nov 25 2013

Malavita (The Family): Nada nuevo entre los mafiosos

Películas sobre mafiosos italo-americanos ya se han rodado unas cuantas. Algunas verdaderas obras maestras, otras pasables y muchas insoportables. Intentar algo novedoso en este territorio es difícil.
Luc Besson se animó y entrega un trabajo desigual que va de un arranque prometedor a la explosión ininterrumpida de artefactos, al millón de disparos y al disparate absurdo. Pero antes se pasea entre todos los tópicos conocidos, por los personajes más irrelevantes y por la reiteración de lo que ya nos han contado otras veces.
Malavita (The Family) cuenta el día a día de una familia protegida por el FBI. El padre (Robert De Niro) es un mafioso que ha delatado a la plana mayor de la organización; la madre (Michelle Pfeiffer) es una mujer deprimida por tanto traslado, por haber renunciado a su vida; y suele incendiar, de vez en cuando, alguna tienda local. Los niños (Dianna Agron y John D´Leo) son un par de psicópatas. Allá donde va esta familia deja marcado el territorio con algún muerto, alguna paliza o algún negocio en quiebra. Y a todos ellos les busca la mafia.
A ratos es divertida acumulando disparates y violencia que, acompañada por alguna frase ocurrente, resulta cómica. Pero no encontramos nada nuevo (por cierto, en El Padrino cualquier cosa se acompañaba de una frase inteligente que puede parecer lo mismo sin serlo, claro). Lo más sorprendente es la cantidad de arrugas de la señora Pfeiffer y de Tommy Lee Jones. Porque todo lo demás es de una normalidad excesiva. Nada destaca salvo lo previsible de la trama y el bajón en el pulso narrativo del minuto treinta en adelante.
Los personajes no son tan originales como el director quiere que aparenten. En la serie de televisión La familia Addams ya se dijo todo sobre esto de las familias formadas por seres raritos. No son tan originales y se podría prescindir de alguno de ellos. Del de la hija, por supuesto (no sé qué pinta en todo esto un personaje así). Por lo poco desarrollado, el del hijo, también.
Robert De Niro interpreta su papel sin despeinarse. Tal vez sea este sea un problema. Mucho actor para tan poco personaje, para tan poca exigencia. Y, por qué no decirlo, ya le tenemos muy visto como mafioso. La señora Pfeiffer cumple con el suyo que tampoco exige nada del otro mundo. Tommy Lee Jones se limita a poner cara de póker. Poco más. Los dos jovencitos parecen tener potencial aunque en este trabajo no despuntan.
El montaje deja espacios para algunos flashbacks que resultan interesantes puesto que intentan dibujar a los personajes. Pero no lo consiguen. Cualquier cosa que se quede en la superficie tiene el mismo problema.
El resto pasa desapercibido. Todo el ímpetu del director en el arranque se desvanece entre escenas violentas que procuran disimular las lagunas de un guión más flojo que otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 13 2013

New York, New York: Nosotros y lo diferente

Las personas evolucionamos constantemente. Nunca dejamos de hacerlo. Y con nosotros hacen el viaje nuestras cosas. Unas cambian y otras siguen inmutables a nuestro lado de principio a fin. Quizás con matices, pero esencialmente iguales. Cualquier otra cosa o cualquier persona que haga peligrar lo que sentimos ser quedará en la cuneta del camino que transitamos.
De eso trata el peliculón que Martin Scorsese filmó allá por los años setenta. Sí, sí. New York, New York. Peliculón que reunió un magnífico reparto (Liza Minnelli y Robert De Niro son los principales), una banda sonora completamente grandiosa (John Kander y Fred Ebb firmaron la partitura original), un guión muy bien trazado en el que los personajes ocupan el lugar exacto porque crecen desde la primera secuencia, un vestuario y un maquillaje ajustado con pulcritud a lo que era necesario y una dirección de fotografía muy cuidada. Con esto, Scorsese logró un producto emocionante, compacto y muy creíble. Un peliculón, se lo digo yo. Y no es necesario ser un fan del jazz para que guste. El guión es suficiente para que el calado de lo que nos cuentan sea universal.
Jimmy (Robert De Niro) y Francine (Liza Minnelli) se conocen y entablan una relación absolutamente tormentosa. Él es un saxofonista genial que se encuentra en plena evolución (como lo está el jazz en ese momento, que sigue anclado en las Big Bands respecto al gran público, pero que tiene una estructura distinta en los pequeños clubes. Está llegando el BiBop). Ella es una cantante pegada a lo clásico y que maneja registros muy amables con el público. Es lo que están deseando encontrar los empresarios para grabar discos). Pues bien, eso que les une (la música) será lo que les separe finalmente. Saben renunciar a unas cosas, pero a otras no. El éxito de uno no le sirve al otro. El mundo de uno es ajeno al otro. Todo esto, muy bien contando, envuelto en una música que será difícil que nadie pueda igualar (la banda sonora es sensacional), con una interpretación de Minnelli fantástica (sobre todo cuando se sube a los escenarios que trae el guión para que ella sea ella). De la de De Niro no puedo decir lo mismo. Es correcta. Mucho, pero no pasa de ahí.
El ambiente que se vivía alrededor de la música en la América de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, quedan perfectamente dibujados en la película. Un mundo que, al fin y al cabo, es el mundo de todos y que puede maquillarse con esto o aquello, pero no puede dejar de ser siempre el mismo.
Una escena que se desarrolla en un club, en el que Jimmy interpreta ese jazz que ya ha llegado con fuerza, es la que resume con exactitud toda la película. Él interpreta. Ella acaba de firmar el contrato de su vida. Intenta subir al pequeño escenario para acompañar cantando a su marido. Este modifica el registro y hace que ella tenga que olvidar la idea. Música distinta, personalidades distintas, mundos distintos. Eso que nos hace fracasar tan a menudo en nuestras relaciones interpersonales.
Por supuesto, Minnelli interpreta el tema New York, New York, como nadie lo podría hacer. Inmensa. Aunque el resto de la película fuera un tostón, merecería la pena verla sólo por ver a esa fiera del escenario.
Hay que ver esta película, dejarse llevar por la música (si no es el jazz su música preferida lo puede llegar a ser después de disfrutar de esta banda sonora, queda usted advertido), intentar comprender a los personajes sabiendo que aquí no hay ni mejores ni peores sino diferentes. Son dos horas inolvidables de buen cine. Se lo digo yo.
Una última cosa. Si echan un vistazo a la película podrán comprobar que Scorsese no tiene pereza buscando los primeros planos de sus actores. En concreto, con Minnelli, hace un alarde. Claro, esa mujer, en ese momento, era unos de los rostros más expresivos que se podían encontrar. Y da gusto acercarse a sus ojos, a sus labios. Parece que no es necesario nada más. ¿Han notado que ya no se hacen esas cosas con tanta frecuencia? Creo yo que tanta cirugía está dejando sin expresión los rostros y, por eso, se buscan alternativas al primer plano. Pero siempre nos quedará Minnelli en está película. A los espectadores, digo. Los directores de cine tendrán que inventar algo.
© Del Texto: Nirek Sabal.


nov 23 2012

Asesinos de élite: Clichés al ataque

Es casi imposible realizar una película tan estúpida como esta. Casi dos horas de metraje que rebosan violencia sin que esta sirva para nada que no sea dejar clavado al espectador intentando descubrir para qué demonios le cuentas algo así. No se profundiza en nada, los giros narrativos (pretenden ser inesperados y sorprendentes) se convierten en saltos mortales con tirabuzón faltos de interés. Si no fuera por la sensación de estafa sería cosa graciosa lo de sentarse a contemplar un espectáculo tan idiota.

El guión es penoso. La frase más inteligente que se escucha es dispara, dispara. La trama la podría entender cualquier ameba. Consiste en que unos son muy malos; otros lo son mucho más; y se matan entre ellos; eso sí, con cierta ética. Los personajes son, sin excepción, clichés. El mercenario al que le gustan las mujeres y la palma por esa causa, el que está loco como una cabra, el que se retira y regresa por una causa justa para repartir estopa con mucha moral en la recámara, la chica que no sabe bien lo que pasa y que cuando se entera de que su novio es lo peor sigue tan enamorada como el primer día. En fin, una castaña pilonga.
Lo de Robert De Niro es preocupante. Un actor enorme haciendo estas cosas resulta penoso y triste. Clive Owen defiende el papel que le dan sin pena ni gloria. Jason Statham tiene bastante con soltar el puño allí donde ve una cabeza o con conducir un vehículo a toda velocidad. Lógicamente, la dirección actoral es casi inexistente. ¿Para qué intentar algo con los actores cuando no hay personajes ni nada que contar? Técnicamente bastante limitada. Todo es espantoso. Francamente horroroso.

Ahora bien, si quiere perder el tiempo mientras mira una pantalla, esta es su película. Lo único que tiene usted que hacer es no pensar en lo que ve. Se lo traga y punto. Porque, de lo contrario, es posible que se líe a dar martillazos en la televisión. Y la cosa está muy mala como para romper cosas tan caras. Si se anima, no deje que los niños se acerquen. Es una película violenta, vacía, y no les aportará nada de nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 27 2012

El cazador: Promesas por cumplir

En 1.978, yo tenía catorce años. Parecía algo mayor y pude entrar en el cine con uno de mis hermanos. En aquella época pedían el carnet de identidad para comprobar si habías cumplido los dieciocho años, pero hubo suerte. El hombre de la entrada miró con la ceja levantada al cortar nuestras entradas. Sólo eso.

Ese día descubrí a Robert De Niro, a Christopher Walken, a una jovencísima y bella  Meryl Streep, a John Savage con el que repetiría en Hair poco después. Descubrí el cine de un tal Michael Cimino y la música de un tal Stanley Myers. Descubrí la guerra de Vietnam, lo que supone entrar en combate, las consecuencias de hacerlo, cómo el mundo cambia para todos (los que van al frente y los que no). Pero no terminé de entender bien la película. Aquellas situaciones tan extraordinarias me cegaron lo suficiente como para que no me enterara bien de lo que me contaban. Las escenas en la selva mientras los tres amigos están detenidos y obligados a jugar a la ruleta rusa son demoledoras, la caída desde el helicóptero de Michael y Steven (esas piernas destrozadas de Steven) es espeluznante, la última parte de la película en una ciudad destrozada de la que todo el mundo quiere huir y a la que llega Michael para rescatar a su amigo es angustiosa y una de las más emotivas y tristes de la historia del cine. El horror. El verdadero horror. Salí del cine pensando que había visto una película bélica con una introducción muy larga, que lo importante eran los helicópteros, los vietnamitas acribillados a balazos, la amistad entre jóvenes, una historia de amor. Y no. Pero con catorce años creo que es normal ver así las cosas.

El Cazador narra una historia muy sencilla. Sólo puede cumplir una promesa el que conserva sus principios intactos, el que no renuncia a sí mismo ni por amor, ni por dinero, ni por su propia vida. El Cazador es la historia de una promesa por cumplir. Cuando Michael (ya de regreso a casa) comprueba que lo que dejó atrás al marchar a la guerra seguirá siendo absurdo si no viaja para hacer que vuelva su amigo, que sólo siendo ese cazador que siente ser puede librar de la muerte a Nick, cuando siente eso, no se lo piensa dos veces. Regresa a Vietnam para cumplir la promesa que le hizo a su amigo. Pero Nick, drogadicto y completamente tarado, se levanta la tapa de los sesos recordando a su amigo que morir bien es morir de un solo disparo en la cabeza. Y el mundo se queda sin esperanza. Michael pierde a su amigo, a la que podría haber sido su esposa, a sus amigos. Nada queda intacto. Ni siquiera él pensando en si está bien lo que hizo o no.

Ya sé que debería hablar de cine, pero de esta película ya han hablado (con más o menos suerte) cientos de personas. Se pueden encontrar en la red miles de páginas sobre ella. Así que prefiero hablar de mí. Ustedes me lo van a saber perdonar.

Cada vez que me acerco a la estantería y elijo esta película para ver, siento un escalofrío. Sé que voy a sufrir, que voy a ver en la pantalla muchas cosas que ya me han pasado a mí (sin guerra de por medio), que las escenas se me van a quedar dando vueltas por la cabeza los días siguientes. Novias que no pudieron ser, amigos que no pudieron ser, actos de valor que no podrán ser nunca, mil promesas sin cumplir por esto o por aquello (siempre excusas idiotas), la muerte y lo que arrastra con ella, la vida y lo que embalsa de bueno o de malo. El Cazador somos muchos, pero no podríamos hacer esa película porque nos quedaríamos a medio camino (hasta que llega lo malo, lo difícil). Llegado el momento, nos convertiríamos en lo que realmente hemos querido ser. En todo menos en protagonistas de bellas historias envueltas en terror.

Siempre me ha gustado verme reflejado en los héroes de las películas (como a todo hijo de vecino). Casi siempre lo he conseguido aunque fuera inventando una vida lejana. En este caso no he sido capaz nunca salvo cuando tuve catorce años. Cuando creía ver otra cosa que no estaba. Por eso debe ser que esta película es una de mis tres preferidas.

Si quieren saber algo sobre la película busquen en libros o en la red. Esta vez, aquí sólo me encontrarán a mí. Una pérdida de tiempo total.

© Del texto: Nirek Sabal
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mar 9 2012

Luces rojas: La duda como artificio

Es imposible que algo te guste si no te interesa. Esto es algo evidente. Pero si, encima, has tenido que pagar por ver algo que no te interesa, el problema pasa del gusto o disgusto al enfado monumental. Nadie quiere pagar por aburrirse, por ver lo que ya conoce de sobra, por perder el tiempo sin razón alguna. Y es aquí donde, el espectador se sitúa ante unas preguntas muy concretas: ¿es él culpable por elegir mal lo que paga? ¿Debería estar prohibido contar lo mismo que otros? ¿No se puede evitar que un autor agarre la historia de otro con toda su cara, que la maquille para que parezca otra cosa y la coloque en el mercado como nueva? ¿Por qué no existe un control de calidad en la industria cinematográfica que evite los excesos? ¿Nadie se va a apuntar a eso de si no queda satisfecho le devolvemos su dinero?
Luces rojas es una mala película. Es verdad que su director, Rodrigo Cortés, intenta hacer cine, que mueve la cámara con gracia y consigue encuadres notables. Es verdad que la puesta en escena no está mal. Pero también es verdad que el guión es flojísimo, que el asunto que trata está tan manoseado que, si no se acompaña de algo original y suculento, se convierte en un tormento incluso para los más afines a este tipo de historias. Luces rojas no aporta nada, absolutamente nada. Además, el director (que de tonto no tiene un pelo) intenta remediar las carencias a base de exageraciones (por si cuela, supongo) con un uso de los efectos especiales y de la música algo vergonzoso. La partitura, por ejemplo, está descompensada del todo. Para entendernos: no pasa nada, ni va a pasar, pero la música se eleva como si anunciara el fin del mundo. Todo se desboca ante un climax que jamás llega. Por si era poco, la propuesta es dudar de todo aunque a la vez podamos creer en todo. El mundo es el conjunto de lo que puede tocarse y de lo que espiritual. Y si se cree en el mundo todo se cree al mismo tiempo. Pero con la duda en la mano para que la película parezca interesante cuando no lo es ni de lejos.
Las interpretaciones son muy, muy discretas. Robert de Niro, Sigourney Weaver y Cillian Murphy están muy discretos. Murphy parece que se puede dormir en cualquier momento, Weaver está porque no tiene más remedio y De Niro parece querer ganar un premio a la serie de interpretaciones más anodinas de la historia del cine. Si a esto (a la mediocridad interpretativa) le sumamos el desastre que supone un guión lleno de frases que no llevan a ningún sitio y bastante tramposo en su desarrollo, tenemos como resultado un producto que no interesa a casi nadie. Esta es una película muy discreta.
El cine comercial es lo que tiene. Puede entretener (no es el caso), puede servir para que las mentes se despejen (no es el caso) o para… ¿para qué?
© Del Texto: Nirek Sabal

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ene 6 2012

Jackie Brown: El guión inteligente

El cine de Quentin Tarantino es tan apreciado como denostado. Porque no todo el mundo está preparado o tiene ganas de bucear en el lado más oscuro de la realidad. Porque cualquier cosa que cuenta este director en sus películas se convierte en una radiografía ácida y dolorosa. Porque algunos no digieren con facilidad las nuevas formas narrativas y las niegan desde el principio y pase lo que pase. Todo en el cine de Tarantino es un enorme chiste que hace reír a los que pueden asumir que la vida es un tránsito hacia no sabemos donde que no hay que tomar en serio si queremos sobrevivir.
Jackie Brown es una de las películas dirigidas por Quentin Tarantino. Divertida y tremenda. Sesentera en su concepción estética. Muy bien contada. Una película muy pegada a lo que el director entiende que debe ser el cine (aunque la factura final se retira de los trabajos anteriores del director, la esencia queda intacta; algo más reflexivo y maduro el desarrollo narrativo): una mofa de todo lo que se pone por delante en el universo de unos personajes magníficos. El mundo mirado desde los bajos fondos porque el mundo es eso y no otra cosa; una enorme cloaca en la que todo lo que ocurre se articula alrededor de las motivaciones que mueven al ser humano (vanidad, codicia, venganza y un amor que sirve para maquillar todas las miserias). El cosmos es sólo eso y así nos lo presenta Tarantino.
Jackie Brown es una película con un ritmo narrativo esplédido. A través de rupturas temporales y cambios en la focalización de la acción, el espectador va recibiendo toda la información necesaria sobre los personajes que explotan sin contemplaciones desde muy pronto. Al fin y al cabo, los personajes (las personas) son lo que ven otros de ellos. Sin esa mirada no pueden existir. Y en el cine de Tarantino eso está garantizado: personajes en todo su esplendor. Concretamente, en Jackie Brown, Tarantino juega a eso y nada más que a eso. Todo lo importante llega desde el mismo sitio y si algo termina siendo relevante llega desde el personaje. Utiliza con gran acierto los talentos de Samuel L. Jackson (fantástico y creíble, macarra e intimidatorio, grande), Robert De Niro (divertido y correcto en su interpretación aunque con algún pico artístico como, por ejemplo, el momento en que sale del centro comercial junto a la novia del villano), Pam Grier (resucitada, muy bien fotografiada y defendiendo su papel de forma notable); Robert Forster (tal vez el más discreto aunque en un papel que tampoco da para mucho más) o Bridget Fonda (mucho más contenida que en otros trabajos aunque flojita como siempre). En cualquier caso, la dirección actoral en muy buena. De cada uno de los que componen el reparto, Tarantino saca petróleo (lo poco o lo mucho que ahí). Petróleo que hace funcionar el motor de personajes que llevan en el mundo mucho tiempo sin hacer nada importante.
La película se desarrolla con una trama inteligentísima y muy bien desarrollada, con un final verosímil y acertado. Traición, avaricia, crimen, sospecha, violencia, un lenguaje soez y gracioso por su bajeza. Un enredo que pocos pueden resolver sin caer en el tópico y el territorio común y sobado. El guión es cuidadoso con lo fundamental. Y es honesto. Los diálogos son, en su gran mayoría, excelentes.
No hace falta decir que la banda sonora de la película es sensacional. Es de las que quitan el hipo a cualquiera.
Si tienen un rato echen un vistazo a Jackie Brown. No se arrepentirán.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 6 2011

Toro Salvaje: La fábrica de derrotas

Los boxeadores se pueden dividir entre los que se son pegadores y los que son, por el contrario, encajadores. Los primeros son los que intentan acabar por la vía rápida las peleas. Conocen bien hasta dónde pueden hacer daño con un solo golpe e intentan buscar el mentón del contrario a la primera de cambio. Por contra, los encajadores tratan de asfixiar a sus contrincantes recibiendo puñetazos. Recibirlos es duro, pero darlos es agotador. Son capaces de soportar sin apenas inmutarse y esperan a que el adversario -desesperado y fatigado- baje la guardia para cazarle. Estos suelen terminar sonados, con el cerebro lleno de agujeros.
Martin Scorsese es un pegador nato. Desde el primer plano de sus películas lanza ganchos y directos al rostro de los espectadores. Rápidos y precisos. Demoledores. No hay preparación alguna, no deja unos minutos para estudiar el juego de piernas del que mira. La estrategia es clara: ser demoledor. Suena la campana (en cine se llama créditos) y el combate se convierte en una lucha sin cuartel. Los personajes aparecen con fuerza, los diálogos no buscan las cuerdas sino que profundizan en las psicologías y hacen avanzar la trama. No hay tregua para el espectador despistado. Después de cada asalto no hay rincón en el que tomar aire. Además, Scorsese, tiene en su esquina al mejor grupo de ayudantes que puede encontrar para disputar cada título. Podrá perder algún combate por ko técnico (por ejemplo, en Hollywood, en la ceremonia de entrega de los Oscar), pero derribarle sin que pueda levantarse es casi imposible. Cuando presenta sus películas viene bien entrenado y rodeado de la flor y nata, con el peso justo. Alguien puede decir que el combate (película Vs. espectador) no le ha gustado, que los golpes no han impactado con fuerza, pero nadie podrán acusar a Scorsese de tongo. Nadie.
Toro Salvaje es una película que apesta a boxeo. Pero no es una película sobre boxeo. Cuenta la historia de Jake La Motta, de como triunfa y de como fracasa, de como el fracaso se puede maquillar con lo efímero del triunfo, de cómo el triunfo puede ser -la mismo tiempo- el mayor de los fracasos, de cómo el triunfo es -finalmente- una tortura insoportable. El tema que trata Scorsese (de forma magistral) no es el boxeo (ese es el vehículo necesario para llegar hasta donde quiere) es el fracaso. Porque todo en este mundo lo es. Pero la película apesta -eso es verdad- a boxeo, a sangre, a golpes, a dolor. Es evidente que las escenas que se muestran sobre el ring son boxeo, pero el resto (las que relatan el matrimonio de La Motta o la relación con el hermano) son tan brutales como lo es un ko después de que un púlgil reciba una paliza inmensa.
Robert De Niro interpreta el papel de La Motta. Está estupendo. Además, (cosas de este actor) aparece gordo como un globo o en plena forma física sin caracterización alguna. Engordó para parecerse al verdadero La Motta y se pasó por el gimnasio para subir al ring siendo creíble al cien por cien.
Joe Pesci y Cathy Moriarty, aunque más discretos, también sobresalen en sus interpretaciones. El guión de Paul Schrader y Mardik Martin es espléndido y, rematado con el montaje extraordinario que se realizó, se convierte en algo difícil de repetir. Dicho esto, comprenderán que los espectadores pierden el primer aslto a los puntos según ponen un pie en la sala. La fotografía de Michael Chapman tampoco desentona y es fantástica. Será difícil que alguien retrate con tanto acierto a un boxeador sobre el ring. Cercano al expresionismo más brutal, Chapman arranca hasta el último detalle en cada toma. El montaje (ya he dicho que es extraordinario) termina haciendo de la película un combate de boxeo en sí mismo. Rupturas, elípsis, cierta brusquedad en el ritmo narrativo. Tal y como es una pelea entre doce cuerdas. Todo parece ser una sucesión de asaltos que provoca en el espectador la sensación de recibir golpes para los que, por inesperados, no tiene defensa alguna. La banda sonora es notable. Incluye el Intermezzo de la Cavalleria Rusticana de Mascagni. Y eso es garantía de buen gusto. Es curioso cómo funciona la imagen brutal que arrastra el boxeo acompañada de una música exquisita. Y este es el primer crochet de izquierda que recibe el espectador nada más comenzar la proyección. En pleno rostro. La belleza de la violencia. Su poética sus paños calientes. El resto de la banda sonora es exquisita y matiza cada toma con elegancia.
La Motta triunfó en el boxeo. Llegó a ser campeón de su peso. Soltaba hachazos que no resistía casi nadie. El mismísimo Ray Sugar (el que acabó con la carrera de La Motta) besó la lona un par de veces. Pero triunfó arrastrando sus obsesiones, sus paranoias y, sobre todo, su perfil de fracasado. Los celos, la falta de inteligencia y de astucia fuera de ring, la ambición sin límites que debilita a cualquiera, fueron sus contrincantes definitivos. La Motta nació para fracasar.
Scorsese, en la otra esquina, nació para triunfar. Contando, por ejemplo, este fracaso, este viaje a las alturas y la caída en la lona infernal de una vida dibujada con trazos gruesos e inexactos. Caída en el olvido después de pasados los diez segundos que cuenta en voz alta un árbitro inmutable.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 5 2011

Taxi Driver: Película de culto

El sentido de cualquier narración llega desde la explicación de una realidad. Por mucha ficción que contenga, transitando uno u otro género, siempre llega del mismo lugar, de la ordenación de un cosmos sea cual sea. Contar una historia por contarla, sin la debida búsqueda de un sentido, se queda en la anécdota, en una superficialidad que puede llegar a entretener aunque poco más. Por cierto, a mí, siendo niño, me reñían si me entretenía. No parecía más que una pérdida de tiempo. No sé por qué razón, hoy en día, es algo bien visto.
Taxi Driver, pelicula firmada por Matin Scorsese, está llena de sentido. Estados Unidos, en el momento de rodar la película, era un país desquiciado, histérico. La guerra de Vietnam, el caso Watergate; un movimiento hippie que se había venido abajo y en claro declive; y una traducción de las libertades que iban del puritanismo recalcitrante al desmadre más demencial, dibujaban el panorama de una sociedad que andaba renqueando, dividida y sin saber lamerse las heridas propias. Y es de eso de lo que habla la película. El retrato de Nueva York que presenta Scorsese se parece mucho a eso. Los rasgos que perfilan al protagonista son la acumulación de todo ello. Las calles llenas de chulos, putas, drogas y policías corruptos. De políticos mentirosos, de salas de cine X y de fracasados. Aunque el director se centra en la figura de Travis Bickle (el taxista que protagoniza la trama), excombatiente de Vietnam, insomne perpetuo, consumidor compulsivo de pornografía, bastante inculto e incapaz de aprender. Pero, sobre todo, un individuo incapaz de entender el entorno, de integrarse en él. Travis mira el mundo desde el balcón de la culpa, quiere redimirse, intenta la forma de quedar en paz en plena fase de autodestrucción. El papel de Travis lo interpreta un enorme y fantástico Robert De Niro.
En fin, un mundo terrible para un personaje redondo que puede vivirlo y explicarlo. Este cosmos se presenta desde el guión de Paul Schrader que, todo hay que decirlo, escribió después de divorciarse y quedarse con lo puesto. No es de extrañar que Travis tenga mucho del guionista. Es el arquetipo de antihéroe americano. Es el arquetipo del hombre de su época. Es el arquetipo de un hombre desolado y sin salida. El hombre que se alimenta de mierda y escupe lo mismo al mundo. Además, sin solución posible. Porque, cuando Travis se acerca a esa realidad, todo se convierte en un dramático vacío. En una de las escenas (mi preferida por su significado y expresividad), Travis habla por teléfono con Betsy (colaboradora en la campaña presidencial de un senador y encarnada por Cybill Shepherd). El cree estar enamorado de ella. Ella le está rechazando en esa conversación. Porque unos días antes, Travis, la invitó al cine y acabó con ella en una sala X. Pues bien. Scorsese mueve la cámara desde el personaje a la derecha. Allí se ve un corredor vacío que sabemos que llega a un lugar oscuro que es la calle. No hay nada. Como dentro del personaje. Un vacío absoluto. La nada existencial.
La película está llena de personajes desoladores. Una prostituta de doce años que escapó de su familia y se siente satisfecha al creer que se ha independizado. Jodie Foster en la actriz que interpreta el papel de Iris. Un chulo que confunde su machismo protector con el amor liando, a su vez, a la niña convertida en puta. Harvey Keitel es el que encarna al chulo Sport. Un sinfín de perdedores abocados al fracaso eterno o a la condena de su propia ruindad (el senador, sus ayudantes, los taxistas compañeros de Travis). Por eso, cuando nuestro protagonista se toma la justicia por su mano, se convierte en una especie de héroe. La violencia se combate con violencia. Eso es lo que parece pedir una sociedad desbordada y paranoica. Aunque eso mismo impide que el hombre consiga el perdón que busca con desesperación.
Taxi Driver es una película de culto. Y no es de extrañar. Cercana al cine negro, la encadenación escénica pegada a un expresionismo demoledor y ligada por un magistral guión, nos traslada a la zona más oscura del ser humano. A un lugar del que no se regresa entero. Nunca.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 26 2011

Taxi driver: Los pormenores de todo el mundo

Subo a un taxi después de deambular, perdida, horas y horas y en ropa de baño, entre las avenidas de una ciudad en la costa. Es algo más tarde de medianoche. Mi casa está a unos 200 kilómetros de esa ciudad y el taxista accede a llevarme. Doy un portazo y rompo a llorar de una forma enloquecida, patológica. Alarmado, el taxista intenta calmarme y me invita a contarle lo sucedido durante los 200 kilómetros de trayecto. Avergonzada de mi catástrofe y trastornada por la sobredosis de sol y combinados de todo el día, le hago una breve síntesis del desastre con frases inconexas y expresiones incoherentes que lo alarma todavía más. Entonces insiste en parar a invitarme a un café. Pero yo no tomo café, así que me invita a una cerveza en una gasolinera a medio camino. Como necesito un cigarrillo, dejo al taxista en la barra del bar y me llevo mi cerveza al baño, dónde bebo y fumo tranquilamente sentada en el retrete. Cuando salgo, él ya está en el taxi, esperándome. El viaje prosigue mejor, más reposado a medida que voy reconociendo las señalizaciones de mi ciudad. Saco una libreta de mi bolso de playa y anoto a toda prisa y en letra incomprensible el episodio acontecido, más una larga lista de propósitos a cumplir desde el mismo momento de llegar a casa.
Cuando bajo del taxi y subo a casa a por los 170 euros que marca el taxímetro, me siento al borde de la cama y contemplo mi caja fuerte vacía, los bolsillos de toda mi colección de faldas y bolsos vacíos. Vacía la nevera, las ranuras entre los libros, el bajo del colchón y las baldosas del baño.
Bajo a la calle y, con las manos vacías, le pido al taxista que me lleve a un cajero. Lo intento con la tarjeta de crédito. Vamos a otro cajero, y a otro, y a otro. El taxímetro sube, y ya no son 170 euros. De nuevo, vamos en el taxi hasta mi casa. Le ofrezco mi dni, le prometo ir a su ciudad el próximo domingo, abonarle su factura. Entonces, la amabilidad original del desconocido, desgraciado, según creo, se dispersa y desvanece, y la privacidad más íntima surge, con todos sus detalles, en un ataque de cólera salvaje. Mientras él grita con todas sus fuerzas, yo lloro de miedo pensando que unos metros más arriba me espera la calma del bibelot de dónde nunca debí salir. Mientras lloro, pienso que, tal vez, la catástrofe la puedo usar para algo dentro de un tiempo. Quizá para una historia de personajes insociables y retraídos. Miro al taxímetro con sus casi 200 euros en rojo y me pregunto quién lo es más, si el taxista o yo. Seguramente sea yo, aunque creo que todos los taxistas tienen algo de eso. Como lo tendrá el conductor del trailer, o el médico de guardia de un ambulatorio remoto, o cualquiera que, como yo, coexistiendo con cientos y cientos de personas en una ciudad, de día y de noche, llora a solas en un taxi por un dinero miserable con una infinita agenda telefónica de familiares, amigos, compañeros, separados, misteriosamente, por un eterno combate en Vietnam.
Esta noche, este taxista, como el ex combatiente Travis, me mete en el saco de la escoria nocturna más despreciable y sueña, como Travis, en raparse la cabeza, colorearse una cresta bien alta y apuntarme con una magnum 44.
Cuando subí a casa, yo ya sabía todos los pormenores de su vida, que eran los mismos que los de todo el mundo. El taxi se alejaba y aún se escuchaban truenos y detonaciones.
Hace unos meses, haciendo limpieza de escritorio, encontré la libreta con todos mis apuntes del viaje. Imposible traducirlos. Estaban firmados con fecha julio 2.009.   Aunque de los propósitos a cumplir al llegar a casa, pude entender cerrar con doble llave, usar la catástrofe con alguna excusa y no salir hasta después de navidad. Y eso fue lo que hice.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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sep 25 2011

Sin límites: Sin nada

The Dark Fields es una novela de Alan Glynn. Sin Límites es una película realizada por Neil Burger. El guión de la película es el resultado de la adaptación de esa novela por parte de Leslie Dixon. La película es una castaña pilonga. Inverosímil. Busca el director más las formas que el fondo (eso no podía ser de otra forma puesto que no hay fondo alguno) y todo es un enorme desastre narrativo que trata de salir a flote a base de mucha acción, mucho tópico, personajes misteriosos (es más exacto decir personajes que nadie sabe qué pintan en este asunto y se justifican a la ligera) y mucha escena visualmente correcta aunque vacía. Si esto es lo que le espera al cine en el futuro estamos arreglados. Una estafa, un despropósito. Indignante por ser un insulto a la inteligencia.
El personaje principal es Eddie Morra (un aburrido Bradley Cooper). Se trata de un escritor incapaz de comenzar su novela, con una vida sentimental destrozada y sin un dólar en el bolsillo. Casualmente, se encuentra con el que fue su cuñado. Este le proporciona una pastilla de NZT (droga nueva y carísima) que le permite utilizar la capacidad cerebral al máximo. A partir de ese momento, la vida de Morra se llena de dinero, fama, talento, asesinatos, intriga y todo lo que usted puede imaginar. La trama se desarrolla entre giros imposibles, ideas baratas que se usan para resolver los problemas narrativos y sorpresas que no son otra cosa que trampas (eso sí, no se las traga ni un niño de dos años) que tratan de dar lustre a la idea principal: si la mente humana pudiera aprovecharse al máximo el mundo sería otro. Menuda cosa. Aparece por allí Robert De Niro para hacer uno de los papeles más flojos de su carrera (entre otras cosas porque el personaje que interpreta es un topicazo que no aporta nada ni a la película ni a lo que se ponga por delante). Y poco más que contar.
Mucho juego de imágenes tratadas digitalmente y poco cine. La música no puede ser más ramplona. La fotografía es más producto del nivel técnico actual que del trabajo de Jo Willems. Los maquilladores debían estar en huelga y se limitan a manchar de rojo las heridas y poco más. Nada tiene sentido, nada invita al espectador a pensar en que está frente a un producto de ficción y las reglas del juego son otras. Nada es cine en esta película.
Que el cine sea, entre otras cosas, un espectáculo que busque el entretenimiento del espectador, no significa que tenga que convertirse en una especie de sustancia evasiva sin ningún objetivo y sin el más mínimo fondo. El cine no puede convertirse en una idiotez que consumen los más tontos del planeta. Y esta película es reflejo de lo que pasa más habitualmente de lo que queremos creer. Si pueden no vea este bodrio.
© Del Texto: Nirek Sabal


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