oct 30 2010

Philadelphia: Buenos y malos frente a frente

A finales de los años 80 principios de los años 90, se cernía sobre el mundo una nueva plaga, una epidemia descontrolada, así se calificaba en aquellos momentos. Se susurraba sobre el SIDA, sobre la mortalidad de una enfermedad que algunos consideraban poco menos que un castigo divino. En todo caso, una enfermedad que entonces estigmatizaba, marcaba y mataba. El síndrome de inmunodeficiencia adquirida se había llevado a uno de los galanes del cine pocos años antes, Rock HudsonBenetton la utilizó para lanzar al mundo una campaña publicitaria brutal mostrando a un enfermo terminal de SIDA; Magic Johnson (el jugador de baloncesto de la NBA) hacía pública su enfermedad. Recuerdo aquellos sucesos y otros bastante más próximos. Entre el miedo, el desconocimiento y el silencio, una película trató el tema del SIDA, su incidencia y la trascendencia entre aquellos la paderían y eran injusta y cruelmente tratados por la sociedad.
Philadelphia, dirigida en el año 1993 por Johnnatan Demme, fue protagonizada, entre otros, por Tom Hanks, Denzel Washington, Antonio Banderas y Joanne Woodwar. Y una banda sonora de la mano de The Boss, Bruce Springsteen, que se hizo archifamosísima.
Un elenco de actores nada despreciables. En el caso de Tom Hanks, a quien siempre he considerado un actor más bien normalucho, que acostumbramos a ver en comedias dulzonas y azucaradas, tuvo su papel dramático más importante hasta entonces y, contrariamente a lo que se podría pensar lo bordó. Vimos en todo momento a Andrew Beckett, personaje interpretado por Hanks, sin que, ni por un momento, se antepusiera la persona, el actor, al personaje. Dejamos de ver a Hanks por una vez. Y descubrimos que además de hacer el payaso, este actor sabe hacer otras cosas.
En síntesis, Philadelphia nos muestra en la pantalla las vicisitudes por las que pasa el joven y prometedor abogado Andrew Beckett cuando es despedido por el bufete para el que trabaja al conocerse que ha contraído el SIDA. Frente a ese despido improcedente, Beckett decide demandar al despacho para el que trabajaba y librar una feroz batalla contra aquellos para los que trabajó, contra la sociedad, contra los que le rodean y contra todos aquellos que con motivo de su condición de homosexual y de su enfermedad pretenden apartarle de la sociedad. Una batalla que no será sencilla pues, inicialmente, no encontrará abogado que quiera defenderle en el procedimiento hasta que encuentra a quien asume su defensa. Junto a esa guerra por el reconocimiento de la improcedencia de un despido como medio para devolverle la dignidad y el respeto que merece (como persona y como profesional) deberá combatir su propia enfermedad que, a medida que avanza el procedimiento, se va encarnizando con él. El final, los que la han visto ya lo conocen, los que no lo han hecho, para saberlo, deberán verla, contarlo aquí no procede.
Una película rodada sin morbo alguno. Que se limita a ponernos frente a una experiencia vital, la necesidad de recobrar aquello a lo que todos tenemos derecho; nuestra propia dignidad y reconocimiento. La película en cuestión tiene muchos momentos estelares, uno de ellos cuando Beckett explica la famosa aria La mamma morta, interpretada por María Callas, a su abogado (Denzel Washington) quien, a medida que va conociendo a su cliente, va evolucionando personalmente. Esa escena es tal vez una de las más intensas de toda la película. Los entresijos procesales son interesantes y nos muestran la cara amarga, incluso sucia de una profesión más que denostada, pero que, en el caso de esta película, no hace más que mostrarnos, a través de esos tiburones legales, la cara de la sociedad con la que, en realidad, se estaban enfrentando los enfermos de SIDA.
Algunos la tacharon de simplista, de crear dos bandos (los buenos (el enfermo y los que lo apoyan) y los malos (aquellos que creen que debe ser apartado de la sociedad). Yo no lo creo. No me pareció simplista en absoluto. Esta tarde volví a verla, sigue sin parecérmelo. Los bandos existen, en determinadas cosas no caben las medias tintas.
No se pierdan la escena del aria de María Callas, aunque no les guste la ópera e incluso no les guste la Callas.
© Del Texto: Anita Noire


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abr 3 2010

Gigante: En pijama y con manta


Bill Evans – I Loves You, Porgy

Gigante es una de esas pocas películas que de pequeña me dejaron ver en casa porque los besos eran castos, no había cadáveres, y aunque lo largo de tres horas de peli y de un montón de idas y venidas, los hijos de Jordan y Leslie Benedict sacaban los pies del plato con los típicos conflictos generacionales y cambios sociales de la época, lo cierto es que Jordan acababa aceptando que su primogénito no quisiera ser ranchero y se casara con una medio mulata, su segunda hija hiciera lo propio con el hijo de un vecino que tampoco apuntaba muy alto, y la pequeña que era la más díscola pasara de casarse y se fuera a no sé dónde a estudiar moda, una profesión para señoritas. Al final se trataba solo de una familia unida que permanecía unida. Los hijos se pasaban pero no mucho, la codicia acababa teniendo su precio, los buenos ganaban siempre y allí no había trampa ni cartón.
Mamá tenía predilección por esa peli. El día que ponían Gigante nos preparaba unos sandwiches vegetales de tres pisos de lechuga, tomate, huevo duro, espárragos y mayonesa y un batido de fresa de medio litro por cabeza que podíamos tomar en el salón en pijama y con manta. “Ya veréis qué bonita. Os va a encantar, y lo guapísimo que está Rock Hudson cuando va a comprar un caballo a casa de Elizabeth Taylor y acaba perdiendo el tren de vuelta porque se enamora de ella”. Mamá si ya lo sabemos, nos lo dices todas las veces. Pero ella nada, le daba igual. Igual que cuando ponían Testigo de cargo, nos reventaba siempre el final. “No lo ha matado, lo ha ejecutado” decía dos segundos antes que Charles Laughton para demostrarnos que se lo sabía de memoria.

En Gigante menos mal, no se sabía los diálogos pero nos contaba veinte veces lo de que James Dean era tan inadaptado como en la peli, y que por correr como un loco se había matado en un accidente de coche durante el rodaje y que tuvieron que sustituirle por un doble que hacía como que era James Dean pero no era, y ya en casi todas las escenas le sacaban de lejos y con gafas de sol, para disimular. Yo estaba enamorada de Rock Hudson desde los primeros cinco minutos, y mis hermanas mayores me decían que Rock Hudson era un tortolito y yo un pichón, y que el guapo de verdad era James Dean haciendo de Jett Rink. Mis hermanas eran idiotas. Rock Hudson era tan alto que daba los besos de arriba abajo, porque además lo que se estilaba era que las mujeres fueran pequeñitas, como menudas, para que se notara mucho la diferencia entre ambos y quedara claro quién era el hombre, como en “Lo que el viento se llevó”, que para la escena con Vivien Leigh cuando Clark Gable la conduce hasta el camino hacia Tara con el fondo del cielo rojo, tuvieron que abrir zanjas para que Escarlata caminara por ellas y hubiera más diferencia de altura entre los dos. Eso con Rock Hudson no hubo que hacerlo. Era alto como una torre y tenía una sonrisa con hoyito que me gustaba bastante más que la de el Capitán Butler, que se lo tenía creidísimo.
A papá también le gustaba Gigante porque le encantaban las películas de vaqueros y los ojos violetas de Elizabeth Taylor.
En Gigante aprendimos que en el Sur de Estados Unidos los blancos echaban a los negros de los bares a patadas, aunque papá nos dijo que cuando él había estado en San Antonio de Tejas había aterrizado una noche en un garito donde por poco sale trasquilado, así que la cosa parecía que funcionaba en las dos direcciones según el antro, pero la peor parte se la llevaban los negros, eso estaba claro.
Al final nos íbamos a la cama a las tantas, después de recoger los restos del naufragio y de preparar los uniformes con la sensación de que habíamos visto una peli de mayores.
Qué felices éramos.
© Del Texto: pyyk