpretativa) le sumamos el desastre que supone un guión lleno de frases que no llevan a ningún sitio y bastante tramposo en su desarrollo, tenemos como resultado un producto que no interesa a casi nadie. Esta es una película muy discreta.
El cine comercial es lo que tiene. Puede entretener (no es el caso), puede servir para que las mentes se despejen (no es el caso) o para… ¿para qué?
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 9 2010

Buried (Enterrado) o cómo siempre la cagan los mismos

Rodrigo Cortés ya propuso en su primera película (Concursante) una trama en la que intentaba dejar claro que la gestión del mundo es un horror. Y que pagan el pato los individuos anónimos que andan por el planeta tierra tranquilamente aunque sin ninguna posibilidad cuando la cosa se pone fea. Si alguien espera ayuda del poder establecido, lo tiene crudo porque la cagada es segura. En esa ocasión, la cagó todo el mundo. Incluso él, puesto que la película hacía aguas por todos los lados. Sin embargo, con Buried la cosa se queda en desastre para su protagonista (Paul Conroy al que interpreta Ryan Reynolds) porque la película resulta ser un producto de gran calidad. Técnica e interpretativa. Y esto último (la calidad interpretativa) no deja de ser un milagro que se apunta Cortés en su curriculum, ya que Reynolds es un actor con unos registros muy, muy, limitados y es campeón del mundo en destrozar papeles. El director hace una dirección, con él, sobresaliente. Durante toda la película logra que se contenga, dotando de credibilidad lo que el personaje es.
Con una caja de madera, un tipo dentro (Paul es un contratista civil que trabaja en Irak para una multinacional), y algunos objetos que todos usamos en nuestro día a día, Cortés intenta demostrar que se puede hacer cine. Lo consigue sin despeinarse. El guión de Chris Sparling se va desarrollando entre zonas de intensidad narrativa muy bien resueltas por el actor y las secuencias que el director montó con gran habilidad; entre la introducción de elementos que impiden un bajón en la tensión y las elipsis que dibujan el drama del personaje. Demuestra que es posible hacer cine con poco tiempo y poco dinero, pero, sobre todo, intenta un dibujo trágico en el que la incomunicación humano en agobiante en situaciones límites. Es la misma forma de comunicarse a diario aunque hay momentos en que eso se convierte en un desastre. Una de las conversaciones que se escuchan dentro de esa caja es la que mantiene Paul con el jefe de personal de la empresa para la que trabaja. Aterradora. De verdad que es delirante. Y, encima, creíble.
Entré en el cine pensando que iba a ver una muy buena película o un auténtico tostón. No había puntos intermedios. Hubo suerte y me encontré con lo primero.
© Del Texto: Nirek Sabal

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