dic 6 2011

Toro Salvaje: La fábrica de derrotas

Los boxeadores se pueden dividir entre los que se son pegadores y los que son, por el contrario, encajadores. Los primeros son los que intentan acabar por la vía rápida las peleas. Conocen bien hasta dónde pueden hacer daño con un solo golpe e intentan buscar el mentón del contrario a la primera de cambio. Por contra, los encajadores tratan de asfixiar a sus contrincantes recibiendo puñetazos. Recibirlos es duro, pero darlos es agotador. Son capaces de soportar sin apenas inmutarse y esperan a que el adversario -desesperado y fatigado- baje la guardia para cazarle. Estos suelen terminar sonados, con el cerebro lleno de agujeros.
Martin Scorsese es un pegador nato. Desde el primer plano de sus películas lanza ganchos y directos al rostro de los espectadores. Rápidos y precisos. Demoledores. No hay preparación alguna, no deja unos minutos para estudiar el juego de piernas del que mira. La estrategia es clara: ser demoledor. Suena la campana (en cine se llama créditos) y el combate se convierte en una lucha sin cuartel. Los personajes aparecen con fuerza, los diálogos no buscan las cuerdas sino que profundizan en las psicologías y hacen avanzar la trama. No hay tregua para el espectador despistado. Después de cada asalto no hay rincón en el que tomar aire. Además, Scorsese, tiene en su esquina al mejor grupo de ayudantes que puede encontrar para disputar cada título. Podrá perder algún combate por ko técnico (por ejemplo, en Hollywood, en la ceremonia de entrega de los Oscar), pero derribarle sin que pueda levantarse es casi imposible. Cuando presenta sus películas viene bien entrenado y rodeado de la flor y nata, con el peso justo. Alguien puede decir que el combate (película Vs. espectador) no le ha gustado, que los golpes no han impactado con fuerza, pero nadie podrán acusar a Scorsese de tongo. Nadie.
Toro Salvaje es una película que apesta a boxeo. Pero no es una película sobre boxeo. Cuenta la historia de Jake La Motta, de como triunfa y de como fracasa, de como el fracaso se puede maquillar con lo efímero del triunfo, de cómo el triunfo puede ser -la mismo tiempo- el mayor de los fracasos, de cómo el triunfo es -finalmente- una tortura insoportable. El tema que trata Scorsese (de forma magistral) no es el boxeo (ese es el vehículo necesario para llegar hasta donde quiere) es el fracaso. Porque todo en este mundo lo es. Pero la película apesta -eso es verdad- a boxeo, a sangre, a golpes, a dolor. Es evidente que las escenas que se muestran sobre el ring son boxeo, pero el resto (las que relatan el matrimonio de La Motta o la relación con el hermano) son tan brutales como lo es un ko después de que un púlgil reciba una paliza inmensa.
Robert De Niro interpreta el papel de La Motta. Está estupendo. Además, (cosas de este actor) aparece gordo como un globo o en plena forma física sin caracterización alguna. Engordó para parecerse al verdadero La Motta y se pasó por el gimnasio para subir al ring siendo creíble al cien por cien.
Joe Pesci y Cathy Moriarty, aunque más discretos, también sobresalen en sus interpretaciones. El guión de Paul Schrader y Mardik Martin es espléndido y, rematado con el montaje extraordinario que se realizó, se convierte en algo difícil de repetir. Dicho esto, comprenderán que los espectadores pierden el primer aslto a los puntos según ponen un pie en la sala. La fotografía de Michael Chapman tampoco desentona y es fantástica. Será difícil que alguien retrate con tanto acierto a un boxeador sobre el ring. Cercano al expresionismo más brutal, Chapman arranca hasta el último detalle en cada toma. El montaje (ya he dicho que es extraordinario) termina haciendo de la película un combate de boxeo en sí mismo. Rupturas, elípsis, cierta brusquedad en el ritmo narrativo. Tal y como es una pelea entre doce cuerdas. Todo parece ser una sucesión de asaltos que provoca en el espectador la sensación de recibir golpes para los que, por inesperados, no tiene defensa alguna. La banda sonora es notable. Incluye el Intermezzo de la Cavalleria Rusticana de Mascagni. Y eso es garantía de buen gusto. Es curioso cómo funciona la imagen brutal que arrastra el boxeo acompañada de una música exquisita. Y este es el primer crochet de izquierda que recibe el espectador nada más comenzar la proyección. En pleno rostro. La belleza de la violencia. Su poética sus paños calientes. El resto de la banda sonora es exquisita y matiza cada toma con elegancia.
La Motta triunfó en el boxeo. Llegó a ser campeón de su peso. Soltaba hachazos que no resistía casi nadie. El mismísimo Ray Sugar (el que acabó con la carrera de La Motta) besó la lona un par de veces. Pero triunfó arrastrando sus obsesiones, sus paranoias y, sobre todo, su perfil de fracasado. Los celos, la falta de inteligencia y de astucia fuera de ring, la ambición sin límites que debilita a cualquiera, fueron sus contrincantes definitivos. La Motta nació para fracasar.
Scorsese, en la otra esquina, nació para triunfar. Contando, por ejemplo, este fracaso, este viaje a las alturas y la caída en la lona infernal de una vida dibujada con trazos gruesos e inexactos. Caída en el olvido después de pasados los diez segundos que cuenta en voz alta un árbitro inmutable.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 5 2011

Taxi Driver: Película de culto

El sentido de cualquier narración llega desde la explicación de una realidad. Por mucha ficción que contenga, transitando uno u otro género, siempre llega del mismo lugar, de la ordenación de un cosmos sea cual sea. Contar una historia por contarla, sin la debida búsqueda de un sentido, se queda en la anécdota, en una superficialidad que puede llegar a entretener aunque poco más. Por cierto, a mí, siendo niño, me reñían si me entretenía. No parecía más que una pérdida de tiempo. No sé por qué razón, hoy en día, es algo bien visto.
Taxi Driver, pelicula firmada por Matin Scorsese, está llena de sentido. Estados Unidos, en el momento de rodar la película, era un país desquiciado, histérico. La guerra de Vietnam, el caso Watergate; un movimiento hippie que se había venido abajo y en claro declive; y una traducción de las libertades que iban del puritanismo recalcitrante al desmadre más demencial, dibujaban el panorama de una sociedad que andaba renqueando, dividida y sin saber lamerse las heridas propias. Y es de eso de lo que habla la película. El retrato de Nueva York que presenta Scorsese se parece mucho a eso. Los rasgos que perfilan al protagonista son la acumulación de todo ello. Las calles llenas de chulos, putas, drogas y policías corruptos. De políticos mentirosos, de salas de cine X y de fracasados. Aunque el director se centra en la figura de Travis Bickle (el taxista que protagoniza la trama), excombatiente de Vietnam, insomne perpetuo, consumidor compulsivo de pornografía, bastante inculto e incapaz de aprender. Pero, sobre todo, un individuo incapaz de entender el entorno, de integrarse en él. Travis mira el mundo desde el balcón de la culpa, quiere redimirse, intenta la forma de quedar en paz en plena fase de autodestrucción. El papel de Travis lo interpreta un enorme y fantástico Robert De Niro.
En fin, un mundo terrible para un personaje redondo que puede vivirlo y explicarlo. Este cosmos se presenta desde el guión de Paul Schrader que, todo hay que decirlo, escribió después de divorciarse y quedarse con lo puesto. No es de extrañar que Travis tenga mucho del guionista. Es el arquetipo de antihéroe americano. Es el arquetipo del hombre de su época. Es el arquetipo de un hombre desolado y sin salida. El hombre que se alimenta de mierda y escupe lo mismo al mundo. Además, sin solución posible. Porque, cuando Travis se acerca a esa realidad, todo se convierte en un dramático vacío. En una de las escenas (mi preferida por su significado y expresividad), Travis habla por teléfono con Betsy (colaboradora en la campaña presidencial de un senador y encarnada por Cybill Shepherd). El cree estar enamorado de ella. Ella le está rechazando en esa conversación. Porque unos días antes, Travis, la invitó al cine y acabó con ella en una sala X. Pues bien. Scorsese mueve la cámara desde el personaje a la derecha. Allí se ve un corredor vacío que sabemos que llega a un lugar oscuro que es la calle. No hay nada. Como dentro del personaje. Un vacío absoluto. La nada existencial.
La película está llena de personajes desoladores. Una prostituta de doce años que escapó de su familia y se siente satisfecha al creer que se ha independizado. Jodie Foster en la actriz que interpreta el papel de Iris. Un chulo que confunde su machismo protector con el amor liando, a su vez, a la niña convertida en puta. Harvey Keitel es el que encarna al chulo Sport. Un sinfín de perdedores abocados al fracaso eterno o a la condena de su propia ruindad (el senador, sus ayudantes, los taxistas compañeros de Travis). Por eso, cuando nuestro protagonista se toma la justicia por su mano, se convierte en una especie de héroe. La violencia se combate con violencia. Eso es lo que parece pedir una sociedad desbordada y paranoica. Aunque eso mismo impide que el hombre consiga el perdón que busca con desesperación.
Taxi Driver es una película de culto. Y no es de extrañar. Cercana al cine negro, la encadenación escénica pegada a un expresionismo demoledor y ligada por un magistral guión, nos traslada a la zona más oscura del ser humano. A un lugar del que no se regresa entero. Nunca.
© Del Texto: Nirek Sabal


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