sep 10 2013

Fresas salvajes: El sentido racional de una existencia fallida


¿Qué es lo que importa de una vida? ¿Qué es lo que queda de ella cuando esta se va acabando? ¿Es el recuerdo lo que nos hace o somos nosotros los que fabricamos ese recuerdo para dar sentido a la existencia? ¿Acaso lo tiene? ¿Es Dios más que nuestra propia razón? ¿Es el amor de un joven tan grande como el de un anciano? Preguntas y más preguntas. Ni una sola respuesta. Y si alguien las busca en la película de Ingmar Bergman, Fresas Salvajes, quedará decepcionado. Este hombre sabía muy bien que las buenas preguntas son las que llevan a otras. Siempre que hablo de esto recuerdo a Santo Tomás de Aquino y sus cinco vías para demostrar la existencia de Dios. Son vías, no soluciones. Él las plantea y, a partir de ahí, cada cual debe hacer su camino. Los grandes funcionan así.
Bergman rodó está película el año 1957. Aunque sólo fuera por ello, mereció la pena que ese año apareciera en el calendario.
El personaje principal, Isak Borg (Victor Sjöström), realiza un viaje en automóvil junto a su nuera Marianne (Ingrid Thulin). Irán de Estocolmo a Lund donde la universidad erigirá al viejo Isak como doctor honoris causa. Antes de partir, escuchamos decir a Isak que ha renunciado a la vida social porque eso se reduce al comentario y censura de otros. Buena declaración de principios. Y le vemos atemorizado por un sueño que ha tenido. Siente la muerte cerca. Un reloj sin manillas (el tiempo ya no tiene sentido porque esta a punto de acabar), su propio cadáver agarrándose a él mismo como último recurso ante la muerte, un mundo vacío e inexplicable. Como anécdota diré que vemos un coche fúnebre tirado por caballos que es un homenaje a la película del actor Sjöström (La carreta fantasma) más conocido por su dirección de películas que por esta interpretación. Comienza el trayecto. La distancia entre nuera y suegro es abismal. Ella le llama egoísta, le recuerda el odio que su hijo siente por él. En fin, una maravilla. Bergman usa la cámara de forma magistral durante este diálogo. Vemos cómo va de un rostro a otro pasando por ese espacio que hay entre conductor y acompañante, casi un desierto, para acabar centrando el foco en la expresión de cada uno. A lo largo de la película eso irá modificándose a medida que la distancia se acorta. Hacen una parada en la antigua casa de verano de la familia Borg. Hasta aquí la presentación de la trama. Porque es en el lugar de las fresas (smultronstället) donde comienza a desarrollarse un segundo viaje (íntimo) que deberá hacer Isak. Las fresas en Suecia son un fruto extraño, muy delicado, que sólo se encuentra durante la primavera y por pocos días. Algo exquisito que pasa rápido por delante nuestra. Como la infancia y juventud que pasó Isak allí. Recuerda a Sara (Bibi Andersson) que terminará casada con su propio hermano puesto que él ya dedica buena parte del tiempo a la filosofía, a ver todo desde lo racional. Recuerda a la familia entera que se mueve por un escenario idílico, lleno de luz, de armonía, de inocencia. No hace falta decir que el punto de vista que utiliza Bergman es el de Isak. De regreso a la realidad se encuentra con otra Sara (también interpretada por Bibi Andersson) que, junto a Anders y Viktor (dos muchachos que rivalizan por el amor de Sara y que representan dos formas opuestas de ver el mundo; lo transcendente y lo racional) se une en el viaje. Las dos Saras. Una el recuerdo. La otra la realidad. Isak enamorado de ambas. Tenemos la oportunidad de ver a otros dos matrimonios por el camino. Uno ideal. Otro patético. Sabremos el motivo por el que Marianne viaja junto a su suegro. Pero, ante todo, seremos testigos de un cambio radical en el anciano. En otro sueño se le acusa de ser culpable de culpabilidad, de perder a su mujer sin inmutarse. En esa exploración de la vida entera, ante una muerte cercana que se convierte en la única razón por la que un hombre se plantea la zona más profunda de la existencia, el anciano comprende que el único camino para morir bien no pasa por recuperar un tiempo perdido para siempre, sino por mirar a los lados en los que encuentra a su hijo, a su nuera, a su ama de llaves, a un grupo de jóvenes llenos de vida e inocencia. Deja de mirarse a sí mismo, a su trabajo, a sus conocimientos. Y así llega a reconciliarse con su pasado.
Bergman utiliza la iluminación de forma magistral dependiendo del estado de ánimo del personaje. El montaje es exquisito y sorprende lo moderno que parece. Hace una dirección de actores perfecta. Suegro y nuera son interpretados con una solvencia y credibilidad pasmosas. Quizás, eso es verdad, no termina de encontrar un vínculo preciso entre sueño, recuerdos y realidad. Muy bruscos los cambios (a veces). Artificiales otras.

Bergman descarga su existencialismo en la pantalla con claridad. Un existencialismo que le llega de la convicción de que para ser hay que existir primero. Digo esto porque la gente confunde las churras con las merinas y mete en el mismo saco a Bergman y Sartre, por ejemplo, cuando las distancias entre ambos son descomunales.
Y todo esto da como resultado una película inolvidable. Un viaje de todos hasta nosotros mismos, un viaje por las vidas que llenamos de lo insustancial.
Dicen que el gran problema de Bergman era él mismo, su afán por lo trascendente que le llevaba a cometer errores de enfoque en sus películas. A mí lo que me parece es que todos somos el gran problema de nosotros mismos y que este director (cuestiones técnicas aparte) nos lo ponía enfrente con genialidad.
Peliculón.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 17 2012

La semilla del diablo: El día que Cassavetes pareció un actor de verdad

La Semilla del Diablo es una maestra del cine de terror.
Ya está. Queda dicho.

Para que nadie me acuse de ser vago y excesivamente escueto voy a añadir unas cuantas cositas, pero si quieren se las ahorran. Porque
La Semilla del Diablo es una obra maestra del cine de terror y punto.

Roman Polanski, que es un genio en esto del cine, leyó la novela de Ira Levin y debió pensar “venga, voy a ver si logro rodar un puñado de secuencias de categoría, las montan como es debido y consigo una de las mejores películas de la historia”. Y lo hizo.

Mia Farrow: Espléndida.

Ruth Gordon: Excepcional.

John Cassavetes (uno de los peores actores de la historia): Perfecto.

Adaptación de la novela: Exquisita. (Es verdad que Polanski quiso ser fiel a la esencia del relato y alguna cosita le quedó excesivamente literaria. Pero apenas tiene importancia).

La primera vez que vi la película pasé miedo. La última vez que la he visto he vuelto a sentirlo. La primera vez que vi la película me pareció algo previsible y eso me gustó poco. Ahora la veo y comprendo que arrastra un problema propio del género y casi imposible de evitar. Cuando no lo son (previsibles en cierta medida) es que son tramposas, es que han escatimado información e, incluso, mentido para preparar un final de fuegos artificiales y esas cosas. Patrañas comerciales que suelen colar poco.

Los personajes son maravillosos. Y uno de ellos (el que no aparece, el verdadero protagonista) anda suelto en cada secuencia aterrando al más pintado. Cuando uno trabaja con el diablo tiene dos opciones. Disfrazar a un actor de segunda para que haga movimientos ridículos o dejar que sea el espectador el que lo dibuje en su cabecita. Eso siempre es mucho más efectivo, mucho más horrible. Polanski, que es el amo de esto, prefiere que trabajen los que miran. Así no se equivoca.

La trama es interesante, inquietante, honesta y está muy bien resuelta. Pasa lo que tiene que pasar. Nada de almíbar, ni de esperanzas rodeadas de bondad. Mueren los que tienen que morir y sobreviven los malos porque para eso llevan años currando a base de bien en nombre de satán.

La película no ha envejecido mal. Al contrario. Es lo que tienen las obras de arte. Lo de cumplir años y arrugarse queda para otro tipo de cine.

Un apunte más antes de terminar. Un director capaz de hacer de Mia Farrow una risión de mujer y de una risión de actor (como lo es Cassavetes) algo parecido a uno de verdad, no puede ser otra cosa que un genio.

Voy a verla otra vez. En serio.

© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube

abr 10 2012

Madame Bovary

Si yo fuese una abuelita octogenaria y algún entrevistador entrometido me pidiese definir mi vida en breves líneas, yo le contestaría que me pasé la mitad de ella leyendo libros y la otra mitad viendo las películas basadas en esos libros, y que las dos mitades las disfruté sentimentalmente y sin freno. De testigos quedarían bibliotecarias y propietarios de viejos video-clubs, libreros de segunda mano y algún centro comercial en el que me fue fácil el robo de lujosos ejemplares.
Cómo una vez intenté adaptar Las afinidades electivas a cine y me resultó un fiasco, lógicamente, ahora intento ir con cuidado a la hora de prejuzgar las versiones que de literatura veo en cine, aunque me es imposible, y me ocurra una cosa muy curiosa, y, es que, suelo olvidar más fácilmente las películas que los libros. Quizá sea mi edad o mi memoria a largo plazo.
Madame Bovary por ejemplo, es un libro que leí hace unos 15 años y que recuerdo fielmente de principio a fin. Madame Bovary de Chabrol es una película que vi hace apenas un par de meses y que recuerdo vagamente, si no fuese por las referencias que ya tengo del libro. Aún así, accedí a ver la película tratándose de Chabrol y no de cualquier otro de cualquier otra nacionalidad.
Me gustó ver a la señora Bovary proyectada en cine en la misma pared dónde un rato antes colgaba el cuadro del Equipo 57. La misma señora Bovary que utilizó a un pobre doctor Bovary como escape a una vida que tenía claramente elegida de ascensiones y libertades.
Emma Bovary me pareció en la novela (quizá por mi corta edad entonces) una mujer de 1.856. Emma Bovary me ha parecido en la película (quizá por mis años ahora) una mujer de 1.856 como de 2.012. Analizando a Emma y analizando al sexo femenino que me rodea incluyéndome a mí misma, no puedo pensar otra cosa que la de que Madame Bovary, con todos sus adjetivos, somos todas las mujeres de todas las épocas y lugares. La firmeza y la tenacidad de sus deseos, la persuasión, el miedo y los obstáculos para lograrlos pueden depender en cada caso, pero las tácticas son las mismas, ensayadas desde hace siglos. El mundo está lleno de médicos rurales dispuestos a jugársela sabiendo que tienen el tiempo contado. Están en la oficina, en el supermercado, en el teatro, en los ayuntamientos. Hay un amante joven y resuelto decidido a invitarte en el autobús, en el apartamento de arriba y hasta en clase de tricota.
La desesperación rindió a una señora Bovary sin salida, quizá porque vivió en 1.856 cuando todavía se tenía acceso al cianuro. A mí, personalmente, me pareció maravillosa la muerte que le facilitó Flaubert a Emma, y que, siglos más tarde, Chabrol me regaló en la pared de mi salón, dónde nunca más se volvió a colgar aquél cartel tan tan colorista del Equipo 57.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube


ene 17 2012

El hijo de la novia: ¿Qué mierda hacemos con nuestra vida?

No tenemos tiempo para nada ni, casi, para nadie. Consumimos nuestras existencias viendo rápido, sin adoptar grandes compromisos, todo es desechable, fecha de caducidad sellada de antemano. Mientras malvivimos de este modo, esperando que llegue el momento en el que podamos disfrutar de las cosas, las personas, las sensaciones, que nos gustan, olvidamos que puede que ese tiempo nunca llegue o que cuando llegue ya no recordemos nada, o que no sepamos ni quienes somos, que no tengamos nada que nos sostenga en nuestro propio yo.

La vida pasa rápida como una estrella fugaz (permítanme la cursilada) y embutidos en la dinámica del día a día, lo olvidamos y sólo cuando ocurren hechos extraordinarios (no necesariamente buenos, pero tampoco necesariamente malos), pensamos en ello. Es entonces cuando por pura necesidad de supervivencia, nos damos tregua durante unos días para volver a la loca vida con rapidez.

Sobrevivir a la vorágine de la vida diaria, al desgaste humano que provoca, sólo es posible a través del disfrute de cosas sencillas, esas que no se venden en ningún sitio, esas que valen porque las entregamos de verdad, sintiéndolas. Cosas sencillas, baratas, que todos tenemos a mano y que son buenas per se, como es un abrazo, una atención, un beso, una sonrisa, un interesarte por el otro, una llamada, etc. Esas cosas tan simples son las que a la hora de la verdad puntúan y las que nos hacen la vida más sencilla, más agradable, más digna de ser vivida.

Ya lo he dicho en otras ocasiones, siento debilidad por el cine de Campanella, por Ricardo Darín, por Argentina, por los besos que saben dulce, por los abrazos verdaderos, por las violetas, por los helados de vainilla, por los gintonics a la luz de la luna, por los libros que me dejan boquiabierta, por las películas que me emocionan sin caer en la noñería y por muchas otras cosas que, por no llenar siete páginas, no voy a seguir relatando.

Así que hoy, que ando con el sistema nervioso algo alterando, hago una mezcla de algunas de esas debilidades, intentando no dejarme ninguna y coloco en el reproductor el disco El hijo de la novia. Cierro la luz y me dispongo a disfrutar, una vez más, de una buena historia.

Rafael (Ricardo Darín), divorciado, con una hija y una novia florero (Natalia Verbeke), pasa todo el día al frente de su restaurante, no tiene tiempo para nadie ni para nada, con miedo al compromiso y una familia de la que se mantiene alejado. Un padre jubilado y enamorado, una madre, enferma de alzheimer a la que apenas visita y un saco de sentimientos de culpabilidad. Sin embargo, acontecimientos inesperados le harán replantearse la vida, su forma de vivir y la necesidad de parar. Como hecho desencadenante de esta nueva manera de afrontar la vida, la decisión de su padre (Héctor Alterio) de contraer matrimonio por la iglesia con su madre (Norma Aleandro), con la que lleva más de cuarenta años casado por lo civil, sólo para cumplir el deseo que siempre tuvo su mujer y que, aún cuando ya no recuerda apenas nada, él está dispuesto a llevarlo a cabo por ella.

La película de Campanella, una historia de la esclavitud actual, la falta de compromiso con los que tenemos cerca, la búsqueda de sueños aparcados en algún lugar de nuestra mente, todo ello contado con las necesarias dosis de humor y drama que en la realidad también se da. Es por eso que el film de Campanella nos parece tan cercano, tan nuestro, porque no nos cuenta nada que no conozcamos de antemano y con los sentimientos encontrados que todos sentimos en momentos determinados de nuestra vida.

Contar lo que nos cuenta Campanella, que nos conmueva y que no nos parezca una inmensa ñoñería, no es sencillo. No hay trucos, nada es artificial, nada está de más y nada le sobra. Me gusta esta película. Me gusta su historia, me gusta su música, me gustan sus diálogos, me gusta su mensaje, me gusta toda ella.

Y me gusta esta película porque no creo que después de verla no quede nadie que, pasados los 40, no diga lo mismo que Rafael ¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida?

Ah! Una última cosa, no se pierdan los títulos de crédito, encontrarán una sorpresa, pero para ello, deberán ver la película por completo. No se arrepentirán.

© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


jul 4 2011

Los 400 golpes: De quién estuve enamorada

Esta es la historia de un hombre marcado por el recuerdo de una niñez atormentada, que llegó a ser el crítico más atrevido de París y el autor más sensible del cine contemporáneo (Dominique Fanne, 1972).
No he podido evitar cerrar mi libro y dejar por aquí algún rastro de esta película cuando he leído que Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) sufrió severas crisis depresivas provocadas por la muerte de François Truffaut. No he podido evitar que me afectase. ¿Hasta qué extremo de identificación puede llegar un actor con su personaje y con su autor para caer enfermo de tristeza tras su desaparición? ¿Acaso es posible crecer en la vida y en la pantalla y morir igualmente fusionado sin remedio a un personaje de ficción basado a la vez en su autor?
François Truffaut franqueó la fosa que separa al cinéfilo del cineasta con esta película dedicada a André Bazin y profundamente autobiográfica en la que detalla una infancia atormentada y carente de afectos, basada en los hechos, los libros y las películas que formaron parte de ella. Aquí nace Antoine Doinel que interpreta al niño que era Truffaut, para luego representar su juventud en Besos robados o su matrimonio en Domicilio conyugal. Antoine Doinel es Jean-Pierre Léaud y a la vez François Truffaut. François Truffaut es Antoine Doinel  y a la vez Jean-Pierre Leaud. Las mismas miserias que vivió Truffaut en vida las vivió Antoine Doinel en pantalla. A la misma edad fumaron los mismos cigarrillos, sufrieron los mismos castigos, robaron exacta Olivetti… El mismo travelling los persiguió en su misma carrera desesperada hacia el mar. El mismo objetivo congeló sus rostros en la orilla. Los dos renegaron de la sociedad, la familia, la educación. Leyeron los mismos libros, vieron las mismas películas.
Este triste cuento urbano sirvió de impulso definitivo a la nouvelle vague, dónde las panorámicas, los travellings, la cámara en mano y, en general,  un subrayado espíritu artístico unido a una interesante propuesta temática, se llevaron el premio a la mejor dirección en el festival de Cannes de 1.959.
La curiosa empatía existente entre François Truffaut y Jean-Pierre Léaud fue única en la historia del cine.
Jean-Pierre Léaud adopta a Antoine Doinel en Los 400 golpes para no abandonarlo jamás. Para Truffaut la vida era la pantalla y la muerte también.
Con su banda sonora, esa que escucho ahora, pero que ya me hubiese gustado escuchar en París en 1.950, retomo mi lectura sobre las severas crisis depresivas de Jean-Pierre Léaud sin dejar de preguntarme: ¿De quién estuve realmente enamorada todos estos años? ¿François Truffaut? ¿Antoine Doinel? ¿Jean-Pierre Léaud?
© Del Texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube


may 15 2011

Atmósfera Cero: Solo ante el peligro en Io

La luna de Júpiter Io es una colonia. Allí un buen número de hombres y mujeres trabajan en la extracción de mineral. Allí pasan las mismas cosas que podrían pasar en la tierra. Hay mineros, médicos, policías, jefes, malos, buenos, putas, maltratadores, drogadictos y camellos.
Un nuevo jefe de policía, O’Neil (interpretado por un excelente Sean Connery) llega a la colonia minera Con-Am 27. Han sucedido cosas de las que nadie quiere saber nada. Él sí. Comienza a investigar con el único apoyo de la doctora Lazarus (Kika Markham). Y se ve inmerso en un lío morrocotudo en el que tendrá que jugarse la vida cada minuto.
Atmósfera Cero es la versión espacial de Sólo ante el peligro. Es una película de buenos y malos, de sensatez frente a locura, de tranquilidad frente a violencia, de inteligencia y maldad. Es una película muy entretenida en la que se nos muestra una sociedad carente de valores, de la humanidad que debería estar por encima de cualquier otra cosa. Una película de policías que atrapan a cacos, drogadictos y delicuentes de guante blanco.
La puesta en escena es, francamente, buena. Los escenarios; repletos de jaulas en las que viven tumbados los habitantes del centro minero, los lugares oscuros y peligrosos, rodeados de un espacio exterior mortal; están diseñados con acierto y muestran la idea del director Peter Hyams (guionista también) sobre el futuro de una sociedad desestructurada y vacía. Los efectos especiales y visuales tienen una importancia extraordinaria. Están muy bien logrados (ahora se quedarían cortos como casi todo en el mundo).
Desde un punto de vista narrativo, la película se estructura alrededor de la trama que avanza sin estruendos aunque con ligereza. Tal vez, el personaje de O’Neil queda algo apagado si le alejamos de la acción. Eso no debería ser así puesto que todo podría vaciarse de sentido, pero cuela entre persecuciones y disparos (la falta de construcción de los personajes se sitúan en la frontera de lo permitido). El ritmo es ágil y la resolución de la trama, aunque predecible, cierra bien el relato.
La ciencia ficción sirve para explicar, no lo que sucede en las estrellas, sino para lo que sucede aquí. Atmósfera Cero lleva a cabo esa misión más que bien. Aunque algo exagerada en algún momento, merece la pena verla.
Buen viaje hasta Io.No tomen nada que les ofrezcan allí si no saben lo que es con exactitud.
© Del Texto: Nirek Sabal.


Imagen de previsualización de YouTube


mar 22 2011

Jean-Luc Godard: Un encargado para la misión de la búsqueda científica

Digamos, que, para mí, el cine es un instrumento de pensamiento original que está a medio camino entre la filosofía, la ciencia y la literaturay que implica que uno se sirve de los ojos y no de un discurso ya hecho.
Se han privilegiado los derechos del cine y no sus deberes. No se ha podido, o no se ha sabido, o no se ha querido dar al cine la función que se asignó a la pintura o a la literatura. El cine no ha sabido cumplir con sus obligaciones. Es un útil respecto al cual nos hemos equivocado. Al principio se creyó que el cine se impondría como un nuevo instrumento de conocimiento, un microscopio o un telescopio, pero muy pronto se le impidió desempeñar su función y se hizo de él un sonajero. El cine no ha desempeñado su función como instrumento de pensamiento. Porque se trataba cuando menos de una manera singular de ver el mundo, de una visión particular que después se podía proyectar en grande ante varias personas y en varios lugares al mismo tiempo.
Pero, visto que el cine cosechó enseguida un gran éxito popular, se privilegió su lado espectacular. De hecho, este lado espectacular no constituye más que el diez o el quince por ciento de la función del cine: sólo debería haber representado el interés del capital.
Ahora bien, rápidamente, pasaron a servirse del cine sólo en función de sus intereses y no le dejaron desempeñar su función más importante. Se equivocaron.
(Jean-Luc Godard).

Digamos, que, para mí, pueden llegar a convivir todas las formas de expresión posibles dentro del cine y el arte en general. Está claro que cada uno tenemos la nuestra, inevitable y personal, y está claro que todas ellas tienen cabida, pero siempre cumpliendo con sus obligaciones.
Se puede hacer un cine de investigación bajo la forma de espectáculo, o se puede no hacer cine y hacer directa y sencillamente espectáculo.
No me interesa tanto el contenido como las formas, y Godard, en el cine, me parece el más hábil científico de las formas. Capaz de establecer un pensamiento a partir de una imagen de gente leyendo un buen libro en un jardín; de un grupo de snobs comunistas divulgando sus ideas en pizarras; de una encantadora chica americana vendiendo el New York Herald Tribune en los Campos Elíseos; de los 20 minutos de diálogo que le da a Belmondo para convencer a una chica que haga el amor con él…
Porque la intención es filmar cualquier cosa que provoque un pensamiento y Godard lo consigue haciendo películas que se acercan a la vida. La cotidianidad habitual, todo está ahí.
Quizá sería uno muy atrevido si pretendiese hacer una película de una huelga en la que los obreros piden un aumento de sueldo y un aumento de sus posibilidades culturales. Nosotros, los directores de cine, no vivimos el problema, y los obreros, lo que podían haber hecho la película, no saben hacer cine.
Godard define la Nouvelle Vague como una nueva relación entre ficción y realidad. También como la nostalgia de un cine que ya no existe. Resulta, que en el momento en que finalmente podemos hacer cine, ya no podemos hacer el cine que nos dio ganas de hacer cine.
Ellos quisieron hacer clásicos y, ante la imposibilidad, surgió la Nouvelle Vague. Nosotros, a los que nos gustaría hacer Nouvelle Vague, a los que la Nouvelle Vague nos ha provocado las ganas de hacer cine, nos encontraríamos ahora haciendo otra cosa. Quizá una bonita película, una reflexión reformista, pero otra cosa.
Esta reflexión de Godard sobre las formas me parece clave en estos tiempos cinematográficos. Sobre todo, porque cambiar las formas puede llevar milenios, y me parece un verdadero coñazo soportar estas formas durante tanto tiempo. Y porque pienso que el cine en general (con algunas excepciones) vive ahora acorde a su generación: de forma violenta, ordinaria y antiestética.
Nada más lejos de un instrumento de pensamiento. Nada más lejos del cine.
Espero el final del cine con optimismo. (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube


oct 29 2010

An Education: Ustedes son tontos

El afán por redondear las tramas es algo que nunca comprenderé. Dejar abiertas las narraciones habilita un espacio al espectador que no se valora en su justa medida. Supongo que el aspecto comercial de una producción cinematográfica es fundamental y los guionistas hacen todo lo que pueden para que sus historias encajen en el proceso. Vale, pero ¿no hay nadie que piense en nuevas posibilidades para convertir en comercial todo tipo de guión? ¿Es absolutamente necesario contar todo para que el espectador salga contento de la sala de proyección? ¿Podría ser que, a los que vemos cine, nos gusta poder imaginar lo que sucede a partir de los créditos sin que nadie cierre el asunto (penosamente) por siempre jamás? ¿No será que nos toman por tontitos (muchas veces) y les gusta darnos todo masticadito por si las moscas? ¿Sigue funcionando lo de presentar un final feliz? Esto es algo así como lo que ocurre en la televisión. Emitimos lo que el público demanda, dicen. Pero yo creo que cuando la programación está exenta de porquería, la gente sigue viendo los programas e incluso agradecen la falta de tanta mierda. Pues eso pasa mucho en el cine.
An Education es la última película firmada por Lone Scherfig. Mantiene un puso narrativo notable durante gran parte de la cinta, pero llegado el final la cosa se descompone arrastrando todo lo bueno que tenía. Una propuesta atractiva, algo blandita (eso sí), termina siendo un asombroso espectáculo de felicidad cuando la cosa hubiera sido mucho más verosímil si el guionista hubiera optado por dejar las cosas en su sitio. Resumiendo mucho, lo que nos cuentan es que una chica de 16 años conoce a un tipo mayor que ella. Este la asombra con sus cosas, con su vida, con sus viajes. Ella se enamora locamente, claro. Él termina siendo un mamón. Se separan para siempre aunque ella en un momento arregla todo y lo deja más bonito que un San Luis. ¿A que ya se lo sabían?
Lo verdaderamente notable de la película lo encontramos en la interpretación de Carey Mulligan (esta es la chica enamorada). Francamente bien. Emma Thompson está por allí para hacer bulto junto al resto que no pasan de estar correctos (Peter Sarsgaard, Alfred molina, Rosamund Pike, Dominic Cooper y Olivia Williams).
A lo largo de la trama ocurren cosas que no terminan de casar con lo que luego vamos descubriendo. Por ejemplo, un sujeto que es lo que es ( un crápula de tomo y lomo) difícilmente tendría una actitud parecida a la que nos muestran cuando la pareja se encuentra a solas las primeras veces. Resulta tan patética la escena como descubrir que nos la han jugado ocultando algo fundamental para entender el producto en su totalidad. De verdad que creo que nos toman por idiotas. En fin, una película que podría ser notable se queda en muy poca cosa. En la actriz principal y, no lo he mencionado aún siendo lo mejor de la cinta, la banda sonora. Podrán escuchar On the Rebound de Floyd Cramer, Sous le Ciel de París de Hubert Giraud interpretada por Juliette Greco, A Sunday Kind of Love de Beth Rowley que también canta una excelente versión de You Got Me Wrapped Around Your Little Finger de Ben Castle, Maybe Tomorrow de Bill Fury y algunos temas más que resultan maravillosos entre tanto cine de mentira.
Los amantes de historietas maravillosas que terminan mostrando un mundo que viaja sobre una nube de algodón de azúcar tienen en An Education una excelente oportunidad para disfrutar. Pero el resto, no sé yo.
© Del Texto: Nirek Sabal



Imagen de previsualización de YouTube


sep 27 2010

Elle S’appelait Sarah: Recarga de sensibilidad para todos

ELLE S´APPELAIT SARAH – GILLES PAQUET-BRENNER – FRANCIA – SECCIÓN OFICIAL A CONCURSO

Elle s´appelait Sarah, Se Llamaba Sara, me ha parecido una buena película. El planteamiento no es una novedad, pero el guión es sólido y sostiene la ficción, que mezcla dos momentos históricos paralelos. Uno en la actualidad, en París, donde una periodista americana, afincada en la ciudad desde hace veinte años, inicia una investigación que le lleva a un momento del pasado. Ambas historias se mezclan y se cruzan implicando emocionalmente a la protagonista –y al espectador- y relatándonos sucesos ocurridos en el tiempo de la Guerra Mundial.
Hay un par de giros de guión algo forzados y la ambientación de época no es notable, pero ninguna de las dos cosas impide que permanezcamos en la butaca conteniendo la respiración, mientras se resuelve un argumento interesante que no decae en ningún momento y que nos lleva de París, con Julia Jarmond (Kristin Scott Thomas), la protagonista, a Nueva York y a Florencia, donde se completan los retazos de unas vidas rotas más de medio siglo atrás.
Y es que la participación emotiva del espectador con Julia, con su momento personal y sus circunstancias vitales, es un primer peldaño que nos permite implicarnos por completo en el foco de su investigación.
Kristin Scott Thomas es una actriz que me gusta mucho, es guapa, elegante y tiene un aire enigmático capaz de resolver cualquier papel complicado. Aquí defiende un personaje con técnica y cercanía, e incluso ese punto de frialdad que le caracteriza, juega a favor de la interpretación que se ve arropada por un grupo de actores eficientes.
El filme está basado en una novela de Tatiana de Rosnay.
Todo esto está muy bien, sí. Les animo a que la vean si tienen esa oportunidad.
Pero lo que importa es lo que hay detrás.
A lo largo de 1942, setenta y cuatro trenes especiales salieron de Francia con destino al campo de concentración de  Auschwitz, cargados de judíos. Más de setenta y seis mil personas, once mil niños. La mayor parte de ellos no regresaron nunca. Personas. Como ustedes y como yo, niños como sus hijos. Esta película cuenta la biografía posible de una de ellas y de su familia. Una niña arrojada en el pozo del horror. Los que han hecho posible esta película, lo cuentan para recordarnos que no fueron los nazis malditos los que participaron en ese crimen masivo, sino ciudadanos franceses, en un clima viciado de prejuicios y de oprobio, los que activamente o por omisión permitieron que sucediera. Hace algo más de una decena de años, Jacques Chirac, el Presidente de la República, limpiaba en parte la vergüenza de Francia, reconociendo y pidiendo perdón por esos hechos, que este filme traslada a la sociedad por medio de una ficción que posiblemente tenga mucho de cierto.
Es una película notable, por lo que dice y por cómo lo dice. Está hecha con sensibilidad y tiene tensión dramática. Cualquier premio que reciba será un premio para la Humanidad que no debe olvidar nunca un solo minuto de aquel drama.
Recibió en mi opinión menos aplausos de los que se merecía en el pase para la prensa. Seguramente recibirá un caluroso saludo mañana, en la gala de clausura en la que se proyectará.
A mí me mantuvo atento y me emocionó.
© Del Texto: Ivor Quelch

Imagen de previsualización de YouTube


sep 7 2010

Mis tardes con Marguerite: Más que amor

La tête en friche traducida al español como Mis tardes con Marguerite es la última película dirigida por Jean Becker y protagonizada por Gerard Depardieu , Gisèle Casadesus, y Patrick Bouchitey. Una historia de amor, de amistad, del descubrimiento de la literatura.
El cine de Becker se caracteriza por ofrecer siempre una mirada reposada del mundo, de la vida cotidiana. Sus anteriores películas Conversaciones con mi jardinero o Les enfants du marais así nos lo muestran.
Mis tardes con Marguerite basada en la novela de Marie-Sabine Roger, es la historia del encuentro entre Germain Chazes (Gerard Depardieu) , hombre de mediana edad, bruto, desconfiado, analfabeto, pero terriblemente amable y de una anciana (Gisèle Casadesu), culta, refinada y absolutamente deliciosa. La historia de una verdadera amistad que llega para cambiar la vida de sus protagonistas.
En un parque, Germain, de algo más de cincuenta años, que ha tenido una infancia difícil, alejado del cariño de sus padres y casi analfabeto, se encuentra con Margueritte, una frágil anciana apasionada por la lectura. Cuarenta años y cien kilos los separan. La casual coincidencia de ambos en el parque, al que el primero acude para estar con las palomas y al que la segunda acude a leer sus libros, provocará el inicio de la amistad que les cambiará la vida. Con los días, Margueritte comenzará a leer le extractos de novelas a Germain que descubrirá el mundo de los libros  que, hasta entonces, consideraba ajeno al suyo e imposible de alcanzar; de hecho apenas sabe leer. La transformación del hombre será tan evidente que sus amigos de siempre, los vecinos del pueblo donde ambos viven, dejarán de considerarle un tonto y empezarán a tomarle en cuenta. Sin embargo, Margueritte se está quedando ciega y, por supuesto, no podrá continuar leyendo. Esta circunstancia y el cariño de Germain por su anciana amiga hará que se aplique y aprenda a leer para que, llegado el momento, cuando ella no pueda seguir leyendo sus novelas, pueda hacerlo él. Un sacrificio y esfuerzo titánico en un hombre que nunca se familiarizó con las letras hasta que conoció a Margueritte.

Una película, tranquila sosegada que transpira humanidad por todos los costados. La elección de los actores fue sublime. El gigante Depardieu frente a la nonagenaria Casadesus, con una fragilidad física más que manifiesta, crea un contraste brutal que traspasa la pantalla sin que en ningún momento nos parezca poco creíble.
Al final de la película, a modo de epílogo, la voz de Depardieu repetirá en varias ocasiones que “en las historias de amor, no sólo hay amor. A veces ni tan siquiera hay un “te quiero”, pero hay mucho amor”. Estoy convencida de ello, de la misma manera que estoy convencida de que hay amistades que superan barreras inalcanzables y sin las cuales nuestra vida no sería, para nada, la misma.
Una película amable que les permitirá disfrutar del siempre camaleónico y genial Gerard Depardieur, con una línea argumental sencilla, sin extraños vericuetos, que nos transportarán a la gran verdad de que nunca es tarde para nada pese a que lo olvidemos continuamente.
© Del Texto: Anita Noire

Imagen de previsualización de YouTube