mar 10 2010

Altamente peligrosa para la sociedad

- ¿QUÉ SUELE HACER USTED EL DÍA QUE ESTÁ DE SERVICIO?
- NADA DE PARTICULAR, CORTAR EL CÉSPED…
Adoro la Nouvelle Vague, la luz natural, la cámara al hombro… El estilo “reportaje”, los rodajes cortos y baratos, la súper 8…
Adoro a Truffaut, porque él, como yo, prefirió ver la vida a través de los libros y el cine; porque él eligió emborracharse de Cinemateca y pasar de la vida social y la política; por autodidacta y antiacademicista; por alejarse de las modas y el esnobismo; por sus historias tan, tan, tan personales; por sus finales tan ambiguos, y porque va directo al corazón del corazón humano.
Ah, y porque yo también creo firmemente que en la historia de Inglaterra del siglo XX, Charles Chaplin es más importante que Winston Churchil. Eso creo.
Adoro esta película porque adoro leer. Y, aún con sus carencias técnicas, sobresale el honesto intento por parte de Truffaut de mostrarnos el amor que siempre sintió por los libros y la literatura; porque me provoca un insomnio terrible cuando la veo; porque me da la risa cuando veo sus créditos sin créditos y sus comics llenos de bocadillos vacíos; porque me alerta sobre la amenaza de la televisión, y yo no tengo antena…
Decía su protagonista, Guy Montag, que quemaban los libros porque éstos distraían a las personas y las hacían “elementos insociables”. Que se trataba de mantenerlas entretenidas a base de gimnasia y televisión interactiva. Será por eso que odio la gimnasia y la televisión, que siempre me he sentido Clarisse McClellan, y nunca guardé a Dickens en la lámpara ni a Bukowski en mi tostadora. Así que me declaro un “elemento insociable” y altamente peligroso para la sociedad, dispuesta a repantigarme con mi libro en el primer árbol que vea, allí dónde me dejen en paz los bomberos, y alejada de las antenas.
Muchas son las preguntas que me hice en el visionado de esta película:
¿Qué pasaría si en nuestro mundo fuesen prohibidos los libros? ¿Cambiaríamos la cocaína por leer a Platón? ¿Soñaríamos con los prados de Jane Austen, con bailar una mazurca con Anna Karenina, con llorar leyendo las desgracias del pequeño Copperfield?
¿Dónde preferirías vivir: en la ciudad, con la televisión, el Orfidal y las comodidades, o en el bosque, pasando hambre y frío convertido en un hombre-libro?
A mí me gustaría, mientras ustedes cortan el césped, recitar a Bradbury bajo la nevada en los campos de “Amanecer” de Murnau, y llamarme “Farenheit 451”.
© Del Texto: Sonia Hirsch


feb 25 2010

El infierno al alcance de la mano. Fahrenheit 451.

Siéntese en una estación de tren de una ciudad cualquiera. Contemple a las personas que allí se encuentran. Yo lo he hecho hoy. Miraba a mi alrededor y he sido consciente de que nos mienten cuando nos dicen que en este país no se lee.
He visto varias docenas de personas con sus libros en las manos, enfrascadas en sus lecturas, no sé si buenas o malas, pero en lecturas, mientras esperaban sus trenes.
Hagan la prueba, vayan a un andén cualquiera, da igual Paseo de Gracia, que Atocha, que Santa Justa, podrán contar decenas de libros.
Los libros forman parte de mi vida desde que tengo uso de razón. Empecé a leer muy pronto, tanto que una de las atracciones en las reuniones familiares era sacarme a la palestra para que leyera cualquier cosa que me pusieran delante. Un monito de feria, tal cual. Quizás por eso hoy mis lecturas son siempre en solitario, y si puedo escoger prefiero que me lean a tener que leer yo. Quizás por eso, también, me gusta ver cine a solas.
Vi Fahrenheit 451 en casa de mis padres, sentada en una silla con las manos colocadas debajo de las piernas, para no morderme las uñas. La televisión en mi casa era en blanco y negro, la de color llegó muy tarde Y recuerdo como si fuera ayer, como la estética futurista de la película (tampoco en exceso) me hacía pensar en que tal vez aquello era lo que nos esperaba en el futuro.
No entendía demasiado bien la película, me parecía que era algo terrible lo que me contaban. Los que se suponía eran los “buenos”, se dedicaban a la destrucción. Y un mundo bueno era un mundo sin libros. Hoy sigo sin entender.
Pasaron unos cuantos años hasta que volví a ver la película. Andaba ya en mi primer año de facultad. Ahora ya era en color y en un entorno bastante distinto. Fue en la antigua Filmoteca de Barcelona. Aquella película pasó a ser completamente distinta. La estética futurista me parecía trasnochada, pero la historia seguía pareciéndome terrible. La destrucción masiva de libros con la finalidad de crear una sociedad aborregada, con un pensamiento lineal. Hoy me sigue pareciendo terrorífico
Los libros. Aprendí a cuidarlos porque esto y no otra cosa eran toda la herencia que iba a recibir. No lo cambio por nada. Por eso jamás he tirado un libro. Si alguno ha dejado de interesarme ha ido a parar a otras manos. Y es que, la circulación de libros, es la circulación de pensamientos.

Los libros son el mecanismo perfecto para desarrollar el sentido crítico en las personas. No contienen la “verdad absoluta”, esa no la tenemos nosotros. Cada uno tenemos nuestras verdades en la cabeza y estas, precisamente, porque no son absolutas, pueden verse modificadas, por la influencia de las cosas que llegamos a leer.
Pero hay que leer con sentido crítico. Y eso es precisamente lo que la película Fahrenheit 451 transmite, la necesidad de ser crítico, de cultivar la diferencia a través de la elaboración de un pensamiento que jamás debería ser socialmente uniforme.
La destrucción de un libro, como los que nos muestra la película, mediante impresionantes manguerazos de queroseno, son la metáfora perfecta de la destrucción del desarrollo mental.
La contraposición entre la figura de Clarisse McCellan y Mildred (una que aboga por un mundo instruido con una mentalidad crítica y la otra, por un mundo plano sin aspiración alguna más allá de lo estrictamente material y socialmente aceptado), son la representación perfecta de dos mundos absolutamente antagónicos.
Porque los libros, contrariamente a lo que sostiene Montag al inicio de la película, no son trastos inútiles. Sí que tienen interés, no hacen desdichadas a las personas y, por supuesto, no las vuelve antisociales.
Precisamente, los libros son todo lo contrario, porque evitan que vivamos en mundos monolíticos, con un pensamiento único. Lo que en ocasiones nos puede llevar a ser felices o incluso tremendamente felices. Esto es precisamente lo que no ocurre en el mundo que se nos muestra desde Fahrenheit 451 donde los habitantes de aquella sociedad son felices a fuerza de no plantearse absolutamente nada
Replantearse el mundo es una necesidad vital y eso es precisamente lo que hace Guy Montag. En el caso de Fahrenheit 451 esta necesidad se alivia a través de la esperanza de aquellos que intenta salvar el mundo mediante la memorización de los libros que consideraban fundamentales. También este detalle me tuvo algún tiempo en vilo. Pensaba en que llegado un momento como el que reflejaba la película, no sería capaz de memorizar, por entero, el libro que en aquel momento, en la época de mi segundo visionado de la película, iba siempre dentro de mi macuto “Mientras el aire es nuestro” de Jorge Guillen. Creo, que insistía en este poemario precisamente por el poema ahora transcribo:

Dice Virgilio a Dante, “Inferno”, I, 76.
Los destructores siempre van delante,
Cada día con más poder y saña,
Sin enemigo ya que los espante.
Triunfa el secuestro con olor de hazaña,
Que pone en haz la hez del bicho humano.
Ni el más iluso al fin la historia engaña.
El infierno al alcance de la mano.

 

Una película que hace pensar, que ningún jovencito debería perderse para entender que alcanzar la felicidad supone entender el mundo en el que uno se posiciona desde el conocimiento y el sentido crítico. Y para ello leer es fundamental.

© Del Texto: Anita Noire


feb 24 2010

Cuando sea libro me pido ser… Fahrenheit 451

En mil novecientos noventa y tres quise ser “El Origen” de Thomas Bernhard. El veinticuatro de febrero de dos mil diez quiero seguir siéndolo.
Me recuerdo sentado en la silla de estudio pensando sobre la novela que acababa de leer. Fahrenheit 451. Me recuerdo sentado pensando sobre el libro que elegiría en el caso de verme en una situación como la que se describe en esa novela. Pero, sobre todo, me recuerdo asimilando lo que acababa de entender y que no había sido capaz de ver con claridad hasta ese momento. El escritor tiene una responsabilidad, casi trágica, con la humanidad y con su humanidad. Lo que escriba será, tanto si es malo como si es bueno, parte de esas “humanidades”; lo que destruya o deje que destruyan otros estará haciendo trizas buena parte de esa herencia. No hay una sola lágrima que un ser humano haya derramado que no hereden todos y cada uno de los hombres y mujeres que nazcan después de él. Cada uno manejará eso como pueda, cada uno será distinto por ello. Pero si es modificada por una distinta y enlatada el ser humano ser convertirá en una burda imitación de sí mismo. Todos iguales, todos viviendo una felicidad absurda y mortecina, todos mediocres.

Bradbury, autor de la novela, nos muestra esas lágrimas heredadas en forma de libros que son quemados por bomberos que derraman petróleo con sus mangueras en lugar de agua. El poder convirtiendo al ser humano es un rebaño atontado que habla con personajes imaginarios de la televisión (como los muchachos que pasan horas jugando con su consola o los adultos que confunden Internet con una casa de citas gigantesca). Y un grupo de hombres y mujeres diferentes porque no están de acuerdo con ese poder ni entre ellos. Como los libros que aprenden de memoria para que no se pierdan ante tanta estupidez.
Fahrenheit 451 no es una novela cualquiera. Es una obra que puede cambiar la vida de la gente si es bien leída, si es bien interpretada. Como todas las obras de arte.
Por eso quise, quiero y querré ser “El origen” de Thomas Bernhard. Otra obra de arte. Quiero no estar de acuerdo con nadie de este mundo, quiero ser yo mismo y rodearme de otros. ¿Quién no querría casarse con “Conversación en la Catedral” o algún relato de Salinger?
De momento no tenemos la obligación de aprender de memoria ninguna de las novelas que se han escrito. De momento. Ya veremos dentro de unos años. Pero si debemos leerlas. El que no conozca esta de Bradbury que lo haga. Es posible que se la pida.
Fahrenheit 451
Ray Bradbury
DeBolsillo
Calificación: Imprescindible
© Del Texto: Nirek Sabal