oct 16 2012

Los idus de marzo

Es una pena enfrentarse a películas que, pudiendo ser extraordinarias, se quedan en buenos trabajos. Es una pena que los riesgos que asumen algunos sean justitos. Es una pena que Los idus de marzo se quede a mitad de camino porque podría haber sido un peliculón y no llega a tanto. No podría decirse que es un propuesta fallida aunque está a punto de serlo.
Por supuesto, todo el problema llega del guión que hace aguas y esconde mucho menos de lo que, incluso el que lo escribió (el propio George Clooney), pudiera llegar a pensarse. Hay un momento de la película en el que se podría creer que Clooney va a por todas, pero no. Una lástima.
Eso sí, la factura es impecable. Una puesta en escena sobria, elegante y sin altibajos. El director deja todo en manos de los interpretes, de un buen montaje, de un operador de cámara cuidadoso y de su intuición como actor que es. En este sentido no se puede pedir más de lo que se recibe.
Todo el elenco está a la altura de las circunstancias. Entre otras cosas, porque el casting debió ser cuidadoso y, desde luego, acertado. Soy de los que piensa que teniendo un físico adecuado todo es más fácil. Y no me refiero a bellezas sino a la encarnación exacta del personaje.
Ryan Gosling defiende su personaje con credibilidad, con facilidad. Y parece disfrutar con lo que hace de principio a fin. Lo mismo sucede con Philip Seymour Hoffman, con la guapísima Evan Rachel Wood, Paul Giamatti (en su papel bastante secundario) o el mismo George Clooney.
Partiendo de aquí, de lo buena película que es desde el punto de vista técnico, la pregunta obligada es ¿qué quieren decirnos, logran decirnos lo que quieren? Aquí radica el problema porque lo que dicen ya estaba contado antes y muchas veces y desde un punto de vista parecido. Y porque el mensaje no deja de ser difuso al igual que el cierre de la trama propuesto por Clooney. Un final que pudiera parecer abierto aunque no lo es tanto puesto que los personajes se dibujan durante toda la película para que podamos intuir un solo desenlace. Además de ser algo previsible, el guión se desbarata con una subtrama que desordena toda la propuesta y la descompone para quedarse en tierra de nadie. Es estéril absolutamente. Me refiero al asunto de la becaria.
Si esta película se hubiese rodado hace algunos años el impacto hubiera sido demoledor. Hoy, no.
Habrá que quedarse con la sobriedad e inteligencia de Clooney. Habra que esperar a la próxima. A ver si arriesga algo más.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 7 2012

Con amor, Liza (Love, Liza)

Antes de empezar a escribir nada sobre Con amor, Liza (Love, Liza), he mirado la pantalla durante bastante más tiempo del habitual. He buscado, entre la música de la que dispongo, algo de  Jim O’Rourke. La elección no es casual, la estupendísima banda sonora de esta película dirigida por Todd Louiso, con guión de Gordy Hoffman, es precisamente de este músico.
La sinopsis de la película es sencilla. Wilson Joel (Philip Seymour Hoffman), vive en una ciudad del centro de los Estados Unidos. Su vida de mediano éxito profesional y aparente vida plácida, se viene abajo con el suicido de su esposa Liza (Ann Morgan). Al impacto de un acto incomprensible, desolador para los que quedan tras la desaparición de Liza se une la necesidad de escapar de su realidad. Nada explica la decisión de Liza, una mujer apenas apuntada en su presencia por algo tan exiguo como un nombre y la ensoñación de su presencia a través de la inhalación de los vapores de gasolina. Una manera de evadir una realidad que necesita una explicación, un motivo, una razón para poder comprender y poder seguir caminando. Y esa explicación puede aparecen en la última nota que Liza escribió a Wilson antes de morir. Pero enfrentarse a la realidad no es sencillo, a los fracasos de uno mismo, al fracaso de los que se ama; por eso Wilson demora la apertura de una carta que le acompaña en cada uno de los segundos en una vida que ya no es la suya. Y junto a él, Mary Ann Bankhead (Kathy Bates), la madre de una mujer que se quitó la vida aparentemente sin motivo. Sosteniendo lo insostenible, pese al dolor, a la amargura del que no comprende nada, a pesar de la pesada losa de una culpa absurda. Y mientras, la necesidad de alienarse, en este caso, a base de inhalaciones de los gases que emanan de un bidón de gasolina. Empezar a perderlo todo, hasta perderse uno mismo. No es suficiente recordar, no es suficiente no pensar, ni buscar ocupaciones tan absurdas como hacer volar aviones teledirigidos; el dolor tiene las piernas más largas y las manos más grandes. Frente a esta muerte en vida sólo cabe la posibilidad de volver de ese lugar al que la incertidumbre vital le ha colocado, enfrentarse a una carta que le permita, si es posible, no volver a comenzar, pero sí a seguir caminando.
La desesperación puede ser filmada y una buena prueba de ello es esta película. Grandiosa la interpretación de Philip Seymour Hoffman quien consigue que nos quedemos pegados a él con una mezcla de sentimientos encontrados. Grandiosa, como siempre, Kathy Bates. Porque la desesperación, en ocasiones, es terriblemente cómica, es terriblemente devastadora. Bajar a los infiernos es sencillo y aquí podemos palparlo. Perderlo todo, absolutamente todo y saber que sólo cabe una mínima recuperación cuando alguien te habla con amor, desde allí. Porque ese es el mensaje. Un mensaje que llega desde la nada.

Esta película clasificada dentro del cine independiente; llamado indie; es un claro ejemplo, uno más, de que las pequeñas producciones son capaces de hacer un cine brutal, especial y distinto. Es una película que consiguió que la pena me atrapara y que creyera en la virtualidad de una cerilla para devolverle la vida  a alguien que estando vivo se muere de desesperación.
Una película que deben tener en cuenta si quieren explorarse un poco, si quieren arrimarse al lado oscuro de la vida aunque sea a través de la ficción. Un premio en Sundance en el año 2002 que, desde luego, no fue porque sí.
© Del Texto: Anita Noire


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ene 7 2012

Truman Capote: El trabajo de un escritor

Las vidas de los escritores suelen ser anodinas. Incluso la de los grandes autores. Sólo algunos pueden presumir de haber pasado por el mundo teniendo una vida especialmente intensa fuera de la literatura. Son personas normales y corrientes: padres de familia, maridos infieles, drogadictos, alcohólicos, enfermos de asma o compradores compulsivos. Tal vez algún exceso al tomar alcohol, mayor desorden en los hábitos o el adorno de la bohemia, les diferencia del resto de los mortales. Pero, sólo, tal vez. Nada de esto es importante. Ni siquiera es relevante si la sensibilidad de este o aquel escritor está por encima o por debajo de la media, si es inexistente. Lo notable, lo verdaderamente interesante de esas vidas, es haber conseguido o no, contar cosas de otras vidas. De los personajes inventados. Que Truman Capote fuera excéntrico, gay o un imbécil, le da igual a todo el mundo. Que Capote elaborase literatura desde aquí o allá, que descubra al lector una zona oscura o inaccesible para que pueda hacerla suya, es algo que transforma en grande el conjunto en su totalidad. Creo yo que este es el gran acierto de la película Truman Capote.  Porque Bennett Miller intenta mostrar un proceso creativo. Aprovecha para presentarnos a un personaje singular que da lustre a la película (eso no se puede negar), pero el objetivo no es hablar de ese personaje, de Truman Capote, sino de su forma de trabajar, de la forma de trabajar de un escritor. De cómo su labor puede modificar el mundo desde la ficción. Durante 1959, en un pequeño pueblo de Arkansas, se comete un asesinato terrible. Dos sujetos liquidan a una familia entera de forma brutal. El escritor se interesa en el asunto y junto a Harper Lee (autora de la novela Matar a un ruiseñor) se acerca a lugar del crimen. Termina conociendo a los asesinos una vez detenidos con los que mantiene una relación muy estrecha. Y de este proceso nace la novela A sangre fría. Cómo Capote ve a uno de los asesinos, cómo le fuerza para lograr información y poder acabar el libro, cómo la vida de Capote comienza a girar alrededor del libro, cómo se enamora (algo así) del asesino y a la vez le utiliza para su propio beneficio, cómo es el proceso creativo. Eso es lo que cuenta la película. Y lo hace desde la zona menos mítica de la escritura. Desde el dolor, desde el riesgo del escritor que pone a los pies de los caballos su vida entera. La película podría haber sido una más. Sin embargo, es sobresaliente por algunas razones. Una ya está dicha. No cuenta la vida de un escritor que ya es sabida y que no tiene demasiado de importante si restamos ese punto de cotilleo que arrastró siempre Capote. Cuenta un proceso creativo. Otra, la más importante, es la inmensa interpretación de Philip Seymour Hoffman. Contenida cuando podría haber sido desbocada no prestando el cuidado preciso, exacta. La dirección de Miller es muy meritoria en este aspecto. Ayuda, y mucho, el maquillaje, la peluquería y el vestuario. Muy cuidado todo. Pero lo que arrastra el conjunto es la comunión de actor y personaje. Philip Seymour Hoffman se lo cree y todos vamos detrás sin rechistar. El trabajo de Catherine Keener (encarna a la escritora Harper Lee), por si era poco, funciona como contrapunto a una personalidad que inunda la pantalla desde el principio y va recortando el mito para convertir en verosímil la figura de Capote. Desde un punto de vista interpretativo la película es fantástica. Dicho esto, confieso que el actor principal no es santo de mi devoción aunque, esta vez, me ha cautivado por completo. Del resto poco se puede decir. Es como si todo quedara eclipsado por personaje y actor. Una fotografía correcta, una música pasable, un montaje acertado. El guión podría ser mucho más profundo. A veces se pierde intentando encontrar justificaciones que corresponden a otros ámbitos. Estupenda película. Una forma de acercarse al trabajo de un escritor. Y no a una vida cualquiera por coqueta, extravagante y accidentada que sea. © Del Texto: Nirek Sabal. Imagen de previsualización de YouTube


oct 22 2010

La duda (Doubt): Lo implícito mal entendido

El lenguaje es un arma muy poderosa. La contaminación de eso mismo es letal. La imaginación no tiene límites. El miedo puede llegar a destrozar cualquier cosa que se encuentre por delante. Ya sé que el lenguaje, su contaminación, la imaginación o el miedo no adquieren importancia si no hay personas que los usen o ejerzan. Y es en ese momento cuando aparecen nuevos ingredientes que complican mucho cualquier asunto que se trate con o desde esos elementos.
Eso es lo que trata de abordar la película del guionista y director John Patrick Shanley. Y lo hace de una manera muy eficaz, intentando que sea el espectador el que se involucre en la acción para dar sentido a lo narrado. Pero esto resulta ser muy eficaz por tramposo. Alguien con un criterio claro (el que sea) al valorar el cine, alguien que no se deje llevar por cualquier propuesta en la que tenga que asumir tareas que no le corresponden e, incluso, el que demande una dosis de información que aclare lo que está pasando, saldrá irritado de la sala (de cine o de casa) después de ver la película.
Está muy bien sugerir al narrar, esta muy bien expresar para que el espectador crea lo que pasa sin tener que asumir como cierto lo que la voz narrativa dice (podría tener intenciones que nos llevaran a sacar conclusiones erróneas) y está muy bien buscar la forma de contar que no sea exclusivamente informativa. Todo eso está muy bien. Pero el problema es no dar con las dosis adecuadas de cada ingrediente. Recortar la información no puede convertirse en una actitud cicatera con ella. Eso es un error monumental. La propuesta de John Patrick Shanley es esa y la hace apoyándose en algo completamente absurdo. Hablo de la duda y la genero en el espectador para que la experimente. Resultado: todo queda difuso, no pasa nada, los diálogos (que podrían ser brillantes sin esta carga tan pesada) se convierten en palabras huecas. Eso por un lado, pero, por otro, me parece que esa experiencia ofrecida al espectador sobra. No es algo inalcanzable. Con despertarse por las mañanas es suficiente para tenerla sentada a la derecha. Busca el director una salida airosa introduciendo asuntos religiosos, trascendentes, niños (muy impresionantes en estos casos); asuntos prohibidos por las promesas pasadas; asuntos dudosos porque el pasado existe. Cosmética, puro adorno. La película se vacía desde muy pronto. La secuencia en la que el sacerdote abre una taquilla, deja algo dentro y de va ya indica, claramente, que la cámara se moverá al ritmo que demande una trampa enorme, que irá como gallina sin cabeza detrás de la voz que más convenga para llevar al espectador a un territorio lleno de lodos.
Puede colar esta película por otras razones. Como ya he dicho, algunos de los diálogos son estupendos (aunque luego no sirvan de nada al topar con la torpeza de un mago sin chistera); las interpretaciones son notables (Meryl Streep, soberbia; Philip Seymour Hoffman, notable; Amy Adams defendiendo un papel bastante soso con nota alta); la banda sonora se acopla al ritmo narrativo sin estruendo, pero con acierto. En fin, todo en su sitio. Por esto puede colar.
Por no ser injusto, diré que algunos detalles están tratados con acierto. Por ejemplo las apariencias. El sacerdote luce las uñas de las manos algo más largas de lo habitual. Y se las muestra a los niños del colegio para que comprueben que aún así pueden estar limpias, para que les sirva de ejemplo. La directora del colegio, la hermana Beauvier, cuando mira las manos del sacerdote ve las de un hombre con tendencias peligrosas para un colegio de niños. Me vino a la cabeza, cuando veía esta escena, la historia que me contó mi padre en una ocasión. Yo miraba a un muchacho con pendientes (era la primera vez en mi vida que veía algo así, eran otros tiempos), miraba, y cuando iba a decir algo, mi padre levantó la mano para que no lo hiciera. ¿Sabes quiénes son Daoiz y Velarde? Pues son héroes de la guerra de independencia española. Al morir llevaban sus aros colocados en las orejas. Como esos que ves. Era la forma de distinguirse frente a los otros porque habían estado en Filipinas. Así que antes de decir algo te lo piensas. Pero no todas las propuestas que aparecen a lo largo del metraje están bien resueltas. La tacañería en la información y ese afán por generar sensaciones no terminan de funcionar bien. Al cine se va a muchas cosas, pero una de las fundamentales es que vamos a que nos enseñen un cosmos, a que nos lo cuenten desde un lugar privilegiado. Incluso a tener sensaciones y experimentar cosas nuevas. Pero a lo que no vamos es a inventarnos las cosas. Eso lo podemos hacer en casa y gratis.
©Del Texto: Nirek Sabal


jul 13 2010

Antes que el diablo sepa que has muerto: Que pena de presupuestos

Sidney Lumet escribió el guión de la película Antes que el diablo sepa que has muerto. También la dirigió, claro.

Un título magnífico. La película, aunque con zonas de exposición muy interesantes, no tan magnífica como ese título.

Lumet cuenta algo que ya han contado otros. Un millón de veces, más o menos. Dos hermanos se encuentran en apuros económicos. Finalmente deciden atracar una joyería de Wetchester (Nueva York). Es el establecimiento de sus padres. Un golpe fácil y limpio que se convierte, por supuesto, en un infierno. Todo se va desarrollando dibujándose el peor de los escenarios posibles para los personajes.

El mayor de los hermanos, papel interpretado por Philip Seymour Hoffman, es un ejecutivo de éxito, adicto a la heroína y desastroso en su relación matrimonial. Un personaje que todo lo tiene y todo lo pierde. Es el que trama el plan, es el que se lo propone a su hermano y deja que sea él quien lo lleve a cabo. Se dibuja (como el resto de personajes) a base de retales que terminan siendo un traje mal cortado. Pero traje al fin y al cabo.

El hermano pequeño (Ethan Hawke) es pusilánime, fracasado, desastroso como padre y marido. Este es adicto al sexo. Sobre todo con la mujer de su hermano. Un personaje que nada tiene y nada puede perder aunque tampoco quiere o puede tener. Mete la pata de cabo a rabo destrozando un plan que debería haber sido perfecto.

Albert Finney es el padre de las criaturas. Siente cierto desprecio por su hijo mayor. Y cierta predilección por el pequeño. Se convierte en una fiera a medida que la trama avanza. Un personaje que lo tuvo todo y que le importa un bledo perder hasta los calzoncillos. Su vida deja de tener sentido.

La esposa del hermano mayor y amante del pequeño es Marisa Tomei. Este es un personaje que pudiera parecer que sobra. Nada más lejos de la realidad. Tampoco aparece para iluminar alguna motivación de los principales. No. Es autónomo y bien interpretado por Tomei. Es el personaje que tiene todo prestado, que no es nada por esa razón.

Pues bien, con estos personajes y estos actores, Lumet monta una película que se queda a medio camino. Intenta, avanzando y retrocediendo en el tiempo, ser original. No lo consigue, claro. Y no lo consigue porque eso también está hecho hace un siglo por muchos, pero, sobre todo, porque fragmentar la trama de ese modo no aporta nada a la narración. Hace trocitos la película y los ordena de modo que el espectador va encajando las piezas del puzle para saber lo que pasa. Repite escenas incompletas para lograr cierta coherencia narrativa y facilitar la labor de reconstrucción al espectador. Pero no consigue nada más que eso. No modifica el punto de vista en ningún momento (eso hubiera sido ideal para que los personajes mostraran su forma de ver y crecer tomando forma) sino que modifica la focalización en la narración. Por eso alguien que se pregunte sobre lo que ve no terminará de entender ni de justificar la acción. Dicho de otro modo, quedan muchos cabos por atar, no en desarrollo y final de la trama, sino en su justificación y en la motivación personal de cada uno de los personajes.

Parece mentira que con el presupuesto que manejan algunos y con la experiencia que arrastran cometan errores de esta envergadura. En cualquier caso, la película se deja ver. Incluso el espectador poco exigente puede disfrutar de lo lindo. A mí no me importaría volverla a ver. Si tengo un par de horas libres lo haré.

© Del Texto: Nirek Sabal