may 23 2012

La sombra de la traición: Record absoluto

La gran noticia que les puedo ofrecer es que se ha batido el record del mundo; sí, el de interpretar personajes sin mover una ceja, sin tensar un solo músculo. Richard Gere es capaz de hacer de amante, mosquetero, millonario, militar o agente secreto, con un nivel se sosería inaudito y asombroso. Como todos ustedes saben, este record lleva adosado, además, el gran logro de aburrir a miles de personas sin compasión.
Richard Gere es grande; Gere es un semidios, Richard es lo peor de lo peor. A este paso batirá todos las marcas negativas conocidas y por conocer.
La sombra de la traición es un paquete. De principio a fin. El guión que desarrolla es absurdo. Las interpretaciones son flojas. La música pretenciosa. Todo lo que aparece en esta película es horrendo. Bueno, no; no quiero engañar a nadie. La verdad es que hay un momento de la proyección muy, muy emocionante. A mí se me han saltado las lágrimas. Ver aparecer los créditos finales me ha parecido uno de los momentos más bonitos que he vivido en el cine.
La cosa va de espías rusos, agentes de la CIA, esposas e hijos asesinados a sangre fría y coches que se estrellan. Por supuesto, nada es lo que parece aunque el que la vea pensará pronto: y ¿A mí que me importa esta bazofia?
Qué lástima de presupuesto. Con el diez por ciento de lo que se han gastado en este bodrio, algún joven autor hubiera hecho maravillas.
No es que sea una película previsible, es que es copia de la copia de las miles de copias de alguna buena película que ya no se deja ver detrás de tanto disparate.
Los diálogos son una serie de frases mal construidas que no entienden ni los personajes, ni los espectadores, ni el que las escribió. Yo creo que alguien hizo un cortapega de distintos documentos y no lo repasó. Quizás por esto, Richard Gere, no se mueve durante la película. Ah, no; ese no se mueve nunca. A Gere le acompaña Topher Grace. Espero que mejore mucho en su trabajo este muchacho porque, de no ser así, terminará presentando programas infantiles en las cadenas locales. El director, Michael Brandt, poco puede hacer con estos dos aunque, me temo, no sabría cómo mover por la pantalla al mismísimo Marlon Brando.
La sombra de la traición: ese paquete. Gere: ese marmolillo. Una combinación de record.
Por favor, que alguien les diga algo a estas criaturas.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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abr 11 2011

Cotton Club: Cuando Ford Coppola se dejó arrastrar por el dinero y no por su intuición

No es lo mismo rodar El Padrino con música que rodar una película de gangsters, música y chicas. Las dos cosas las dijo Robert Evans, productor de Cotton Club, sobre esta película. Francis Ford Coppola, director, no lo tuvo claro desde el principio. Y por esa razón, casi seguro, ni consiguió El Padrino con música ni una buena película de gangsters, música y chicas. Cotton Club se estrenó y consiguió buenas críticas aunque la taquilla fue un desastre total. Eso es lo mismo que decir que le gustó a muy pocos y que sólo se fiaron de la opinión crítica algunos. Desde  luego, al que escribe le parece una película menor y con una importancia muy limitada dentro de la historia del cine. Salvo la banda sonora de la película que rebosa música del enorme Duke Ellington (eso es apostar a caballo ganador), todo es mediocre, todo se puede olvidar un par de minutos después. Destaca, también, la interpretación de Gregory Hines haciendo un bailarín que se abre camino en el mundo del espectáculo. Bueno, en realidad, también destacan Richard Gere y Bob Hoskins por lo fatal de su interpretación. Todos los actores en esta película sobreactúan, parecen estar en otra cosa, se aburren, no se creen nada de lo que hacen o dicen y parecen estar deseando acabar. Ford Coppola tiene buena parte de culpa porque, aunque Richard Gere es lo que es y no se puede pedir más, las cosas se podrían haber hecho mucho mejor. Por ejemplo, no contratando a ese marmolillo. La puesta en escena trata de ser lo más de lo más y se queda en la línea de salida. El vestuario cuela así como el maquillaje. O sea, que más mediocre que otra cosa en su conjunto.
Lo que nos cuentan en Cotton Club es, efectivamente, una historieta de gangsters, chicas y música. Justo antes de la gran depresión, el local de moda es el Cotton Club. Allí se reúne lo mejor del baile y del jazz. Los malos quieren ganar mucha pasta y quedarse con las chicas guapas. Las chicas guapas quieren gastar mucho dinero y se quedan con los malos, pero desean que mueran lo antes posible para estar con los buenos y bondadosos. Durante la proyección mueren bastantes. Y, finalmente, la cosa queda preparada para que puedan ser felices.
De verdad que no se me ocurre un resumen más amable con la película. Tan sólo un detalle. Mientras Sandman Williams baila, el ruido de sus puntas metálicas y de sus tacones se funden con el ruido de las ametralladoras que escupen balas para acabar con los gangsters. Estéticamente lo mejor de la película. Una metáfora estupenda sobre lo que representa llegar al final de cada cosa. Unos a la muerte, otro al éxito, aunque el ruido de fondo es idéntico.
Cuando vi por primer vez Cotton Club me aburrí mucho. Un segundo intento buscando excelencias que algunos críticos habían encontrado, no hizo más que confirmar dos cosas: me aburrí del mismo modo y que algunos críticos hablan de algunos directores como si fueran infalibles. La tercera y última vez significó, para el que escribe, una especie de colapso cerebral. Todo tiene un límite. Hay mucho que hacer y con un par de oportunidades hubiera sido suficiente.
© Del Texto: Nirek Sabal
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