mar 3 2012

La cinta blanca: Pegado al sillón por lo que me da la gana

Los artistas se empeñan en que sus obras expresen lo que ellos tenían en la cabeza cuando escribieron, pintaron o rodaron una secuencia. Presentan la obra que toca y la explican para que nadie mire aquello desde una perspectiva equivocada. Insisten en ello una y otra vez. Su obra dice lo que ellos quieren que diga. Pero no. De eso nada. La contemplación de una obra de arte es todo menos eso. Es verdad que hay gente que antes de ir a ver una exposición, leer una novela o ver una película, echan un vistazo a críticas, manuales, biografías del autor o lo que tengan a mano, de modo que, cuando se enfrentan con la obra, ven lo que ya les han dicho que hay. Y tampoco. Esa no es la forma. Permite poder repetir lo que has leído al que tienes al lado mirando (si te toca uno que entiende un poquito haces el ridículo), permite creer que sabes de esto o aquello. Eso es verdad. Pero impide lo fundamental. Nadie puede recibir una obra de arte explicada. Eso es, sencillamente, imposible.

Digo todo esto porque he leído que Michael Haneke hace grandes esfuerzos en sus películas por encontrar razones que expliquen la aparición del fascismo en Europa después de la Gran Guerra. Y supongo que eso es lo que hace. Cosa que por otra parte me parece más que bien y no me importa en absoluto. Y digo todo esto porque La cinta blanca, última de sus películas, me ha dejado pegado al sillón por muchas razones entre las que no se encuentra esa búsqueda de explicaciones. Me hubiera encantado, pero nada de nada.

Vamos primero con las malas noticias. Haneke utiliza un narrador (voz en off de un maestro de escuela) que olvida con facilidad durante algunas secuencias (muchas). Si eliges un punto de vista no puedes modificarlo para contar algo en concreto. Por ejemplo, si el narrador no sabe no puede contar. Así de sencillo. Haneke juega a que el suyo habla, a veces, de oídas. Y podría servir si no hiciera, en efecto, un cambio en el punto de vista. Esta es una gran pega de la película. Por otra parte, un mundo terrorífico, en el que todo gira alrededor de la envidia y de la brutalidad, no permite cualquier cosa al construir un personaje. En La cinta blanca tenemos un médico que es amante de la matrona de pueblo. Decide dejarla. Pues bien, la conversación que mantienen cuando él le comunica a ella su deseo de dejar la relación, es inverosímil. Un personaje puede tender a un extremo, por ejemplo, al de la maldad. Vale. Pero lo que dice ese personaje es completamente delirante. En la ficción también hay límites. Muy bien marcados. Y Haneke pasa por encima de ellos con cierta facilidad. Por último (en el capítulo de malas noticias) me sorprende que el director no utilice música (no lo hace casi nunca en sus películas) y que diga (esto es lo grave) que en la vida real no suena la música si no conectamos la radio o tocamos la guitarra. Ya lo sabíamos. Pero alguien debería decir a este hombre que sus películas no son eso que conocemos como mundo real. Es ficción. Creo yo que no pasaría nada, no perdería ni un gramo de intensidad su cine, al introducir música. Ciento cuarenta y cinco minutos son muchos minutos. Ya sé que esto es una apreciación muy, muy, personal. Pero me la perdonan ustedes.

Vamos con las buenas. La fotografía de esta película es deliciosa. Creo que se rodó en color (al menos eso me han dicho), pero se presenta en un blanco y negro absolutamente maravilloso. El reparto, sin excepción, hace un trabajo impecable. Haneke logra sacar lo mejor de cada actor y, muchos de ellos, son niños (misión imposible). El clima que logra es terrible, horroroso, agobiante. Y lo hace sin empujones. Se toma su tiempo para hacerlo sin que apenas lo note el espectador. Excepto en el caso del médico, los personajes son totalmente creíbles. En fin, podría seguir hablando de cosas que hacen del conjunto algo bello, tenebroso, inquietante. Pero me centraré en lo que me parece fundamental para no extenderme más de la cuenta.

Le guste poco o mucho al señor Haneke, su película habla de la duda. Lo del fascismo me parece muy bien aunque no me parece que un espectador sin avisar lo vea con claridad. Muchos me podrán decir que no, que lo que hace es plantear preguntas y más preguntas sin dar solución a ninguna de ellas, que no habla de la duda sino que la plantea como vehículo para llevarnos hasta donde nos quiere tener. Podría parecerlo, si, pero no es así. Dejar una narración sin principio o final claro (Haneke deja su película sin ninguna de las dos cosas) no genera dudas, no desarrollar la trama en su totalidad no genera dudas. No. Y Haneke no plantea cuestiones y las deja sin resolver. Al menos, no todas se quedan sin una solución. Lo que exige con su cine es máxima atención para que podamos solucionar esa trama (no he dicho inventar, eso es otra cosa). Los que se quedan a dos velas son sus personajes, su narrador. Esos viven y conviven con la duda a cuestas y el mundo se dibuja desde ese lugar y las consecuencias que añade a la vida de los personajes. No saber significa no poder vivir. Y todos los habitantes de ese pueblo alemán son ignorantes de sí mismos y de lo de otros.

Son muchos a los que el cine de este director, y La cinta blanca en concreto, les parece un tostón. Lo puedo llegar a entender. Por ejemplo, no todo el mundo está dispuesto a mirar una pantalla que presenta una toma fija en la que la acción se desarrolla al otro lado de la pared durante más de tres o cuatro segundos. Haneke tiende a la exageración con frecuencia y quizás no aporte gran cosa a la intensidad narrativa o a la carga expresiva. No a todo el mundo le agrada que la narración deje abierto tantos frentes. Aquí el problema se hace enorme cuando el espectador intenta rellenar los huecos. Gran error. Eso es especular. Nada de echarle fantasía a la cosa. Lo que nos cuentan es lo que hemos visto. Nada más. Sin embargo, yo me apunto a los que se quedan pensando durante días sobre cómo han planteado una cuestión fundamental para el ser humano. Espero que ustedes disfruten con esta película. ¿Prometen que la verán? Luego me cuentan.

© Del Texto: Nirek Sabal

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nov 3 2010

Cartas a Julieta

Siempre he pensado que a la buena educación, al conocimiento, al poder de reflexión se puede llegar de muchas maneras y no siempre es necesario pasar por la universidad, ni las escuelas de negocios ni todas esas cosas que hoy, nuestra sociedad, considera tan necesarias. Para mi leal saber y entender, que dirían los cursis, el cine (el buen cine) educa, forma y ayuda a mejorar la capacidad de reflexión si uno se dedica a observar e intentar ver un poco más allá de lo que la pantalla le muestra.
Sin embargo, no vamos a negarlo, algunas películas se ruedan porque tiene que haber de todo y porque las productoras de cine se creen que somos bobos y nos tragamos cualquier bodrio que tenga a bien rodar. Vayan ustedes a saber ustedes el motivo.
Cartas a Julieta empieza con el eslogan Si tuvieses otra oportunidad ¿Buscarías a tu verdadero amor? Y la verdad, uno lee semejante entrada y le dan ganas de salir corriendo y no parar hasta haber atravesado la península itálica, saltado Verona (lugar en el que transcurre parte de la acción de la película) y saltar al mar adriático en espera de que, con suerte, te devore una manta raya.
Como espero que a ninguno de ustedes se les ocurra perder en tiempo con semejante bodrio pensado para amenizar la tarde de las quinceañeras consumidas por las ideas del amor romántico, que nada tienen que ver con la realidad; les voy a explicar de lo que va la cosa y, de paso, poner en evidencia que hay algunas películas que no son cine.
Una chica de nombre Sophie (Amanda Seyfried) que vive en Nueva York, muy guapa y mona ella, rubita como un querubín y con unos morritos que recuerdan a Leire Pajín sólo que esta lleva el pelo limpio. La chica en cuestión, verificadora de profesión, tiene un novio guapo, muy guapo, Victor (Gael Garcia Bernal), restaurador (ya saben ahora a los cocineros se les llama restauradores, que hace moderno y parece que no huelen a fritanga). La pareja, previamente a contraer matrimonio, deciden ir a Italia a descansar, a estar juntos y olvidarse del mundanal ruido. Vuelan hacia Verona (Italia) y allí en la preciosa ciudad (que no sé donde la habrán filmado porque Verona es más fea que pegarle a un padre con un calcetín sudado), él no desconecta, se pasa el día con proveedores del restaurante que está montando en los EEUU. Ella, que está un moco mustia, con ese soso mohín que tienen las muchachas de rostro angelical, se dedica a buscarse la vida para rellenar el tiempo mientras el guapo novio va catando vinos, trufas, visitando viñedos, etc. En una de sus escapadas, va a dar con el famoso balcón de Julieta (alguien debería contarle a los adolescentes y a los no tan adolescentes que Julieta no existió jamás, que es un personaje de una de las obras de Willian Shakespeare, y que el balcón de Julieta en Verona es lo mismo que la casa de Rigoletto en Mantova, es decir un camelo, para que las ciudades en cuestión incrementen sus turistas, pero que no son reales). Sigamos: Cuando llega al edificio del famoso balcón ve a cientos de muchachas, llorosas todas ellas, escribiendo notas que se encargan de dejar pegadas en el muro, bajo el famoso y falso balcón. Una vez allí, comprueba cómo una mujer, al terminar el día, recoge las cartas que las lloricas han dejado en el muro a la espera que Julieta, como si fuera la pitonisa Lola, les adivine el futuro que les espera con ese gañán que es fruto de sus desvelos y llantos. Esa mujer, a la que la guapita sigue, va a una casa en la que un grupo de mujeres, que se autodenominan las Secretarias de Julieta, se dedican a contestar las cartas. Como la chica se aburre más que un ocho, se dedica a colaborar con las secretarias y, ¡vaya que suerte!, en una de las recogidas de cartas encuentra una que una muchacha llamada Claire (Vanesa Redgrave) dejó hace más de cincuenta años. La muchacha contesta la carta y envía la respuesta de falsa Julieta a la interesada. A partir de aquí, pues se pueden imaginar. Por ahí va a aparecer el nieto de la señora que envió la carta y que no ha olvidado a su amor Lorenzo (Franco Nero). El cocinero que sigue a por uvas y no se entera de que a la novia se le está hinchando la aorta y que el nieto en cuestión no le es indiferente, sigue a la suya. Tras unas peripecias, muy simples, se reencuentran la abuela (no olviden que han transcurrido más de 50 años desde que escribió la nota) y aquel muchacho del que se enamoró. La chica mona que se da cuenta de que el novio es un zote y que en realidad le interesan más los champiñones que lo que pase con ella y con la historia que sobre su Julieta particular ha escrito para la empresa en la que trabaja como verificadora (en realidad, es que quería ser escritora) y, tras recibir una invitación de boda de los ya ancianos Romeo y Julieta, va a la boda y allí se reencuentra con el nieto del que se ha ido enamorando a lo largo de la película (un rubito al que han maquillado los ojos como si fuera una réplica de Barbie) y que, finalmente, le declara ese amor puro y verdadero desde un balcón que no es el de Julieta pero que es igual de falso.
En resumen: Una supina porquería de película que ningún padre debería dejar ver a sus hijos y que demuestra que, en ocasiones, los grandes actores, como Vanessa Redgrave también pueden tener una mala tarde y aceptar un guión que no debería haber salido nunca de la mente enferma que lo pergeñó.
Una fotografía horrorosa, una música pésima, un guión no malo sino malísimo. Una película para olvidar y recordar que los bodrios como el que hoy les reseño no es cine, que Gary Winiik (su director) debió de estar muy necesitado de dinero para dirigir esta diarrea mental que debería prohibirse: por mala y porque puede haber algún joven ingenuo que crea las patochadas que en ella se cuentan. Lamento el tiempo perdido y el mosqueo universal que me he cogido con la cinta en cuestión y en la que no invertí un solo euro. Un asco vamos.
© Del Texto: Anita Noire


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