feb 28 2011

Valor de Ley: Generaciones venideras

‘’Huye el impío sin que nadie lo persiga’’
Proverbios, 28:1

Si hay un tema que me llama poderosamente la atención en el cine más moderno es el recurrente al tema de la herencia; con esto quiero decir lo que le dejamos a las generaciones venideras, no el sentido estricto y frívolo de la palabra que no es más que repartir tus posesiones; me refiero a qué valores y principios les concedemos, qué mundo les traspasamos, cómo nuestras acciones repercutirán más tarde en los jóvenes, causas y consecuencias entre personas de distinta edad, sexo y raza. Desde 12 hombres sin piedad a ésta Valor de ley, hay un sinfín de títulos como El padrino, La caída de los dioses, Taxi driver, El imperio contraataca, Jóvenes ocultos, Un dia de furia, Magnolia, Los Tenenbaums, Pozos de ambición, The road, No es país para viejos o Un tipo serio, e incluso propuestas tan singulares como Tron Legacy tratan de lo que hablo. Estamos en unos tiempos agitados de muchos cambios, con crisis incluida y los hermanos Coen, como hacen últimamente con su cine, no iban a faltar  cada año para aportar su granito de arena y su particular visión del mundo que nos rodea, y de lo que nos espera, no a nosotros sino a los que vienen después. Y esta vez, de la fuente de la que bebían en sus anteriores producciones pero cuyo género no han abordado hasta hoy: el Western.

No voy a hablar aquí de la novela de Charles Portis, ni tampoco de la anterior versión cinematográfica romántica e idealizada protagonizada por John Wayne (cuyo film le dio un Oscar), una versión completamente desfasada en cuanto a la época, 1969, en pleno auge del spaguetti western. No voy a comparar nada de lo anterior con la visión de los hermanos Coen, porque ya ellos solos se diferencian del resto en cuanto a su mensaje.
El argumento nos sitúa en los ojos de una niña de catorce años llamada Mattie Ross que acude a ver el cadáver de su padre listo para enterramiento. Un padre asesinado por un desconocido llamado Tom Cheaney; un padre al que no vemos morir y que tan sólo vemos en el suelo, en la oscuridad de la noche, un cadáver como primer plano del relato y una voz en off narradora de los hechos como si de un recuerdo lejano se tratara. De este modo, una niña motivada por un temprano deseo de venganza, asistirá durante todo el relato a la consecución de un cadáver tras otro, como un eco irrepetible que le marcará de por vida hasta el final de sus días. Con la ayuda de un viejo alguacil y cazarrecompensas despiadado, tozudo y borracho como Rooster Cogburn, y un joven parlanchín y amanerado ranger de Texas llamado LaBeouf, la niña se embarcará en toda una aventura donde atravesará la frontera entre el mundo civilizado y el salvaje, entre la inocencia y la madurez. Un film que retrata tres generaciones distintas a través de sus tres personajes principales y cómo sus relaciones interpersonales afectan más de lo que ellos mismos creen, para madurar o no, para fracaso de unos y éxito de otros. Para ser, y no sólo existir.

Un western crepuscular tocado por obra y gracia de estos dos hermanos cineastas que últimamente nos están regalando maravillas, con su toque de humor negro, y esa sutil intervención de personajes extraños en un momento dado del film (como ocurre aquí con un hombre forrado con la piel de oso, de voz grave y tonos guturales que usa los cadáveres para hacer negocio con ellos, un hombre que representa la naturaleza, un ente que se lleva lo que dejamos atrás), así como la representación de una violencia sin concesiones de ningún tipo, vista como algo humano, atroz, pero sin caer en efectismos. Técnicamente envidiable, con una fotografía del archiconocido Roger Deakins (en su carrera artística están películas como Cadena Perpetua, Kundun, El Bosque o prácticamente todas las de los Coen, por poner ejemplos) que usa tonos fríos y grises, donde priman  los paisajes dramáticos, nevados, secos y nocturnos, sustentado por lo que se cuenta en todo momento en pantalla: el proceso de madurez de una niña inocente ante un mundo cruel. Una música compuesta, cómo no, por el indiscutible de los hermanos, Carter Burwell, cuya melodía evoca a un cuento, una fantasía donde los héroes son borrachuzos pistoleros y los malos son gente con ciertos principios, aparentemente. Y unas interpretaciones magníficas, sobretodo de la niña, la actriz Hailee Steinfeld , apoyada por tres grandes de ahora: Jeff Bridges, Matt Damon y Josh Brolin. Recomendada verla en V.O.S., más que nada por el tono de las voces roncas y alcohólicas de los personajes, que vienen a dar aún más esa impresión de que todo ha sido medido hasta el último milímetro, esto es, una representación histórica sublime, a nivel de decorados, vestuario y caracterización, así como el modo de hablar. No es de extrañar que los directores se hayan documentado a través de fotografías de la época, tal y como demuestran en la escena donde vemos a Rooster Cogburn por primera vez, en un juicio, la manera de estar, los gestos y posturas del público y el jurado evocan lo que acabo de decir.

Una película que en sí es todo un pony, término apropiado en la jerga de guionistas para introducir un flashback que evoca traumas de un pasado o de la misma infancia, y que los Coen utilizan como un recurso irónico durante todo el relato (como se deja ver en un momento dado, cuando la niña va al establo a recoger su pony recién comprado, llamado Negrito). Sin duda es una obra oscura, difícil de digerir para muchos y que para otros será incomprendida (como la mayoría de la carrera de los Coen), sutil y extraña, con una estructura narrativa fuera de lo que llamamos normal que logra desconcertar, pero que tiene su propio porqué; pero a la vez recupera en parte ese tono clásico de los western hollywoodienses, con unos diálogos maravillosos, y una perfecta construcción de personajes que logran dotar de vida a un relato que bien podría haberse condenado al fracaso. Sin más, me despido de vosotros con una palabras del predicador Harry Powell, de La noche del cazador y que resume lo que vamos dejando a las generaciones venideras:

‘’ La Biblia está llena de asesinatos’’


© Del Texto: Gwynplaine Thor

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jul 6 2010

Identity: Pestiño psicológico

Por más que lo intento no puedo con algunas cosas. Que me hagan perder el tiempo es algo que me irrita. ¿Por qué alguien que quiere contar que un tipo está como una regadera tiene que contar una historia disparatada, mentirosa y aburrida?
John Cusack, Ray Liotta y Amanda Peet, entre otros (da igual quienes sean porque demuestran muy poco talento al interpretar sus personajes) protagonizan Identidad. Una serie de personas coinciden en un motel de carretera. Alguien se los va cargando, poco a poco. De vez en cuando nos cuentan cómo se desarrolla una vista extraordinaria del juicio a un perturbado que será ejecutado al día siguiente. El sujeto se ha cargado a una serie de personas de forma brutal. Y la película, en realidad, nos cuenta esos crímenes. Pero sólo lo sabemos al final de la película. El asesino se carga a sus víctimas pensando que va acabando con las múltiples personalidades que él mismo ha desarrollado. Vale. Esto significa que el director, un tal James Mangold, nos quiere enviar un mensaje profundo y verdadero. Los asesinos son muy asesinos y tener múltiples personalidades es un horror. Impresionante. Para ello monta un lío enorme, deja algunas pistas para el espectador que no las encontraría ni el mismo, oculta lo fundamental y equivoca el suspense con escamotear información para acabar con una explosión de ingenio (ni pizca, se lo aseguro) que deja con la boca abierta a todo el que mira. Por supuesto, tenemos una noche tormentosa, un niño, mucha sangre y cantidad de indicios que hacen culpable a cada personaje. Un paquete de narices.

Desde muy pronto la película ha dejado de interesarme. Más o menos desde el segundo minuto. Y se preguntarán sobre el porqué no he dejado de ver este tostón. Pues porque me lo habían recomendado. Un aficionado a este tipo de películas. Afirma que el género tiene en sus genes este tipo de cosas, que no se podría hacer este cine sin eso a lo que llamo trampas. Y yo digo que no, que eso es un error y conformarse con muy poco. Esto es como intentar justificar una novela de Agatha Cristie al compararla con El Halcón Maltés de Dashiell Hammett. Cada cosa es lo que es. Puede gustar más o menos, pero eso no hace de las cosas mejores o peores. Identidad es un pestiño. Guste más o guste menos. Porque la tesis que maneja no da de sí más allá de enunciarla, porque los actores están extraordinariamente mal, porque el guión está escrito con el culo, porque la fotografía es esa gran desconocida, porque los decorados debieron comprarlos en un todo a cien y, sobre todo, porque para pasar un mal rato gratuito ya tenemos los telediarios. Un gran pestiño.
© Del Texto: Nirek Sabal