oct 27 2013

2 Guns: Bienvenidos los palomiteros del mundo entero

Mark Wahlberg y Denzel Washington juntos. La pareja funciona más que bien. Entre otras cosas porque el señor Washington decide no hacer de sí mismo. El guión de Blake Masters adaptando la novela gráfica (tebeo, cómic o como prefieran llamarlo) es divertido, dinámico, ocurrente, lleno de tensión narrativa desde el minuto uno.
La dirección de Baltasar Kormákur comienza con una idea muy clara que no traiciona en ningún momento. Maneja con acierto a los actores, busca los mejores encuadres (sin grandes alardes, eso sí) y juega con los tiempos para explicar con detalle lo necesario una trama que no es retorcida, pero suma muchas pequeñas aristas.
Todo esto convierte 2 Guns en una película muy entretenida que gustará a muchos. Tal vez a casi todos. No es una obra exigente y sí muy generosa con el espectador que pasará un rato agradable.
La acción mezcla a un agente de la DEA norteamericana, a su coordinadora y al jefe de ambos; a un miembro de la inteligencia militar junto a un pelotón de hombres bien entrenados dispuestos a cumplir órdenes; a la mafia mejicana más brutal; a la CIA en su faceta sucia; todo bien agitado y bien servido.
El espectador acompaña a los protagonistas sabiendo, a veces, más que ellos sobre lo que está sucediendo. Eso es algo que siempre agradece el que come palomitas frente a la pantalla. Y genera un efecto muy atractivo: la sorpresa que deben vivir los personajes y que el espectador ha imaginado; cuando no es la normal, cuando ha sido una predicción errónea; se convierte en un giro dramático efectivo y efectista.
Como no podía ser de otra forma, hay una chica muy guapa en la pantalla (impresionante, Paula Patton), un número de armas desproporcionado; dinamita para parar un tren; vehículos que terminan siendo chatarra; miles de billetes para robar y grandes dosis de espectacularidad por minuto.
Se plantea bien la trama, se desarrolla con acierto y se cierra sin dudas por parte del guionista. Es verdad que todo transita por la frontera de lo tópico o cruzándola sin temor, pero se perdona por el ritmo y lo divertido de la película.
Mensaje, ninguno. Profundidad, ninguna. Alardes técnicos, los propios de este tipo de películas. Pero diversión, ironía y acción trepidantes, sobran.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 21 2010

Dèjávu: Vida, muerte, tiempo y estupidez

La propuesta de viajar en el tiempo, de retroceder para modificar el futuro, sus consecuencias y la idea de poder plegarlo para dominarlo es antigua, está muy sobada y suele terminar en desastre discursivo. Es decir, una propuesta que termina siendo absurda, inverosímil y estúpida cuando tratan de pegarla a la realidad y no a la fantasía que es lo que toca. Se convierte en un bucle infinito que no entiende ni el que la plantea. Es un problema de aquel que se mete en camisas de once varas.

En el caso de Dèjávu, película dirigida por Tony Scott, se trata de justificar la posibilidad de manipulación temporal con unos avances técnicos completamente delirantes. No lo consigue, por supuesto. Y todo se derrumba. Si fuéramos generosos y aceptásemos semejante cosa como posible, la cosa se desmoronaría del mismo modo. En ese sentido la película es impecable. Hagas lo que hagas, mires como mires, todo se destruye irremediablemente. Ya saben, el dichoso bucle. Regreso al pasado; modificación del futuro, pero sólo si se viaja al pasado y así sucesivamente. Lo que han contado otros con el mismo final. Desastre. Defienden director y guionista que el tiempo no existe. Menudo descubrimiento. Esto ya lo resolvieron los filósofos hace muchos años. Igual se leyeron algún libro (guionista y director) sobre el asunto y lo dejaron a medias, justo cuando llegaba lo bueno. Porque es verdad que el tiempo no existe, es una convención creada por el ser humano, pero el concepto va más allá de lo que nos cuentan estos muchachos. Mucho más allá.

El caso es que Doug Carlin (Denzel Washington) es un tío superlisto y supervaliente que investiga un atentado terrorista. Aparece un cadáver alejado del suceso que puede tener alguna relación. Es el de una mujer (Paula Patton) que, efectivamente, servirá de nexo entre unas cosas y otras. Los buenos muestran a Carlin un montaje gracias al que se puede ver con detalle lo que ha sucedido cuatro horas antes en cualquier punto del planeta (ya les digo que la cosa es impresionante del todo). Y Carlin termina siendo transportado al pasado (también es posible, todo es posible) para enamorarse, salvar a la mujer, a todos los muertos del atentado y, de paso, cepillarse al malo. Ah, él muere. Sí, Carlin. Pero no pasa nada, pueden estar tranquilos. Como el tiempo no existe, Carlin, en el momento de morir, vive en otro lugar. Después de morir llega vivo y se reencuentra con la mujer de su vida. Mola mucho. Pero claro, si esto es así, supongo que el malo malísimo muere y vive al mismo tiempo. No sé. Unos sí, otros no. Qué fatalidad.

Los actores están correctos. Tampoco es que los papeles exijan mucho más que una sonrisa o disparar un millón de veces en tiempo record. La música normalucha. Pasa desapercibida. El guión, ya lo saben, es insultante con el espectador por malo. Y la fotografía es facilona aunque, es verdad, tampoco hace falta ningún alarde. Sería trabajo desperdiciado. Ahora bien, si quieren estar un rato mirando cine (del malo) lo pueden hacer sin grandes problemas porque estás películas lo intentan salvar todo con un ritmo trepidante y eso, para desconectar, no es mala cosa. Eso sí, si quieren explicarse algo sobre el tiempo empiecen por Stephen Hawking y no pierdan ni un minuto.

© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 22 2010

Creer en las personas. Precious.

Llevo una hora sentada frente a la pantalla. Intento ordenar mis ideas para poder escribir lo que realmente quiero contar y no he conseguido escribir una línea en todo este tiempo.
Suena en mi cabeza: Precious, Precious, Precious.
¿Se puede nacer en el infierno, crecer en el infierno y tener puestas las esperanzas en el futuro? ¿Puede alguien superar una existencia de humillaciones, vejaciones y maltrato que taladra no sólo el cuerpo sino también el alma? Sí, se puede. Con una batalla feroz, titánica, pero se puede. Existen personas con una llama interior, en permanentemente combustión, que les ayuda a sobrevivir entre la mierda, entre el dolor, entre la podredumbre que desde niños les inoculan en vena los que, se supone, deberían velar por ellos y quererlos. Estoy convencida de ello.
Y me repito: Precious y resiliencia; Precious y resiliencia; Precious y resiliencia.
La historia de Clarencee Precious Jones, es la de una niña de dieciséis años, negra, casi analfabeta, que espera su segundo hijo. El primero lo tuvo a los doce años, una niña con síndrome de down a la que conocen con el nombre de Mongo, cuyo padre es su propio padre. Vive en Harlem, con su madre (Mo’nique), en Lenox Avenue, el reino de los invisibles, de los sin voz. Su madre es una mujer obesa y cruel, cuya única ocupación durante el día es ver la televisión, comer lo que Precious le prepara, obtener las prestaciones de la beneficencia a costa de su hija y nieta, mientras la maltrata, culpabilizándola de las propias agresiones sexuales que sufre por parte de su padre, acusándola de robarle a su marido y tratándola del modo más denigrante posible. Precious tiene que abandonar la escuela a causa de su embarazo. El centro escolar es su única atadura al mundo cuerdo, al mundo de los adolescentes, el único lugar por el que siente algún interés y en el que consigue, aún siendo invisible, abandonar el mundo en el que vive. Precious acabara en un instituto para casos desesperados que para ella será el inicio del camino de la recuperación, de la esperanza. Pero allí, en el último escalón del pozo, cuando ya no queda más infierno al que bajar, encontrará a la señorita Rain (Paula Patton), una maestra joven junto con sus compañeras, otras chicas con vidas desquiciadas, pero juntas, con la ayuda de la asistenta social (Mariah Carey) y de un enfermero (Lenny Kravitz), será con ellos, con los que ven más allá de la simple apariencia, con quienes Precious comenzará su ascenso desde los infiernos.
Precious, es un personaje perfectamente elaborado, una contraposición entre lo aparente representado lo exterior, el mundo hostil, y lo invisible, lo interior, lo hermoso. Precious es gorda, fea, ninguneada despreciada, violada, maltratada, odiada, vejada, humillada por su padre, por su madre. Sin embargo Clarencee Precious Jones es inmensa, hermosa, única y con una voluntad de hierro que sólo los elegidos entre los excluidos poseen. Ella es la personificación de la resiliencia, de la humanidad, del instinto amoroso y de protección hacia los suyos, los verdaderamente suyos, los que dependen de ella, sus hijos. Unos hijos fruto del incesto, hijos de la violación de su propio padre, a los que ella, por encima de cualquiera cosa, ama y pretende alejar de la vida que ella ha tenido.

Y sólo pienso: Precious y amor, Precious y amor, Precious y amor.
Es una película durísima, brutal, donde la realidad, esa que existe y que los privilegiados a veces negamos mirando hacia otro lado porque nos tiemblan los cimientos, nos muestra que pese a todo y, pese a la maldad que presiden muchos de los actos de las personas, hay que continuar confiando en que existe buena gente. Que somos capaces de sufrir y soportar lo peor, caer en el de los infiernos, pero que desde la poltrona de nuestro bienestar.
Porque existen otros mundos pero están en este, aunque nosotros cada día intentemos correr estúpidos velos y cortinas para no tener que ver nada de todo eso que, por feo, por sucio, por deprimente, intentamos obviar. Pero, por suerte para los menos afortunados, siempre hay alguien que cree en las personas, que están ahí tendiendo manos, creando puentes para evitar que caigan al fondo de un pozo del que ya nadie les pueda sacar. Por eso, después de ver esta película, creo un poco más en las personas.
Precious es toda una lección. Sí señor.

© Del Texto: Anita Noire