oct 13 2010

Cantando bajo la lluvia. Inolvidables (4)

Voy a iniciar este texto con un pequeño juego:
1.- Sitúense en los años 50
2.- Piensen en un musical
3.- Tarareen la música
Ahora yo les diré la película en la que estaban pensando: Cantando bajo la lluvia.
No era difícil de adivinar. Todo el mundo recuerda esta película por la famosa canción que Gene Kelly cantaba y bailaba paraguas en ristre hasta quedar totalmente empapado.
Voy a continuar con el juego:
1.- Piensen en una escena de esta misma película que no sea la de la famosa canción
2.- Pronuncien en voz alta el nombre de alguno de los personajes de la película
3.- Digan cual es el final del famoso film
Ahora yo repetiré las respuestas que la mayoría de ustedes han dado a estas preguntas: No saben/no contestan. Estas preguntas sí eran difíciles de contestar, al menos para la gran mayoría.
Dicen que Cantando bajo la lluvia es uno de los mejores musicales de todos los tiempos. Lo ignoro, no me gustan los musicales y por tanto son pocos los que tengo en mi haber en lo que a cine se refiere. Sin embargo, al igual que la gran mayoría de las personas que leen este blog, creo haber visto cientos de veces esta película. Lo que ignoro es cuál es el motivo por el que después de verla tantas veces, en distintos momentos de mi vida, soy incapaz de recordar absolutamente nada más que al bailarín-actor dando saltos y chapoteando por los charcos.
Recuerdo vagamente el argumento. Un actor de cine mudo Don Lockwood (Gene Kelly), feliz y contento pese a la llegada del cine sonoro que, si nada lo impide lo relegará al cementerio de las glorias cinematográficas, conoce a la actriz Kathy Selden (Debbie Reynolds), de la que se enamora profundamente y espera que sea su pareja en las próximas filmaciones de musicales que traerá el cine sonoro. Entre ellos, pues lo de siempre, una tercera (Jean Hagen), que se convertirá en el azote cinematográfico y amoroso de ambos personajes.
No recuerdo nada más. Podría hacer trampa y mirar cualquier buscador de Internet para venderles a ustedes la burra sobre lo mucho que recuerdo de la película (que es más bien poco). Sin embargo, debo reconocer que algo debe tener esta película cuando a pesar de ello yo retorno a esa ella sin que nadie me la recuerde y algo también tendrá cuando, pese del tiempo que ha transcurrido, la gente (cinéfilos o no), vuelven a ella cuando se piensa en un musical.
Leí en una ocasión que este musical lo compaginaba absolutamente todo: un guión excelente que teje la sátira, el buen humor y una crítica más que mordaz al mundo del cine de una manera magistral; unos actores magníficos; una dirección estupenda; unos números musicales grandiosos y la ventaja de no haber recibido cientos de miles de premios (exagerando un poco).
Si ustedes son de los crédulos, crean lo que les he escrito, no es lo que yo pienso pues, como les digo, apenas recuerdo nada de este film y sólo son las cuatro ideas que he ido almacenado en el disco duro durante toda la mañana mientras pensaba en el post que tenía que escribir. Sin embargo, algo tendrá esta película pues desde que me he puesto a pensar en ella tengo clavada en la cabeza el famoso Singin’ in the rain y la imagen de Genne Kelly subido a una farola.
© Del Texto: Anita Noire

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sep 22 2010

Podslon: La justificación de todo un festival

PODSLON – DRAGOMIR SHOLEV – BULGARIA – SECCIÓN ZABALTEGUI, NUEVOS DIRECTORES

Por fin veo en este Festival algo talentoso e inteligente, y como suele ocurrir llega del lugar más inesperado, de Bulgaria, y demuestra que cuando hay verdadero talento, como es el caso de Dragomir Sholev, se puede hacer algo bueno, interesante, que nos entretenga, nos divierta y nos haga pensar, y reflexionar sobre nosotros, nuestras sociedades y su futuro. Sobre la incomunicación entre los seres humanos y el diálogo social e intergeneracional.
Las distintas administraciones, que tanto dinero se gastan en gilipolleces culturales, deberían estar obligadas a poner a disposición de la Comunidad películas así. (En parte lo han hecho aquí, hay que reconocerlo, pero no basta)
El talento del director lo salpica todo: el guión, conjunto con Razvan Radulescu y Melissa de Raaf, es una obra maestra; la fotografía y la ambientación son descarnadas, realistas y feístas, como corresponde al tema, y las interpretaciones, impecables y honestas. Todas, adolescentes y adultos. Cvetan Daskalov, Yanina Kasheva, Kaloyan Siriiski, Irena Hristoskova y Silvia Gerina.
Además, después de revolvernos un montón de cosas dentro y de provocarnos la sonrisa, y aún la carcajada, con un humor negro y finísimo, termina con un mensaje positivo y esperanzador. Porque todos podemos escuchar a los demás y aprender para conseguir un futuro mejor, para nosotros y para nuestros hijos, si los tenemos, y si no, plantearnos si no será mejor prescindir de la generación, si antes no somos capaces de articular sociedades más abiertas y dialogantes.

El adolescente Radustín, de doce años, vuelve a casa después de dos días fuera -y de darles a sus padres, lógicamente el gran disgusto- y vuelve con un par de amigos con los que está dispuesto a irse de nuevo. Sus padres no lo entienden, posiblemente tampoco los amigos y menos que nadie el adolescente Radustín.
A estas alturas, el espectador ya lo entiende todo gracias a una explosión, perdonen que me repita, de talento, y estamos en situación de pasar ochenta y ocho minutos inolvidables.
Busquen la película, presionen para que se distribuya a sus centros culturales y sus mediatecas, y si no es posible, no sean cutres y no la pirateen, así no solucionarán nada, pídanla a la productora o al director, insistan. Esta película se ha traído a España y se ha subtitulado con recursos públicos, su dinero, de sus impuestos. Merece verdaderamente la pena y es obligada para padres de adolescentes.
Es una película pequeña y honesta. Filmada casi entera en un interior. Hecha con pocos medios por un equipo joven, se merece premios y promoción. Una sola película así justifica un festival entero.
Desafortunadamente el público que aplaudió con ganas en el Teatro Principal era escasísimo.
A mí me ha entusiasmado.
© Del Texto: Ivor Quelch