jun 8 2011

El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante

Un día, en 1989, esperé una larga cola en un cine pequeño. Aquel cine era tan pequeño que nunca sabías si podrías entrar o si debías intentarlo al día siguiente o al otro.
Se convirtió en una costumbre ir a esa sala para no ver casi nunca nada.
Así me pasé unos años, atravesando la ciudad, con la excusa de no ir siempre al mismo cine-club, del que acabé un poco harto de su peculiar olor (ese que ahora hecho tanto de menos y que daba tanta vida) o a otros que estaban mucho más lejos.
Los días que iba nunca cogía la moto porque, pensaba, no se puede salir de un cine a tanta velocidad (ahora veo uno y echo de menos la moto).
El cine pequeño estaba situado en un pequeño centro comercial, con la idea de centro comercial que se tenía en 1989, es decir, una galería oscura en el que en vez de haber dos bares había cinco, al lado de una tienda de ropa (sólo una, gracias a dios) y una tienda de fotos que, gracias a la cultura digital y al sistema ACTS, no echo nada de menos.
Ese día hubo suerte, aunque solo suerte para mí, pues tuve que dejar a tres amigos en la calle y entrar yo solo con una amiga (quedaban dos entradas). Los amigos tampoco estaban muy enfadados dado que los cinco bares del pequeño centro comercial estaban todos abiertos y prometieron esperarnos a la salida del cine, cosa que cumplieron, dos horas más tarde.
No sabría decir, al cabo de ese tiempo, quién estaba más perturbado: si ellos después de ciento veinte minutos trasegando ensaladillas y cócteles baratos con sombrillas de colores, o yo después de haber visto esa película.
Por la forma en la que dije vamonos de aquí, me obedecieron y nos fuimos.

La posmodernidad fue un estado media tonto e influyente, sin duda, desde su óptica de novedad de caleidoscopio.
En una persona como yo, por supuesto.
¿Que orden sería aquí el de las prioridades? El cine, la literatura, la música, el cómic… sin duda me quedaba con la master ópera que para mí englobaba aquella cultura de fascinante descubrimiento: las revistas. Desde principios de la década las publicaciones fueron algo que dejaron un sustrato maravilloso en mí, un rastro que sigo buscando de forma futil y que sólo fueron sustituidos en adelante por los catálogos. Los buenos catálogos, siempre lo he sostenido, son mucho mejor que las buenas exposiciones, con excepciones. Si un catálogo es bueno la labor está hecha. Los comisarios deben ocuparse más de los catálogos que de las formas de exhibición, por otro lado (y con razón) bastante demodés.
La publicación forma parte del todo maravillosamente revuelto que fue y sigue siendo la cultura del siglo XX.
Me da pereza hablar de antigüedades, pero no así de modernidades, con lo que es imposible olvidar El Europeo o El Paseante.
Por supuesto, ningún tiempo pasado fue mejor que este. De momento porque yo vivo en el tiempo que me da la gana y también porque yo -que fui incapaz de pronunciar mi querida R hasta que mi padre me trajo una casete con unos maravillosos ejercicios que oscilaban entre la logopedia y los nuevos movimientos artísticos (alrededor de 1973)- me llamo Rubén ahora y siempre.
Me quedo, siempre, conmigo.
Cualquiera diría que a estas alturas no tengo más remedio y yo no tendría nada que objetar a eso.

Ahora se vive mejor. Mucho mejor.
En 1979, diez años antes de esperar colas en aquella diminuta sala, tenía unos amigos que presumían de que ya lo habían hecho todo.
Yo pensaba que qué triste debía ser haberlo hecho todo.
En 1999, veinte años después de aquello, me sentí tan tranquilo que le di la espalda a todo y me puse a tomar el sol.
En 2009, diez, veinte y treinta años después de todas aquellas cosas, busqué la cartelera y comprobé que el cine pequeño había desaparecido (seguramente en su afán por ser tan encogido). Hacía ya tiempo (desde noviembre de 2003) que no tenía moto, lo que no me impidió coger de nuevo velocidad.
La película era The cook, the thief, his wife and her lover de Peter Greenaway, estrenada en Sevilla en el otoño de 1989 en la sala 1 de los Cinematógrafos Corona Center, en la calle Salado nº 2.
Texto cortesía de  Rubén Barroso ©


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ago 20 2010

The pillow book: Fiasco

¿Quieren ver una película pedante, grandilocuente, con un argumento excelente que se derrocha de mala manera? ¿Quieren ver como la historia se supedita a lo estético? Pues tengo lo que ustedes andan buscando: The Pillow Book.
Peter Greenaway mete en una coctelera lo asiático con lo que tiene de él, con su particular manera de concebir el cine, y nos entrega un bulto sospechoso, pero aparentemente delicioso que encierra nada.
Cuando nos sentamos frente a una pantalla cada uno buscamos una cosa distinta. Puede que unos sólo quieran disfrutar la estética de lo que allí se nos muestra; de la plástica, otros; además de lo bello y delicioso de la imagen, queremos algo más, una historia y que ésta nos llegue, que como espectador nos encontremos participando en ella. Esta fusión  no se consigue, solamente, con una fotografía espectacular, mezclas explosivas de planos extraños y buenas bandas sonoras sino que es necesaria una base, una historia que contar (y, como ya he dicho en muchas ocasiones, contarlo bien), con personajes bien perfilados, que hagan que lo que se cuenta tenga sentido y hacerlo para que el espectador pueda llegar a comprender y situarse en lo que está viendo. Si una película no contiene todos esos elementos, básicamente una historia bien contada y bien mostrada, estaremos frente a otra cosa pero no frente a una buena película. Y eso es de lo que adolece The pillow book, de la conjunción de todos estos elementos. Tenemos historia, tenemos escena, tenemos estética, pero todo tan mal tramado que uno no puede por menos que afirmar que estamos ante una película tendenciosa, engañosa, incongruente, con unas lagunas brutales que la convierten en pretenciosa y en una auténtica estafa.

No negaré que la puesta en escena es original, el director la divide en diez actos siguiendo la particularidad de los libros que van apareciendo a lo largo de la proyección. Los libros que va escribiendo, Nagiko (Vman Wu), su protagonista. Cada libro nos adentra un momento de las viviencias de esta mujer, pero lo hacen de una manera tan tediosa que se hace terriblemente pesada. La superposición de escenas, combinando las monocromáticas con las de color para intentar mostrarnos retrospecciones en la vida de la protagonista pueden parecer un buen recurso pero, sinceramente, creo que muy mal gestionado. Desde el punto de vista visual y del detalle estético, una auténtica maravilla; desde el punto de la construcción de los personajes, una fatalidad; desde el punto de vista de la historia, un argumento con muchas posibilidades pero, desde el punto de vista de su desarrollo, un fisco.
En los años setenta, en la ciudad de Kyoto, un anciano calígrafo escribe con delicadeza una felicitación de cumpleaños en el rostro de su hija, mientras su madre la canta una canción china que dice “Cuando Dios modeló con arcilla al primer ser humano, le pintó los ojos, los labios y el sexo. Luego escribió el nombre de la persona para que no lo olvidara. Cuando Dios aprobó su creación dio vida al modelo de arcilla pintando su nombre…”. Estas palabras serán recurrentes en la vida de Nagiko. Cuando se hace mayor, recuerda emocionada aquel recuerdo y busca con ahínco un amante-calígrafo ideal que utilice todo su cuerpo como una hoja en blanco. En Hong-Kong conoce a Jerôme (Ewan McGregor), un traductor inglés que la convence de que ella debe ser la pluma, la que escriba, y no la piel, el papel. Nagiko escribirá sobre el cuerpo de Jerôme, y él entregará a un editor la obra impresa sobre su propia piel. El método urdido por ambos funcionará y lo hará bien, pero ambos comienzan a sentir celos. Nagiko siente celos del editor y Jerôme porque ella escribe sobre el cuerpo de otros hombres. Jerôme intentará reconquistarla simulando su suicidio.
Greenaway utiliza inmensas y grandilocuentes parábolas para mostrarnos el profundo complejo de Electra que padece su protagonista, pero se queda a medio camino pese a los grandes ropajes con los que intenta envolver la historia.
Un fiasco ensalzado por la ola “new age” que corría a mediados de los años 90 que la encumbró en un frágil pedestal que hoy en día ya no se sostiene. En definitiva, totalmente prescindible.
© Del Texto: Anita Noire
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