ene 18 2013

Kika: Almodóvar visionario

Kika es una película de Almodóvar. Eso es decir bastante. Pero si añadimos que es una película gamberra, atrevida y que indaga en territorios prohibidos, cualquiera puede suponer que la pantalla nos hace transitar territorios difíciles, zonas oscuras que tratadas desde el humor no dejan de serlo.
Kika es una película de Almodóvar que cosechó críticas terribles, muy negativas. Si añadimos, que en 1993, España seguía bebiendo ideales ultrareligiosos, más que conservadores, que cualquier novedad en el cine se miraba con recelo, que España se parecía a la España más mostrenca y mojigata; no es de extrañar que el trabajo de Almodóvar pareciese (a muchos) una acumulación de extravagancias sin sentido, una búsqueda insensata de ir un poco más allá llevado a cabo por un descerebrado.
Kika es una película que hay que volver a ver. Y es una película que acumula grandezas y errores, lo bueno y lo malo de Almodóvar. Algunas escenas son excelentes, divertidas. Otras son algo deslucidas. Algunos hilos argumentales se quedan en nada cuando requerían cierto recorrido y otras sirven de anclaje para que los personajes crezcan y desarrollen su psicología. Esto hace que la película se llene de claros y de oscuros. Más de claros que de oscuros.
Quedan cosas sin explicar que hubieran mejorado mucho el resultado final. ¿Qué pasa con el actor porno huido de la cárcel? ¿Cómo termina esa historia? ¿Por qué uno de los personajes sufre desmayos eternos y nadie da una sola explicación? ¿Por qué narrar desde el flash forward el principio del relato si no aporta nada el recurso? Y los arcos dramáticos de los personajes son muy limitados salvo en el caso de Kika (aunque la pelícua tiene como base única al personaje principal y el director trata de construir secundarios actantes para iluminar al principal, hubiera sido necesario profundizar más en alguno de ellos). Por aquí hace aguas la películas. pero abundan los claros. La escena de la violación es divertidísima y está rodada de forma magistral (y no pasa nada por frivolizar sobre algunas cosas); la entrevista al escritor es surrealista, transgresora hasta más no poder; el desenlace de la trama principal es sensato y coherente (desde el principio, Almodóvar deja pistas como para que no quepa un desenlace distinto); el colorido construye una atmósfera ideal para lo que se quiere contar (los colores cálidos siempre con Kika; los más oscuros y violentos siempre con Andrea Caracortada; y Alfredo Mayo, director de fotografía, pilotando como garantía total); el movimiento de la cámara buscando encuadres y planos diferentes, el uso de vídeos, de fotografías; todo abunda en la composición de un gran collage como los que adornan los decorados de esta película.
Kika es una película en la que se critica la televisión dedicada a husmear en lo privado, en el dolor, en lo más sucio de las personas. Viendo la película hoy, es sorprendente lo adelantado que estaba el director al mirar este asunto desde la crítica feroz. Lo que pareció en 1993 una extravagancia absurda, hoy es una realidad. Esa sí que es absurda y consentida por muchos de los que vieron la película y se llevaron las manos a la cabeza denunciando frivolidad a espuertas.
Verónica Forqué hace un papel maravilloso. Arrastra con ella todo el peso narrativo, todo el humorístico, todo el peso trágico. Es el personaje que mejor se dibuja sin lugar a dudas, el que más crece (tal vez el único de toda la película). De hecho, a partir de la escena de la violación (la de Kika) el relato se estructura de forma distinta. Hay un antes y un después en la película porque hay un antes y un depués en el personaje. Algunos entendieron muy mal el significado de esta escena. Kika modifica su relación con el resto de personajes, con el mundo entero. Pero no es la violación en sí la que provoca este cambio. Es la mentira, la traición de los cercanos lo que le destroza. Por esta razón es por la que la escena se trata desde el humor. Los diálogos en los que interviene Kika son los más jugosos, los más gamberros, los menos correctos para un moralista llegado desde tiempos difíciles. Rossy de Palma interpreta un papel divertidísimo. Y lo hace como si lo hubiera estado haciendo toda la vida. Espléndida. El personaje que acumula toda la zona oscura del guión es el que defiende Victoria Abril. Se le acusó, en su momento, de sobreactuar. Algo insólito porque resulta que Andrea Caracortada vive de sobreactuar. La única forma de hacer creíble al personaje era hacer lo que la actriz hizo. Está muy bien en su trabajo. Lo mismo de bien que Anabel Alonso. Graciosa aunque interpretando un papel muy secundario, un papel con un recorrido muy limitado. Peter Coyote, sin embargo, es la apatía personificada. Con él en pantalla se viven los momentos más anodinos de la película. Y Alex Casanovas aparece soso, muy justito.
Es verdad que Kika no es lo mejor de Almodóvar. Pero no es cierto que sea un desastre. Ni mucho menos. El director se reafirmaba en ese momento en una forma de ver la realidad, tendía a exagerar en sus guiones, aún no había descubierto que el mundo es inmenso y que un genio debe echar un vistazo a todo el conjunto.
Kika es una película de Almodóvar en estado puro. Es una película que hay que volver a ver. Porque el paso del tiempo pone todo en su justo lugar.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 15 2013

Carne trémula: Un paso adelante

La frescura, transgresión y profesionalidad de Pedro Almodóvar no son las mismas que al comienzo de su carrera. Su genialidad, seguramente, sí lo es. Antes oculta por la falta de experiencia; ahora suelta y desbocada. Todo artista sufre una clara evolución en su obra a medida que va creando. Se madura. Si tuviesemos que buscar un punto de inflexión entre el Almodóvar primero y lo que ha llegado a ser, con casi toda seguridad, tendríamos que pararnos en Carne trémula. Es la película que define un cambio sustancial entre una etapa y otra, entre las primeras pruebas en distintos aspectos de su cine y lo que es ahora. Por esta razón ya es una película importante. Pero, además, es uno de los mejores títulos del director manchego.
Almodóvar escribió el guión junto a Ray Loriga y Jorge Guerricaechevarría, siendo el germen la novela de Ruth Rendell. Seguramente, por ello (por partir de un texto escrito anteriormente) los giros argumentales son menos bruscos o rebuscados y la coherencia narrativa es algo distinta que en los trabajos anteriores. El azar es uno de los ingredientes fundamentales de este libreto y es una pena porque la confianza en este recurso es exagerada y algunos encuentros, algunas casualidades, resultas forzadas. Pero, en general, el texto tiene buen tono, frases inteligentes, humor muy de Almodóvar y un remate que resulta verosímil. No hay que hacer un esfuerzo exagerado para dar credibilidad a la película.
El arranque es fascinante. Penélope Cruz, Pilar Bardem y Alex Angulo llenan la pantalla con el prólogo emocionante, divertidísimo y anunciador de otra de las particularidades de Carne trémula: Madrid es un protagonista más que Almodóvar mira y enseña con devoción.
La cámara se mueve, durante todo el metraje, con elegancia. Y no deja de moverse; su ir y venir es constante; los planos de todo tipo se alternan en un intento de búsqueda de nuevas tonalidades. Del plano picado a los primeros planos indagando en la psicología de los personajes. Parece bailar al son de la música de Alberto Iglesias que presenta una partitura calmada, arrebatadora. Destaca, también, el tema que se inserta en la banda sonora original interpretado por Chavela Vargas, Somos.
Como de costumbre, la dirección que realiza Pedro almodóvar con los actores y actrices es fantástico. En especial con los secundarios. Ángela Molina está inmensa, guapa, cautivadora, graciosa, creíble y contenida. José Sancho interpreta el que, tal vez, sea el personaje más áspero de todos los trabajos de Almodóvar. Defiende el papel con astucia y una profesionalidad impresionante. Cuando aparece en pantalla se intuye algo grande. Ya he dicho que Penélope Cruz, Pilar Bardem y Alex Angulo, en pocos minutos dejan boquiabierto a cualquiera.
Sin embargo, los principales no terminan de cuajar en sus papeles.Una fría y apática Francesca Neri pasa como de puntillas cuando su papel es de enorme importancia. Y Liberto Rabal está muy por debajo de lo que se podía esperar. Da la sensación de estar en una clase de la escuela de interpretación ensayando una escena. Si tienes al lado a Javier Bardem la cosa se multiplica. La película se estrenó el año 1997. Ya han pasado unos añitos. Y Bardem ya apuntaba maneras. Almodóvar le lleva por el camino perfecto y el actor hace lo que tiene que hacer. El resultado es una interpretación estupenda.
Las escenas de sexo están rodadas con una elegancia y sensibilidad abrumadora. Van envolviendo todo y el clima de tono erótico se puede palpar en su tranquilidad. Un momento de disfrute para cualquier espectador.
Carne trémula mezcla la tragedia griega, el drama moderno y el thriller. El tono en varias fases se acerca al cine negro. Y Almodóvar hace constantes guiños al mundo del cine. Reinventa una escena de Luis Buñuel (aparece en Ensayo de un crimen) y las referencias a Hitchcock o King Vidor, por ejemplo, son muy claras.
Peliculón. Un culebrón que rebosa cine, que apesta a buen cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 14 2013

Hable con ella: La soledad del genio, la del espectador

Pedro Almodóvar es tan querido como odiado; resulta extraño a unos y cercano a otros; unos le toman por una especie de idiota que dedica todos sus esfuerzos a forzar la máquina de la transgresión y otros como una mirada fresca y necesaria ante tanto puritanismo. Esto es lo que siempre ha pasado y seguirá ocurriendo con los genios. El que escribe, sin dudarlo un momento, se apunta a la cercanía, a la mirada extraordinaria y a una enorme admiración por la obra del director manchego. La peor de sus películas supera en mucho a gran parte del cine que nos ofrecen las distribuidoras.
Almodóvar sabe dirigir a sus actores magistralmente; siempre consigue guiones deslumbrantes, llenos de inteligencia y de zonas oscuras que sólo él es capaz de enfrentar con acierto y con un humor descarado y certero. Es verdad que alguno de esos guiones son como una montaña rusa y pierden algo en las bajadas, pero en general, el nivel es magnífico. La cámara, en sus películas, parece no existir porque la elegancia de las tomas nos hace olvidar que lo vemos es una película de cine. La puesta en escena es siempre elegante. No hay una sola secuencia que no forme parte de una planificación exacta del trabajo. Sabe rodearse de buenos fotógrafos, de buenos directores artísticos, peluqueros y modistos. Es un genio por todo esto que le lleva a manejar un concepto de cine que siempre va un poco más allá de lo que otros son capaces.
Hable con ella es una magnífica película estrenada el año 2002. Con un reparto de primera; un guión profundo, astuto y bien armado; la fotografía de Javier Aguirresabore que rebosa perfeccionismo; la dirección artística de Rafael Palmero; la música de Alberto Iglesias (algo monocorde, eso es verdad); con todo esto, Almodóvar nos sumerge en el territorio de la soledad sin empujones ni aspavientos dramáticos de tres al cuarto. La soledad y un relatarse la vida desde el monólogo como única forma de comunicación. Y el arte como compañero de viaje. Danza y cine y literatura como equipaje único y salvavidas imprescindible.
Lo que cuenta Almodóvar puede resultar extravagante, pero, escena a escena, nos logra convertir en cómplices de lo que sucede. Tal vez por eso el cine de este hombre es tan molesto para algunos; para los que no se quieren echar un vistazo cuando las cosas se plantan enfrente. Sabemos que en la habitación de Alicia (en coma tras sufrir un accidente) algo no va bien (al menos algo pasa que no está aceptado como normal para muchos) aunque vemos a Benigno (el enfermero que cuida de ella) manejar las piernas de la enferma y masajearlas, lavar el cuerpo desnudo, cuidar de ella deliciosamente. El espectador termina embelesado. Unos terminan comprendiendo, otros escandalizados. Todo esto puede parecer extravagante y rebuscado; es verdad. Lo que cuenta de forma explícita suele serlo. Pero lo esencial es lo que narra de forma implícita. Sugiere, enseña alternativas en la comprensión. En Hable con ella inserta una falsa película sobre un amante que va menguando. Eso explica lo que sucede, lo que vemos con claridad en la pantalla, pero que no toma sentido sin entender lo oculto. Explica lo que sucede o es lo que Benigno usa para tapar lo que hace ante sí mismo. Si el espectador toma esto como un desvarío del autor con afan de escandalizar, es imposible entender ninguna de sus intenciones. Ante el cine de Almodóvar estamos solos y nos corresponde una tarea difícil: entendernos y preguntarnos.
Javier Cámara está maravilloso. Soporta el peso de la película en gran medida. Creíble hasta más no poder. Defiende el personaje principal (el enfermero Benigno, un pasado triste, un presente absurdo y un futuro incierto). Dario Grandinetti hace un papel sobrio y muy regular. Paz Vega aparece guapísima; Leonor Watling cumple con un papel muy poco exigente; Geraldine Chaplin defiende un papel menor aunque llena la pantalla cada vez que asoma la cabeza. Rosario Flores es la que más flojita está. Hace de sí misma y eso no puede ser.
Colabora en Hable con ella la artista Pina Bausch junto a Malou Airando. Con ellas, el arranque de la película es excepcional. Las dos mujeres definen con su danza lo que va a ser la película, lo que se va a ventilar a partir de ese momento. Soledad, falta de diálogo, palabras vacías. Y el arte en sus diferentes formas. Otro colaborador de lujo es Caetano Veloso que canta emocionando.
Esta vez, el director, que tiene fama de contar las cosas desde el punto de vista femenino, carga todo el peso en Benigno y Marco (Cámara y Grandinetti). Y logra un resultado excelente desmontando esa idea tan asentada entre el público y la crítica.
Hasta el cartel es una lección de diseño. Lo firma Juan Gatti.
Fantástica e inolvidable.
© Del Texto: Nirek Sabal


sep 4 2011

La piel que habito: Moviendo cabezas

Si algo caracteriza el cine de Pedro Almodóvar es que la exageración, la extravagancia, las situaciones extremas y los personajes que rozan el delirio se convierten en algo normal, sencillo, en algo que cualquiera podría tener delante de las narices sin que pasara nada de nada. Tal vez ese sea el encanto fundamental del cine de Almodóvar. Sólo alguien que sabe hacer cine es capaz de conseguir este tipo de efectos en un espectador que no suele estar dispuesto a cambiar su forma de entender las cosas a cambio de un rato de entretenimiento. La extravagancia desnuda, sin el acompañamiento de una dosis de genialidad suele quedarse en pura anécdota, en un mal chiste o en una caricatura de lo que debe ser una película de cine.
Antes de entrar en la sala de proyección, estuvimos tomando  unas cervezas y unas tapas. Comentamos lo que ya sabíamos de La piel que habito y esa mala suerte que supone entrar en el cine contaminados por ideas ajenas que te colocan en lugares equivocados. El lugar de otro es siempre un sitio equivocado. Todo lo que se ha dicho de esta última película del director manchego ha sido excesivo; lo bueno y lo malo. Sin ver la película ya lo intuía. La sala estaba prácticamente llena de gente.
La Piel que habito comienza entre dudas. Esa primera parte de la película (la que va del primer minuto hasta que un personaje que aparece en pantalla disfrazado de tigre deja de estar) es la que se parece menos a lo que debería, es decir, al cine de Almodóvar. Durante esos primeros minutos se presentan los personajes (no todos aunque sí buena parte de los fundamentales). El médico protagonista mantiene diálogos con otros que parecen sacados de un libro de texto de educación primaria. El que va vestido de tigre es un auténtico despropósito de personaje aunque, es verdad, que con él llega la primera frase con chispa. Todo aparece de forma remolona sin dejar al espectador margen para casi nada salvo para levantar la ceja. Eso sí, a partir de ese momento, Almodóvar hace desembarcar su cine con fuerza y, ya lo voy a decir, con maestría. Con los excesos de siempre, con zonas de exposición narrativa muy bien contadas, con personajes que se desarrollan en un mundo fabricado a su medida y que se dibuja con perfección. Ya se ha contado mucho del argumento de la película, mucho más de la cuenta y aquí no se va a desvelar nada. Me parece una faena monumental hacer esas cosas. Van ustedes al cine y ven la película.
Acudan a la sala de proyección sabiendo que la puesta en escena de la película es extraordinaria. Nada extraño si el director de la película es quien es, el director de fotografía es José Luis Alcaine y el director artístico Antxón Gómez. Impecable. Crean lo que digo. Pueden ir tranquilos los que piensan que la película no tiene nada que ver con el cine de Almodóvar. Lo es. Y lo es en estado puro (esa primera parte es lo que más se separa). Se van ustedes a reír quieran o no quieran (la escena en la que aparece el hermano del director, por ejemplo, es muy divertida); asistirán a una vuelta de tuerca más sobre lo que puede ser el amor, las relaciones familiares o el sexo; se van a sentir desconcertados cuando salgan del cine y perciban que Almodóvar ha logrado que se pongan ustedes en la piel de otro para entender lo que no tiene explicación aparente. Porque de eso va la película. ¿Dónde está el límite de las personas cuando deben asumir papeles que nos les corresponde? ¿Puede alguien sobrevivir a la renuncia de ser quien es? Por supuesto, los excesos de Almodóvar están. Algunos más justificados que otros. Lo del tigre y una escena que nos presenta en la que unos jovencitos se montan una orgía en el jardín, son innecesarias por aportar muy poco. Pero el resto, deslumbra. Las mujeres que son sometidas de una forma u otra por los hombres, los amores imposibles que toman cuerpo cuando la realidad se impone desde una zona desconocida que destroza las consciencias de todos, la búsqueda personal desde lugares insólitos. Todo desde el exceso, todo desde una luz nueva.
Acudan a la sala de proyección con la tranquilidad de saber que la música de Alberto Iglesias no es invasiva. No lo es aunque algunos lo hayan dicho. Al contrario, acompaña la acción con acierto, sin más protagonismo del debido. Concha Buika interviene y, sin deslumbrar, cumple con su misión.
Almodóvar nunca ha sido un director caracterizado por crear buenos personajes masculinos. Y digo nunca. Esta vez tampoco. Incluso el principal, el médico brasileño, se queda a medio camino. Nada nuevo para el que conoce el cine del manchego. Ni crea buenos personajes ni dirige bien a los actores. Además, Antonio Banderas no es un gran actor. Eduard Fernández, que tiene un papel muy secundario, se hace más grande en la pantalla, más creíble, que Banderas con presencia constante. Jan Cornet está bien. Roberto Álamo, que no es mal actor, tendrá que vivir con esta rémora por la que apostó. Pero Almodóvar es el gran creador de personajes femeninos. Y dirige sus interpretaciones de forma magistral. No sólo logra que Elena Anaya o Marisa Paredes estén bien; además, siempre llega a la esencia de ellas, de todas.
Esa forma de ver las cosas es el gran problema de la película. Almodóvar es como es, la película está realizada por él, el guión lo ha escrito él mismo. Y eso es lo que cuesta digerir. Es muy difícil ponerse (habitar) en la piel de otro para entender bien lo que pasa en la pantalla.
Ni es la peor película de Almodóvar ni la mejor de ella. Pero conviene verla porque es cine del bueno. Deja la cabeza en movimiento después de verla. Y eso hoy en día, si que es una rareza.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 13 2011

Lo excelente, lo bueno, lo malo y lo catastrófico

Siendo jovencito dividía casi todas las cosas en buenas o malas. Incluidas las películas de cine, a sus directores o a los actores y actrices que trataban de defender sus papeles. Ya no. Ahora (me centraré ahora en los directores) lo que hago es meter en un pequeño grupo a los grandes de verdad (Woody Allen, Andrei Tarkovsky, Billy Wilder, Akira Kurosawa, Alfred Hitchkock o Quentin Tarantino, por poner un ejemplo, aunque no pasan de quince). En otro a los buenos directores que, si bien han logrado muy buenas películas, no terminan de convencerme por una cosa u otra (Steven Spielberg, Martin Scorsese, Pedro Almodóvar, Oliver Stone, por poner un ejemplo. Aquí se quedan sin nombrar muchos). El tercer hueco lo reservo para los directores del montón. Estos no me dicen ni fu ni fa. No nombraré ninguno porque no me acuerdo de sus nombres o me da pereza escribirlos. Un último grupo lo forman los directores desastrosos (a estos no los nombraré por pura prudencia aunque no creo que merezcan este privilegio).
Parece que es una forma algo más lógica de dividir las cosas. No es posible meter en el mismo saco a Jack Nicholson y a Will Smith. Las carencias de este último convierten en una injusticia la agrupación. Y, además, echando un vistazo a cada grupo, puedo sacar conclusiones sobre el tipo de cine que gusta a un grupo de espectadores u otro. Por otro lado, permite entender el desastre en el que se ha convertido el mundo del cine. Piensen en un director, en una película o en algún actor que les parezca horrible. Ahora busquen en la red, por ejemplo, la taquilla de esa película. Millones. Incomprensible ¿no? Ahora piensen en Tarkovski. ¿Quién le conoce de sus amigos? ¿Cuántas veces le han invitado a pasar la tarde en casa viendo una película de él? ¿Cuántas veces lo han hecho para ver una de Bruce Willis? Si dividimos la cosa entre buenos y malos tendemos a equivocarnos.
Pues bien, todo esto que les he contado no era más que una excusa para que vean un cosa que me parece excelente. Es de Federico Fellini. Este director está en el primer grupo sin duda alguna. Y, para el que quiera sufrir, dejo una muestra de eso que llamo desastre. Es un poupurri de un director actual que gana una pasta, que malgasta un dineral haciendo que el cine sea una risión y que es reflejo de lo que pasa hoy por hoy. No hace falta que les explique nada. Comprueben ustedes mismos que es cierto y verdadero.
© Del Texto: Nirek Sabal

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mar 20 2011

Mujeres al borde de un ataque de nervios: El mundo en una coctelera

La influencia de Federico Fellini en el cine de Pedro Almodóvar es algo patente. Pero vaya, que no es nada del otro mundo. El cien por cien de los directores actuales están en las mismas circunstancias. Al menos los que saben hacer buen cine.
Fellini muestra una estética muy parecida a la de Almodóvar. Cutre, pueblerina; otras veces sofisticada; casi siempre unidas. Las bandas sonoras de sus películas son demoledoras (Fellini gana la partida al español en el territorio de la música original). Los diálogos de sus películas suelen ser extraordinarios por su extravagancia, por su inteligencia y por servir de soporte a la evolución de los personajes. La sombra de ambos, de sus egos enormes, atrapa cada escena que ruedan. Y si no es la sombra de sus egos son ellos en persona o su experiencia vital. El cine de ambos se funde en sus parecidos. Podríamos hacer una extensa lista llenando páginas enteras. Pero esto no es lo verdaderamente interesante. ¿Son genios del cine porque sus películas enseñan similitudes técnicas o estéticas? ¿Podríamos decir que los directores de cine son copias de los anteriores? ¿Es eso lo que quieren los nuevos para hacerse un hueco en el mercado cinematográfico? No a todo. Y si alguno lo cree puede ir pensando en dedicarse a otra cosa. Las cosas en el mundo del arte funcionan de otra forma. En las empresas puede ocurrir que un imbécil con dinero haga más dinero. En el del arte, el que es un desastre no se come una rosca.
El cine de Fellini y de Almodóvar confluyen en algo mucho más importante, en un nivel que muy pocos son capaces de transitar con acierto. Los dos agarran una parte del mundo; lo agitan con fuerza; logran aislar lo fundamental; lo colocan tal y como ellos entienden que es el mundo por debajo de lo que se ve; ruedan escenas y lo hacen universal. Dicho así, parece sencillo aunque, en realidad, es algo magnífico que sólo pueden hacerlo unos poquitos. Que, por ejemplo, los planos picados y contrapicados se utilicen para esto o aquello forma parte de la estética y de la técnica, pero eso lo podría llegar a hacer cualquiera con el proceso formativo adecuado. Que la banda sonora acompañe con perfección la imagen es cosa de los músicos y cualquiera puede contratar al mejor o pagar los derechos de autor de los mejores para usar sus temas. Que la iluminación sea perfecta tiene el mismo problema. Todo se puede solucionar salvo la genialidad del que mueve la coctelera y ordena el resultado.
El mundo ordenado tal y como lo ve cualquiera es un mundo patético y facilón. Es el lugar donde más estereotipos hay, es el lugar en el que peores escenarios puede uno encontrarse, es el espacio en el que mayor número de idioteces pueden oírse. Podría parecer que Fellini o Almodóvar reproducen eso. Y no. Nada más lejos de la verdad. Otra cosa es que representen realidades reconocibles, espacios comunes en los que su mensaje llegue con claridad al espectador. Es decir, la realidad es un vehículo, pero no es el mundo, no es el universo que todos pisamos. Si algo caracteriza el cine de estos genios es la constante huida que les lleva lejos de eso que conocemos como verdad.
Mujeres al borde de un ataque de nervios es, posiblemente, la mejor película de Almodóvar. Es verdad que el director ha evolucionado en su cine hacia la exquisitez técnica. Eso es verdad. Pero al mismo ha retrocedido en sus películas posteriores en ese sentido último que manejaba al principio aunque mantiene niveles más que buenos.
Almodóvar llena la coctelera de normalidad, la disfraza de disparate y no la entrega, de nuevo, convertida en eso que arropa lo cotidiano aunque nadie está dispuesto a reconocer. El mundo es un conjunto de situaciones delirantes que convertimos en cotidianas para poder sobrevivir, para no sentirnos aislados ni volvernos locos. Y es que de eso va la película. Otra cosa es que no paremos de reír mientras la vemos. Tal vez nos hace tanta gracia porque no queremos que nos mate un ataque de pánico que siempre está sobre nuestras cabezas y que tiene que ver con lo que somos y no enseñamos.
Pepa e Iván trabajan juntos. Iván ha dejado a Pepa embarazada aunque no lo sabe. Ella le pide que deje la casa. La casa se llena de seres extraños que buscan explicaciones donde no las hay. Hablan de forma extraña y nos hacen reír. Escuchan música que nos hace reír. O llorar. Buscan lo que todos nosotros. Eso sólo nos puede hacer llorar.
Mujeres al borde de un ataque de nervios es una película magnífica que todos deberían ver para entender lo que intenta Pedro Almodóvar cuando se pone detrás de la cámara. Carmen Maura, Antonio Banderas (¿este hombre sigue vivo, es el mismo que se pasea por Hollywood, se le ha olvidado eso de actuar?), Julieta Serrano y María Barranco forman parte del elenco (entre otros) y su trabajo es espléndido gracias a la dirección de actores de Almodóvar. La historia es fantástica y muy divertida. No dejen de echar un vistazo. Aunque sea por cuarta vez. Sigue mereciendo la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 17 2011

Mujeres al borde de un ataque de nervios: Cóctel de vida

Esta es una historia de abandonos y de histeria colectiva dónde la obsesión radica más en la propia búsqueda que en el objetivo final. Un cóctel de gazpacho, orfidales, cabinas de teléfono, contestadores automáticos, ventanas rotas, maletas, terroristas chiítas y vinilos volantes.
Con claras referencias fellinianas y una disposición escénica teatral y tragicómica, Almodóvar nos cuenta la obsesión de Pepa por contactar con un inalcanzable Iván. Una fatídica relación que deja a Pepa enganchada al Lorazepam con la única compañía de macetas, conejos y gallinas; a Marisa dormida en una bonita terraza mientras pierde su virginidad en sueños; a un atolondrado Carlos atrapado en el agitado universo femenino; a Lucía, más lunática que nunca, de vuelta al sanatorio; a Candela maltratadísima por el mundo árabe; a un taxista regocijándose en las miserias ajenas; a una portera cotilla husmeando entre maletas y a Iván, la justificación de tanto disparate.
Todos ellos personajes creados para la ansiedad bajo la antiestética de los 80 y publicitando incansablemente el Orfidal alrededor de una búsqueda incierta y un constante estado de espera de no se sabe qué.
Un disparate de película que se conserva tal y como la recordaba. Una Pepa envidiable quemando una cama matrimonial, destrozando teléfonos rojos, lanzando maletas y vinilos de boleros por la ventana, y un socorrido Orfidal cumpliendo más que nunca su misión.
Qué maravilla.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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