sep 16 2012

La fuente de las mujeres: Entre dos aguas

La igualdad entre hombres y mujeres es eso que todo el mundo parece desear y que nunca llega. Algo que vende mucho entre los hombres respecto a las mujeres y poco más. Es verdad que, poco a poco, se han ido consiguiendo rebajar diferencias; tan verdad como que el problema parece eterno.
Este es el asunto que aborda el realizador Radu Mihaileanu en su película La fuente de las mujeres. Un trabajo que, si bien es agradable y muestra aspectos técnicos notables, se queda a mitad de camino en su propuesta. El problema fundamental es que son tantos los anclajes que busca que todo se queda en la superficie.
Radu Mihaileanu busca un montaje entre lo visual y lo narrativo que ya le ha funcionado bien en otras películas (en esta también), un guión entre la comedia y el drama que evita los puntos conflictivos y, así, los ataques frontales de un sector contrario a la idea que defiende (ese cuidado con el que anda el realizador es irritante), un contraste perpetuo entre los buenos y los malos excesivo. Con todo ello, la cosa queda en un sí, pero no. Y es una pena porque la película arranca con fuerza y claridad para que todo se difumine entre bondades y medias tintas.
Ahora bien, lo que se quiere contar se cuenta con claridad y fuerza.
Todo ocurre en un poblado, que podría ser cualquiera del norte de África, en el que no hay agua, en el que las tradiciones se muestran tercas, en el que la sequía agota la supervivencia de todos, en el que la religión ordena todo desde una interpretación errónea. Una de las mujeres promueve una pequeña revolución para conseguir que los hombres modifiquen sus actitudes con respecto a las mujeres (Aristófanes ya hizo esto en sus comedias. El mito de Lisístrata es de donde sale la idea para esta película). Y, a partir de aquí, todo se desarrolla en clave de enfrentamiento de sexos.
Se acompaña la acción de una banda sonora magnífica soportada sobre música tradicional árabe. Sería imposible entender el relato sin esas canciones, sin saber lo que dicen unos y otros al cantar. Casi siempre son las mujeres las protagonistas y si son los hombres los que interpretan alguna canción es para terminar haciendo el ridículo. El realizador utiliza esto para explicar la falta de sensibilidad ante la belleza del género masculino. Pocas veces la música matiza tan bien y hace avanzar la acción con tanta fuerza como en este trabajo.
Las interpretaciones son estupendas. La dirección actoral no presenta fisuras y todos los que aparecen en la pantalla parecen integrados en el proyecto. La actriz principal, Leila Bekhti, sobresale de forma especial. Por su trabajo y por su belleza. Su personaje es el eje de la narración y ella lo sabe. Pone toda la carne en el asador desde el principio y los problemas de la película quedan en segundo plano. Hafsia Herzi defiende su papel más que bien y Biyouna (viejo rifle en la película) hace una labor espléndida.
La fotografía bien, el sonido muy bien, el montaje excelente. Vestuario y maquillaje notables. Todo bien salvo ese afán por contar todo y dejar lo fundamental algo olvidado. Parece más una excusa para hacer el resto del trabajo que lo esencial del relato.
Ahora bien, si La fuente de las mujeres sirve para que, efectivamente, las cosas cambien, ese quedarse entre dos aguas será bienvenido. De hecho, recomiendo que todo el mundo la vea. Se pasa un rato muy agradable. Hay emoción, uno sabe lo que le están diciendo y la película deja un poso en la conciencia de cualquiera.
Si ver cine en versión original es siempre recomendable, en este caso, es casi imprescindible. Es un esfuerzo que merece mucho la pena.
©Del texto: Nirek Sabal


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jun 3 2010

El concierto: Cada cosa en su sitio

Mediocre, inverosímil y lacrimógena. Toda una decepción. Me habían hablado muy bien de El Concierto de Radu Mihaileanu. Ya sé de quién no puedo fiarme.

El concierto es la historia de una venganza. Aquí no hay veneno, ni navajas degollando pezcuezos, ni horribles padecimientos de nadie. Al contrario, la música y la amistad son armas suficientes para que un grupo disparatado consiga lo que se propona.

Como en todos los viajes colectivos (aquí se viaja de Moscú a París), los individuos presentan sus propias motivaciones. Comerciar, conseguir trabajo, salir de un país en ruinas, dirigir una orquesta, conocer el pasado, hacer que el partido comunista se eleve hasta el mismo cielo o volver a beber. Con estos mimbres y un concierto en el Teatro de Châtelet se arma la trama de la película.

Un grupo de músicos acabados terminan triunfando, ella (la protagonista) llora, él está a punto (el protagonista), el público se enternece (el del cine, digo, porque el del Teatro de Châtelet está emocionado, en pleno éxtasis) y, oh, la felicidad se hace presente.

El concierto está salpicada de un humor muy elemental y unos diálogos bastante simplones. Lo mejor, por supuesto, la música. Aunque si se trata de escuchar un concierto de Piotr Ilich Tchaikovski prefiero ir al Teatro Real de Madrid y dejar lo del cine para mejor ocasión. No se me ocurre decir nada más. Es tan poca cosa esta película…

© Del Texto: Nirek Sabal

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