mar 28 2012

Adiós a las armas: La guerra sin medios

En 1932, Frank Borzage, rodó Adiós a las armas, basada en la novela homónima y autobiográfica de Ernest Hemingway. Una película protagonizada por Gary Cooper en el papel de Frederick Henry y Helen Hayes en el papel de la enfermera Catherine Barkley.
Durante la primera guerra mundial el periodista Fred Henry (Gary Cooper) se alista al ejército como conductor de ambulancias a fin de poder seguir de cerca los acontecimientos. Durante su estancia en el frente, al que se le destina después de filtrear  con una enfermera (Catherine) en la que está interesado el Mayor Rinaldi (Adolphe Menjou), Fred es herido e ingresado en el hospital militar en el que está destinada Catherine quien durante el conflicto bélico perdió a su prometido. Mientras la enfermera cuida del periodista surgirá el amor, la pasión. La guerra le separara y las cartas que uno y otro se cruzarán durante ese tiempo nunca llegaran al destino y Fred decide abandonar el frente para acudir en busca de Carherine.
La película nos muestra como, en el marco de la contienda bélica, una de las mayores ruinas del mundo habida hasta entonces, un hombre y una mujer, tocados por el horror de la guerra intentan sobrellevar una relación basada en el impulso, en la unión generada por atracción inexplicable de los que nada tienen en común y, al amparo del desastre, se aproximan en búsqueda de una normalidad que ha desaparecido por completo.
Un clásico del cine bélico, de aquel se hacía sin medios, donde la carga y el peso de la película radica en la extraordinaria interpretación de los actores principales quienes, a lo largo de toda la filmación consiguen transmitir los sentimientos y emociones por los que transitan en medio del hostil ambiente que les rodea. No intente ver esta película bajo el prisma de las realizaciones modernas porque nada tiene que ver. Deben verlo con los ojos de quienes en las primeras décadas del siglo XX se acercaban a un cine en blanco y negro, apenas sonoro, con escasos recursos, y que empezaba a gatear, con una fotografía que hoy nos resultaría excesivamente oscura y tosca pero que no fue considerada así en su momento.
Sin embargo, no podemos olvidar que nos encontramos frente a una de las maravillas del cine clásico que hace un verdadero alegato contra la guerra.
© Del Texto: Anita Noire


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feb 13 2012

Bajo amenaza: Bajo mínimos

Hay cosas que conviene decir con rapidez. Bajo amenaza es una mala película. La han contado cientos de veces. Cuando empieza ya sabes cómo acaba. Las interpretaciones son lamentables. Los diálogos nefastos. Está llena de trampas narrativas y la emoción que busca el director con baratijas en la tensión de la trama es, sencillamente, inexistente.
Es mejor que no gasten ni tiempo ni dinero en ir al cine para verla.
Nicolas Cage está fatal. Nicole Kidman horrenda. La fotografía de la película parece una broma de mal gusto. El maquillaje parece más el producto de un juego de niña. La música no suena o eso es lo que parece. Joel Schumacher es el director y debería pensárselo detenidamente porque el producto que presenta es una estafa.
Cualquier cosa que dijera a partir de aquí sería un intento de añadir palabras a una crítica que no merece esta película.
Así que pasamos página. No se dejen engañar por el trailer y escuchen el tema de los Red Hot Chili Peppers. Es mucho mejor que este bodrio de Schumacher.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 25 2011

Love actually: Todo tipo de amor en navidad

Es navidad y hay algunas películas que, aunque pueden verse en cualquier época del año, no hay nada como echarles un vistazo estos días para que las disfrutemos más allá de lo normal, de lo que lo haríamos en pleno mes de agosto. Nada puede sustraerse al influjo navideño, de esas corrientes dulzonas que nos arrastran a lugares que una vez creimos conocer y que, a los que hemos cumplido algunos años, nos parecen que dejaron de existir allá por el pleistoceno. Así que si deciden sumergirse en alguna de estas películas que les digo, no intente alejarse de la melaza con la que vienen impregnadas.
Siguiendo la anterior consigna, me he rendido y, un año más, caigo en la redes de la encantadora Love actually, una historia de historias de amor. Sí, de esas maravillosas historias de amor que, durante unas horas, nos transpotan hasta una felicidad e ilusión ajena.Y es que Love actually, como la propia banda sonosra nos indica con el Love is all arround de Bill Nighy, anuncia que el amor está en todas partes, en una película que, podría parecer un tueste romanticón y se convierte en una de las mejores cintas sobre la navidad. Partiendo del disparate que son algunas de las historias, las tramas que en ellas se suceden son historias de amor, de felicidad enlatada que encuentra su contrapunto en dos historias que nos muestran el punto amargo del desamor. Pero es navidad y por tanto la felicidad debe prevalecer e incluso lo más dramático debe quedar eclipasado por los seres tan absolutamente maravillosos en los que nos transformamos cuando nos acompaña el amor.
Dicho lo anterior y por centrar un poco, decir que corría el año 2003 cuando Richard Curtis y Ben Elton, guionistas de la televisión británica escribieron esta película que, a modo coral, fue interpretada, entre otros, por Hugh Grant, Liam Neeson, Colin Firth, Rowan Atkinson, Claudia SchifferKeira Knightely. Un buen plantel de actores que podemos encontrarlos trabajando juntos en otras producciones. Un plantel de actores en una ambientación totalmente británica que nos subyuga y nos deja sentaditos esperando que la pantalla nos engulla y pasemos a formar parte de esa gente maravillosa que dentro de sus vidas corrientes y vulgares reencuentran, descubren, buscan el amor. Historias cruzadas de amor, de toda clase de amor, del amor de hermano que renuncia a todo por hacerse cargo del que lo necesita, del amor del amigo que renuncia a él precisamente para que no ceje la amistad, por ese amor al infiel que atormenta pero no cede a nada; el primer amor, ese inocente que se descubre en la infancia; el amor de los amigos, de la compañía querida. Porque el amor duele, pero casi siempre nos hace explotar el corazón de alegria.
Hay muchas opciones para comerse los polvorones y los turrones, una puede ser viendo cine y, si deciden que esta última es una buena opción, no descarten Love actually, porque es navidad, porque hay personas maravillosas y porque, aunque a veces cueste creerlo, si tienen dudas y se preguntan si aquello que desean es posible, no duden en contestarse “¿Por qué no? Es casi navidad.
Sean felices.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 28 2010

Ondine: En el nombre del espíritu santo

Ondine trata de la vida de un tipo llamado Syracuse que reside en el suroeste de Irlanda ganándose la vida como puede en el mar, ex-alcohólico, padre divorciado y con una hija con deficiencia renal que va en silla de ruedas pero más lista que todos los adultos que la rodean; un pescador que protege lo que más quiere sin herir a nadie, su hija y su barco; un hombre que vive una vida tranquila y aburrida, una vida gris sin ningún objetivo. Todo eso cambia cuando sale a la mar y pesca en sus redes a una joven y bella mujer a punto de morirse, y como si fuera una especie de milagro, la chica se involucrará en sus vidas hasta tal punto que la monotonía se convertirá en historia.
Para ello, el director Neil Jordan (Entrevista con el vampiro, Michael Collins o El fin del romance) introduce elementos literarios, históricos, mitológicos, o incluso médicos que dan pie al nombre de la película y a la descripción de sus personajes: las ondinas, que en la mitología germánica son ninfas inmortales del agua que si mantienen una relación con un hombre de la superficie perderán su vida eterna y que sirve para expandir la obvia referencia a la obra La sirenita de Hans Christien Andersen en la que se basa el film; Maldición de la Ondina conocida en medicina como una enfermedad de la respiración durante el sueño y que sirve como base para describir a nuestra protagonista femenina en su parte final; o cómo a su vez, de una manera bastante subliminal, hace referencia a la invasión de los atenienses en el siglo V-IV a.c a la ciudad de Siracusa (de ahí el nombre del pescador), cuya guerra no se pudo ganar si no fuera gracias a los soldados de Esparta que acudieron en ayuda de los siracusanos, todo ello enmarcado en la película en los personajes secundarios (como la hija o el cura con el que se confiesa el protagonista) que dan una base al guión para hacer llevar a nuestros protagonistas a conseguir sus objetivos; o cómo enmascara toda la moraleja del asunto y de la aceptación del yo en la más clara de todas las referencias, el cuento de Alicia de Lewis Carroll. Es una película que no ofrece florituras, va directa al grano, al desarrollo de los personajes, alejada de la estética videoclipera típica de un argumento así, técnicamente modesta y humilde, con una fotografía espléndida de unos tonos fríos y una utilización muy acertada de grises y verdes, y unos paisajes de Irlanda muy diferentes a lo visto, muy bien realizada y con unas actuaciones realmente buenas, un soplo de aire fresco entre tanto cine lleno de testosterona, pastiches azucarados e idioteces varias.
El director nos propone con su película un argumento que juega con la fantasía a través de una realidad sucia y decadente, al contrario de lo que nos cuentan cintas como Amélie de Jean Pierre Jeunet que enmascaran la verdad con la fantasía como si se tratase de un tupido velo, llena de artificios y tonterías. Sí, lo admito, no soporto el cine ese que se ha puesto de moda, el llamado realismo mágico, por eso adoro esta cinta de Neil Jordan, porque da una patada en el estómago a todas esas personas que huyen de sí mismas, a esas personas que se agarran a un clavo ardiendo sin entender de qué esta compuesto dicho objeto metálico, esas personas que tienen miedo de la realidad tal y como es, una patada a todo aquello que ensalza el realismo mágico. Y a través de unos personajes como Syracuse y su hija, gente que ha perdido la fe en todas sus expresiones, que tan sólo viven y que ven en la mujer acogida algo más, algo que no se deja ver, ese clavo ardiendo del que no se sabe de dónde viene ni cuál es su pasado pero que atrae por ser la novedad, una simple evasión a sus patéticas vidas. Todos los personajes no admiten lo que son, lo que fueron, ni saben lo que quieren y que como consecuencia de ello vivirán en una fantasía, como si se tratara de un yonki o alcohólico o gente con un síndrome de Peter Pan exacerbado. Se refugian en la creencia de que la chica es una sirena, pero en realidad convivirán con una extraña que simplemente les agradece que la traten como una más de la familia, es decir, vivirán en su realidad, no la realidad. De eso y de más va esta película, de la aceptación de sí mismos. Porque si no nos aceptamos a nosotros mismos, ¿para qué coño vivimos? ¿Para huir? ¿Hacer el idiota? ¿Engañar a los demás? ¿Para qué?
Ustedes mueven ficha. Debo dejar de ser moralista. O no.
© Del Texto Gwynplaine Thor


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