abr 13 2013

Una pistola en cada mano: Un silencio en cada frase

Lo sugerido, lo implícito, lo que no se dice de forma directa, es un recurso narrativo tan difícil de utilizar como impactante, expresivo y efectivo. Complicado de usar y extraño en los creadores actuales que buscan más hacer caja y ser famosos que cualquier otra cosa (me refiero al 80% de los que se mueven en los circuitos más comerciales del mundo de la creación. El resto son rarezas muy necesarias o no les conoce nadie).
Siempre he defendido que la idea de que los diálogos en una película son fundamentales. Si son malos no hay nada que hacer aunque el reparto sea impresionante, aunque la fotografía o los efectos especiales sean una maravilla. Pero esa idea incluye el silencio, la evocación o la expresión llegada desde la palabra que esconde detrás de su aparente superficialidad toda una forma de entender el mundo. Lo que no funcionan son las frases rimbombantes o pretenciosas, la falsa ironía o un discurso rodeado de cosmética que es una enorme pata de gallo.
Cesc Gay es un excelente realizador. Sus películas son una demostración de lo que debe ser la dirección actoral, el movimiento cuidadoso y elegante de la cámara o la inteligencia al desarrollar personajes. Una demostración, también, de originalidad y de vocación por hacer buen cine. Con Una Pistola en cada mano se adentra en la franja de edad de los hombres en la que todo se puede venir abajo si no se asume como lo que es. Lo hace desde una serie de encuentros entre distintos personajes que apenas dicen nada aunque hacen explotar sus universos o lo que queda de ellos. Es curioso que, en esta película, cuanto más se habla de asuntos importantes más se roza el tópico y el personaje que lo hace se asoma al precipicio del ridículo. Cuanto más se silencia mejor se entiende lo que sucede, con qué ánimo se enfrenta el personaje a la realidad. Narra el realizador cinco encuentros en los que los egos chocan, los logos rozan provocando situaciones inaguantables para el personaje; cínicas, divertidas , patéticas, tristes casi todas.
El reparto es excepcional. Y el trabajo de Cesc Gay con él es impresionante. Es verdad que con este elenco la cosa es más sencilla de lo normal, pero que todos estén sobresalientes no es fácil. Ricardo Darín, Luis Tosar, Javier Cámara, Leonor Watling, Eduardo Noriega, Leonardo Sbaraglia, Cayetana Guillén, Candela Peña, Clara Segura, Alberto San Juan, Eduard Fernández y Jordi Mollá. Casi nada. Por si era poco, la fotografía de Andrés Rebés cuida hasta el último detalle y todo parece estar diseñado para que no deje de encajar una sola pieza.
Tan sólo la escena final desentona. Demasiado traída de los pelos, demasiado aparatosa para que un personaje diga pues estamos buenos lamentándose entre un grupo de hombres que viven diferentes situaciones a cual más trágica. Y, quizás, Gay se arrima más de la cuenta a algún tópico que no deja de serlo a pesar de enfrentarlo desde la zona inteligente. Alguien podría pensar que la película quiere decir que los hombres son más tontos que pichote y las mujeres muy, muy listas. Y algo de eso hay. Pero hay muchas más cosas. Hay universos enteros que explican situaciones, por ejemplo, de desventaja en las que alguien puede parecer eso, más tonto que un cubo, aunque lo que sucede es que la desesperación es grande y los errores acompañan muy bien en esos momentos. Se enfrentan personas en situaciones distintas en las que las desventajas son muy severas.
Cesc Gay hace buen cine. Cada uno de sus trabajos es una grata sorpresa. Un excelente realizador que ha madurado su cine y terminará triunfando. Es cuestión de tiempo. Y de presupuesto.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 10 2013

Tesis sobre un homicidio: Un final insólito e imperdonable

Los espectadores que acuden al cine pagan para ver la película que ha realizado otro.
Alguien tiene una idea, otros (incluso él mismo) financian la cosa y, voilà, los demás pagamos para ver cómo ha quedado el asunto. En ningún caso, creo yo, el espectador paga el precio de una localidad para tener que desarrollar una trama y completar, de ese modo, lo que ha visto. Porque, en caso de hacerlo, la entrada a las salas de proyección debería ser gratis.
Esta muy bien que realizadores y guionistas dejen opciones abiertas en las tramas, que dejen al espectador su propio espacio. Esto está muy bien. Pero presentar una propuesta en la que todo quede reducido, finalmente, a un usted verá lo que quiere hacer con todo esto, a un usted verá cómo quiere colocar las piezas que le han entregado; no parece que sea la forma de tratar inteligencias ajenas.
Tesis sobre un homicidio es una película que rebosa diálogos interesantes (alguno algo pretencioso; todo hay que decirlo); que se desarrolla con buen ritmo; en la que se plantea algo ya viejo y conocido -la lucha de intelectos- aunque con matices muy atractivos. Vocación de hacer cine hay por todos los sitios. Es una película en la que interviene Ricardo Darín que siempre es garantía absoluta; una película bien planificada en la que se alternan planos diferentes con el fin de perfilar a los personajes (los planos secuencia en los que intervienen Darín y Alberto Ammann son un ejemplo). Es una película con la que se quieren conseguir objetivos de altura, de importancia. Ahora bien, deja en manos del espectador demasiado. Y el espectador ha pagado su entrada. Hacer eso, dejar que el peso recaiga sobre el que observa, convierte la relación película-espectador en algo árido, en una bomba de relojería. Más que nada porque si el espectador decide no asumir un reto que no le corresponde todo se viene abajo. Si, además, esto lo descubre el espectador al final, la irritación puede ser descomunal.
Una cosa es dejar abierto el final a modo de elipsis eterna (que puede ser rellenada o no de sentido sin que el propio de la película de vea modificado) y otra, bien distinta, es no plantear un final (con lo que ese sentido del conjunto se desvanece por completo). Tesis sobre un homicidio es eso.
El planteamiento narrativo es que algo observado desde distintos puntos de vista, siendo la misma cosa, se convierte en algo distinto con cada perspectiva. Si te fijas en esto, tienes este resultado. Si te fijas en esto otro, lo anterior se derrumba o crece aún más. ¡Menudo descubrimiento! Pero contar lo mismo, sea cual sea el punto de vista, necesita una solución. No se deben mezclar las cosas y que termine siendo válida cualquier cosa.
Ricardo Darín defiende el papel protagonista. Un abogado que ya sólo se dedica a la enseñanza. Alberto Ammann defiende el papel del otro protagonista. Un alumno del primero. Se comete un crimen. Asistimos desde ese momento, bien a la paranoia de uno, bien a la realización de un plan sofisticado y perverso del otro. Darín con oficio. Ammann con falta de tablas. El talento de Darín es notable y patente. El de Ammann debe estar por llegar (¿qué habrán visto en este chico?).
Las mejores escenas las protagonizan ambos. En ellas, la tensión narrativa se dispara. Pero más por los diálogos y el trabajo de Darín que por otra cosa. No falta una cámara bien colocada siempre y moviéndose tranquila. Ayuda, también, la música de Sergio Moure que, aunque algo tendente a la exageración alguna vez, logra encajar bien. Calu Rivero, sosita. Guapa aunque sosita.
Patricio Vega (adaptador de la novela de Diego Paszkowski) deja algunos cabos sueltos en el guión. Y alguna cosa inexplicable. Por ejemplo, ¿cómo es que acaba la película sin que sepamos el contenido de esa tesis? Podría haber insertado un par de frases. Algo. Y lo de ese final es imperdonable. Hace que un trabajo de una potencia considerable se vacía sin remedio por los cuatro costados. Tesis sobre un homicidio podría ser un auténtico peliculón. No sé si por falta de ideas, de presupuesto, de ganas o de tiempo; se queda en una buena propuesta fallida. Una paradoja, sí. Como convertir el oro en plomo. Algo así.
De todos modos, tal y como están las cosas, no es una mala opción. Porque ya les avanzo que la cartelera está hecha unos zorros.
© Del Texto: Nirek Sabal


ago 5 2012

Elefante Blanco: Una tarde de verano en el cine

Esta misma semana fui al cine, a última hora de la tarde de un modo inesperado porque me temía que pasara lo que ha pasado. Me explico, hace apenas unos diez días, en una sala de cine cercana a casa proyectaron como estreno Elefante blanco. El reclamo por el plantel de actores, Ricardo Darín y Jérémie Renier, vaticinaban un medio lleno de sala (medio, porque estamos en agosto y, como todo el mundo sabe, en verano son pocos los que escogen pasar la tarde metidos en un sitio cerrado y a oscuras). Nada más comenzar la película, de la que había leído muy poco (prefería ir completamente virgen a verla) supe que ese medio lleno de esa minúscula sala, no soportaría, lamentablemente, mantener en cartel aquella película. La historia que relata marginación; enfrentamiento a los propios miedos, al cansancio y la desesperación, en una época de calor, de terracitas y despreocupación veraniega (pese a la crisis); no iba a aguantar más de quince días. Y efectivamente, ayer, volviendo a casa pude comprobar cómo mis presagios no fueron equivocados, en cartelera reza una comedia ligera que alegrará a todo el mundo durante todo lo que resta del mes de agosto.
La película de Pablo Trapero nos pone frente al drama social de los barrios marginales de Buenos Aires, las Villas, en los que convive con la miseria, la droga, la más exacerbada de las violencias, la sin razón y la desesperanza, junto con la labor de los que desde el convencimiento personal trabajan, aún a costa de lo propio, del enfrentamiento personal, contra un sistema demoledor que tiende a olvidar a lo más denostado de la sociedad, apartándolo y arrinconándolos donde no molesten, tras la maquinaria de un Estado que los abandona.
El elefante blanco, un edificio faraónico, que ninguno de los sucesivos gobiernos argentinos terminaron, convirtiendo el proyecto de lo que tenía que ser el hospital más grande de toda Sudamérica, en una mole abandonada a medio construir, donde viven, entre la mugre y la miseria, los que no tienen nada, es una auténtica metáfora del sistema.
La película, pese a ser a una narrativa brillante, una puesta en escena brutal, una música excepcional de Michael Nyman, no va a tener el éxito cinematográfico que merece. Una verdadera pena. Puede que la falta de éxito radique en que la gente está saturada de miseria, de problemas y damas, puede que algunos no comprendan que lo de menos sea que sus protagonistas sean dos sacerdotes católicos Nicolás (Jeremie Renier) y Julián (Ricardo Darín) y una trabajadora social (Martina Gusman), pero existe mucho sectarismo aún y todo lo que huele a iglesia, en estos tiempos que corren, repele, en ocasiones, como ésta, injustamente. Porque lo que realmente importa de los personajes que nos muestra Trapero, su acierto, es la manera en que los coloca a ambos frente al gran drama social; unos personajes que arrastran sus propios demonios, con sus culpas y desvelos personales (como los que puede arrastrar cualquier ser humano), que batallan como David contra Goliat, chocando constantemente contra una pared, contra un sistema que oprime y abandona a los más desfavorecidos.
Una película dura en extremo, en la que la desolación no abandona ni un segundo al espectador. La desesperanza, la inutilidad del esfuerzo, el riesgo de la propia vida. El contrasentido de vivir en el puro lodazal de la inmundicia humana en busca de una brizna de esperanza que cuando empieza a crecer muere aplastada todo eso transmitido a través de desgarradoras imágenes que necesitan de muy pocas palabras.
Una película fantástica de las de verdad, arriesgada, pero buena. Por eso no triunfará, seguro.
© Del Texto: Anita Noire


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may 26 2012

El hijo de la novia: La vida es otra cosa

El cine es espectáculo. Tal vez sólo sea eso. Aunque de serlo (sólo) es fundamentalmente un espectáculo narrativo. Tal y como sucede en una novela, aparecen ante nosotros escenarios, personajes que dialogan entre sí, sensaciones en otros que hacen nuestras. Nos cuentan una historia con el único propósito de explicar algo que (encajado en el mundo de la ficción) trata de ser una explicación de la realidad, una forma única y exclusiva de entender un aspecto muy concreto de lo cotidiano.
El cine es espectáculo y, por tanto, el cine es emoción. No es un ingrediente único, desde luego, pero no puede faltar. Sin emoción, el cine se vacía de contenido, de sentido, de intención (salvo que sea la de aburrir). Y esa emoción llega del riesgo (no de lo blandengue o de los lloros incontrolables). Sí, del riesgo que corre el autor de la obra. El artista está obligado a correrlo. Se trata de arriesgar parte de sí mismo (no dinero, ni cosas de esas). Parte de sí mismo, de lo que sabe, de lo que no sabe, su propia vida. Y eso, cuando es auténtico, se convierte en emoción.
Pues bien, cine auténtico, cine del bueno, es el que suele firmar el director argentino Juan José Campanella. El hijo de la novia, una de sus películas, es el claro exponente de ello. Es, sencillamente, conmovedora. Sostenida por un guión de gran altura lleva en volandas al espectador desde el principio hasta el último minuto de proyección. Las interpretaciones de todo el elenco son fabulosas (el director tendrá su parte de culpa en ello aunque la calidad de los actores y actrices es descomunal). Ricardo Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro llenan la pantalla sin dejar huecos a nada más. Porque consiguen una credibilidad fuera de lo normal. El montaje de la película está cuidadísimo, lo que da una continuidad narrativa magnífica huyendo de elipsis innecesarias o escenas que rellenan por los costados aunque no llevan a ninguna parte. Todo en su sitio. Ni se escatima información ni se incide en aspectos superficiales. Lo que se ve está siempre acompañado por lo que queda debajo. Todo en esta película parece encajar con perfección. El conjunto se presenta soberbio. El espectáculo es cine.
Rafael Belvedere (Ricardo Darín) corre de un sitio a otro. Negocios. Aunque no corre en la dirección correcta. Apenas presta atención a sus padres (Hector Alterio y Norma Aleandro), a su novia (Natalia Verbeke) o a su hija (Gimena Nóbile). Por si fuera poco, la situación en Argentina es desquiciante. Una enorme crisis altera todo. La madre de Rafael sufre de Alzheimer. El padre sigue queriendo a su mujer como el primer día. Por eso decide casarse con ella. Algo que le negó en el pasado. Y en el camino, Rafael sufrirá un ataque al corazón.
Contar todo esto sin caer en el terreno facilón de la sensiblería es muy difícil. Hacer que funcione una historia ya contada es más difícil todavía. Pero Campanella arriesga. Los actores se implican. Parece que todo el mundo disfrutó haciendo la película.
Como siempre pasa en el cine, es el punto de vista el que hace de la película algo especial. Un punto de vista acertado y que el director respeta hasta las últimas consecuencias. Un punto de vista que nos arrastra a esa zona que todos vivimos y nos hace preguntarnos sobre el sentido de lo que hacemos, sobre la posibilidad de enmendar las cosas porque nunca es tarde si somos capaces de mirar con nuestros propios ojos y no con los que nos imponen las circunstancias. Un punto de vista que nos arrastra hasta esa zona soñada que reposa sobre lo infinito, sobre lo que representa el final de un camino al que cualquiera quisiera llegar entero.
Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba tanto frente a una pantalla. Al fin y al cabo, un espectáculo narrativo supone dejar desnudo al ser humano, enseñar lo mejor y lo peor, encontrar un anclaje al mundo, una posibilidad de elegir.
Qué dos horas tan bien aprovechadas.
© Del Texto: Nirek Sabal

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abr 15 2012

Luna de Avellaneda: Raíces perpetuas

Somos lo que somos de principio a fin. Podemos modificar nuestra zona más superficial, podemos fingir ser algo distinto a lo real, incluso podemos negarnos una y otra vez. Pero somos lo que somos de principio a fin. Si las raíces desaparecen nos secamos, estamos muertos.
De esto habla la película de Juan José Campanella, Luna de Avellaneda. Una buena película que aborda el asunto central desde la depresión social, el fracaso matrimonial, una amistad infinita, el amor arrasador o el pragmatismo más radical. Una mezcla más que interesante (aunque necesita más tiempo de lo deseado por el espectador en el desarrollo de algunos aspectos siendo esto un pero de la película).
Ricardo Darín, en el papel protagonista, está a una muy buena altura artística. Aun sin ser su mejor trabajo no tiene el más mínimo problema para defender el papel con facilidad. Eduardo Blanco interpreta su papel sin esa carga de histrionismo que otras veces gasta y logra estar creíble y muy divertido. Mercedes Morán, Valeria Bertuccelli, Silvia Kutica y José Luis Lópe Vázquez, dan la talla necesaria para estar a un nivel sobresaliente. Dicho esto, sobra decir que la dirección actoral es impecable.
Se suma a todo esto que Campanella mueve la cámara con mucho respeto hacia el trabajo de su reparto. Eso o busca el encuadre fijo para que los actores se muevan y hagan crecer a sus personajes moviéndolos en el entorno propio de cada uno, dejando que se vayan descubriendo mientras toman una cerveza o se emocionan mirando un vertedero. Ayuda una iluminación muy trabajada que hace brillar lo justo en cada escena y a cada personaje. Especialmente, en exteriores.
El segundo pero de la película es el montaje. Siendo el metraje algo excesivo, el montaje salpica de elipsis la película que no parecen ser la mejor opción. Parece que están para aliviar de minutos el trabajo cuando deberían utilizarse para que esos espacios de tiempo se completasen desde la relevancia de la zona expresiva de la trama. Fundidos a negro que sacan al espectador de la comodidad de un ritmo narrativo que se tiene que recuperar después. Algo incómodo e inexplicable. Tal vez, hubiera sido mejor no querer contar tantas cosas. No es que este sea un problema mayor, pero está. En cualquier caso, la película es divertida y deja momentos muy emotivos. La escena que se desarrolla en una barca de remos (Blanco y Valeria Bertuccelli) es un buen ejemplo de ello.
Arranca la película con un gran despliegue musical y de iluminación. La puesta en escena es espléndida. Servirá como contraste de lo que nos quieren contar a continuación. Todo será más triste, más gris. El pasado pasa a ser un recuerdo de todo lo que fue mejor. Y el director nos hace transitar por un mundo decadente que, a pesar de los toques humorísticos e irónicos, no convierte en chiste de mal gusto o en cosa sin importancia. Es este uno de los grandes aciertos que llega pegado a un guión muy bien construido. Un cementerio de cemento es el escenario para que la amistad se haga protagonista, el amor lo envuelva todo, las bondades convivan con las maldades con naturalidad y, sobre todo, las raíces anclen a los personajes a un lugar en el que siempre estuvieron sin faltar un sólo minuto.
El cine argentino es buen cine. El cine de Campanella es excelente. No se pierdan esta película.
© Del texto: Nirek Sabal


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ene 17 2012

El hijo de la novia: ¿Qué mierda hacemos con nuestra vida?

No tenemos tiempo para nada ni, casi, para nadie. Consumimos nuestras existencias viendo rápido, sin adoptar grandes compromisos, todo es desechable, fecha de caducidad sellada de antemano. Mientras malvivimos de este modo, esperando que llegue el momento en el que podamos disfrutar de las cosas, las personas, las sensaciones, que nos gustan, olvidamos que puede que ese tiempo nunca llegue o que cuando llegue ya no recordemos nada, o que no sepamos ni quienes somos, que no tengamos nada que nos sostenga en nuestro propio yo.

La vida pasa rápida como una estrella fugaz (permítanme la cursilada) y embutidos en la dinámica del día a día, lo olvidamos y sólo cuando ocurren hechos extraordinarios (no necesariamente buenos, pero tampoco necesariamente malos), pensamos en ello. Es entonces cuando por pura necesidad de supervivencia, nos damos tregua durante unos días para volver a la loca vida con rapidez.

Sobrevivir a la vorágine de la vida diaria, al desgaste humano que provoca, sólo es posible a través del disfrute de cosas sencillas, esas que no se venden en ningún sitio, esas que valen porque las entregamos de verdad, sintiéndolas. Cosas sencillas, baratas, que todos tenemos a mano y que son buenas per se, como es un abrazo, una atención, un beso, una sonrisa, un interesarte por el otro, una llamada, etc. Esas cosas tan simples son las que a la hora de la verdad puntúan y las que nos hacen la vida más sencilla, más agradable, más digna de ser vivida.

Ya lo he dicho en otras ocasiones, siento debilidad por el cine de Campanella, por Ricardo Darín, por Argentina, por los besos que saben dulce, por los abrazos verdaderos, por las violetas, por los helados de vainilla, por los gintonics a la luz de la luna, por los libros que me dejan boquiabierta, por las películas que me emocionan sin caer en la noñería y por muchas otras cosas que, por no llenar siete páginas, no voy a seguir relatando.

Así que hoy, que ando con el sistema nervioso algo alterando, hago una mezcla de algunas de esas debilidades, intentando no dejarme ninguna y coloco en el reproductor el disco El hijo de la novia. Cierro la luz y me dispongo a disfrutar, una vez más, de una buena historia.

Rafael (Ricardo Darín), divorciado, con una hija y una novia florero (Natalia Verbeke), pasa todo el día al frente de su restaurante, no tiene tiempo para nadie ni para nada, con miedo al compromiso y una familia de la que se mantiene alejado. Un padre jubilado y enamorado, una madre, enferma de alzheimer a la que apenas visita y un saco de sentimientos de culpabilidad. Sin embargo, acontecimientos inesperados le harán replantearse la vida, su forma de vivir y la necesidad de parar. Como hecho desencadenante de esta nueva manera de afrontar la vida, la decisión de su padre (Héctor Alterio) de contraer matrimonio por la iglesia con su madre (Norma Aleandro), con la que lleva más de cuarenta años casado por lo civil, sólo para cumplir el deseo que siempre tuvo su mujer y que, aún cuando ya no recuerda apenas nada, él está dispuesto a llevarlo a cabo por ella.

La película de Campanella, una historia de la esclavitud actual, la falta de compromiso con los que tenemos cerca, la búsqueda de sueños aparcados en algún lugar de nuestra mente, todo ello contado con las necesarias dosis de humor y drama que en la realidad también se da. Es por eso que el film de Campanella nos parece tan cercano, tan nuestro, porque no nos cuenta nada que no conozcamos de antemano y con los sentimientos encontrados que todos sentimos en momentos determinados de nuestra vida.

Contar lo que nos cuenta Campanella, que nos conmueva y que no nos parezca una inmensa ñoñería, no es sencillo. No hay trucos, nada es artificial, nada está de más y nada le sobra. Me gusta esta película. Me gusta su historia, me gusta su música, me gustan sus diálogos, me gusta su mensaje, me gusta toda ella.

Y me gusta esta película porque no creo que después de verla no quede nadie que, pasados los 40, no diga lo mismo que Rafael ¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida?

Ah! Una última cosa, no se pierdan los títulos de crédito, encontrarán una sorpresa, pero para ello, deberán ver la película por completo. No se arrepentirán.

© Del Texto: Anita Noire


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ene 14 2012

La cojera del recuerdo. El secreto de sus ojos.


Antes, cuando el cine era cosa de actores, directores, montadores, guionistas y del público, las películas (casi todas) terminaban bien. Los finales felices eran mucho más valorados, mucho mejor recibidos. Desde que el cine tiene mucho que ver con la informática, la cosa es otra. Encontrar una película con final feliz es extraño; guionistas, directores, montadores, actores y público tienden a encontrarse a gusto entre desgracias, muertes horribles, monstruos terroríficos y naves espaciales a punto de invadir la Tierra con gran facilidad. Supongo que, entre otras cosas, se trata de aprovechar una oportunidad (imposible hace unos años) que dona la técnica en bandeja de plata.
Antes, el cine entregaba un mundo de ficción que poco o nada tenía que ver con la realidad. Ahora, el cine recrea una realidad dura y hostil, fragmentada igual que las consciencias de los personajes.
Todo ha evolucionado a gran velocidad. Pero siempre quedan esperanzas si hablamos de esto o aquello. Siempre aparece algo o alguien que te hace pensar que lo fundamental queda intacto.
El secreto de sus ojos es una de esas películas que te arriman al cine de nuevo o para siempre si el que mira es un jovencito que intenta descubrir el mundo.
Espléndido el guión, espléndida la dirección, espléndidos los actores, un maquillaje y un vestuario más que aceptables. Una película de cine, de las de verdad. Espléndido todo.
Un buen número de elementos se unen para contar una historia apasionante. Amor, venganza, suspense, amistad y, sobre todo, el afán por contar. El secreto de sus ojos utiliza todo eso para explicar la importancia de la narración en la vida de cualquier persona. Y no me refiero a la literatura o al propio cine de forma exclusiva. Narrar, narrarse la vida puede, no solo explicarla, sino cambiar, por completo, su fisonomía. Una charla en una cafetería podría servir.
El protagonista se cuenta las cosas tal y como fueron, tal y como quisiera que hubieran sucedido. Hace participar de su relato a otros e, incluso, a sus propios fantasmas. Sabe que un instante modifica la vida de cualquiera. Lo cuenta. Y el mundo estalla ordenando ficción y realidad a su gusto.


Me viene a la cabeza un poema de Luis Rosales que tituló “¿De qué pie cojea el recuerdo? Y dice:
El recuerdo se teje
con doble hilo,
y, de cuando en cuando, se recuerdan cosas
que no han sucedido.
Parece escrito para explicar esta película. Lo bueno de la literatura siempre está al lado de lo bueno del cine.
Y todo esto se cuenta desde las cosas pequeñas, desde lo imposible que es a veces cualquier minucia, desde las personas. En definitiva, desde lo cotidiano. Cine del bueno. Además, sin ordenadores y con final feliz. Amargo aunque feliz. Una mezcla muy difícil de encontrar.
El que se acerque por primera vez a la película que no pierda detalle sobre el personaje que encarna Guillermo Francella. Es, sencillamente, emocionante comprobar que un actor es lo que es y no un papanatas moviendo mucho las manos.
Háganse un favor. Vean la película. Y si ya la han visto háganselo otra vez.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ago 10 2011

Carancho: Desastre argentino

Debe ser que como me gusta mucho el cine argentino siempre espero grandes cosas de él. Y debe ser que como me gusta mucho el cine argentino si no recibo mucho cuando veo películas, realizadas allí y por gente de allí, me irrito facilmente. Aunque en el caso de Carancho tengo razones suficientes para estar enojado me guste mucho o poco el cine argentino. Si no sintiera debilidad por ese tipo de películas estaría igual de decepcionado.
Carancho es una película muy gris. En todos los sentidos. Lo que cuenta es gris (esto no es malo), la iluminación y el revelado hacen que todo lo parezca (esto no es malo), y el resultado es muy gris en su conjunto (esto es malo puesto que la traducción podría ser que la película es mediocre, por ejemplo).
¿Dónde está el problema? Por un lado el guión es muy justito. Parece mentira porque es una de las cosas que mejor trabajan allí. Este, el de Carancho, da muchas cosas por sabidas. Y eso, como siempre pasa, provoca que el espectador no entienda bien lo que pasa porque no entiende a los personajes. Se quedan a medio dibujar, carecen de pasado y de justificación en la narración. Todo es irrelevante, ellos son irrelevantes. Sus motivaciones están siempre agarradas por los pelos. En definitiva, no hay personajes. Además, es un guión que va desde la lentitud absurda a unas prisas por resolver el asunto que no tiene justificación. Un ritmo tan desigual es muy difícil de digerir por parte del espectador.
Por otro lado, la falta de química entre Ricardo Darín (parece aburrido y, desde luego, está muy mal dirigido en su trabajo) y Martina Gusman, es alarmante. Deberían parecer enamorados y apasionados cuando lo que aparecen es distantes, intentando resolver todo a base de besuqueos. Esto es el producto del aburrimiento de uno y de la apatía de la otra. Desde luego, el casting lo debieron realizar una mañana de resaca o estuvo condicionado por el capricho de alguien.
Pablo Trapero, que es el director y guionista (junto a otros tres), no atina con el reparto, ni con el guión, ni con el montaje (también interviene de forma directa). A pesar de lo simple de la trama, a veces, la secuencias paecen no venir a cuento y sacan al espectador que necesita otro esfuerzo más para intentar tragarse la película.
Pero el auténtico desastre viene por otro lado. La película es previsible de principio a fin. Absolutamente previsible. Es decir, se convierte en una castaña desde el minuto dos. Más o menos. Además (y esto si que es lamentable) la película carece de cualquier fondo temático o ideológico. El tema es nada. Cualquier narración que carezca de tema es un desastre.
Carancho cuenta que en el mundo hay muchos malos; que si quieren ser buenas el camino de retorno es casi imposible; que los malos abusan de los buenos. Cosas así. ¿Les suena? Claro, porque Carancho es una película que cuenta lo mismo que seis millones de malas películas lo hicieron ya.
Ricardo Darín es mucho actor y, a pesar de todo (de tanto desastre), es lo mejor de la película, lo que se puede rescatar. Esto es todo lo que puedo decir a favor de Carancho.
Una gran desilusión. Un gran cabreo. Una gran castaña.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 19 2011

Un cuento chino: La importancia de las cosas pequeñas

Me gusta mucho esta película. Sé que cuando se hace crítica decir algo así es como no decir nada. Debería estar hablando de movimientos de cámara, de encuadres; del montaje, más o menos acertado, o de la capacidad para hacer que los actores hagan su trabajo que desarrolla el director. Pero lo dejo para el final. Esta vez como adorno a lo que realmente me ha interesado de la película. Para el final junto a un par de peros apenas importantes.
Me gusto mucho esta película porque el título me recuerda mucho (también) a lo que es el cine actual. Hoy prima lo espectacular, lo grandioso, frente a lo esencial. Parece que sin grandes explosiones, sin un 3D maravilloso, sin un giro descomunal en la trama (aunque sea chapucero e inverosímil); parece que sin eso, cualquier película está condenada a pasar desapercibida, a fracasar en taquilla y ser denostada por un tipo de crítica que convierte esto de analizar el cine en eso, en un cuento chino.
Me gusta mucho esta película porque se sostiene sobre cosas pequeñas, sobre todo aquello en lo que reposa la realidad (y la ficción, pese a quien pese), sobre lo absurdo, sobre lo que nos ocurre cada día en el puesto de trabajo, sobre nuestra pequeñez, sobre nuestro modo de entender lo inexplicable que no es otra cosa que la razón por la que estamos en este lío de la vida. ¿Acaso hay mejor forma de buscar un sentido último a nuestra existencia que intentando descubrir lo que significa el día a día? ¿No se desmorona nuestra civilización cuando hemos intentado sujetarla a la grandeza y a lo global? De esto habla Un cuento chino. Del sentido último de nuestra existencia como individuos. Efímera y pequeña.
Me gusta esta película porque plantea cualquier cosa desde la dualidad. El mundo no está ordenado desde el sí o el no. Debe ser que este cuento chino se llama así porque arrastra eso tan conocido del yin y el yang y que pocos tratan de entender. Todo es dual. Todo es sí y no. Ordenando el guión desde esta premisa la cosa tiene más posibilidades de ser coherente y no convertirse en un desastre ideológico absoluto. Algo a lo que nos hemos acostumbrado peligrosamente.
Me gusta Un cuento chino porque narra algo universal. Todos, al fin y al cabo, buscamos la misma cosa, todos queremos descubrir de qué va todo esto. Buscamos grandes soluciones porque creemos que nuestros problemas son grandes, inmensos. Y nuestra vida es una miniatura si la contemplamos incrustada en el todo que representa el cosmos. En la película todo es pequeño. Y con ello se consigue ver (muy de lejos) lo enorme. Pero sólo muy de lejos.
Y también me gusta porque allá donde aparece Ricardo Darín se prende la luz. Este actor no falla ni queriendo.
El guión va de lo divertido a lo solemne. Sin grandes obligaciones para el espectador. Bien estructurado, fluido y ajustado a lo que pide la acción. Tal vez sobra la explicación a la actitud del personaje principal. Es innecesaria y, con ella, procura explicar lo que quedaba implícito desde el principio. Cualquier explicación parecida hubiera colado. Por tanto, sobra.
Huang Sheng Huang acompaña a Darín como protagonista. Parece lo que tiene que parecer. Un hombre desamparado. Aquí se ve con claridad un trabajo notable del director Sebastián Borensztein al encauzar el trabajo del actor con acierto. Muriel Santa Ana acompaña, también a Darín, como secundaria. Da la sensación de que no existe química alguna entre ambos, pero es que es de lo que se trata. Por tanto, otro acierto en la dirección de actores.
El montaje es, francamente, bueno. Permite saber lo necesario aunque deja fuera cosas. Si hubiera eliminado esa zona expositiva tan explicativa hubiera sido perfecto.
La música, afrancesada, pasa desapercibida y no molesta.
Y el ritmo narrativo es sólido. Sólo se pierde al final con tanta explicación. El director, arriesgando tal y como están las cosas, deja el final en el mismo estrato. Nada de cosas espectaculares.
Agradable, sencilla, muy amable con cualquier tipo de público. Y Darín. No dejen de verla.
©Del Texto: Nirek Sabal


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jul 6 2011

Nueve reinas: Todo puede ser más fácil

Juntar un buen guión, un par de actores espectaculares y montar el resultado del rodaje con gusto y eficacia, suele tener como resultado una buena película. Eso por lo menos.
Si el guión es excelente y uno de esos actores es Ricardo Darín, el resultado es Nueve Reinas. Una película divertida, imprevisible, lleno de momentos divertidos, tensos, emotivos y deslumbrantes; llena de ingenio, buen humor y mucha ironía.
Nueve Reinas es una muestra de cómo es el cine argentino. Muy agradable, muy inteligente y profundo aunque la trama tienda a lo superficial o parezca hacerlo.
Lo que cuenta esta película es la historia de un gran timo. Lo que cuenta esta película es que nada en el mundo es lo que parece. El universo es un conglomerado de matices difícil de adivinar que unos aprovechan para sobrevivir y otros para vivir. El vehículo que utiliza Fabián Bielinsky para enredarnos entre personajes y trama es el mundo de los bajos fondos (muy bajos y empobrecidos por la realidad más cercana a todos nosotros). Con un ritmo que no da tregua a nadie, Bielinsky logra una película muy entretenida que puede ver cualquiera sea cual sea su edad.
Ricardo Darín, Gastón Pauls y Leticia Brédice son los tres actores principales y encarnan a los habitantes de ese mundo tan mezquino como real. Defienden sus papeles con una solvencia exquisita y logran que creamos todo lo que dicen, todo lo que hacen. El resto del elenco logra un nivel notable aunque sus personajes son mucho menos relevantes. Y es que cuando los actores tienen un buen personaje y cosas que decir la cosa es mucho más fácil.
Técnicamente, la película no es nada del otro mundo. Todo es correcto y poco más. Pero tampoco creo yo que nadie quisiera hacer alardes de iluminación o maquillaje. Lo importante es lo otro. Guión, interpretaciones, dirección (de actores sobre todo) y un montaje que no deja huecos a las dudas. En Nueve Reinas nada pasa sin razón, todo se justifica entre sí, no hay una sola elipsis que descoloque o deje una laguna absurda en lo narrado. Si lo fundamental funciona todo funciona.
Darín es un excelente actor. Ya lo era cuando rodó esta película. Ha ido creciendo con el tiempo. Mucho. Pero en Nueve Reinas ya es capaz de agarrar lo grueso del trabajo y echárselo a la espalda para no dudar ni hacer dudar. Le divierte su trabajo. De eso no hay duda alguna. Sería injusto no decirlo así de claro.
La película es de una amabilidad con el espectador fuera de lo corriente. Sin obligaciones, va introduciendo aspectos que implican al que observa haciendo que se formule preguntas que no tendrán respuesta hasta el final de la proyección. Por ello, es muy recomendable para los jóvenes. Disfrutarán con toda seguridad. Terde de verano. Aire acondicionado. Palomitas. Y Nueve Reinas. Pocos planes pueden ser mejores.
© Del Texto: Nirek Sabal


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