sep 3 2012

¿Y si vivimos todos juntos?: Un drama simpático

¿Qué es una comedia? Empiezo a tener grandes dudas sobre lo que la crítica de cine cataloga como comedia. Puede que apareciendo un diálogo gracioso o una situación relativamente divertida ya podamos encuadrar en el género cómico cualquier cosa que nos pongan por delante. Esa es la única explicación que encuentro para que la crítica haya considerado que ¿Y si vivimos todos juntos? pueda considerarse una comedia.
Esta producción franco-alemana, dirigida por Stéphne Robelin y protagonizada por un buen número de actores septuagenarios más que conocidos (Jane Fonda, Claude Rich, Geraldine Chaplin, Guy Bedos y Pierre Richard), pone sobre el tapete la realidad de la situación de necesidad y dependencia que se genera a medida que uno va alcanzando la edad madura, y la poca disposición (por imposibilidad, por propia voluntad) de las propias familias de ocuparse de sus mayores, colocándolos en instituciones que; puede que con una inmensa profesionalidad, pero carentes de afectividad; acaben por extinguirse y desaparecer sin hacer demasiado ruido.
La trama de la película, que bascula de lo dramático a lo ligeramente cómico, estriba precisamente en la decisión de un grupo de ancianos, amigos desde su juventud, de convivir para así, entre unos y otros, suplir las múltiples carencias y dificultades que los años les ha entregado. La convivencia entre los cinco ancianos, supervisada por un joven estudiante que prepara su tesis sobre la vejez, Dirk (Daniel Brühl), no va a ser sencilla. Una enfermedad terminal y la negativa a seguir más tratamiento para poder vivir en conciencia hasta el final, la que sufre Jeanne (Jane Fonda); Albert (Pierre Richard), el alzhéimer galopante que aísla de la realidad y angustia; Annie (Geraldine Chaplin), el alejamiento de los hijos y los nietos que se sufre desde la distancia y la incomprensión, Jean (Guy Bedos), el activismo político y social que se desmorona y con él una manera de entender, Claude (Claude Rich) la sexualidad que se apaga pese al ingenio, a las ganas y la búsqueda de alternativas porque uno sigue vivo; todas estas situaciones, que se suceden cuando todos sus protagonistas se acercan al final de su vida, son las que se ponen sobre la mesa y la forma de seguir haciendo frente a cada una de ellas.
Debo reconocer que el título escogido no es nada atractivo, por no decir que dan ganas de salir corriendo. No le hace ningún mérito a la película que, de una manera pausada, tranquila, cotidiana, aunque sin gran sorpresa, nos traslada al desconocido mundo de los ancianos. Ese mundo que el resto, los que lo ven desde fuera, pretende limitar, como si el alcance de determinada edad fuera la antesala de la pérdida de toda identidad, de la capacidad de decidir cómo uno quiere seguir viviendo.
No estamos ante una maravilla del séptimo arte, ni siquiera ante nada original, aunque las interpretaciones de todos los actores sea estupenda, pero es lo que hay. Como llevo diciendo desde hace algún tiempo, el cine, últimamente, deja mucho que desear, por muchas estrellas de relumbrón con las que se intenten salvar las producciones.
Ahí se la dejo, una propuesta que no les modificará la vida ni un ápice.
© Del Texto: Anita Noire


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ene 31 2012

Los descendientes: Sí, pero no

Saltar del sarcasmo al chiste fácil y de ahí a la normalidad. Otra vez. Y otra. Más y más. Ese es el juego que propone Alexander Payne en su última película. Los Descendientes. Naturalmente, lo que sobra es el chiste facilón. Aunque no abusa del recurso. Por eso y porque el trabajo de George Clooney es estupendo, la cinta termina salvándose.
No hace falta decir que ante una tragedia (esta película trata de serlo) caben pocas situaciones para que el humor funcione. Uno de esos espacios es el patetismo, el ridículo. En Los descendientes aparece secuencia sí, secuencia no. Otra de esas zonas es el surrealismo. La cinta se nutre de él sin miramientos. Y todo esto provoca que suenen en las salas de proyección algunas carcajadas y que los más sonrían de principio a fin. Ir al cine para ver esta película es algo así como ir al tanatorio sabiendo que te va a dar la risa. Y eso está muy bien. Pero la cinta tiene muchos problemas aunque algunos se empeñen en decir de ella que es la película del año. No hay que exagerar y, sobre todo, no hay que dejarse llevar por situaciones delirantes, por frases redondas que se vacían con rapidez, una interpretación notable o una partitura agradable (más local que otra cosa y demasiado dispersa al querer llevar un son que le marca lo que no es fundamental de la historia).
No es que sea una mala película. No, al contrario. Pero de obra de arte nada. No es que sea un mal guión, pero las trampas y los guiños a la lágrima fácil y al humor barato ahí están. Clooney está muy bien, de verdad. Pero tampoco es para tanto, no es como para decir que estamos ante la mejor defensa de un papel de los últimos años (tal vez personalmente sí). La fotografía es llamativa y muy eficaz aunque eso lo vemos cada día (no hacer las cosas bien con esos presupuestos es casi imposible). En fin, que es una buena película. Sin más.
Los problemas llegan desde esas repeticiones de las situaciones absurdas que terminan haciendo retroceder a los personajes en su evolución. Desde un narrador que podría ser cualquier otro y no hubiera pasado nada (si un narrador puede ser cualquiera es que la cosa no funciona del todo bien). Desde unos diálogos que terminan siendo difíciles de digerir porque lo que arrastran al principio se lo dejan atrás al llevarnos a zonas similares, una y otra vez. Todo esto rebaja la película desde la excelencia. No pasará mucho tiempo hasta que quede en el olvido. Se puede ver, se puede disfrutar (quiero ser justo a la vez que sensato calificando el trabajo). Pero no se puede elevar algo que tiene limitaciones importantes.
Si George Clooney no estuviera, desde luego, la cosa sería mucho peor. Es la locomotora de la trama, del resto de personajes. Porque el resto del reparto está bien. A secas. El trabajo de expresión corporal de Clooney se lleva por delante el resto. Afortunadamente.
Me pregunto qué es lo que quieren contar los guionistas (el director es uno de ellos). Qué es exactamente. Me temo que todo se reduce a una escena final en la que padre e hijas ven la televisión mientras comen un helado. Demasiado fácil, demasiado poco. Pero se puede ver. Ya que el panorama está como está, se agradece que alguien lo intente con ganas aunque se quede a medio camino. Debe ser por eso por lo que muchos se han lanzado a calificar esta película como lo que no es.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 14 2011

Cuatro meses, tres semanas, dos días

Existen algunas películas que son absolutamente necesarias; si no existieran alguien las tendría que hacer. Cuatro meses, tres semanas, dos días es una película imprescindible en el cine europeo. Una producción rumana, dirigida por  Cristian Mungiu, en el año 2007, que fue ampliamente premiada, pero que ha pasado desapercibida para la gran mayoría.
¿Por qué Cuatro meses, tres semanas, dos días? Pues porque, sin que lo podamos saber con seguridad, es el tiempo de embarazo de Gabita (Laura Vasiliu), el tiempo de una gestación que será interrumpida de una manera clandestina, ilegal y absolutamente dramática. Y junto a Gabita, la incondicional Otilia (Anamaria Marinca), su compañera, su amiga, su apoyo, su todo, en la peor experiencia por la que una mujer joven, 22 años, puede pasar.
Cuatro meses, tres semanas y dos días es la historia de Gabita y Otilia, dos estudiantes universitarias que viven en una residencia en una pequeña localidad de Rumanía, cerca de Bucarest, que se sitúa en los últimos años de la dictadura de Ceaucescu. Pero decir sólo eso,  quedarnos ahí, sería demasiado superficial, sería decir muy poco. Porque si bien es cierto que la acción principal  gira alrededor de los dos días en los que las protagonistas buscan a la persona que lleve a cabo el aborto, el lugar donde realizarlo, los medios y el dinero para poder llevarlo a cabo, lo verdaderamente importante es como lo viven, como se enfrentan a ello, a las circunstancias complicadas por las que van a tener que atravesar. Porque se verán en una sórdida habitación de hotel, recogiendo a un tipo del que lo desconocen todo, un personaje absolutamente siniestro, el Sr. Bebe (Vlad Ivanov) que con una aparente profesionalidad demostrará ser un verdadero desalmado. Pero la realidad es que el tema central de esta película es el miedo, el temor, la opresión.
Estas sensaciones son perfectamente trasmitidas por el director mediante, la trama relatada, y  una perfecta recreación del ambiente, no sólo escénico, de la Rumanía de finales de los años ochenta, sino mediante la utilización de muy pocos recursos técnicos, un juego de luces espectaculares que mantendrá  la acción siempre en una penumbra que se irá oscureciendo a medida que la historia se va tornando más dramática.
Porque si algo tiene esta filmación es el completo dramatismo de la misma. Porque si un aborto, de por sí, es un drama, acompañado de las circunstancias por las que tienen que atravesar Gabita y Otilia (terror a terminar encarceladas por unas circunstancias extraordinarias: la culpa y el arrepentimiento en lo emocional; y lo monstruoso de sostener entre las piernas, una goma, hasta que el feto se desprenda para sentarse en la taza de un wáter hasta expulsarlo y procurar no desangrarse o no morir por una infección). Porque Otilia, a la que se le tambaleará el mundo, llegando a cuestionarse incluso sus propias relaciones personales, será el pilar sobre el que se sostiene Gabita, tendrá que encargarse de deshacerse de un feto de casi cinco meses (al que veremos en el suelo del baño medio cubierto por una toalla), con el shock que ello supone, de la imposibilidad de enterrarlo (como las dos amigas pretenden), deshaciéndose de el mismo de la única manera que no quisieran hacerlo. Y todo eso transcurre bajo la acosante y permanente opresión de un sistema que no sólo vigila a sus ciudadanos, sino que les coarta toda libertad, hasta convertirlos en fugitivos de sí mismos.
Sin embargo, la grandeza de la película reside en que su director, y guionista, mediante la utilización de una técnica cinematográfica muy cercana a la del movimiento Dogma, cámara en mano, pocos recursos técnicos, logra centrarnos la intimidad de sus protagonistas hasta llegar a sentir su aliento cerca nuestro y desesperarnos.
Existen muchos momentos en esta película que estremecen por su excesiva realidad, pero  la escena final sobrecoge al espectador hasta encogerle el alma.  Dos mujeres absolutamente descolocadas, engullidas por la tristeza pasan las horas sentadas en el bar de un hotel de mala muerte, y una de ellas, Otilia, que en un mirar de soslayo a la cámara parece pedir la clemencia y  el consuelo del que desde el otro lado de la cámara no puede por menos que apiadarse de ellas.
Cine del bueno, cine de calidad.
© Del Texto: Anita Noire


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mar 3 2011

Impresiones en la alta atmósfera: En alguna parte

Esta es una cósmica película sin cámara dónde las imágenes están pintadas directamente en el celuloide. La proyección se realiza a una velocidad de 24 imágenes por segundo, concentrándose unas 10.000 imágenes en los 7 minutos de duración de la película. Todas ellas pintadas a mano por el pintor y cineasta abstracto José Antonio Sistiaga, miembro del grupo Gaur, colectivo de vanguardia que revolucionó el arte vasco en los años 60.
Estas 10.000 imágenes de Sistiaga nos descubren un colorido universo de cometas movidos al azar; asteroides verdes, amarillos, violetas… Chispas, gases, nebulosas brillantes, novas y supernovas a velocidad vertiginosa y con el único sonido de una suave vibración en órgano. Imágenes extraterrestres, arrecifes imaginarios e islas ingrávidas que el mero hecho de contemplar ya resulta una extraordinaria hipnosis. Cómo fin, un insólito grito similar al graznido de una gaviota que multiplica la sensación de soledad de un universo inabordable y absolutamente lejano.
De esta película existen dos versiones: una dedicada a Nijinski y Oteiza, que termina en un vacío, y la segunda dedicada a Van Gogh, que termina con una explosión de luz.
El título fue inspirado en un cortometraje de José Montes-Baquer y Salvador Dalí titulado Impresiones en la Alta Mongolia y que incluyo en esta serie de experimentos.
Esta es la película que recomiendo a todos aquellos que deseen fervientemente partir de viaje a alguna parte, la que ustedes quieran.
El gesto de la belleza no pasa nunca de la melancolía o la sonrisa, y mejor aún si no llega (La deshumanización del arte).
© Del Texto: Sonia Hirsch