ago 14 2011

La soledad: La huida del cine

El cine de Jaime Rosales puede gustar más o menos. Comprendería que a muchos no les gustase nada. Pero es un cine honesto, un cine que busca un camino claro y transita lugares muy difíciles para convertir una película en algo tan cercano como la realidad misma.
Próximo en su concepto de realización a Michael Haneke, Rosales parece obsesionado con algunas cosas que, tal vez, el gran público reciba como aburrido y cansino. Planos fijos eternos, una simetría con vocación de infinita rota por líneas que impiden su perfección, diálogos casi vacíos que dejan un hueco enorme a los gestos, los silencios o los ruidos de fondo que toman una relevancia enorme y trasladan las imágenes a otra dimensión expresiva. Imágenes presentadas sin movimiento de cámara alguno. Cada secuencia está planificada con cuidado, casi con exactitud. Todo parece calibrado, revisado, probado y realizado desde una mecánica expresiva parsimoniosa y delicada.
Y esto es lo que puede resultar aburrido, repetitivo. Si no se mira con cuidado la película, es posible que la sensación de lentitud se convierta en desesperante. El ritmo es tan igual durante el metraje (gracias a un montaje medido al milímetro) que la sensación puede resultar la de estar viendo siempre lo mismo, el no pasar nada, que el tiempo está parado. Aunque esto es injusto. Al menos en el caso de La Soledad. Una excelente película llena de sonidos, de gestos y de matices que elevan la construcción del personaje a la máxima expresión. Al principio de la película, esos personajes, son muy distintos que al terminar. Parece que no pasa nada y ninguno de ellos es el mismo después de concluir el relato. Nada ni nadie es igual.
Introduce Jaime Rosales un elemento técnico en la narración que ayuda a que la acción sea demoledora para quien quiere ver. Desde la expresividad. Ese elemento es la polivisión. La pantalla se divide en dos partes iguales. Podemos ver el mismo escenario desde ángulos distintos, ver lo que sucede de forma simultánea, una conversación en las que las miradas se distancian y dibujan una distancia tan brutal que asusta (los planos y contraplanos, en cada lado de la pantalla, de los personajes sentados, uno frente a otro, dialogando son impresionantes). Además, repite secuencias en las que modifica la simetría llevando al lado contrario lo que había mostrado anteriormente. Eso provoca un cambio radical en el universo que dibuja el director. Las cosas han cambiado. El mismo lugar, los mismos personajes, pero nada es igual. Un gran acierto introducir ese elemento.
La Soledad cuenta la historia de Adela y Antonia. Adela deja el pueblo para vivir en Madrid. En la ciudad algo cambiará su vida y dejará a la mujer indefensa y sola.Antonia procura ser el eje familiar para que sus hijos progresen, pero se hace imposible. Queda aislada del mismo modo que Adela. Por supuesto, el tema de la película es esa soledad que destroza a cualquiera. Lo único que escuchamos es el ruido de la ciudad, las conversaciones de los personajes o el vuelo de una abeja. Nada de música. La fotografía no es especialmente brillante aunque la sensación es que se trata de algo premeditado. Relatar el mundo sin adornos es el objetivo. Los actores y actrices (todos y todas) se ven contenidos, integrados y defendiendo sus papeles con uñas y dientes.
La Soledad es una espléndida muestra de un cine que está obligado a llegar para experimentar una huída de sí mismo. Una exquisita muestra de lo que puede representar, en cualquier forma de narración, huir (también) de lo explícito, de lo fácil y de concesiones a la galería que convierten las obras en productos de consumo masivo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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may 15 2011

The Omega Man: Estereotipos sociales desfasados

Un hombre viejo y solitario recorre las calles de la ciudad Los Ángeles, una urbe aparentemente muerta, desierta cuando, de repente, detiene su bólido rojo, saca una ametralladora del asiento del copiloto y dispara a lo que vislumbra como una sombra huidiza entre las ventanas de un edificio. El hombre es el coronel y científico Robert Neville, un tipo que vive sus últimos días intentando sintetizar una vacuna que él mismo creó tiempo atrás, pero que, tras el azote de la plaga que convertía a los seres humanos en otra cosa, no ha podido volver a crearla por falta de recursos y medios. Un día, por casualidad, se encuentra con una mujer llamada Lisa; a partir de entonces Neville descubrirá que no está solo y que hay más como él en un mundo en el que apenas quedan esperanzas.

Interesante propuesta y primer remake de El último hombre sobre la Tierra de Vincent Price, que se basa en la novela Soy Leyenda de Richard Matheson (de la cual se hizo una versión hace un par de años, con Will Smith, y que podríamos definir como el segundo remake), el director Boris Segal en trabajo conjunto con los hermanos Corrington al guión, consiguen un estrafalario y delirante film que surge como una burla a todo el movimiento alternativo, que no contracultural,  que surgió, vivió y murió en la década de los 60: los hippies. Y entiéndase estrictamente contracultural como al acto de aislamiento de todo tipo de civilización y sistema, una utopía en sí mismo, pues el hombre generalmente tiende a socializarse, y por ese proceso de socialización, el hombre adquiere cultura. Por lo tanto, utilizaremos el término alternativo para denominar a los hippies, y entiéndase como alternativo a un movimiento contra el sistema, pero que vive bajo el sistema. Porque eso ha sido el movimiento hippie, y se ha visto con el paso de los años, no era más que una forma más de llamar la atención, promulgar unos valores (¿hedonismo? Ja, ¿paz? Ja, ¿amor y libertad? Ja), generar un movimiento, y en consecuencia, como todo, ganar dinero. Muchos de esos hippies, hoy, son grandes empresarios que dominan el mercado y hacen lo mismo que las personas contra las que luchaban en esos años. Hipocresía barata y de manual. Y luego están los supuestos iconos rebeldes, pero que mueven masas ingentes de dólares, sea Pink Floyd, sea John Lennon, sea Jefferson Airplane. Hoy, los podemos llamar pseudo-rebeldes. ¿Qué rebeldía hay cuando se establece todo un mercado de merchandising, esto es, tener tu banderita de Bob Marley, una camiseta con el Che Guevara, tu taza con la imagen de Jimi Hendrix, o tu chapa de Bob Dylan?
De hecho, una de las primeras paradas de Neville es un cine donde se proyecta el archiconocido festival de Woodstock, donde un hippie sale en pantalla y dice Vaya, esto es realmente hermoso, pues, ¿sabe?, tiene que darse cuenta del cambio experimentado en los últimos tres días, sólo hay que ver, hay que comprender, hay que comprender lo que es realmente importante, la imagen que vemos es la de un Neville solitario en el cine, viendo masificaciones de gente bebiendo, drogándose, divirtiéndose de una forma hedonista mientras repite las últimas frases en un tono de sarcasmo, por lo pueril y banal de todo aquel movimiento alternativo.

Por eso no es de extrañar, que los infectados, en sus más que múltiples diálogos terrenales y primitivos, condenen aquel hombre estudioso, ilustrado, con juicio crítico propio. Pues, como todo movimiento, hablamos de masas, y las masas promulgan discursos, valores y luego se hace todo lo contrario, porque todo movimiento lo que quiere es hacerse con el poder, de una forma u otra. Como dice el líder de los infectados en un momento dado del film, donde atrapan a Neville: Apesta a combustible, está envuelto en el olor de los cables eléctricos, es un inútil, aquí ya no hay sitio para él. A lo que todos los súbditos responden al unísono con un . La ironía de todo ello, es que los infectados se denominan a sí mismos como La familia, y el hecho de condenar a Neville a la hoguera con un capirote, dice mucho de la visión que ya se tenía en el 71 de lo que era el movimiento hippie: una forma más de negar la individualidad y el conocimiento, el pensamiento propio a favor de un pensamiento homogéneo y colectivo. Sin embargo, a medida que transcurre el film, se nos demuestra que un nuevo futuro es posible para las nuevas generaciones, que no todo está condenado a ser una masa hipócrita sin cerebro, ya que Neville cuando es conducido por Lisa hasta un refugio, sólo encuentra niños y niñas a la espera de una esperanza que les ayude a seguir adelante en un mundo loco, incomprendido, salvaje, un mundo que ha sucumbido por sus errores. A destacar también ese temor de la época entre el bloque soviético y el occidental, estamos hablando de la Guerra Fría en todo su apogeo (y del que se alude en momentos del film).

A pesar de lo estrambótico y desquiciante del asunto, la película hace estragos en el desarrollo de personajes y situaciones, y es una montaña rusa con sus bajadas y subidas que no acaba de cuajar del todo, ni siquiera en ese final ultra-religioso con un Neville con alardes de Jesucristo que salva a la humanidad gracias a su sangre, aunque inevitable. Siguiendo con el guión, está lleno de frases lapidarias cojonudas aunque desternillantes, con unos infectados que son los que son, hippies chutados de LSD hasta las trancas, y un Charlton Heston como protagonista que llena la pantalla con su sola presencia y mala leche. Técnicamente normalita, levantando las expectativas en sus primeros minutos, no así en el resto del film donde decae hasta límites insospechados, con una fotografía que no llama nada la atención, salvo por el tono gris constante, no llegan a terminar una historia que en manos de un guión más cuidado y una mejor dirección hubiera sido una película más grande que la serie b que tenemos entre manos.

En conclusión, Robert Neville (o Charlton Heston, como prefieran) descubre que estaba tan solo como también lo pensó Robinson Crusoe. Y cuando vio lo que le rodeaba, prefirió morir. No me extraña nada, yo también lo haría a estas alturas con tanto snob, gafapasta, pseudo-rebelde que va de rebelde, pseudo-intelectuales que van de dioses sobre la Tierra, perro-flautas y demás entes sin personalidad que van de una cosa, piensan otra diferente, y hacen todo lo contrario. El movimiento hippie no es más que una farsa, lo mismo que los góticos, punks, metaleros y muchos más; todos están en el sistema, no contra el sistema. Hoy más que nunca, vemos sus efectos, sus incomprensiones, sus contradicciones. Así nos fue, y así nos va. Solo hay que ver, y comprender.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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jun 10 2010

Soy leyenda: Adiós, esencia, adiós

Es muy común pensar que las versiones cinematográficas de una buena novela tienen forma y fondo de castaña pilonga. Dicho de otro modo, el libro suele ser mejor que la película.
En muchos casos, la trama de la película pierde profundidad al omitir detalles expresivos fundamentales. El metraje no puede ser infinito y hay que elegir. Otras veces, el director y los actores se encargan de destrozar las cosas intentando aportar toques personales que resultan ser golpes mortales en lugares intocables. Y, otras, el problema es que ni un solo miembro del equipo se logra enterar de nada al leer la novela para sacar de esa lectura una buena película fiel al original.
Soy Leyenda de Francis Lawrence es de estas últimas. Si el guión fuera original tendría un pase la cosa. Pero no. La película quiere ser fiel a la novela de Richard Matheson que es un clásico de la ciencia ficción. En ella se cuenta (resumo mucho aunque prometo hablar de ella en el blog “Escrito Para…” dentro de muy poco tiempo), en esencia, la forma que tiene de convertirse en monstruo cualquier ser vivo. Un individuo cualquiera que se queda solo ante un colectivo de otra naturaleza cualquiera se transforma ante ese grupo en un bicho extraño. Y, lo más importante, ante sí mismo. Esa es la esencia de Soy Leyenda.

Pero el director de la película dedicó sus esfuerzos a que viéramos todo lleno de monstruos horribles y a un hombre acorralado, atormentado y única esperanza para la humanidad. Es decir, se propuso hacer lo que le diera la gana consiguiendo excelentes resultados (al hacer un churro taquillero, claro).

La película es entretenida, trepidante. Ah y está vacía. Todo se sostiene sobre cuatro cositas que resultan chocantes por lo espectaculares que son. Pero la esencia desapareció por completo. Por esta razón he visto la película más de una vez buscando otra, la que el director de la película debería haber incorporado como parte fundamental del trabajo. Nada. Ni es una película que me emocione por algo, ni es una película que me enseñe un mundo diferente (vale, este tiene un aspecto algo raro, pero es el mismo que vivo yo y eso no me explica mi realidad, ni ninguna otra), ni es una película en la que los personajes ejerzan una mirada que me interese lo más mínimo. Se trata de una historieta entretenida. Poca cosa.

Will Smith está en su papel (diré esto haciendo un alarde de generosidad) correcto. Los efectos especiales notables (algo es algo). Y el maquillaje justito cuando debería haber sido espectacular.

En fin, que se puede ver para perder el tiempo. Eso si es que le sobra un minuto, cosa que me extraña. Así que ya sabe.

© Del Texto: Nirek Sabal


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