feb 23 2014

Stockholm: Los extremos de la juventud

Una de las sorpresas más agradables del año 2013. Eso es Stockholm. Aunque la película no es perfecta, funciona. Buen guión (con algunos errores en su primera parte), excelentes interpretaciones, un delicado movimiento de cámara, encuadres acertados, una fotografía exquisita y una música que no invade y matiza la imagen cuando suena.
Rodrigo Sorogoyen sabe muy bien lo que quiere desde la primera escena. Y no deja ver dudas en su dirección. Sabe que si no consigue dibujar bien los personajes la propuesta no puede funcionar. Sabe que si no presenta el entorno -una noche cualquiera en Madrid- como parte misma de la trama, nada terminará de cuajar. Sabe que debe exprimir a sus protagonistas. Para ello busca encuadres diversos con los que acerca o separa a los protagonistas, desenfoca parte de la imagen para que el punto de vista quede claro o busca localizaciones como, por ejemplo, una terraza que nos lleva de lo idílico al desasosiego. Sorogoyen nos enseña los extremos de la juventud. La verdad y la mentira; la inmortalidad y la muerte; la fortaleza y la fragilidad; el amor y el odio; la ficción mágica y la voraz realidad; lo luminoso y lo oscuro; el día y la noche; el egoísmo y la generosidad. Y en el movimiento pendular de los factores que se contraponen, va construyendo un clima y unos personajes exquisitos.
El guión recuerda claramente, en su primera parte, a la película de Richard Linklater Antes del amanecer. Dos jóvenes se conocen y establecen una relación desde el diálogo que crece cada minuto. Es en esa zona de exposición narrativa donde se encuentran los problemas de ese guión. Todo parece algo artificial, especialmente pensado para que aquello sea idílico sin serlo, pensado para que se vierta inteligencia en cada frase sin conseguirlo del todo. Es durante la segunda parte -llega la luz del día para que las verdades y las mentiras se mezclen- cuando el guión saca músculo y consigue que la película se eleve a gran altura. Si algo podía oler a imitación o a algodón de azúcar, se disipan las dudas. Sorogoyen y la coguionista Isabel Peña, echan el resto con gracia y, esta vez, una gran dosis de inteligencia. Sin altibajos.
Los actores protagonistas (que casi son los únicos actores de la película puesto que las intervenciones de otros son cortas y sin importancia) están muy, muy, bien. Javier Pereira mantiene su personaje a gran altura durante todo el metraje. Creíble y muy contenido incluso cuando los momentos son especialmente delicados e invitan a la exageración. Aura Garrido, con un papel muy exigente, se mete en el bolsillo a los espectadores con rapidez. Durante la segunda parte de la película, su trabajo es formidable.
Pues bien, todo esto ha sido posible a la aportación económica de muchas personas. El presupuesto con el que contó Sorogoyen era mínimo. La rentabilidad que le han sacado a cada euro es máximo. Stockholm es una muestra de cómo se pueden hacer las cosas cuando el buen cine manda en el proyecto. Da gusto comprobar cómo la gente joven se abre camino sin miedos, con ideas nuevas, y la pasión por el cine como arma definitiva.
Una grata sorpresa. Porque el buen cine siempre lo es.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 23 2013

Antes del anochecer: Incluso el tiempo perdona

Si en la primera de las películas de esta serie firmada por Richard Linklater comprobábamos cómo el azar y la ilusión pueden hacer estallar el mundo de dos personas; si en la segunda nos enseñaban lo cierto de lo inevitable cuando alguien escucha una canción; con el tercer trabajo todo queda envuelto en rutina, en una realidad terca que funciona como una trituradora de personas, pero en la que la esencia de la pareja prevalece porque no puede ser de otra forma, en la que el paso del tiempo enseña a vivir el momento sabiendo que el pasado nunca vuelve y el futuro no significa nada sin el recuerdo. La vida es como es. La gracia está en encontrar las herramientas para que la maquinaria no deje de funcionar.
Jesse y Celine viven juntos sus problemas, su día a día escondiéndolos. Y parece que han olvidado recordar. Veranean en Grecia, tierra de mitos y tragedia. Son padres de unas gemelas que apenas les dejan espacio o un minuto para disfrutar de sus vidas. Después de una comida con sus anfitriones son invitados a pasar la tarde y la noche en un hotel. Ese es todo el argumento. Ya está. Lo que sucede es que Linklater, utilizando planos fijos eternos como ya hizo anteriormente, nos permite disfrutar de unos diálogos estupendos. Unos mejores que otros, pero de un nivel general notable. La relación de Jesse y Celine podría ser la de cualquier pareja viviendo circunstancias parecidas, una relación llena de esas cosas que pueden parecer nimias y son lo fundamental.
El escenario vuelve a ser protagonista. Pero, esta vez, aparecen personajes que inciden directamente en lo que sucede. Son la muestra de las interferencias inevitables en la vida de las personas. Y el tiempo. Su paso, su pérdida, lo que queda de él. Por eso Grecia. Allí todo perdura. Allí vemos ruinas, edificios antiguos que siguen estando. Todo queda, todo puede conservarse  aun siendo un trabajo duro, penoso e inacabable.
Ethan Hawke y Julie Delpy están estupendos. Nunca lograrán trabajos tan convincentes, tan auténticos. Interpretan sin problema alguno. Desde luego, los años se dejan notar aunque (los que conocen las tres películas lo saben) seguirán siendo una pareja de adolescentes que se conocieron en un tren. Richard Linklater los dirige de maravilla.
Buena fotografía que aprovecha el brillo del sol y el contraste con las sombras para presentar unos escenarios de lujo. Dependiendo de lo que sienten los personajes el contraste es mayor.
Y, como ya es habitual, un puñado de diálogos en los que se trata el sexo, el recuerdo, la literatura, lo incierto del futuro y la pérdida de la vida entre los adultos cuando se deben entregar a otros. Se hace un uso más que convincente de la ironía, del discurso inteligente, de la ambigüedad del carácter de los personajes. Todo hace que Jesse y Celine crezcan como no lo habían hecho antes. La potencia del desarrollo de ambos es arrolladora.
De nuevo, el espectador corre el riesgo de quedar pegado en el asiento. No pensando en los personajes, no. Quedamos abandonados a nuestra suerte para pensar en nuestras cosas; en el mundo que, al fin y al cabo, es lo que nos cuentan.
Una delicia poder disfrutar de Jesse y Celine, de sus cosas, de las nuestras. No dejen de ir al cine les encantará.
© Del Texto: Nirek Sabal