feb 12 2012

Desmontando a Harry: La construcción de un escritor

El mejor cine de Woody Allen aglutina asuntos diversos. La relación entre hombre y mujer siendo pareja; el sexo, Dios y la religión; el psicoanálisis; la crítica mordaz a los intelectuales que hacen gala de serlo al usar frases redondas y el proceso creativo del narrador. Asuntos recurrentes, repetidos, vistos desde aquí o desde allí. Pueden llamarlo como quieran. Pero lo cierto es que el cine de Allen no sería lo mismo sin todo esto.
Desmontando a Harry es una comedia deliciosa y una de esas películas que gustan a cualquiera. Con Allen de protagonista, la trama se va llenando de personajes episódicos que representan la realidad en la obra de Harry (escritor que triunfa con un best seller y cuenta la historia íntima de todo su entorno). Y esa trama lleva a desmontar la estructura de la ficción para ordenar la de la propia realidad. Es decir, se desmonta una novela y aparece el autor; se desmonta lo ficticio y aparece lo real. Porque, al fin y al cabo, todo es la misma cosa. Eso es lo que trata de explicar Allen en su película.
El guión es extraordinario, está lleno de frases con chispa que indagan en territorios difíciles que se hacen más transitables desde la ironía y el sarcasmo. Buscando en él, desmenuzando con cuidado el conjunto, apenas hay nada que pueda modificarse sin que el sentido cambie. Y cuando algo no puede cambiarse, cuando algo no permite variaciones si no es a costa de convertirse en otra cosa, es que es bueno. Y para dar lustre al libreto, Allen elige lo mejor entre lo mejor. Por la pantalla circulan Billy Cristal, Mariel Hemingway, Robin Williams, Demi Moore, Richard Benjamin o Kirstie Alley (entre otros). Logra un reparto compensado y generoso en sus pequeñas participaciones. Todos saben que están allí para que otro personaje vaya apareciendo en plenitud, a la luz de todos.
La puesta en escena, aún sin ser lo mejor de la película, es notable. La música adecuada. El vestuario, la peluquería y el maquillaje más que correcto. Pero la dirección de actores magnífica, el montaje extraordinario y el guión (ya está dicho) excelente. Eso es lo que hace grande la película.
En Desmontando a Harry lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. Allen, con gran habilidad, va mostrando escenas que pertenecen a un libro mezcladas con lo que el personaje entiende que es la realidad. Pero, claro, el espectador sabe, al mismo tiempo, que esa realidad del personaje es nuestro mundo de ficción. Todo se mezcla para ser lo mismo. El escritor que interpreta Allen va asumiendo eso y termina yendo y viniendo de un lugar a otro de su universo con tranquilidad, sin grandes conmociones. El espectador, también. Y lo importante de esta película no es lo que se cuenta sino de lo que trata. Por ejemplo, la libertad del artista se analiza con cierta profundidad aunque sea desde la ironía o el chiste. Una libertad que de no existir impide la aparición de lo importante de la creación de cualquier artista: su forma de entender lo que le pasa, lo que sucede a su alrededor.
La película es muy divertida e invita a la reflexión. Por momentos es delirante. En ocasiones se vuelve tierna (entendemos a un personaje mezquino al principio que termina revelándose como lo que es, una persona normal y corriente que escribe). Y es una opción más que agradable para pasar la tarde de un frío domingo o una calurosa noche de verano. Porque el cine de Allen no falla casi nunca. Es lo que nos dan los grandes directores.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 10 2011

El club de los poetas muertos: autoridad y dimisiones

Desde el año 1.987 dedico buena parte de mi tiempo a la enseñanza. Eso es mucho tiempo. Y el paso del tiempo permite a las personas colocar cada cosa en el lugar que corresponde.
Recuerdo el día que fui a ver El club de los poetas muertos (Dead poets society) a una sala de proyección de la Gran Vía madrileña. Me animé después de escuchar muchas cosas sobre ella, sobre su director Peter Weir, sobre el fondo de lo que contaba. Cosas muy buenas y cosas muy malas. No negaré que acudí con la mosca detrás de la oreja, condicionado por algunos comentarios que me parecieron sospechosos. Cosas gastadas que funcionaban en una película, pero no por ello dejaban de estar usadas y vacías. Efectivamente, después de ver la película, mis sospechas se convirtieron en realidades. La película era tramposa y algo que podría parecer maravilloso era, en realidad, un desastre absoluto que convertía al personaje principal en lo opuesto a lo que intentaba el director de la película. Un desastre total y peligrosísimo para alguien que acude al cine a tragarse cualquier cosa y hacerla cierta. La ficción convertida en la verdad de las verdades es lo peor que puede suceder.
La propuesta de Weir es ventajista y facilona. Cosmética pura para una idea ramplona y más vista que el tebeo. Carpe Diem. Vivir el momento, disfrutarlo, romper con los moldes para conseguir ser uno mismo. De aquí parte esa propuesta.
John Keating (Robin Williams) es el nuevo profesor de un centro educativo carísimo de los Estados Unidos. Llega para romper moldes y salirse del guión establecido por viejos profesores que creen firmemente en la disciplina y el orden como bases de un sistema de enseñanza tradicional y seguro. Los alumnos de Keating acostumbrados a gestionar su vida más desde el deber que desde el deseo, convierten al profesor en referente de lo que hacer. Por supuesto, padres y profesores ven un peligro en lo que sucede y la cosa termina en tragedia.
El problema que se plantea es cómo se puede reafirmar un adolescente y con qué materiales puede construir su yo en un momento crítico de su vida. Es el arte, el lenguaje, el entender el mundo desde la propia consciencia, desde donde el profesor Keating parte. Pero olvida que el individuo está inmerso en un sistema que le condiciona. Olvida, esto es lo más importante, que el sujeto necesita alternativas, no puede manejarse con una sola forma de ver el mundo. Y, por supuesto, que la enseñanza se sustenta sobre el principio de autoridad (esta palabra procede del término augere que se refiere al crecimiento de las personas), autoridad que no aparece en el trabajo de Keating ya que limita de forma absoluta el desarrollo como personas de sus alumnos. El pensamiento libre encerrado en sí mismo no parece una buena opción por muy agradable que lo presenten en un cine.
Pero claro, la película funciona. Acude el director a terrenos muy sensibles del espectador. Libertad, el no condicionarse a lo establecido, la amistad, la figura del profesor que acompaña al alumno en los malos momentos, las posibilidades que ofrece la vida cuando nos empeñamos en conseguir lo que nos proponemos y asuntos parecidos. Oculta lo más importante, el gran fracaso que supone un planteamiento erróneo cuando se trata de la educación de las personas. Utiliza el terreno más dramático para redondear la trama haciendo patente la dimisión de los padres en la educación de sus hijos (así Keating sale ileso frente al espectador). Trampa tras trampa narrativa. Una ideología agarrada con alfileres, sin desarrollar mínimamente; un suicidio para tapar carencias; mucha amistad; mucho sueño por cumplir y poco más.
Las interpretaciones no destacan por nada especial. Son correctas y, muchas de ellas, limitadas por la edad de los muchachos. Tampoco destaca la fotografía, ni la banda sonora (la partitura que firma Maurice Jarre pasa desapercibida por completo), ni los diálogos (y estos deberían haber sido la clave del asunto), ni nada de nada como no podía ser de otra forma al tratarse de un trabajo lleno de clichés. En esta película nada es cosa de otro mundo. La emoción que puede causar la película se reduce a lo blandengue de la lágrima fácil tras una desgracia.
En fin, una película que aguanta una mirada superficial, pero que se desmorona en cuanto se rasca un poco con la uña en cualquiera de sus escenas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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