may 3 2012

Confessions: Desastre narrativo o más

El cine es un espectáculo con su propia coherencia interna; un arte que se sostiene sobre unas reglas que pueden modificarse con y en el tiempo, pero que existen y deben respetarse aunque sólo sea mínimamente. Una de esas reglas, común a cualquier manifestación artística, es que se debe representar una realidad compartida. Sin esto todo se convertiría en absurdo, imposible de entender y perdería valor alguno, estéril; y esto nos llevaría a plantear otros problemas que tienen que ver con la estética, con la mecánica narrativa o con el último fin del cine que no es otro que el comunicar. Lo que sea, pero comunicar al fin y al cabo. Buscando una respuesta del observador o sin buscarla, pero comunicar. En el caso del cine, si, por ejemplo, mostramos una serie de imágenes bellas o extrañas o repugnantes sin contar nada sino buscando alardes estéticos, quedando la propuesta en la forma sin llegar al fondo; no estaremos haciendo cine. Eso sería más una ciclogénesis explosiva de carácter onanista, pero cine lo que se dice cine, no. Porque, en cine, es el guión el que convierte ese producto en la representación de la realidad que buscamos.
Confessions es una película aplaudidísima en su momento por sectores determinados del gran público y por algunos jurados de premios importantes como, por ejemplo, el de la Academia de Cine de Japón. Desconozco si es que no tenían otra cosa que aplaudir y se lanzaron con locura a lo primero que vieron por allí. Tal vez estaban de coña. No lo sé. El caso es que Confessions es una película de cine (mala) que acumula, de principio a fin (apelotona) imágenes para algo que no alcanzo a entender. La firma Tetsuya Nakashima y es una adaptación de la novela de Kanae Minato. Ya les aviso que la novela es igual de mala. Extraordinariamente mala. Es verdad que esas imágenes son bellas (no todas, claro) y que el director intenta enfrentar tonos azulados y grises con los personajes aunque el problema es que no hay personajes. Son fantoches. Entonces, enfrenta colorines y fotos bonitas con nada. Además, el guión no se sostiene, se vacía a los cinco minutos de película definitivamente y sin solución alguna. La película se hace irrecuperable desde muy pronto.
Por un lado, la credibilidad es escasa o nula. Imaginen que una profesora entra en el aula de sus hijos (de los de usted) y les dice que la leche que han bebido estaba infectada con el virus del SIDA. Eso de infectar la leche con sangre ya huele a idiotez, pero es aún peor intentar colar que treinta chicos y chicas no dirán una palabra o que si lo hacen (es lo más probable) allí no pasa nada. Es sólo un ejemplo y no es el peor en esta película.
Además de ser inverosímil, deja a medias casi todo. Si ven esta cosa o si ya la han visto, piensen en el profesor con pinta de gilipollas y ridículo. Aparece, toma relevancia y desaparece sin dejar rastro. Hale, ya está. Debe ser que el director tenía alguna imagen preciosa más que sumar al resto. Eso o te dicen que una de las chicas que andan por la pantalla sin ton ni son se dedica a envenenar a las familias enteras. Sin explicación. Esta es asesina aunque no lo parezca. Y ya está. Es insultante.
No sigo porque me da pereza. De verdad. Creo estar haciendo un esfuerzo que esta película no se merece. Aunque no puedo dejar de señalar el gran desastre. Lo hago por ustedes para que no pasen por la experiencia que he pasado yo. Verán, la película se titula Confessions porque se supone que cada personaje irá añadiendo un punto de vista a la acción. Pues yo no había visto nunca jamás semejante chapuza. Lo que hace el guionista, en realidad, es llenar lagunas que dejaron los demás (intencionadas para escatimar información al espectador, claro) o hacen que avance la acción dando giros absurdos a la trama. El narrador es siempre el mismo. Se lo garantizo. Y el narrador es el punto de vista. Así que el resultado es patético. Desastre es poco.
El asunto que intenta ventilar el director es la venganza. Eso creo. Por supuesto, lo hace mal. Se queda en la superficie; es como si algo así no tuviera que ver con la persona sino con lo que hace él u otro. La conciencia del personaje, la consciencia del personaje, parecen no existir. Se plantea todo como acción-reacción. Ya está. Más desastre.
En fin, que Confessions es una castaña pilonga. Una especie de vídeoclip de estética manga que aburre a cualquiera. Por cierto, la dirección actoral es sorprendente. O convierte el trabajo del elenco en un espectáculo de histrionismo desbordado o hace que parezca un grupo de muertos vivientes, sosos como ellos solos.
Eso sí, si alguien quiere saber cómo no se hace cine, si alguien quiere comprobar cómo alguien es capaz de cometer todos los errores posibles en un solo trabajo, que no se la pierda.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 7 2011

Arma fatal: La mejor parodia de las pelis de acción

Nicholas Angel es el mejor y más eficaz policía de todo Londres, el problema surge cuando sus superiores lo quieren ascender a la categoría de sargento con un pero, y es que tendrá que abandonar la brigada en la que trabaja para irse a la apacible y aparentemente pacífica villa de Sandford, ya que su actividad en la gran urbe ha reducido de forma drástica el índice de delincuencia. Una vez llega a tan aburrido pueblo, sus valores morales chocarán con los habitantes del lugar, empezando por el cuerpo de policía del lugar. Un día, ocurre un asesinato, desencadenando una serie de sucesos que empezarán a obsesionar a Nicholas, y que, motivado por defender la ley, intentará llegar hasta el final de su pensamiento para detener los asesinatos en serie que se producen, descubriendo tras las cortinas, toda una conspiración.

El director Edward Wright, con su segunda película tras la carismática y original Zombie’s Party, vuelve con los mismos protagonistas para hablar y parodiar otro género tan extenso como es el cine policiaco y de acción. Y lo hace de manera brillante, con gags al más puro estilo humor inglés, con unos personajes completamente definidos ya sea por sus manías o incluso, sus acentos (obligado verla en v.o.s.), así como unas estimables actuaciones de Simon Pegg y Nick Frost como absolutos protagonistas. Es un film que nos relata lo complicado de encajar en un lugar nuevo, conocer a gente afín, y el proceso de adaptación a ello. De cuán difícil es entrar en un círculo a no ser que pienses igual que las otras personas, y si no piensas como esas personas, se volverán contra uno haciéndote la vida imposible hasta límites insospechados.

Y es que, en el cine tan particular y freak de este director, es inevitable ver una constante que se repite en todas sus películas, esto es, personaje de convicciones fuertes que no hace daño a nadie pero que, sin embargo, a su alrededor surge un grupo de bichos raros que quieren destruir los objetivos o la vida del protagonista del relato en cuestión, en Zombie’s party asistíamos a la búsqueda y protección incesante de la novia del protagonista mientras medio Londres se les echaba encima, y en su tercera película, que en este blog ya hemos comentado, Scott Pilgrim Vs. The World, el héroe tenía que hacer frente a una serie de ex novios por conseguir el amor de una mujer. Es por ello que siempre que veamos una cinta de Edward Wright, además de la superficie freak, siempre nos quedará ese fondo en el que la sociedad siempre tendrá algunas personas, un tanto frustradas o amargadas, que intentarán destruir la vida de los demás por no pensar de forma homogénea. A modo de, como ya he dicho, conspiración. Porque la maldad se hace física y real cuando nos rodeamos de otros, con el mismo pensamiento y los mismos intereses. No surge del individuo en sí, aisladamente.

Una cinta bastante humilde en cuanto a recursos técnicos, que tiene su mayor baza en la química entre los distintos y variopintos personajes, y que ante tanta seriedad y snobismo, es un soplo de aire fresco. Entretenida, sin discursos filosóficos, bastante humana y a la vez muy macarra. Con homenajes, a modo de sátira, de películas como Le llaman Bodhi y realizada con suficiente mimo, aunque flojeando en los momentos de acción ante tanto movimiento de cámara. Tenemos ante sí, un producto menor de este cineasta, pero que marca una pauta a seguir en su filmografía, y el cual se está haciendo un hueco en este mundillo con una forma un tanto particular y bastante personal de darle una vuelta de tuerca a los típicos clichés.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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may 10 2011

El experimento del Dr. Quatermass: La deliciosa inocencia

Hubo un tiempo en el que los cohetes espaciales (los que aparecían en las películas de cine o en los cómics) tenían la forma de un cohete. Ya saben, esos que terminaban en punta y se sostenían sobre tres enormes patas. Y hubo un tiempo en el que los seres monstruosos eran pura gelatina, tenían ojos de pulpo y se movían dejando un rastro de materia amorfa. Babas, diría yo.  Era cuando el terror a lo desconocido llegaba en forma de seres extraterrestres que podían acabar con la humanidad. El hombre aún no era consciente de ser ese monstruo con capacidad destructiva ilimitada.
El Experimento del Dr. Quatermass es una película deliciosamente inocente aunque terrorífica hasta límites insospechados. Dirigida en 1.955 por Val Guest, cuenta cómo un cohete, enviado a la órbita terrestre, regresa a la tierra. Dos de sus tripulantes han desaparecido. El tercero, el astronauta Víctor Carroon (Richard Wordsworth), llega en condiciones extrañas y sufre una mutación que le convierte en un ser agresivo y monstruoso. Serán policías británicos, científicos y el propio Dr. Quatermass (Brian Donlevy) los que inicien la captura de Carroon.
Es emotivo ver estas películas cargadas de inocencia. Al menos una inocencia superficial. Los malos son malos; los buenos muy buenos; y los tontos más tontos que pichote. Pero es tan emotivo como interesante echar un vistazo a lo que queda bajo la superficie. En concreto, en El experimento del Dr. Quatermass, los personajes van creciendo desde las contradicciones internas (es el caso de Víctor Carroon), desde las convicciones absolutas (lo representa el Dr. Quatermass) o desde la duda metódica o la improvisación más absoluta (pareja formada por el médico y el comisario de policía). De este modo, el guión del propio Val Guest y Richard Landau, nos da una visión poliédrica del comportamiento humano ante una situación desconocida y extrema. El terror aparece en esa zona en la que nada se ve con claridad porque faltan puntos de vista complementarios. Es el conjunto, la suma de todos ellos, lo que puede resolver el entuerto.
La película tiene un ritmo narrativo maravilloso, consistente y ágil. Los diálogos chisporrotean sin parar, cargados de ironía, contrapuestos a una situación terrorífica que quita el habla. El elenco defiende sus papeles a la antigua cuando se trataba de cine de género. Con soltura y sin grandes sorpresas. Interpretaciones algo planas, pero suficientes.
Es verdad que algunas cosas están poco o mal justificadas en la trama (la llegada de una sola esposa al lugar del accidente, curiosamente la del superviviente cuando nadie sabía si quedaba alguien vivo, por ejemplo). Pero hay que tener en cuenta las limitaciones presupuestarias, las del metraje estandar del momento y el tipo de cine que se quería conseguir.
La película carece de efectos especiales espectaculares. Y los pocos que se muestran son muy ridículos (hoy en día, claro). Pero el director consigue una película exquisita que pone los pelos de punta. Por cierto, no falta el niño que eleva la carga dramática de la narración, ni el tonto de capirote que merece rellenar el hueco de los fallecidos. Por listillo. Qué contradicción.
En familia se puede disfrutar sin problemas. Incluso los más pequeños (esos ya no se asustan con tan poca cosa). Palomitas, refrescos y hora y cuarto de buen cine. Corran, corran en busca de una copia.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 12 2011

Días de radio: El mundo del recuerdo

El mundo es una cosa grandiosa que se complica cada día más. El ser humano avanza y lo hace a base de complicarse la existencia. Para que ese progreso tome forma es necesario que las desigualdades sean desproporcionadas, que el individuo se sienta solo, que un paso adelante en la construcción del cosmos signifique otro atrás en el proyecto del hombre (la meta es llegar a ser tan persona como sea posible y parece que lo hacemos en dirección contraria). Quizás los tiempos pasados no fueron mejores, pero seguro que fueron más fáciles, más simpáticos y dejaban más espacio al ser humano).
Algo parecido a esto es lo que plantea Woody Allen en su película Días de Radio. No es la mejor de sus comedias. No lo es, ni mucho menos. Aunque es agradable, entrañable y divertida. Ni destacan las interpretaciones de ninguno de los actores o actrices (Woody Allen pone en movimiento a Diane Keaton, Mia Farrow, Julie Kavner y Danny Aiello entre otros (a sí mismo también) como pequeñas partículas que configuran un todo y los papeles no tienen la grandeza suficiente como para sobrevivir por sí solos), ni se trata de un guión especialmente brillante. Pero el conjunto se percibe como una obra deliciosa en la que se recrea un mundo dibujado como germen de lo que somos (los decorados y el vestuario son notables). El presente no deja de ser el producto del pasado.
La radio es el nexo entre las personas, es la excusa para seguir un camino o buscar una alternativa, es un sentimiento común que modela a los individuos por igual. El mundo se narra desde un micrófono a través de historias inconexas que suman para que el hombre pueda moverse. Porque desde la ficción todo se hace comprensible. Leyendas absurdas, ventrílocuos (¡¡en la radio!!), ataques interestelares, jóvenes enamorados; todo está en la radio de los años 40. Cada persona se integra, la integra en su existencia. Las melodías representan a alguien o a algo, trasladan de un lugar o a un tiempo distinto del vivido. Cada cual busca en la radio la carencias que soporta en su realidad.
Allen se plantea una pregunta: ¿Qué es la vida sino lo que queremos que suceda? La imaginación tiene un lugar privilegiado en cada uno de sus personajes y es por ello por lo que evolucionan. Esto nos lo muestra el director encadenando gags que, entre cómicos y entrañables, dibujan un universo sencillo que si no fuera por ciertas personas sería maravilloso.
Lo que sí destaca es la banda sonora de la película. La selección de partituras es magnífica (jazz y música de cabaret). La vida se escucha y se desarrolla al ritmo de esa música que va resonando en el interior del sujeto. Buena música. Buena de verdad.

Pero Allen, también, deja un mensaje terrible: Con el paso del tiempo todo se olvida. Da igual si algo fue fundamental. Termina siendo poco o nada. Aparece la idea, finalmente, envuelta con las obsesiones recurrentes de este director (la existencia de Dios, el sexo, la relación entre adultos, la destrucción de la pareja y esas cosas a las que Allen nos tiene acostumbrados).
Buena película que se ha valorado muy poco. Allen en estado puro. Ya saben que, alguna vez, recomiendo ver las películas de las que hablo con los más jovencitos de cada casa. Esta será mejor que la vean los adultos a solas. A pesar de su inocencia, plantea algo que no corresponde a un joven o a un niño pequeño. Ya tendrán tiempo los muchachos de mirar atrás. Ahora les toca mirar justo en dirección contraria. Y, además, creo que se aburrirían. No dejen de disfrutar los ochenta y cinco minutos de pasado. Del de cualquier adulto. Les encantará.
© Del Texto: Nirek Sabal

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jul 22 2010

Vidas Cruzadas: Altman, Carver y las alucinaciones perfectísimas

Bueno, verán, yo tengo muchas alucinaciones, como todos ustedes, claro. Más o menos raras, como las suyas.
Una de ellas, mi preferida, se me repite incesantemente, sin parar. Verán:

“Yo escribo una película perfecta. De guión perfecto, personajes perfectos y perfectamente narrada. Mi película se proyecta en un cine. Cualquier cine, da igual. Éste no tiene que ser necesariamente perfecto. Eso no tiene importancia en mi perfectísima alucinación.
Yo estoy sentada en la última fila de butacas, de forma totalmente anónima, de incógnita, como yo voy por todas las filas y todas las butacas.
Entonces, yo me dedico a fisgonear las secuelas que mi película perfecta produce en cada espectador. Todos ellos son muy distintos entre sí. Todos.
Observo con rencor a un tipo de barriga y calva considerable que se desternilla de risa con la secuencia en que un completo imbécil de sierra eléctrica y flequillo macarra le destroza el apartamento a su ex mujer, macarra también. Eso me contraria, no era mi intención. Oh, no, no.

Luego, un padre recién divorciado, supongo, y perfectamente afeitado, se retira al baño justo en la secuencia en que decido matar a un infeliz de parada cardiorrespiratoria en su noveno cumpleaños. Lástima.
Luego, se guarda un estruendoso silencio general, sobrecogedor, cuando mi pastelero-acosador se rinde y, suplicante, confiesa que había tirado ese pastel de cumpleaños. Ese era exactamente el silencio que deseaba.

Un tipo se toca a escondidas en primera fila a costa del cadáver de una chica aparecido en un río olvidado. Eso me inquieta.
Otra, descubre su lesbianismo desconocido con mi personaje preferido: una mujer que practica pornografía telefónica mientras le cambia los pañales a su bebé. Delicioso. Naturalmente delicioso.
Y, mientras todos los adúlteros, estafadores y ambiguos de la sala se recrean en mis secuencias retorcidas y cada vez más mórbidas, yo observo siempre a la única chica que aguanta hasta mis créditos finales. Mis alucinantes créditos finales…
La chica se levanta, confundida, de su butaca en primera fila y emite una sigilosa exhalación que mueve el aire de mi sala desolada, derrumba todas mis secuencias perfectas y me despierta siempre de esta alucinación mía tan alucinante, tan… tan… tan absurda y desafinada siempre”.

Y, es que, será verdad eso de que el mundo es cada día más pequeño porque el tiempo ha dejado de pasar con lentitud. Que el cosmos se hace más infinito que nunca mientras nosotros nos vamos volviendo cada vez más enanos. Que ansiamos salir como sea ahí afuera, pero no existe ningún “afuera”. No existe.
Felicidades, Robert Altman, por haberme afectado tanto. Mucho más que Raymond Carver, dónde va a parar…
Y disculpen ustedes mis subterfugios. Escribo sentimentalmente y sin freno.

© Del Texto: Sonia Hirsch


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